Milei, Malvinas y el riesgo de un salvavidas de plomo

Con la malvinización acelerada, el Presidente podría contribuir a alimentar la canción de la oposición; no obstante, el pero-kirchnerismo se conforma por ahora con la conquista del territorio irredento de Marcos Juárez
- 💡 Malvinas se posiciona como eje estratégico central para ambos bloques: Gobierno de Milei y oposición peronista, para definir el escenario político hacia 2027.
- 🚀 Para Milei, el tema Malvinas le permite controlar la agenda, debilitar a la oposición y avanzar un legado que combine la presión internacional con avances internos.
- 🧭 En el frente doméstico, el peronismo busca capitalizar la victoria en Marcos Juárez para mostrar unidad y medir tendencias de cara al año electoral, aunque el resultado no basta para garantizar optimismo amplio.
- 🏛️ La oposición dura quiere recuperar terreno en el “kilómetro cero” de Juntos por el Cambio y ve en Juárez un hito que podría alimentar expectativas para 2027, pero es solo un caso puntual.
- 🤫 Silencio estratégico: anuncios clave se gestaron sin filtraciones, lo que sugiere cierta coordinación con Estados Unidos para los dos salvavidas de Milei.
- 💵 Dos salvavides de EE. UU.: 1) un paquete de 20.000 millones de dólares en 2025 que sostuvo la gobernabilidad; 2) las declaraciones de Trump sobre Malvinas que fortalecen la agenda malvinera.
- ⚖️ Diferencias entre episodios: el salvavidas de 2025 llegó semanas antes de las elecciones para influir en la percepción; Malvinas llegó después para desconcertar a la oposición.
- 🧪 Estrategia malvinera: Milei busca proyectar no solo un reclamo histórico, sino un flujo de ingresos futuro por la explotación en Malvinas, con Vaca Muerta como apoyo para sostener la demanda soberana.
- 💥 Vaca Muerta como arma diplomática: presionar a petroleras para privilegiar inversiones allí y desincentivar operaciones en Malvinas si se quiere fortalecer el argumento económico del reclamo.
- 🛢️ Acción gubernamental reciente: anuncio de denunciar penalmente a Navitas y otras empresas por actividades en Malvinas, en un contexto geopolítico que incluye tensiones en Medio Oriente y Gaza.
- ⚠️ Riesgos: si la malvinización depende demasiado de Trump, podría desmoronarse si él cambia de posición; la estrategia corre el riesgo de ser de corto plazo y contradictoria.
- 🗳️ Horizonte 2027: para que funcione, Milei debe sostener logros verificables casi durante todo un año y evitar contradicciones que alimenten la crítica opositora, que ya señala fallas en la coalición gobernante.
El Gobierno se esperanza con Malvinas. La oposición dura, con Marcos Juárez. Los cálculos estratégicos ante el horizonte 2027 están a la orden del día en los dos campamentos de la polarización argentina. El tamaño de la esperanza de cada polo es una muestra de lo que consideran urgente, y de la escala de sus posibilidades políticas.
Para el mileísmo, la causa Malvinas cubre todos los flancos que le preocupan por el momento: control de la agenda, licuación de la oposición pero-kirchnerista, apropiación y consolidación de la esperanza ciudadana sobre las posibilidades de la experiencia mileísta: si logra avances contundentes en la cuestión Malvinas, Milei no sólo podrá inaugurar 2027 con una ventaja competitiva única; también podrá sumarla al legado con el que sueña. Eso en el frente doméstico. Malvinas también suma por otros dos lados: poner otro ladrillo en el alineamiento con Trump y encontrarle la vuelta al ordenamiento de la interna libertaria que se libra en Casa Rosada, que ahora se allana a la nueva estrategia.
Por su lado, el pero-kirchnerismo se aferra a lo que puede en medio de una pérdida de eje de sus dirigentes clave, en este caso, la nacionalización de los resultados electorales de la intendencia de Marcos Juárez, en Córdoba. La tabla de salvación interpretativa que elige por estos días: “Después de 53 años, el peronismo vuelve a gobernar Marcos Juárez (...)”, celebró el Frente Renovador de Sergio Massa en X este domingo. Demasiado poco y demasiado temprano como para sostener esa futurología optimista.
Parte del kirchnerismo ve en ese resultado lecciones sobre oportunidades y riesgos en el año electoral que se viene. Primero, sueña con un cambio de tendencia en la emoción del votante y confirma las ventajas de la unidad versus la división. Pro y radicales, que fueron separados, perdieron ante Germán Font, el candidato peronista que aglutinó el apoyo de su polo ideológico: “¡La unidad es el camino!”, cerraba el posteo massista.
