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Luis Zubeldía con Olé: de su batalla contra un meme viral y una difícil operación de corazón a convertirse en el mejor entrenador del fútbol carioca

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AI
  • 🏖️ Vive en Barra de Tijuca, con vistas al océano, vegetación y la vida de playa que rodea el living.
  • 🏆 Es entrenador de Fluminense, ganador de la Taça Guanabara y reconocido como mejor técnico del Estadual 2026.
  • 📚 Trayectoria y logros: pasó por Lanús, Racing y Liga de Quito; dos títulos con Liga de Quito y 17 años en Lanús.
  • 🫀 A los 45 años, con cuatro stents, habla de su corazón y de cómo cuida su salud y toma decisiones.
  • ⚽ Filosofía de juego: equilibrio entre jogo bonito y organización práctica; debe haber un plan B.
  • 🧩 Desarrollo de jugadores: prioriza a jóvenes, con enfoque tipo ABC para adaptarlos y darles rodaje.
  • 🇧🇷 Perspectiva sobre Brasil: Carioca (más artístico) vs. Paulista (más duro); liga muy competitiva e inversionista.
  • 🔄 Desafíos del césped y los estadios: pastos sintéticos, cambios por conciertos y efectos en lesiones.
  • 🏟️ Maracaná: dirigir ahí es un hito; la localía y la acústica influyen en el rendimiento y la sensación de juego.
  • 💸 Economía y competencia: Brasil está fuerte económicamente; Argentina puede competir, pero el dinero importa.
  • 🧠 Evolución del entrenador: se adapta a generaciones, reglamentos y contextos; no es el mismo de antes.
  • 🌱 Talentos descubiertos: ha impulsado jóvenes a Primera (López, Gruezo) y valora el desarrollo de talento.
  • 🗣️ Idioma y comunicación: aprendió portugués; el meme de “90% español, 10% portugués” marcó una anécdota, ahora busca mejorar.
  • ⏳ Futuro: se ve evolucionando y manteniéndose en Brasil; podría convertirse en panelista de TV si continúa.

El living aparece enorme, interminable, minimalista. A pesar de las nubes y esas lluvias bien cariocas que te toman por sorpresa, el sol se infiltra en los ojos, se burla de los blackouts. Desde un tercer piso de condominio, a la altura del Posto 5 de Barra de Tijuca, la vegetación y los edificios apenas si permiten observar que, detrás de esa masa verde planta y gris cemento, hay una orla única, miles de turistas, vendedores de açaí, queijo coalho, caipis, cerveza en todas sus clases, y un océano Atlántico ideal para las mil y una selfies.

La mega TV está apagada. No parece haber rastros de fútbol en casa. Apenas, sobre un mueblecito bajo, libros apilados con dedicación. La historia de Fluminense, del Brasil del 82, biografías de Telé Santana, de Carlos Alberto Parreira. En la súper mesa del comedor, otro cantar. Rastros de familia, de vida infantil. Lápices, tareas, garabatos, juegos didácticos, las huellas de Lara, camino a sus 7 años y socia 50.362 del Club Atlético Lanús. Ludmila, su pareja, liberó la zona para que la charla con Olé pueda fluir.

Allá a lo lejos, aparece en escena un flaco rubio, alto y espigado, que hace equilibrio con dos cafecitos de cápsula. Es el mejor técnico del torneo Estadual de Rio de Janeiro 2026 -elegido por la Federación local- y el ganador de la Taça Guanabara que premió al #1 de la fase regular. Tiene 45 años, una osteocondritis disecante en la rodilla izquierda que lo retiró temprano del Profesionalismo como volante incansable, casi 20 veranos del otro lado de la línea de cal, dos vueltas olímpicas con Liga de Quito, cuatro recientes stents y una mala noticia: “No tengo azúcar, te traje edulcorante...”.

-Sos muy fit para tener problemas cardíacos. ¿Cómo está tu corazón?

-Fue picante. No tomo conciencia de que tengo cuatro stents con 45 años. Fue un golpe al principio por lo sorpresivo. Pero en frío vi el vaso medio lleno, el haber encontrado el problema a tiempo. El cardiólogo me llama la atención siempre por cómo vivo el fútbol, por la pasión que siento. ¿Causas? Colesterol alto, temas hereditarios. Di en la tecla con un estudio llamado angiotomografía. Es increíble que esté haciendo recomendaciones médicas pero...

