Cuando Olé disfrazó a Messi de Papá Noel: la intimidad de una nota única
- 🌟 Contexto: la escena ocurre en la Masía, junto al Camp Nou, donde los jóvenes aprenden a tratar la pelota con urbanidad antes de pasar al gran teatro del fútbol.
- 🎄 Ambientación navideña: una enorme y desmesurada árbol de Navidad iluminaba la playa de estacionamiento, destacando fuera de escala.
- 👦 Messi joven: en diciembre de 2005, Messi aguardaba sin nervios ni prisa, vistiendo un traje de Papá Noel comprado en Lidl.
- 📷 La foto: un fotógrafo forastero en Barcelona y un amigo, Gustavo, tomaron la escena con una Canon pequeña que cumplía.
- 🚗 Detalle del coche: al abrir el baúl del Peugeot 106 blanco, apareció una camiseta del Garrafa Sánchez, de la marca Nanque, traída del Florencio Sola.
- 👕 La camiseta: Messi la vio y comentó que le agradaba cómo jugaba el gran diez de Laferrere, pidiendo no sacarle una foto con esos colores en verde y blanco.
- 🧵 Cruce de dos diez: la escena mostró dos maneras de llevar el 10 en la espalda, una indómita y otra rendida a lo inevitable.
- 🗞️ Consecuencia periodística: quedó la foto y, para el autor, fue una de sus primeras tapas de Olé, un instante que persiste en este aniversario.
- ⏳ Reflexión final: demuestra que el fútbol se juega también fuera de la cancha y que ciertos momentos quedan grabados para siempre.
La nota de “Papá Lionel” se presentó como suelen hacerlo esas historias que aparentan ser de entrecasa y terminan adquiriendo mucho espesor. El escenario era la vieja Masía, al costado del Camp Nou, donde a los muchachos primero se les enseñaba a tratar la pelota con urbanidad y, recién después -si la cosa prosperaba- se les permitía asomarse al gran teatro.
En esos días, diciembre de 2005, la playa de estacionamiento se erguía un árbol de Navidad desmesurado, encendido con una perseverancia por momentos absurda. Brillaba en soledad, fuera de escala, como desentendiéndose de que lo verdaderamente importante habría de ocurrir unos metros más allá, bajo su radio de luz. A escasa distancia, Messi aguardaba. Sin nerviosismo, sin premura. Vestía un traje de Papá Noel que le había comprado esa tarde en un supermercado LIDL, lo cual añadía a la escena un matiz doméstico, casi de barrio. El único elemento discordante era el fotógrafo, extraviado por Barcelona con una torpeza que, aun tratándose de un forastero, era difícil de justificar.
Así las cosas, había que hacer la foto. Un amigo de Banfield que me acompañaba, Gustavo, tomó la cámara sin proclamas ni aspiraciones de posteridad. Hay individuos que ingresan en la historia casi pidiendo permiso y, sin embargo, terminan sosteniéndola con una solvencia envidiable. La máquina era una Canon pequeña, plateada, de esas que no intimidan a nadie. No prometía hazañas técnicas ni resultados deslumbrantes, pero cumplía. Y, para la ocasión, era más que suficiente.
Por entonces, Messi residía en la Travessera de Les Corts, en un departamento cercano a la cancha. Su vida transcurría en una escala perfectamente reconocible. La palabra “leyenda”, si ya existía, todavía no había sido invitada a esos ámbitos.
Los disparos fueron pocos, limpios, casi austeros. Lo justo y necesario. El bueno de Carlos Bairo, jefe de fotografía de Olé, habría de aprobarlos sin necesidad de mayores deliberaciones. Y cuando todo parecía encaminarse hacia una conclusión prolija, la escena -caprichosa como pocas- decidió regalar un segundo acto. Abrí el baúl del Peugeot 106 blanco para guardar el cotillón y, casi sin intención, extraje una camiseta del Garrafa Sánchez. De las marca Nanque de antes, tela firme, vocación de juego. Una prenda que no se explica, se reconoce. Venía del Florencio Sola, traía barrio, polvo, domingo y alguna que otra gambeta pendiente.
Messi la vio.
No habló de inmediato. La sostuvo con la mirada, como si le resultara familiar de un modo difícil de explicar y recién entonces comentó en voz baja que le agradaba cómo jugaba el gran diez de Laferrere. Acto seguido, pidió -sin énfasis, sin aspavientos- que no le sacáramos una foto con esos colores en verde y blanco. No hubo desaire en el gesto. Si acaso, una intuición incipiente, la de alguien que comenzaba a comprender que el fútbol, a ciertos niveles, se juega también fuera de la cancha.
Nunca llegué a referirle esta escena al Garrafa. Se fue antes, de una manera que aún hoy se resiste a ser explicada. Tan cerca de su casa, tan lejos de cualquier lógica atendible.
Quedó la foto, desde luego. Pero también ese cruce fugaz entre dos maneras de llevar el 10 en la espalda, una aún indómita, la otra ya rendida a lo inevitable.
Y con eso -si se me permite, en este aniversario- alcanza. Porque hay instantes que no pasan, dictan. Aquella noche, una de mis primeras tapas de Olé como corresponsal del diario, fue uno de esos instantes.


