Sebastián Edwards: "Chile y la Argentina, funcionando a toda máquina, harían que esta parte del Cono Sur sea imparable"

Profesor de la University of California, Los Angeles (UCLA) hace cuatro décadas, ex economista jefe del Banco Mundial para América Latina y asesor de Arnold Schwarzenegger, Sebastián Edwards conversa con El Economista sobre el programa de Milei, la inflación posible, la flotación entre bandas y el regreso de Estados Unidos al "patio de atrás" ante el avance chino.
- 🧭 Sebastián Edwards es economista chileno-estadounidense, profesor en UCLA desde 1981 y titular de la cátedra Henry Ford II de Gestión Internacional.
- 📚 Su trayectoria incluye investigación académica, consultoría y una forma de contar las cosas que mezcla anécdota y rigor.
- 🧑💼 Su vida educativa pasó por Chile y luego Chicago; exiliado tras el golpe de 1973, terminó quedándose en Estados Unidos para formarse.
- 🏛️ En Chile estudió economía en la Universidad de Chile y luego en la Universidad Católica; vivió el cierre de la facultad y la expulsión de alumnos tras el golpe.
- 💼 En Chicago hizo maestría y doctorado y se vinculó con economistas como López Murphy y De Santibáñez.
- 🌎 Trabajó en el Banco Mundial como economista jefe para América Latina y el Caribe, viviendo de cerca las reformas de apertura y privatización.
- 📖 En 2023 publicó The Chile Project: The Story of the Chicago Boys and the Downfall of Neoliberalism, sobre Chile y el neoliberalismo.
- 🇺🇸 Participó en el Consejo de Asesores Económicos del gobernador Schwarzenegger; trabajó con figuras como Shultz, Friedman y Becker.
- 💬 Subraya que la credibilidad es esencial para que las políticas económicas funcionen y no se desplomen por desconfianzas.
- 🇦🇷 Sobre Argentina, muestra optimismo y destaca la importancia de un proceso gradual; menciona el papel de Caputo, Daza y Sturzenegger y que Trump podría apoyar a Milei.
- 🎯 Propone una meta de inflación de 3% anual como ancla, buscando una llegada gradual y sostenible.
- 💱 Aboga por un sistema cambiario con una banda de flotación, permitiendo movimientos dentro del techo y sincerando la banda para evitar trampas.
- 💰 Defiende acumular reservas y utilizarlas ante shocks; usar reservas no debe verse como fracaso y ayuda a mantener credibilidad.
- 📈 Señala que reducir la pobreza importa, pero no es suficiente sin abordar la desigualdad; los Chicago Boys descuidaron este aspecto y eso generó descontento.
- 🌐 Comenta sobre Chile y Argentina: Kast en Chile y Milei en Argentina comparten ciertas ideas, pero hay diferencias culturales; destaca a Jorge Quiroz como ministro de Hacienda de Chile y la necesidad de destrabar inversiones para impulsar el crecimiento, lo que podría beneficiar a la región.
- 🐕 Cierre simbólico: la caminata por un barrio japonés de Los Ángeles con su perra Alicia ilustra cómo lo técnico se cruza con la vida real y la política.
El profesor Sebastián Edwards habla con El Economista a paso lento, mientras pasea a su perra Alicia. Ambos caminan por un barrio japonés de Los Ángeles.
Edwards es profesor en la University of California, Los Angeles (UCLA) desde 1981, y hoy ocupa la cátedra Henry Ford II de Gestión Internacional. En su currículum aparecen la investigación académica y la consultoría de alto vuelo, y su modo de contar esas credenciales prefiere la anécdota que pincha la solemnidad.
En su casa, la economía es un idioma compartido. Su esposa, Alejandra Cox, también se formó en Chicago: doctorado, docencia en el sistema de California State University, directorios y consultorías. "Alejandra es una Chicago girl", la introduce Edwards.
Aunque la historia de Edwards no empieza en los pasillos de una business school ni en un paper de macroeconomía. Empieza en Chile con la política en la calle y el miedo en el cuerpo.
Edwards nació en Santiago y estudió Economía en los años más tensos del país —un Chile atravesado por polarización y crisis institucional—. Entre 1971 y 1973 estuvo en la Universidad de Chile, en la facultad de Economía Política. Allí, señala, se trataba de construir modelos de planificación marxista, con matemática.
Militó en el Partido Socialista entre 1971 y 1973, dentro de la coalición que llevó a Salvador Allende a la presidencia.
Después vino el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contra Allende cuando cerraron la facultad y expulsaron a los alumnos. Con el tiempo, la dictadura permitió que algunos expulsados volvieran a estudiar, y un puñado logró transferirse a la Universidad Católica.