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-¿Y cómo se vive el fútbol en Brasil? Desde 2024, cuando llegaste a San Pablo, estás metido acá. ¿Ya le sacaste la ficha?

-Al 100%. Emocionalmente es una montaña rusa. Imposible mantener una línea de juego, de resultados positivos. Todo fluctúa, es momentáneo. Por eso, tenés que tener la cabeza muy fuerte para reinventarte y en un muy poco tiempo. Es como si fueses a rendir un final cada tres días.

-¿Y el final se aprueba con 4 o con 7?

-Se aprueba ganando, je.

-¿Ponemos los ojos en Brasileirao por que tiene buena billetera o nos estamos perdiendo algo?

-Los argentinos tenemos una relación muy fuerte con el fútbol brasileño. Y ellos con el nuestro. Cuando surgen altos montos, como la novela de Paquetá, se pone al dinero por encima de todo. Pero hay un nivel competitivo que pone al Brasileirao entre las cinco, seis principales ligas del mundo. Cada una o dos fechas, estás jugando contra un rival de cuartos o semi de una Copa internacional. Y en el Carioca, jugué cinco clásicos en dos meses. Todo el tiempo te enfrentás a los mejores.

-¿Y cuál es el Lado B del torneo? ¿De qué no se habla?

-Tiene de todo un poco. Distintas regiones, temperaturas, estructuras. Pocos hablan del Bahía, un equipo del Grupo (Manchester) City, que tiene una filosofía parecida. O equipos como Mirassol, un boom que no estaba en los planes de nadie. Y lo más silencioso es el terror del descenso, el Z-4. En septiembre, octubre, tenés a los cuatro que pelean por el título; a ocho-diez buscando entrar a una Copa, y pegaditos, separados por una línea delgada, los que luchan por zafar de Segunda. Martín Palermo hizo un gran trabajo en Fortaleza pero debe decir “a Brasil no vengo nunca más”. Si te salvás, sacás el pasaje a un club importante. Pero si te tirás de cabeza a la aventura... A mi me había llamado Santos y otro equipo grosso pero no animé porque estaba muy cerca de irse a la B.

-¿Y el pasto sintético? Neymar vive chillando al respecto...

-El de Botafogo es un poquito más alto, parecido al natural; el de Palmeiras, una alfombra, que ahora están recambiando. Y si no juega en su cancha, elije otro sintético. Paranaense tiene, Atlético Mineiro tiene. Son elecciones económicas: lo hacen para aprovechar sus estadios para conciertos. O por la falta de sol a raiz del tamaño de los techos. Estadísticamente es cruel: cada vez que vamos tengo a uno o dos lesionados. Y los jugadores empiezan a tener dolores de espalda, cintura, rodilla.

-¿Y el racismo? ¿Y la discriminación? Porque también es un fenómenos puertas adentro. Acá tenés jugadores de todas las nacionalidades y de todas las razas...

-Abrí mi cabeza al salir joven de Lanús y estuve en muchos país donde uno pudo percibir racismo. Lo que se ve en Brasil es que si hay un acto, hay una penalización, una condena. Dentro del fútbol, acá no lo noté. Pero en un lugar, hace años, tuve la experiencia de tener que salir a defender a un compañero y a poner condiciones en el vestuario.

-El brasileño es muy nacionalista pero no duda en traer argentinos para jugar o dirigir. Sin embargo, no sucede lo mismo al revés.

-Nos adoran. Es lo que más me sorprendió: el respeto, la admiración y la valoración al argentino, y después al resto. Ahí se te desvanece todo lo que vos pensás, la rivalidad con la que te criaste. Ellos ven que le podemos dar algo que no tienen. Por ejemplo, notaron como Lanús, con menos presupuesto y con sus formas, pelearon y lograron contra Flamengo el objetivo de la Recopa. Ojo, tampoco me gusta que le den la espalda a los locales. Tampoco creo que todos los extranjeros seamos solución. En Argentina, tenés razón, no pasa. Es un mercado más cerrado. En Argentina yo llevé a Tiago Pagnussat, mi primer contacto con un jugador brasileño en un plantel. “Qué obediente, qué profesional, debe ser porque es la primera vez que sale de su tierra”, me decía yo. Pero: son así.

