Cinco razones que llevaron a Gallardo a evaluar su continuidad en River
Marcelo Gallardo admitió internamente necesitar horas de meditación. De análisis. De evaluación contrarreloj para decidir cómo seguir después de la derrota frente a Vélez. Y si bien fue el primer tiempo del 0-1 el que encendió la llama de la incertidumbre íntima de MG sobre su continuidad en River, hubo otros tantos factores que sirvieron de catalizadores de ese sentimiento que lo abordó en el vestuario visitante del Amalfitani.
La gota que colmó el vaso. Y quizás también la paciencia. El decepcionante rendimiento de un River perdido, desorientado, con bajas calorías en las disputas de pelota y fallas conceptuales graves (Aníbal Moreno quedando fuera de la jugada por una barrida en vez de achicar hacia atrás en el 0-1, Paulo Díaz perdiendo fácil con Florian Monzón, Franco Armani fallando al cubrir su palo, pases mal direccionados) que desencadenaron en (apenas) un 0-1 frente a un adversario que jugó voraz, rápido. Ambicioso.
¿Qué hubiera pasado si Gallardo se sentaba en la sala de conferencias de prensa de la cancha de Vélez? Se trata de una pregunta atada a lo contrafáctico, aunque la calentura y la indecisión sobre qué hacer -rezan quienes lo conocen- se habría percibido aun si no la hubiera explicitado. Por eso eligió el silencio, saludable, antes de convocar al plantel para el lunes a las 18 en el River Camp. Dejándose por delante, así, unas 21 horas para reflexionar.
En términos de cambios de imagen, River sólo duró 225 minutos de competencia en este 2026. Y eso también impacta en el ánimo del Muñeco, que había terminado entusiasmado luego de la pretemporada pero que vio cómo su equipo cayó prematuramente en el hoyo negro del almanaque anterior. Sin poder salir, todavía.
La intensidad que mostró ante Barracas, que refrendó contra Gimnasia LP (que jugó con uno menos buena parte del trámite) y continuó en el primer tiempo frente a Rosario Central desapareció ante el primer trompazo: el 1-4 ante Tigre en el Monumental arrasó con la atmósfera “saludable” que Gallardo había destacado después de los dos primeros partidos del año.
Ante Argentinos, otra postal del pasado: otra vez las dudas, la dificultad para convertir, los errores groseros (toque al medio frente al área con el equipo rival parado en ataque decantó en el pase a López Muñoz y el 1-0 definitivo) y la descoordinación para ir en busca de un empate. Y a esos factores se sumó el nerviosismo, personificado en dos situaciones: Gonzalo Montiel discutiendo ante las cámaras con Quintero y Lucas Martínez Quarta; Gallardo aplaudiendo con sorna a Andrés Merlos y ganándose una evitable expulsión.
El avance en Copa Argentina frente a Ciudad de Bolívar quedó maquillado por el gol de Juanfer, de penal, cuando apenas faltaban cuatro minutos para que terminara el partido. El 1-0 lo salvó del papelón, pero no curó nada. Quedó demostrado ante Vélez.
Del mismo modo que River se plagia a sí mismo partido tras partido, las reacciones de Gallardo también se loopean de una fecha a la otra. Al entrenador en el banco se lo ve molesto, reclamando tranquilidad -señal de que ve nervioso a su equipo- pero también movimientos, acciones y reacciones que por su lenguaje corporal parece considerar obvias, pero que los jugadores no están logrando desarrollar. Y en el Amalfitani se sumó un rasgo quizás más preocupante: las manos en los bolsillos durante el primer tiempo, fueron muestra de bronca (que luego habría expresado en el vestuario) y desazón. ¿Se trata de una generación a la que está costando llegarle? ¿O es la voracidad del mal momento lo que impide que fluyan los conceptos?
Aun habiendo invertido más de 80 millones de dólares en 18 meses, Gallardo entiende que los líderes no se adquieren como un lateral o un volante de marca. Y en el nuevo vestuario de River se está reconfigurando ese mapa: sin Enzo Pérez y Nacho Fernández -se fueron en diciembre- a excepción de Franco Armani no hay una voz de mando, alguien que grite y acomode, que despabile a un grupo desalentado por una mala jugada que terminó en gol rival en pos de evitar lo que pasó con Tigre, la piña detrás de otra piña.
En este contexto, incluso cuando dentro del plantel hay futbolistas que han sido campeones del mundo (Germán Pezzella, hoy lesionado; Gonzalo Montiel, Marcos Acuña, el propio Pulpo) el déficit parece evidente. Y tampoco están apareciendo las respuestas de quienes ya estuvieron con el Muñeco en otros tiempos: aunque públicamente Cachete y MQ respaldaron al deté, futbolísticamente no están en su pico. Juanfer Quintero fue por momentos la excepción, aunque hace falta más.
En su segundo ciclo, el Muñeco apostó por reacondicionar el plantel: hubo salidas quirúrgicas en cada ventana, atadas a la consideración de un entrenador que fue por apellidos que intuía ideales para rearmar un River a su imagen y semejanza, pero que no funcionaron. Y que tampoco potenciaron a la base de sustentación.
La inversión de € 8 millones más impuestos para ejecutar la cláusula de Maxi Salas, el desembolso de 12,8 millones de euros por Kevin Castaño y la compra de Sebastián Driussi en u$s 10 millones todavía no han otorgado una contraprestación equivalente. Tanto es así que en el Amalfitani, Gallardo no consideró que ni el centrocampista ni el ex Racing podían ayudarlo a cambiarle la cara a River: apostó por los juveniles Joaquín Freitas, que no realizó la pretemporada, e Ian Subiabre.
La salida de Matías Galarza Fonda al Atlanta United seis meses después de su llegada es prima hermana del éxodo de Gozalo Tapia y Matías Rojas tras el mismo tiempo entrenándose en el Camp.