El modelo Milei y una bola de cristal todavía empañada

Los dos componentes centrales del formato de locura política son ajenos a la sociabilidad del votante; por un lado, están las referencias escatológicas; por el otro, el reemplazo de la ortodoxia económica por la ortodoxia divina
- 🛡️ El Gobierno ve al modo Milei sobregirado como dique para contener el cambio económico y disciplinar el escenario político.
- 🌤️ Sostiene que el vaso está medio lleno y que hay una lectura optimista respaldada por columnas como la de Sturzenegger.
- 🗳️ La narrativa de crisis promovida por kirchnerismo y oposición no dialoguista no decide el voto en las urnas.
- ⏳ En 2027, el gran factor será el “riesgo kuka” y el miedo al rumbo, no solo por las formas de Milei.
- 🧭 Los votantes podrían apostar por el rumbo macroeconómico aunque el bolsillo siga dolido.
- ⚖️ Pero hay análisis basados en datos que matizan cada certeza y la próxima línea macro es incierta.
- 🗣️ Dos pruebas que el oficialismo cita para Milei: capacidad de aprobar leyes con votos del kirchnerismo y resistencia a la narrativa de crisis.
- 🔥 La “furia Milei” impulsa a ministros y condiciona la negociación, a veces favoreciendo la acción de gobierno.
- 🗳️ Hechos como el nombramiento de jueces controvertidos con votos kirchneristas muestran la influencia de Milei en el Congreso.
- 🧪 El plan “platita” con créditos y paritarias es un parche fiscal de alcance limitado, no cambia la macroestructura.
- 🕊️ La Escuela ORT muestra un giro hacia una justificación divina de la economía, lo que complica la confianza democrática.
- 🔄 Desde 2023 hay una sustitución de la matriz macroeconómica; queda por ver si avanza o se revierte ante vientos adversos.
El Gobierno tiene algunas certezas. Primero, que el modo Milei sobregirado es el dique de contención que blinda el cambio económico: las formas mileístas como el rugido necesario para disciplinar el escenario político. Segundo, que el vaso está medio lleno antes que medio vacío: la columna de Federico Sturzenegger de este domingo buscó sintetizar esa perspectiva. Tercero, que la narrativa de crisis que alienta el kirchnerismo y la oposición no dialoguista es eso, apenas una narrativa que puede tener efectos anti oficialistas en el presente, pero no en el momento de votar. Cuarto, que en 2027, cuando llegue la verdad de las urnas, el gran ordenador de la demanda política será el “riesgo kuka”, o el “miedo kuka”. Y por último, como consecuencia de esa certeza, que la decisión del votante no estará signada por una preocupación republicana por las formas mileístas, aunque lo irriten, sino por la matriz conceptual macroeconómica aunque el bolsillo todavía duela: una apuesta por el rumbo, a pesar de todo.
El problema es que, por cada certeza, hay un análisis basado en datos que la matiza e inclusive, hay una refutación. Es decir, por cada ventaja que ve el oficialismo, hay una desventaja posible. El mileísmo tiene frente a sus ojos una bola de cristal todavía muy empañada. El futuro cercano, el del año que viene, muestra altas cuotas de incertidumbre. Desde el oficialismo, la incertidumbre se ve alimentada por dos lados: el impacto de los resultados del plan económico en el bolsillo de la gente y el impacto del modo Milei en el hartazgo del votante.
En las filas oficialistas, hay justificación para el Milei desaforado que insulta sin parar y anuncia al plan económico como plan divino: más que un exabrupto, la condición de posibilidad del cambio de rumbo macroeconómico y sus sostenibilidad. La oposición entre la experiencia macrista y la experiencia mileísta está en la base de esa justificación: es otra cara del debate “fondo vs forma”. La potencia constructiva del “loco Milei” estaría intacta, al menos en el campo de la negociación política
La idea es que esa visceralidad arrasadora mileísta es la expresión de una voluntad política indomable que da respaldo para que los ministros cumplan con los objetivos de gestión. En esa versión, a Macri lo condenaron las formas, los buenos modales republicanos que dieron oxígeno al kirchnerismo y habilitaron la presión para alterar el rumbo económico. Ese estilo de liderazgo le habría mercado el apoyo a sus ministros. Para el mileísmo, Luis Caputo surge como su principal víctima, que ahora encuentra la horma de sus zapatos en las espaldas políticas de Milei.