-¿Todos los equipos juegan 'a la brasileña' o está el que rompe con el jogo bonito? Bah, ¿sigue existiendo el jogo bonito?

-Existe hasta que el torcedor se pone nervioso y grita “pateá para arriba”.

-A los 15 segundos de juego...

-Exacto. La gente es muy exigente. En Argentina, la reprobación llega al final del partido o con un murmullo al entretiempo. En Brasil, si hacés una mal te lo hacen saber y si hacés una bien, te están aplaudiendo... Del amor al odio en una jugada. Pero son expresiones genuinas, espontáneas. Me pasó cuando llegué a San Pablo en los primeros entrenamientos. Parecía que los jugadores se vivían peleando, alzaban las manos, hacían señas. Eso en Argentina está mal visto, es para trompada, “me estás vigilanteando”. Y acá no: todo es postura corporal. Y el hincha es igual, parte de la sociedad. Ahora sí, el jogo bonito se intenta, lo tienen en la sangre eso de “vamos a jugar al fútbol”. Pero los entrenadores, el sistema, le han dado matices al asunto. Y es posible que en un momento quieran ganar como sea.

- ¿El carioca y el paulista juegan a lo mismo? ¿Hay estilos geográficos?

-Hay. El carioca es más descontracturado. El 10 de Flamengo era Zico. Hoy De Arrascaeta hace lo que hacía Zico. En Fluminense tenemos a Ganso, a Lucho Acosta... Salvo en los clásicos, es un fútbol más artístico. Juego asociado, placentero, lindo de ver. El paulista es más duro, el estadual más complicado porque hay muchos equipos de Serie B que se arman fuerte tres meses, como ahora lo hizo Novorizontino, el finalista. Después se desarman. Son equipos más físicos, friccionados.

-Igualaste un récord en Fluminense que tenía 84 años de vigencia: 16 triunfos al hilo como local, 15 de ellos en Maracaná. ¿Cómo es dirigir ahí y sentirse casi el dueño del estadio?

-No te detenés mucho en las marcas porque tenés un desafío detrás del otro. Pero mi esposa me dijo: “¿Vos no te das cuenta de lo que significa lo que conseguiste? Y es verdad. Para los que somos del mundo del fútbol, ser local en Maracána, dirigir en Maracaná, ganar en Maracaná... Incluso los administradores del estadio me regalaron una pelotita como reconocimiento. Ellos me posicionaron. Maracaná es lindo, tiene buena acústica, todo techo y gente que grita. Estadios como el de Racing, Morumbí o River, pueden estar llenos pero se va un poco el canto. Acá se sienten 70.000 personas.

-Ya con el subcampeonato estadual atrás, en abril se te juntará el Brasileirao, la Copa de Brasil y la Libertadores, que Fluminense ya ganó en 2023. Los brasileños llevan siete en fila. ¿Lanús, con el cachetazo al Flamengo de los millones, demostró que los argentinos pueden cortar la racha? ¿Fue un mensaje? ¿Hasta qué punto el dinero garantiza el éxito?

-Eso en el fútbol está y los protagonista lo saben. En la previa a la Recopa, tipos como Izquierdoz, como Salvio, no declaraban de manera hipócrita: creían en ellos. Pero sí, hay una alerta. Aunque en los papeles, hay un nivel de competencia tan fuerte en Brasil que... De análisis, de entrenadores, de torneos. Eso te obliga a ir construyendo equipos muy buenos y el pico de rendimiento debés conseguirlo en la Libertadores. Mensajes como el de Lanús te fortalecen más, aunque también tuvo que ver con que los equipos brasileños recién en el segundo semestre, en septiembre ponele, llegan a su mejor momento.

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-¿Qué debería pasar para que los equipos argentinos emparejen a los brasileños más allá de excepciones a la regla? ¿O estamos destinados a que todo sea cuestión de bellos milagros?