Desde la oposición dura, suman otra capa de interpretación: la recuperación del bastión que fue el “kilómetro cero” de Juntos por el Cambio en 2014, cuando el candidato de aquella coalición ganó esa intendencia. La elección de Juárez acaba de convertirse en un hito doble para el kirchnerismo. Sobre ese hecho demasiado puntual, la oposición dura alienta una expectativa excesiva de cambio de vientos para la elección general del año que viene.
Silencio estratégico absoluto, distinto tiempo político: en esas dos características se cifran el parecido táctico y la diferencia de resultados posibles de los dos salvatajes políticos que el gobierno de Milei recibió por parte de Estados Unidos. El primero, el salvavidas de 20 mil millones de dólares que puso sobre la mesa el par Trump-Bessent el 9 de octubre de 2025. Eran tiempos turbulentos para la gobernabilidad mileísta, después de la derrota bonaerense de septiembre. Con el espaldarazo de Trump a la estabilidad macroeconómica, el Gobierno pudo asegurar la elección de octubre con el 40 por ciento. El segundo salvavidas llegó con las declaraciones de Trump sobre el tema Malvinas, y la amenaza velada a Gran Bretaña de abandonar su neutralidad en la disputa por la soberanía.
Hay versiones encontradas sobre el grado de coordinación que tuvo la estrategia malvinizadora de Casa Rosada, pergeñada sobre todo por Santiago Caputo. Un indicio posible de cierta coordinación tiene que ver con el silencio absoluto que precedieron a los anuncios de los dos salvatajes: ahí se detecta un elemento común. La efectividad de uno y otro anuncio dependió, en buena parte, de la sorpresa cultivada.
En el caso del salvataje financiero, fuentes involucradas con aquella negociación señalan que fue una condición estricta de los negociadores de Trump: no podía filtrarse ni una palabra antes de que Bessent hiciera su posteo clave aquel día de octubre. En el caso de Malvinas, el Gobierno logró sellar cualquier filtración del contenido del discurso de Milei bajo capas de silencio inusuales en la gestión mileísta del secreto, donde las internas juegan su rol y hacen correr sus versiones. Hay un señalamiento de que el silencio como pieza central en la administración profesional de un anuncio político clave es una marca de cierta coordinación, al menos oficiosa, con contactos de Estados Unidos. A la Argentina, ese profesionalismo le cuesta más.
La gran diferencia de los dos episodios es el momento político. El salvataje de 2025 llegó a apenas dos semanas y tres días de la elección legislativa nacional: con el tiempo suficiente para torcer el rumbo de la percepción pública y sostener sus efectos hasta el día de poner el voto. El efecto del salvavida Malvinas se notó con contundencia en el debate político inmediatamente después de la cadena de la semana pasada: fue efectivo para desconcertar a la oposición, que todavía se debate en cómo cuestionar al Gobierno sin desdibujar la oportunidad pragmática para la causa Malvinas que representan las declaraciones de Trump.
La estrategia mileísta tiene dos puntos novedosos: poner el tema de la soberanía no sólo mirando hacia atrás, como reivindicación histórica y de principios, sino hacia adelante, como reclamo soberano de un cash flow cada vez más probable, el flujo de fondos que podría generar dentro de pocos años la explotación del suelo malvinense. Una estrategia de letra chica comparada con la de la “causa sagrada”, pero más efectiva y abarcadora ante los tiempos geopolíticos que se vienen, hecho de disputa entre potencias en la región con foco en la navegación de los mares y los recursos naturales.
Todo, bajo el paraguas de la oportunidad que representa Vaca Muerta: una munición inesperada para darle realismo al reclamo histórico. En la lógica de la nueva política para Malvinas, las compañías petroleras y el entorno de la cadena de valor que gira a su alrededor se verán obligados a desistir de cualquier operación en Malvinas si es que privilegian su participación en Vaca Muerta. Weaponizar Vaca Muerta como herramienta diplomática: no sólo hablar con el corazón, las abstracciones del derecho internacional y los argumentos históricos sobre la causa Malvinas, sino también hablarle con el bolsillo al capital del oil & gas en una movida de presión no convencional sobre las islas y Gran Bretaña.
