La gran posibilidad que tiene Salas tras su gol agónico ante Carabobo
Desde que se la picó a Bruera, Maxi Salas lleva la alegría tatuada en la cara. Achinado y sonriente, disfruta el día después de la victoria de River ante Carabobo con su gol agónico. Se entrena en el Camp con una felicidad imposible de disimular. Una alegría que ahora busca llevar al siguiente nivel, logrando convertir ese envión anímico en la confianza definitiva para volver a ser el que brilló en Racing y sedujo al Marcelo Gallardo que lo contrató.
Justo en este viernes 8 de mayo que tanto disfruta, se cumplen nueve meses desde el día en que River adquirió su pase ejecutando la cláusula de rescisión de ocho millones de euros más impuestos. Desde entonces, Maxi Salas nunca logró sostener un rendimiento regular: atravesó picos altos y bajones que no le permitieron terminar de afianzarse en Núñez.
Porque destellos tuvo. Desde aquel primer gol ante Platense festejando a lo Matador, pasando por el tanto a Racing, el cabezazo frente a Palmeiras, el ingreso positivo en Córdoba ante Instituto en 2025, el reciente gol a Estudiantes de Río Cuarto y este agónico ante Carabobo. Pero los altibajos terminaron pesando más que las rachas positivas.
Justamente el propio Salas fue uno de los jugadores que más sintió el bajón futbolístico del ciclo Gallardo. Aquel delantero intenso, agresivo y eléctrico que había seducido por su energía para presionar y romper defensas empezó a mostrarse apagado, sin esa chispa extra que lo hacía marcar diferencias en cada pelota dividida.
Maxi Salas sintió el bajón negativo al punto de tener que adaptarse muchas veces a una función que no es la suya: la de centrodelantero de área. Una situación que el propio Eduardo Coudet reconoció públicamente al explicar por qué decidió utilizarlo en ese puesto. “Tampoco creo que Maxi sea un nueve de área, pero en el trabajo que teníamos que hacer, la experiencia y las características nos favorecían más para lo que pedía el partido”, sostuvo el DT. Una decisión que terminó siendo consecuencia de un plantel descompensado en algunas posiciones y que llevó al correntino a jugar seguido lejos de su rol más natural, obligado a fajarse constantemente con los centrales y desgastarse en tareas que no potencian sus mejores cualidades.
En el afán de revertir la situación, incluso cayó muchas veces en el exceso de sacrificio: corriendo más de la cuenta, chocando constantemente y jugando demasiado acelerado, como embarullado, lejos de la frescura y claridad que había mostrado en sus mejores momentos.
Desde su llegada a River, Maxi Salas disputó 33 partidos, marcó seis goles y repartió dos asistencias. Lo llamativo es que casi la mitad de esos encuentros (15) los jugó en esta temporada, en la que apenas convirtió dos tantos: ante Estudiantes de Río Cuarto y Carabobo, ambos ya bajo el ciclo Coudet. Una señal de que, de a poco, acompañado por el envión positivo que generó la seguidilla de victorias, empieza a enderezar el rumbo y a reencontrarse con su mejor versión.
Aun así, Salas nunca dejó de intentar compensar los altibajos con entrega. Y ahora, después del desahogo ante Carabobo, busca que esta vez sí sea el punto de partida definitivo.
“Fue un gol soñado. Se lo dedico a mi familia, que me acompañó en los momentos difíciles”, dijo tras la victoria que él mismo forjó, justo cuando empezaba a trascender la posibilidad de buscar otro destino a mitad de año. Un desahogo que no sólo le dio tres puntos a River, sino que también lo reconcilió con aquella versión de futbolista que había despertado ilusión y grandes expectativas en Núñez. Y que ahora, con la confianza renovada, intentará recuperar definitivamente.