-No, habrá casos. De hecho, han sucedido en la Sudamericana. Tal vez equipos armados puedan hacerlo. Aunque sí es más difícil porque en Brasil se compite muchísimo durante la temporada y en las instancias finales de la Libertadores, sabiendo jugar esos partidos, continúan teniendo superioridad. Pero es fútbol y Argentina siempre es Argentina. Va de la mano de la economía. Y del país. Brasil hoy está muy fuerte, puede contratar mejores jugadores. Quieras o no, esa ventaja está.

-A propósito, ¿cómo viste desde afuera el batacazo de Lanús sobre Flamengo y en Maracaná?

-Fue hermoso. Al otro día llegué al club y me decían: “Parabéns, Luis, qué bien tu Lanús...”. Esa noche me acordaba de mi papá, Magnor Antonio. Le decían Carozo allá en Santa Rosa. No era hincha pero se hizo. ¿Por qué? Porque dejó a un chico de 15 años en las manos de sus dirigentes. Y cuando yo me enojaba, mi viejo decía: “Portate bien porque el club te dio todo”. En 2007, por una promesa, se sacó el bigote de toda la vida. Yo hoy represento a su escuela. Llevo 17 años, desde distintos lugares, llevando la bandera Granate. Soy pampeano pero made in Lanús. Y cuando lo veo levantando una Copa que nunca hubiésemos imaginado... Solo falta una. O dos. Puede ser también el Mundial de Clubes, je. Está bien que el hincha se ilusione. ¿Fue magia, fe o hacer las cosas bien?

-Tuviste dos pasos profesionales por Lanús. También otro por Racing. ¿Un nuevo regreso al país es imposible? ¿En qué momento de tu carrera estás? ¿Hoy quién sos como entrenador?

-La tengo armada esa respuesta. Soy un entrenador permanentemente en evolución. Cambia todo. Las generaciones, los contextos... ¡Los reglamentos! No te digo que han hecho un desastre pero modificaron un montón de paradigmas: los cinco cambios, el VAR, el no poder pisar el área para la presión, el Fair Play, que cada tiempo se corte para tomar agua a los 25'. Así que si no evolucionás, te quedás. Porque un día enfrentás a Diniz, otro a Felipao, ahora a Eduardo Domínguez... ¿Quién soy hoy? Un DT que no es el mismo de aquellos tiempos porque voy modificando mi parecer. Aunque la esencia es la misma. ¿Argentina? Hoy difícil por una etapa de mi vida. Y hoy mi vida es Fluminense. Estando en San Pablo, vino a buscarme la selección de Ecuador. Hablé incluso con el presidente de la Federación. Yo sabía que tenía el Mundial casi asegurado pero respeté mi contrato.

-¿Y para qué estás? ¿Cuál es tu mercado? ¿Tachaste Europa? ¿Te apuraste en el Alavés?

-Me apuré, sí. Eso no hizo que pierda lugar sino que deje de romantizar el sueño europeo. Hoy lo mio es esto. Pongo a Brasil por encima de todo. Además, Europa es muy amplio. Una cosa es la Premier League y otra una liga donde no vas a tener ni las herramientas ni los jugadores que se identifiquen con lo que querés. Una vez se lo comenté al representante de Jorge Almirón, que me preguntó cómo lo veía en Las Palmas. Le dije que no vaya. Si tenés cierto prestigio como él, tenés que ir armado, con todo, si no te va a ir mal. Yo me apuré porque me dejé llevar por las luces. Y porque... Tengo a mi esposa de testigo, eh. En 2017, le dije al director deportivo del Alavés por videollamada: “Dame 12 partidos, mínimo, si no no puedo acomodar el equipo...”. Perdí los primeros cuatro partidos y chau. Pensé que iba protegido y me equivoqué.

-Hoy estás más para un Fla-Flu que para un Girona-Getafe.

-Mil veces. Por eso valoro donde estoy porque estos equipos son grandes de verdad pero no son europeos.

-¿Sos de los entrenadores que nunca termina de tunear el departamento porque no sabe cuánto puede durar o cuando te instalás, te instalás?