El salto fue un "shock" para Edwards.
A partir de 1974 Sebastián Edwards se encontró con otra vida en la Universidad Católica. Menos calle, más biblioteca. Más miedo, también. Cuenta que casi no salía, que evitaba bares, que jugaba al fútbol con un círculo mínimo: el terror a una denuncia alcanzaba. En ese encierro forzado, una ventaja inesperada se volvió decisiva: Edwards venía de un colegio bilingüe. Mientras otros alumnos corrían detrás de traducciones malas y fotocopias carísimas, Edwards pedía los textos originales en inglés, y la biblioteca se los prestaba por una semana.
Se recibió en 1975 y empezó a dar clases en la Católica, como profesor joven, con la idea fija de una carrera académica. Duró poco: llegaron "instrucciones" de arriba y lo echaron. No podía haber un profesor de izquierda en el aula. Primero perdió la cátedra; más tarde, desde el sector privado, escribió en diarios y eso fue lo que terminó de encender alarmas en el régimen.
Edwards entró a trabajar para un grupo económico que empezaba a comprar privatizaciones, y ahí le pidieron que escribiera columnas en periódicos. Uno de esos textos irritó a una autoridad alta del régimen. A su jefe le advirtieron que, si Edwards volvía a publicar, la empresa iba a pagar el costo.
Así se cultivó un clima de urgencia personal. Su esposa Alejandra estaba embarazada de su primera hija (hoy tienen tres hijos). Finalmente, se exiliaron a Chicago.
Edwards había imaginado un plan distinto: un año en Chicago y luego Cambridge, con profesores progresistas. La realidad escribió otro guión.
Chicago lo capturó: "Me enamoré de la economía ortodoxa", narra, y habla de elegancia. De diagramas, curvas, tangentes. De una disciplina que, para él, ofrecía un orden mental cuando el país se había quedado sin orden político.
Entre 1977 y 1981 hizo la maestría y el doctorado; en esa camada, recuerda, estuvieron Ricardo López Murphy y Fernando de Santibáñez, entre otros.
El éxito, admite, también seduce. En Chicago le fue bien. Y, al final, se quedó.
En 1981 la UCLA lo contrató como profesor. Comparte que su promoción fue inusualmente rápida: hacia 1988 ya era profesor titular. En 1993 pidió licencia y se fue al Banco Mundial. Allí, como economista jefe para América Latina y el Caribe, vivió desde adentro el inicio de las reformas regionales: apertura, privatizaciones, mercados de capitales, promoción exportadora. En paralelo, caía el muro de Berlín y se disolvía la Unión Soviética: los países de Europa del Este entraban al Banco Mundial y buscaban lecciones de América Latina.
Edwards recuerda discusiones sobre con qué secuencia privatizar. Si se privatizaban primero los bancos, los nuevos dueños usaban el crédito para comprarse las empresas. Si se privatizaban primero las empresas, faltaba crédito y crecían la corrupción y los remates baratos. "Trabajamos mucho en la secuencia óptima de las reformas", atestigua.
Volvió a la University of California, Los Angeles (UCLA) y desde ahí sostuvo dos proyectos en paralelo: la del investigador —seminarios, publicaciones, libros— y la del consultor que viaja, escucha, aconseja. En septiembre de 2004 sumó otro capítulo: el Consejo de Asesores Económicos del gobernador Arnold Schwarzenegger. El llamado, cuenta Edwards en la charla con El Economista, vino de George Shultz, ex secretario de Estado de Reagan.
Durante la propuesta, Shultz le cuenta que Milton Friedman y Gary Becker ya habían aceptado formar parte del equipo de Schwarzenegger. Y le agrega una razón práctica: el principal socio comercial de California era México, y el gobernador necesitaba a alguien que supiera en profundidad sobre América Latina. Edwards aceptó.
En Sacramento, cada cinco o seis semanas, se sentaban en una mesa enorme. Shultz en la cabecera, Friedman a su derecha. Podían exponer dos minutos por persona. Arnold Schwarzenegger aparecía hacia el final: dentro del California State Capitol regía la prohibición de fumar en edificios estatales, por eso antes pasaba por una carpa en el patio interior para el habano.
El consejo de Schwarzenegger se metía con política dura. En esos años, el debate migratorio ocupaba el centro. A Edwards le pidieron un estudio: qué le pasaría a la economía californiana si deportaban a todos los indocumentados. Qué sectores caían, qué efecto dominó aparecía, qué políticas valían. Edwards dice que ese trabajo, veinte años después, sigue vigente.
