Messi y un asado para empezar a decirle adiós a la Selección
- 🥩 El asado es un ritual argentino que acompaña la despedida de Messi de la Selección.
- 🇦🇷 Messi simboliza la Argentina y su salida marca el cierre emocional de una era.
- 🔥 El encuentro en Ezeiza estuvo cargado de recuerdos y del aroma del asado que envuelve el momento.
- ⏳ El 6 de octubre se percibe como un hito: tras ese martes ya no habrá oportunidad de ver a Messi en vivo con la camiseta nacional.
- 👥 Participaron figuras cercanas y veteranas, como Gio Lo Celso, Rodrigo De Paul y Nicolás Otamendi, testigos de la transición.
- 🧑🤝🧑 También estuvieron otros, como Leandro Paredes, que dejó una silla y una anécdota, señal de la continuidad entre generaciones.
- 📜 Se repasan logros y momentos de Messi: 207 partidos, 125 goles, y las experiencias desde Qatar hasta ahora.
- 🫶 El plan es mimarlo y disfrutar de las charlas y recuerdos, antes que exigir grandeza; es el último asado por Messi.
- 👋 Salud, Leo.
Un invento noble, el asado. Por la carne, que debe ser buena, aunque no tanto como el motivo de la convocatoria. Porque uno puede “hacer asado” pero no siempre se hace “un asado”: ese “un” transforma a la cocción a las brasas en un rito. Un evento tan impostergable como darle un abrazo a tu viejo o llegar puntual a un partido de fútbol. Y además es multipropósito: funciona para abrigar al divorciado, para agasajar a la quinceañera, para anunciar, para reconciliar. Nada más argentino que un asado. A excepción de la nostalgia y la sensación de inminente desamparo que genera el adiós a la Selección de Lionel Messi.
Leo es argentino, como la provoleta como manjar previo y la molleja crocante. Como el vacío que Diego Iacobelli acomodó prolijamente en las parrillas del predio que lleva el nombre de la leyenda que ha empezado a despedirse de sus hábitos de superpoderoso de Selección. Posiblemente el olorcito a fuego recién encendido le haya permitido disimular olfativamente la fragancia a pasto recién cortado de Ezeiza.
Ese perfume que empezó a oler a los 17, cuando todavía lucía corte tacita y ni siquiera se imaginaba barbudo, capitán ni campeón del mundo. Porque asados como el que le prepararon en la Mayor para recibirlo sirven hasta de excusa para que el cerebro no piense.
Para estirar, entre el tintineos de las copas contra los cubiertos, el proceso que pasó tan rápido y de manera tan intensa que atropelló de repente al almanaque, donde el 6 de octubre figura como una especie de ultimatum: quien no haya visto a Messi en la Selección, si es que existe alguien maduro capaz de afirmar tal cosa, después del martes no tendrá oportunidades de atestiguar su era en vivo y en directo.
El humito invasivo quedará alojado durante días en el salón contiguo al quincho de la última gran cena simbólica del #10. Los recuerdos permanecerán un tanto más en las mentes de los testigos. De los históricos que llegaron a Ezeiza para sumarse a los preparativos del último juego: Gio Lo Celso, Rodrigo De Paul y Nicolás Otamendi. De un Leandro Paredes al que, sin chances de jugar por la suspensión, le guardaron una silla, un plato y un ratito de anécdotas.
Todos ellos, al igual que Romero, Licha, Taglia, Julián, Lautaro, Alexis y Enzo, pasaron diapositivas emocionales de su porción de vida con Lionel. Al 10 que alentaron hasta el 2018, bisagra temporal en la que se sumaron al tren de partidos del capitán que este martes simbólicamente lucirá el brazalete que ahora se ajusta Cuti.
Beneficios cuánticos a estudiar por los astrofísicos, un asado puede compactar en un par de horas recuerdos de décadas. De 207 partidos, 125 goles. De la charla técnica en la que Leo les tocó la fibra a compañeros que llevaban más de un mes juntos, viajando con barbijo y soñando con reunir a multitudes en el Obelisco en tiempos de encierro y de cuidados extremos.
Del calorón de Qatar donde brilló por primera vez la Tercera, de cómo aprendió de los golpes del 14, 15 y 16. De las amistades que consolidó con esa camada a la que conoció en ese mismo espacio geográfico, y que lo abrazó para acompañarlo a tener una nueva oportunidad en plena sensación de ocaso perpetuo.
Tablas engrasadas, los huesos apilados sobre las fronteras del plato, copas a medio llenar. Y lágrimas. Y miradas de aquellos pibes elegidos -Franco Mastantuono, Gianluca Prestianni, Santiago Castro, Tomás Palacios, Leonel Flores, Matías Soulé, Nico Paz, Valentín Barco, Román Vega- para ser testigos in situ de la transición más significativa desde que Diego Maradona dejó de jugar en la Selección. Con algo a favor de Messi: esta vez, el cuento parece terminar a la altura de las obras de los Hermanos Grimm, de Charles Dickens o incluso del meloso de Disney.
Algo ha cambiado en el paradigma para que Leo pueda tener el final que merecía en una cancha. Por eso el empeño del grupo para “mimarlo en lo poco que le queda”, como le reveló Dibu a Olé. Por eso, el esfuerzo que seguramente se ha hecho allí en Autopista Ricchieri y Fernández García, entrada la trasnoche del primer día de la última semana de Messi como jugador de la Selección, para no caer en el pozo de la realidad. Para no pensar. Para sólo disfrutar de las charlas, de los recuerdos, de las sonrisas, de las cargadas. Del bíblico último asado al que, si se hubiera podido, habrían asistido todos los argentinos. No fue el asado. Fue “un asado” por él.
Salud, Leo.