-La otra vez lo charlaba con el director deportivo, que vino a tomarse un café. Le dije: “Mário (Bittencourt), si hay algo que aprendí es que tengo que sentir que me voy a quedar mucho tiempo acá, que este departamento lo voy a decorar como a mí me gustaría hacerlo. Y si tengo que gastar un mango, lo gasto, porque mi vida es ésta y no lo que vendrá”. Mário miraba... Porque si tengo que pensar que acá los técnicos duran, promedio, tres meses y medio, no voy a ningún lado.

-Debutaste como DT 'solista' en 2008 pero recién tu primer título llegó en 2023. ¿Tardar tanto te habrá jugado a favor para el aprendizaje o hubiera sido mejor la vuelta olímpica al toque?

-Uff. Me ayudó mucho a no claudicar. A tener una cabeza fuerte. A desarrollar mis tres P: perseverancia, preparación y paciencia. No fui campeón pero quizás cumplíamos objetivos que eran sinónimo de título en algunos clubes, aunque no para sus hinchas. ¿Sabés lo que es salir sexto del Brasileirao y meterlo en Libertadores? Por algo después suena el teléfono. Salvo desde Alavés, en alguna oportunidad me volvieron a llamar los clubes por donde pasé. Nos querían, nos reconocían, ese era mi parámetro. Los trofeos llegarían solos. Se tenían que alinear varias cosas.

-¿Ya descubriste cuál es tu estilo de juego con el paso de los años? ¿Cuál es tu lugar en el mundo pensando en táctica y estrategia?

-Voy mutando. Yo ponía a muchos jóvenes. Ahora no, je. Salí campeón de la Sudamericana con Liga de Quito con un joven y otro que entraba en los segundos tiempos. Algo parecido a Lanús con Agustín Medina y Dylan Aquino. Con el joven necesitás un proceso de tiempo y sus vaivenes, de jugar partidos, bajar el rendimiento, de adquirir nuevos bienes en lo económico, el pedo de que te quieren vender, comprar, todo eso. Y si tenés a cinco pibes dentro de la cancha, influyen dentro de un equipo y es imposible consolidar un juego maduro.

- ¿Y cómo les das rodaje entonces?

-Tenés que, tac, apuntarle a uno. Y tac, apuntarle a otro. No más. Y el estilo... Hmm. Cuando tenés un determinado tipo de jugador, podés inclinarte hacia una idea, y cuando tenés otro, moldear tu línea hacia otra. Es el ABC para mí. Soy más pragmático que antes, me adapto a lo que tengo. Hoy puedo estar más pretencioso después de una carrera hecha. Gané derechos. Cuando fui al Alavés creí que iba a aprender a desarrollar “el juego directo” porque yo en Lanús trabajaba con un “juego asociado”. Tengo una línea, un estilo, pero también la obligación de darle matices. A su vez dependés de la cultura del país o del club. Si Fluminense juega históricamente con un 10, no puedo caer con un 4-4-2. Me pasó en Paraguay, donde yo pretendía jugar 4-3-3 en Cerro Porteño y ellos pretendían a dos tanques como 9. Encima, tenés que acomodarte rápido porque no tenés tiempo.

-¿Y hoy a qué se juega? En Argentina, en Brasil, en el mundo...

-En Argentina, salvo algunos equipos que tienen bien marcado el estilo o la historia del club... Tenés un juego muy friccionado, más peleado, de mucho menor nivel técnico. No es una crítica, eh. Es una descripción. No contás con los jugadores explosivos que hay acá. Pero tenés aquellos que no van a parar de luchar, de usar los brazos para sacarte la pelota. Después te aparece un Mauricio Pellegrino, con un Lanús que ya funciona bien; un Argentinos con un Nico Diez que encaja con la vida de la institución; un Vélez con Guillermo; un River que se acomodará con Coudet, un Estudiantes que juega a lo Estudiantes, y está bien. En Brasil veo mayor calidad, mejores acciones para el disfrute del torcedor. Salvo cuando los partidos se ponen locos y sube la presión por las nubes. Ahí se desarma todo y se juega a cualquier cosa. Acá el jugador juega con mucha presión externa. Le pasa un poco en la actualidad a la selección de Brasil. Y no es fácil jugar con eso. En un mes jugás 12 partidos, tenés cuatro malos en racha y te tenés que ir a tu casa. La rotación se exacerba. Consolidar una idea es dificil. Pero como hay inversión, todo parece más agradable.