Ya en los últimos años, volvió sobre la historia chilena que lo marcó: en 2023 publicó The Chile Project: The Story of the Chicago Boys and the Downfall of Neoliberalism, por Princeton University Press.
Antes de conversar sobre la coyuntura argentina y chilena, Edwards se detiene en otra lealtad: la de sus alumnos. Nombra a economistas argentinos formados bajo su tutela y, como quien deja caer una ficha en la mesa, trae un nombre con peso propio en la política económica local. Edwards comparte que Federico Sturzenegger, actual ministro de desregulación de Milei, empezó su vida académica como profesor joven en la University of California, Los Angeles (UCLA), antes de pasar por el Banco Central y, años más tarde, por el gobierno argentino. "A Freddy [Sturzenegger] lo contraté yo cuando se graduó del MIT. Lo traje como profesor asistente", detalla Edwards.
La caminata por Los Ángeles continúa con su perra Alicia con la correa apenas tensa y el barrio japonés como telón de fondo. Sebastián Edwards habla desde el lugar de quien es testigo de cómo una decisión técnica se vuelve política, y cómo la política, a su vez, exige su propia puesta en escena. Por eso, cuando vuelve a decir "credibilidad", lo hace como quien nombra la condición mínima para que el resto —bandas, anclas, promesas— no se desplome.
—¿Qué lectura hacés de los primeros dos años de Javier Milei? —le pregunta El Economista a Sebastián Edwards.
—Ha sido manejado de forma magistral. Hubo, claro, momentos en los que cundió el pánico y se sembraron dudas. Aun así, creo que Luis Caputo, con la ayuda de mi gran amigo y compatriota José Luis Daza como viceministro de Economía, y del resto del equipo, lograron zafar de eso. Y Federico Sturzenegger jugó un rol muy importante.
Actualmente estoy bastante optimista respecto de la Argentina. Y hay otro dato relevante: cuando a José Luis Daza le ofrecieron el ministerio en Chile, salí por los diarios a decir que, si yo fuera él, me quedaba en la Argentina porque es mucho más épico. Si forma parte del equipo que finalmente logre que la Argentina rinda a la altura de su potencial, eso es mucho más victorioso que enderezar apenas el rumbo de Chile, que se había torcido, aunque no tanto.
"Estoy bastante optimista respecto de la Argentina"
—¿Cuál sería una meta razonable de inflación en 2026 y 2027?
—El ancla final tiene que ser una inflación como la del resto del mundo: 3% anual. La pregunta es cuán rápido se llega y cómo hacerlo de un modo sostenible. Los experimentos anteriores en la región, que fijaron el tipo de cambio para llegar rápido, no funcionaron: explotan. El 3% es el objetivo.
—¿Podría lograrse hacia el final de un potencial segundo mandato de Milei, por ejemplo?
—En 2031, desde luego; incluso antes, quizá en 2029. El economista Thomas J. Sargent, quien visita con frecuencia Buenos Aires, escribió un artículo muy famoso sobre el fin de las hiperinflaciones. En el texto argumenta que, si hay un cambio de régimen y la población considera que se va a respetar, la inflación puede terminar muy rápido. El problema es que en la Argentina —y en América Latina en general— eso se intentó tantas veces que la credibilidad es baja. Por eso conviene ir más lento, más gradual.
—Acaba de arrancar el esquema de flotación entre bandas, con topes que desde enero se ajustan por inflación. ¿Qué tan viable es evitar el atraso cambiario y, al mismo tiempo, acumular reservas sin perder el control de la inflación?
—Si hay credibilidad —y para que la haya es clave que se mantenga el ancla fiscal—, es viable. La Argentina lo ha logrado. El ajuste fiscal que consiguió Luis Caputo fue no solo espectacular, sino que tiene pocos precedentes históricos de ese nivel. Si eso se sostiene, se puede combinar todo lo demás.
Ahora bien, lo que sí resulta importante es permitir que el tipo de cambio se mueva con libertad dentro de la banda, aunque llegue al techo.
Antes del último gran acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, muchos entendíamos que había una banda implícita dentro de la banda formal. Lo que hay que hacer es sincerar la banda y permitir la fluctuación. Y si se pega al techo, que ocurra.
Hay que transitar hacia un sistema flexible. Ese tránsito tiene que darse de modo tal que la gente crea que no hay trampas. Cuando los argentinos perciben trampas, vuelven con más fuerza que antes al dólar y se erosiona todo lo avanzado en el funcionamiento de la economía. Como decía Juan Carlos de Pablo, en la Argentina los gerentes se dedicaron históricamente a mirar qué pasa con el dólar blue, el rojo o el amarillo, en lugar de concentrarse en mejorar la performance de sus empresas.