Ayer, el Gobierno dio nuevos pasos en ese sentido para afianzar el giro copernicano que dio en el tema Malvinas hace cinco días: a la noche, a través de la Oficina del Presidente, se anunció que el Gobierno denunciará penalmente a la petrolera Navitas, de capital israelí, y a otras cuatro empresas por su participación en actividades de exploración y explotación de petróleo en Malvinas. Una decisión que cayó en medio declaraciones enfrentadas entre Israel y Gran Bretaña que explícitamente tocan el tema Malvinas, pero que responden a un escenario geopolítico más amplio, que se centra en Medio Oriente y la guerra en Gaza. Milei y su nueva política malvinera como pieza en el tablero global: un hecho que los libertarios señalan ya como logro del Gobierno.
Pero para las elecciones 2027 falta demasiado: para que dure el efecto del volantazo malvinense del Gobierno, el mileísmo debería consolidar una estrategia en torno a Malvinas que se sostenga por casi un año, con logros demostrables, y que marquen a fuego la emoción del votante en el momento de poner el voto. Sería una proeza. ¿Podrá cumplirla el Gobierno?
En ese punto, el Gobierno no la tiene fácil. Es más, la malvinización sorpresiva tiene sus riesgos: que se noten más sus contradicciones y no duren los efectos de ese giro político. Por un lado, está el riesgo de la brecha entre la foto y la película: si la sostenibilidad de la malvinización del Gobierno depende de Trump, la película puede autodestruirse en cinco segundos. En Trump, el capricho y la volatilidad de sus declaraciones y posiciones es un modus operandi que conviene a su lógica transaccional. Un cambio drástico de posición, hasta el nivel de romper puentes, puede ser funcional a un objetivo de corto plazo: una vez conseguido, la posición puede volver al punto cero.
Sus declaraciones en torno a Malvinas no fueron contundentes: se quedaron a mitad de camino como una línea de puntos que hay que terminar de unir, sin demasiadas certezas. El Gobierno aprovechó esa ventana de oportunidad, pero Trump puede ser el que se lleve la mejor parte de la movida: la escalada estratégica malvinizadora funcionando a favor de Trump y su presión sobre Gran Bretaña por el tema del presupuesto de defensa de la OTAN. Como un mini salvataje de Milei a Trump.
De hecho ayer, Trump y el primer ministro británico, el laborista Andy Burnham acortaron distancia y mantuvieron una conversación telefónica: Malvinas no figura entre los temas tratados según el comunicado oficial del gobierno británico. Sobre ese hecho, la oposición dura ya empezó a destejer el gol de sorpresa que metió Milei con la malvinización anunciada en su cadena nacional. Trump les dio ayer la letra necesaria.
La relación de Trump con Milei difícilmente desdibuje la de Trump con la OTAN. A pesar de los reclamos que viene planteando Trump a sus aliados estratégicos, Trump viene jugando fuerte en favor de esa alianza cuando se tocan ciertos límites. A fines de agosto, medios destacados de Estados Unidos revelaron que el director de la CIA, John Rattclife, voló en secreto a Moscú para llevar un mensaje a Putin, justo cuando versiones de inteligencia advertían sobre la posibilidad de una ofensiva de Rusia. El mensaje fue claro: que Putin se abstenga de atacar a países miembros de la OTAN. Gran Bretaña es uno de ellos.
El riesgo de una estrategia de largo plazo basado en un Trump de temperamento de corto plazo puede verse en el espejo de Venezuela. La “extracción” de Maduro el 3 de enero abrió esperanzas de un cambio de régimen en ese país: el regreso gradual del sistema democrático, custodiado por Washington. A los diez días, el 16 de enero, Corina Machado visitó Washington y le obsequió a Trump la medalla del Premio Nobel de la Paz. Pero Lejos de alentar la democratización de Venezuela, Trump sostuvo hace cinco días que Venezuela todavía no está lista para una elección democrática. Hoy, Machado toma distancia de la política de Trump en Venezuela, con eje en la explotación petrolera. “El patrimonio de nuestro suelo no le pertenece a un régimen ilegítimo, le pertenece al pueblo venezolano”, cuestionó la semana pasada.
Si Milei queda arrinconado por la coreografía imprevisible y contradictoria de Trump, con la malvinización acelerada habrá contribuido a alimentar la canción de la oposición. Por el momento tiene la suerte de su lado: la oposición pero-kirchnerista empieza a subrayar las contradicciones mileístas, pero se conforma por ahora con la conquista del territorio irredento de Marcos Juárez.