-¿Cómo se gana un partido en 2026? ¿Qué hay que hacer?

-El nivel de los entrenadores es muy bueno y seguimos usando la frase “el fútbol se gana con detalles”. Hay dos fases dentro de un partido: la organizada, donde juego a lo que quiero o a lo que me permite el rival, con o sin balón; y la alocada, donde vos le metés una piña a uno, como en una pelea callejera, y el otro te contesta instintivamente. Así pasa en el fútbol también: cuando uno mete un gol, no sé qué pasa, pero el otro da un paso al frente y te aprieta. O fallaste un penal y reavivás al rival, te hace presión alta, te quita fluidez y tenés que jugar a otra cosa... Si no tenés un Lado B, no tenés futuro. Entonces debés contar con un equipo que controle su organización, que tenga complejidad (buenos intérpretes que ordenen, rompan estructuras, 'el distinto'). Y cuantos más focos de complejidad tengas en una organización práctica, agregale esa otra cara para cuando el partido se vuelva loco y tengas que salir a controlarlo. Se trabaja la madurez.

-Pero, en lo llano, ¿cómo se gana un partido? ¿Qué es lo primero que hacés al planificarlo?

-Depende el momento. Uno cosa es que vos llegues a ese partido con un montón de quilombos y vos tengas que priorizar soluciones. Y otra que llegues con el equipo ensamblado, que se acomoda al rival se cual sea el oponente. Yo trabajo sobre mis aspectos, sin pensar tanto en lo que me pueden hacer. Dónde debo tener el control del balón, por dónde debo progresar en el campo, por dónde tengo que finalizar el ataque y donde tengo que estar parado defensivamente. Pero eso porque sé que tengo un dominio sobre el 70% de los equipos.

-Pregunta tonta de respuesta difícil. Para vos, entonces, ¿qué es jugar bien?

-La respuesta se la robé a Valeri Lobanovski, un ucraniano del viejo Dinamo de Kiev que dirigió a la antigua Unión Soviética. En los '70, de un lado del muro se hablaba del 'fútbol total' holandés y del otro, de la 'organización práctica' de los rusos. Para mí, entonces, jugar bien es controlar esa organización práctica. Cuando tenemos la pelota, tenemos que saber qué hacer con ella. Lo mismo cuando la tiene el rival. Porque dependiendo de la calidad de jugadores con los que cuento, puedo pedirles más o menos. Si se cumple eso, con trabajar más con la pelota, saber cómo la trabajamos, cómo atacamos, cómo defendemos, para mí ya es jugar bien.

- El librito de Luis Zubeldía es ruso. Quién lo hubiera dicho...

-No sé. Pero no pienso en el concepto de dar diez pases seguidos. Por supuesto, hoy pretendo que los centrales filtren, propongan; no admito que los tres del medio no puedan salir de la presión... Deben tener condiciones, dribling, control orientado y pase de primera. Si no contás con gente así en el Brasileirao, no podés ser parte del G-6. Yo tengo buenos jugadores de currículum que, sin embargo, por ahí no juegan tanto porque no cumplen con todos estos requisitos.

-¿Y cómo se perfeccionan a los 25 años? ¿Cómo aprendés lo que no dominás desde Infantiles?

-A corto plazo, te tenés que adaptar al jugador, hacer una especie de pacto. De lo contrario, empezás a ver todo mal de los tuyos y el fin de semana tenés que ganar. Tenés que hacerle sentir que es el mejor, sacar lo mejor de él. Pero, a mediano-largo plazo, tenés que buscar a otro... El proceso de un equipo tiene que evolucionar como el proceso de su entrenador. Siempre hay que buscar esos pequeños cambios.

-Y hablando de aprendizaje... ¿Mejoraste el portugués? Cuántas veces te habrán mandado el famoso meme del '¿qué puedo saber eu de esa situación?', ¿no? ¿Cómo se gestó?