La credibilidad es lo más importante: que la gente crea que lo que dice el Gobierno es sincero y que lo que anuncia es, efectivamente, lo que se hace. Si se dice que se flota dentro de la banda y, en los hechos, no se permite que la banda opere porque existe una banda secreta dentro de la otra, eso despierta sospechas. Y la pregunta aparece sola: si hay secretos ahí, ¿qué otros secretos habrá?
—¿Cuál es el tropiezo más riesgoso que Milei no puede permitirse?
—A nivel macroeconómico está el tema fiscal, y eso está muy claro. La banda era estrecha, ahora se amplía, y el hecho de que ajuste por inflación y no solo al 1% es positivo. También resulta clave indicar una ruta clara sobre cómo va a seguir evolucionando el sistema cambiario.
Y, desde luego, no detenerse en la desregulación: profundizar todo lo que está haciendo Federico Sturzenegger.
"Resulta clave indicar una ruta clara sobre cómo va a seguir evolucionando el sistema cambiario"
—¿Qué tan importante es la acumulación de reservas?
—En la Argentina existe la convicción de que se necesitan reservas, y también otra convicción —que es un error— según la cual "usar reservas equivale a un fracaso".
Las reservas son para usarlas. En un sistema ideal, si se le pregunta a ChatGPT, diría que se acumulan reservas y que, cuando ocurre un shock negativo —un año de sequía, una caída inesperada—, se usan; y cuando el año es bueno, se vuelven a acumular. En nuestros países, en cambio, cuando se usan reservas se prende una luz de alarma, lo cual es complicado.
Dado que esa lógica existe, hay que acumular reservas. Lo importante es que los agentes económicos le crean a la autoridad que lo que está haciendo es consistente y que no va a derivar en una gran crisis. Cuando hay una gran crisis, o cuando se la espera, los ciudadanos se adelantan y toman medidas defensivas; y esas medidas defensivas terminan produciendo la crisis.
—En tu libro The Story of the Chicago Boys and the Downfall of Neoliberalism, señalás que los Chicago Boys descuidaron el tema de la desigualdad. ¿Qué debería aprender Milei de esa parte incómoda de la historia chilena para no chocar políticamente?
—La respuesta parte de la experiencia chilena. La idea de los Chicago Boys, tal como la explico en el libro, era que lo importante era terminar con la pobreza. Una vez logrado eso, y con una fuerte reducción de la pobreza, evaluaban que no había que preocuparse por la distribución del ingreso ni por la desigualdad. Y creo que eso, políticamente, es un error.
A los votantes, a los ciudadanos, les importa la desigualdad. John Maynard Keynes lo dice en Teoría general: la posición relativa de las personas dentro de la jerarquía social importa, y eso tiene que ver con la desigualdad. No se puede descuidar ese punto. Cuando se lo descuida, se genera descontento, y si ese descontento se combina con otras fuentes de malestar, el resultado puede ser una situación político-social explosiva. Eso fue lo que pasó en Chile.
Reducir la pobreza es fundamental, aunque no alcanza si se ignora la desigualdad. En el documental sobre los Chicago Boys dirigido por Carola Fuentes —presentado en el Instituto Sundance, en Utah— aparecen algunos de los Chicago Boys justificando por qué la desigualdad no les importa. No solo no la consideran central, sino que la miran con desprecio. Ese es un error político de fondo. Cuando la desigualdad se combina con otros factores, como ocurrió en Chile con la desaceleración del crecimiento, aparece el problema.
"Reducir la pobreza es fundamental, aunque no alcanza si se ignora la desigualdad"
—¿Qué evaluación hacés del apoyo que recibió la Argentina de Scott Bessent? ¿Considerás que ese respaldo del gobierno de Donald Trump va a continuar?
—Sí, el apoyo de Trump a Milei va a continuar. El contexto es simple: América Latina siempre fue el "patio trasero" de Estados Unidos, desde la Doctrina Monroe de 1823. Después vinieron las intervenciones: Guatemala en 1954, Bahía de Cochinos en 1961, la invasión a República Dominicana en 1965, el apoyo en Bolivia para capturar y matar al Che Guevara y así sucesivamente.
El patio trasero suele descuidarse. Pero si aparece la amenaza de que se meta un "okupa", entonces el dueño empieza a prestarle atención: va todos los días, pone al perro, arregla el quincho, hace que no parezca abandonado. En la mirada de Trump, América Latina tiene un okupa claro: China.