- Tomé clases de portugués, je. Es mucho más difícil que lo uno piensa. Lo que pasa es que el argentino se lanza y piensa que lo habla bien. Pero cuando vas a la técnica, a la gramática, no es tan sencillo. ¿Qué fue lo que pasó? Recién llegado al San Pablo, en mis primeros partidos, tenía la disyuntiva en las conferencias de prensa entre ir tirando palabras en portugués y en español para, poco a poco, adquirir conocimiento. Y esos encuentros ya me venía cruzando con algunos periodistas. No es que me peleaba, pero me cruzaba... Y así salió la famosa frase, 90% en español y 10% en portugués... Hoy, si la tengo que repetir, no la sé. Aunque sé que tuvo mucha repercusión. Ya venía tomando clases, pero jugábamos tan seguido que no me tomé el tiempo necesario... En todo lo que es el idioma del fútbol, no tenés problemas en lo interno. Sin embargo, en las conferencias... Hoy, con el tema del meme que se viralizó, retomé mis conferencias en español. Sino pareciera que es una risa, algo gracioso, y no quiero faltarle el respeto a la lengua.

-Sabés que el video se viralizó pero no sos del club de las redes sociales...

-Es que no me interesa mostrar nada. Las uso para espiar, eso sí. Pero algo mío, no. Ni me acuerdo el usuario. No tengo Twitter, solo Instagram. Consumo todo lo relacionado con mi trabajo y para ver cómo la están pasando mis amigos. Nada más.

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-¿Y en qué se te va el tiempo libre? Si el fútbol no te comiera 25 horas diarias, ¿qué sería de tu vida?

-Docente. Tenía pensado ser profe de educación física, algo que me gustaba. Es más, tenía un dinero ahorrado para pagarme los estudios pero empecé a ser entrenador tan rápido que no pude alcanzar el objetivo. Hoy no sabría qué decirte, a qué podría dedicarme. Opciones hay. Pero está difícil el mundo.

-Vamos con un ping pong. ¿Cuál fue el partido de tu vida?

-Cuando dejamos afuera a San Pablo con Liga de Quito, la noche que James Rodríguez falló el primer penal de la definición. Algo así había vivido con Lanús, cuando clasificamos en el Morumbí, pero al ser en pandemia, la cancha estaba vacía. Lo sentí de una manera tan especial que terminé el partido y, como muchas veces hago, me puse a escribir un texto largo que todavía tengo guardado. Dejé ahí mis sensaciones y el agradecimiento a mi papá por hacerme sentir amor por el fútbol.

-¿Y cuál te gustaría repetir porque no te salió una?

-La final de la Sudamericana 2020, cuando dirigía a Lanús y Defensa y Justicia nos ganó 3-0. Tenía una alternativa para hacerle marca personal a Enzo Fernández y tener las bandas más fuertes. Pero en el planteo no ayudé al equipo.

-¿Por qué te expulsan tanto?

-Porque gesticulo mucho y porque salgo del corralito. Siempre tuve problemas con los árbitros, desde mi época como jugador. De hecho, me lo hice tratar con (Marcelo) Roffé, un psicólogo deportivo. Siempre me decía: “No, con los árbitros no...”. Por eso me identificaba mucho con el Laucha Acosta cuando protestaba. Uno piensa que se queja porque así podés condicionar al árbitro pero no: es una manera de descargarme, de 'ayudar al equipo'. Aunque tengo claro que así no lo ayudás. Todo lo contrario: lo perjudicaba.

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-Decime un jugador infravalorado del fútbol argentino.

-Hmm. Cali Izquierdoz, Nacho Malcorra. Son más de lo que muchos imaginan y están a nivel top.

-¿Tu máximo orgullo como entrenador? Un jugador 'tuyo'.

-Más que decir “este jugador es mío”, prefiero ir de la mano del club que cortarme solo con el logro. El Flaco López es uno. Vino Rodrigo Acosta, técnico de la Reserva de Lanús, y me dijo que lo mire, que le preste atención. Lo entrenamos dos-tres semanas de manera específica. Yo me hacía el que no veía el entrenamiento pero... Al toque lo llevamos a Primera y ahí arrancó.

-¿Flaco López mata De Paul?