Todo lo que está pasando hoy en la región se explica con una palabra de cinco letras: China. El puerto de Chancay, a 80 kilómetros al norte de Lima, construido por China, fue una señal de alerta. Ahí Estados Unidos se dio cuenta. Figuras como Marco Rubio, Secretario de Estado de los Estados Unidos, que observa más hacia el sur, entiende esto con claridad.
Estados Unidos vuelve a mirar al patio trasero porque percibe la amenaza de estos okupas, que se llaman Xi Jinping y Vladimir Putin. En ese contexto, necesita un ejemplo de éxito para mostrar. Y la Argentina es un candidato fuerte para ocupar ese lugar.
Si las cosas se hacen bien —de una manera ordenada, como les gusta a Bessent y a Rubio—, la Argentina puede convertirse en ese caso exitoso. Por eso interpreto que el respaldo de Trump va a continuar.
Y, desde luego, ayuda y suma que José Luis Daza —actual viceministro de economía de Milei— haya sido colega de Scott Bessent cuando ambos trabajaban en el sector financiero.
—Milei celebró la victoria de José Antonio Kast en Chile y habló de una nueva era en el vínculo bilateral. ¿Qué lectura hacés de esta nueva etapa?
—Hay una coincidencia de propósitos y de visiones, aunque, claro, cada país pone el acento en cuestiones distintas. Aun así, va a haber respeto. En la Argentina, lo que se entiende por "batalla cultural" no es exactamente lo mismo que en Chile, aunque existe un punto de contacto.
—¿Dónde aparecen las diferencias?
—En la Argentina esa perspectiva viene del anarcoliberalismo. En Chile, en cambio, proviene de un catolicismo bastante integrista. Kast es un católico serio. Pertenece al movimiento Schoenstatt. Ahí hay una diferencia de origen importante.
—¿Cómo evaluás la figura de Jorge Quiroz como ministro de Hacienda de Chile?
—Jorge es un gran economista y una muy buena persona, con muchísima experiencia. Tiene, además, una dimensión que considero positiva: es una persona de cultura amplísima.
Jorge puede dar una clase de literatura alemana: recita poemas en alemán, luego poemas de memoria en español, habla de los existencialistas y compara la posición de Albert Camus con la de Jean-Paul Sartre. La profundidad impresiona.
Un ministro de Hacienda —en la Argentina sería ministro de Economía— con una visión amplia y culta es algo positivo. Y además es un economista serio. Evalúo que lo va a hacer muy bien.
Hay una restricción relevante: Chile lleva seis u ocho años con un crecimiento bajo, sobre todo en relación con su propia historia, cuando crecía al 6 o 7%, luego al 5, al 4, y ahora apenas al 2%. Surge entonces la pregunta sobre qué puede hacer un gobierno que asume en un país con bajo crecimiento.
Los manuales sugieren una inyección de gasto público que no sea permanente, orientada a proyectos productivos —no a corrupción—, que genere un shock positivo, con efecto multiplicador, complementariedad y crowding in en lugar de crowding out. Si se mejora, por ejemplo, la calidad de los puertos, los exportadores invierten porque bajan los costos y aumenta la competitividad.
El problema es que en Chile no van a aumentar el gasto público; al contrario, lo van a reducir. Ese instrumento queda descartado. Lo que sí existe es un volumen enorme de proyectos privados —del orden de decenas de miles de millones de dólares— trabados por regulaciones.
Si se destraban, puede haber un boom de inversión. Son proyectos ya estudiados, con ingeniería hecha: se sabe qué turbinas se usan, el diámetro del gasoducto, quiénes serían las firmas alemanas o finlandesas, quiénes los socios locales. Todo está definido. Si se abre una ventana, un fast track temporal de dos años con aprobaciones obligatorias, el efecto podría ser similar sin costo fiscal.
Ahí la experiencia de Quiroz resulta clave. Durante décadas trabajó como asesor de grandes empresas. Conoce ese mundo. A diferencia de otros economistas brillantes, pero sin experiencia empresarial directa, él sabe cómo se destraban inversiones. Y hoy, lo que Chile necesita es exactamente eso: destrabar para que inviertan.
—Si se destraba esa inversión y se genera un boom, ¿puede competir con la Argentina? ¿Kast le conviene a la Argentina de Milei o puede restarle capitales?
—Probablemente le quite algo, aunque el saldo es positivo. Tener un barrio ordenado es bueno. Chile y la Argentina, funcionando a toda máquina, harían que esta parte del Cono Sur sea imparable. En el balance final, el efecto neto es positivo.