-Otra historia también divina, je. Como la del ecuatoriano Carlos Gruezo. Lo contraté en Barcelona de Guayaquil solo por cómo me miró. Y vi en sus ojos a un señor profesional a pesar de sus 18 años. Le dije “usted está contratado” sin haberlo visto jugar. Al año y medio salió 'mejor juvenil' y se fue a Alemania. Y dos años más tarde jugó el Mundial. Lo percibí. Te puede salir bien o mal. Un grado de inconciencia. Por ley tenía que jugar un juvenil y lo contratamos a Gruezo.

-¿Cuál es el equipo que mejor juega en América?

-Sin dudas, Flamengo. Lo ha demostrado. Hay que reconocerle que fue el mejor equipo del 2025. Con vaivenes, claro. Y Lanús está ahí cerca.

-¿Y en el mundo?

-Creo que el PSG, el Arsenal, está entre esos dos. El Bayern como una tercera potencia.

Luis Zubeldía con Olé: el DT de Fluminense y su punto de vista sobre el equipo más destacado de América y del mejor del mundo

-Fuera del gran circuito de entrenadores, ¿qué técnico joven argentino creés que puede llegar a tener proyección?

-Se me hace muy difícil pero sí creo que hay entrenadores. Si me preguntabas antes sobre Pellegrino, te diría que era un excelente entrenador. Hay técnicos que a lo mejor no salieron campeones, y lo digo por experiencia propia, que tienen un grandísimo nivel. Guillermo me gusta mucho cómo arma sus equipos. Pero jóvenes jóvenes.... Una vez Miguel Russo me dijo: “Luis, a partir de los diez años, empezás a ser entrenador”. Y un poco no me gustó porque yo llevaba 400 partidos en ocho años. “¿Qué me está diciendo éste?” Y tenía razón.

-Debutaste como ayudante de Ramón Cabrero. Si pudieras elegir otro DT para darle una mano, ¿a quién te hubiese gustado hacerle la segunda para aprender de los buenos?

-A Miguel (Russo) lo tuve, entonces pude entender su fútbol. Me hubiese gustado compartir grupo con Coco Basile. Bielsa me dirigió siendo sparring. Aunque Carlos Bianchi, por las cosas que hizo y por lo que no me di cuenta lo que había hecho por el fútbol argentino, hubiese sido ideal.

-¿Cómo se puede confiar en una Argentina competitiva en el Mundial cuando aquellos jugadores consagrados en Qatar están por debajo de lo que fueron? ¿De qué nos podemos agarrar para volvernos a ilusionar, como dice la canción?

-En el proyecto. Scaloni, Tapia y Messi están llevando adelante un proyecto que no les pertenece a ellos solamente pero son pilares importantes para que Argentina nos ilusione. Igualmente, llevado a la cancha, será dificil repetir el nivel que tuvo Argentina en el Mundial anterior.

-¿Cuál es el techo de un entrenador? Maradona jugador, haciendo jueguito en Fiorito, decía que su sueño era jugar un Mundial. Y ganarlo. ¿Y el tuyo?

-Yo como jugador decía: “Quiero debutar a los 17 años, quiero ser capitán a los 19, quiero jugar un Sudamericano Sub 17, un Mundial Sub 17, un Mundial Sub 20...”. Iba cumpliendo todo. Y después aprendí que... Creéme lo que te voy a decir. Hoy, mis sueños, mis objetivos, son los de ahora. No proyecto mucho más allá. Ni siquiera dirigir una Copa del Mundo o en la Premier League. Antes sí.

-¿Y el futuro cómo se ve desde un living de Barra de Tijuca?

-Me veo evolucionando porque no hay otro camino. Evolucionando al compás de las nuevas generaciones, de las nuevas tecnologías, de las complejidades del juego. Evolucionando.

-Te ves en cinco años hinchado las pelotas del fútbol y dedicándote a ser panelista de TV o ser un Angel Tulio Zof y retirarte a los setenta y largos?

-Va por ahí. Creo que voy para ese lado. Me encantaría, si no me hincho las pelotas, poder llegar a dirigir por arriba de los 70 años. Pero no es fácil porque significa que te tenés que mantener. Y con cuatro stents, menos...

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