Para el oficialismo, hay dos pruebas de que el modo Milei funciona, aunque no guste. Primero, se comprueba en la capacidad política que conserva el Gobierno para sacar leyes, incluso con votos del cristinismo, como el nombramiento de jueces polémicos: Milei ganando la parada en un tema tan sensible para Cristina Kirchner y el kirchnerismo en general, y eso con votos del mismo kirchnerismo. Una potencia política que, según el oficialismo, se basa en parte en la agresividad mileísta.
Ese poder mielísta, corporizado en el Milei rugiente, se expresó en toda su extensión: terminó dominando una negociación parlamentaria que acabó mileizando a espadas clave del kirchnerismo en el Senado, que quedaron expuestas: ayer, la senadora Juliana Di Tullio, dirigente cercana a Cristina Kirchner, fue interpelada a cielo abierto en la red X por ciudadanos kirchneristas por haber dado su voto al nombramiento de jueces cuestionados históricamente por el kirchnerismo. Le imputaron “pactos espurios”. Di Tullio no logró satisfacer a sus bases ni con las razones que dio, “decisiones político institucionales”, ni con el pase de factura de corte mileísta, cuando culpó a C5N por los cuestionamientos y lo trató de ensobrado o pautero, aunque no usó el diccionario mileísta: “A no ser que la pauta publicitaria sea más importante que lo que representa (?) el propio medio”, fueron las palabras elegidas por la senadora cristinista.
Para el Gobierno, la otra prueba de la efectividad del modo Milei sobregirado es la capacidad de resistencia ante la narrativa de crisis económica que la oposición dura logró consolidar, sobre todo, a partir del foco en el deudor como sujeto político-electoral. La dureza de la respuesta de Milei sobre la responsabilidad de los privados es la línea editorial que necesita el equipo económico: la señal interna y hacia afuera de que no hay vuelta atrás en el plan. El Milei sacado como la nueva ancla del plan económico.
Es cierto que hay un “plan platita” mileísta en acción: desde los créditos hipotecarios basados en el Fondo de Garantía de Sustentabilidad a la mejora salarial para las Fuerzas Armadas o a un destape de las paritarias. Pero el alcance es tan corto que no desdice la línea editorial del Milei rugiente: es más un parche fiscal menor en el camino electoral.
Esa línea de acción política le viene dando chances al Gobierno en el plano de la política. La cuestión es cómo pega en la preferencia de la gente. Los dos componentes centrales del modo Milei en formato de locura política son más bien ajenos a la sociabilidad de los argentinos. Por un lado, están las referencias escatológicas para estigmatizar a colectivos y también a particulares. Ignacio Miri en Clarín lo puso blanco sobre negro: no hay ningún adulto que ande por la vida pública llamando a quienes le caen mal con epítetos gruesos al estilo de “mierda humana mal cagada”.
Es difícil imaginar un votante de centro derecha no mileísta, cuyo voto es necesario para el Gobierno, que pueda aceptar esa metodología. El Milei de agresividad recargada suma riesgo electoral, cuando cada voto se necesita, y el desapego de los votantes va creciendo. Y sobre todo, si la economía llega con problemas a las elecciones. Ese Milei puede quedar girando solo en su cámara de eco, sin capacidad de representar una rabia ciudadana que transcurre por otros carriles expresivos.
Por el otro lado, hay una escalada de nuevo cúneo en la batalla cultural de Milei en pos de un capitalismo de libre mercado argentino: en el discurso de la Escuela ORT, Milei cambió el sistema de argumentación macroeconómico. Dejó el campo de la racionalidad económica con base en la evidencia para saltar al campo de la justificación divina del modelo económico Milei: de la ciencia basada en serie de datos históricas a la pura fe religiosa, una gragea difícil de digerir en una sociedad democrática, profundamente secular y abierta al debate de todo, hasta de lo más establecido. Milie habilita una especie de teocracia económica de baja intensidad que acarrea riesgos políticos: es innecesaria a la hora de convencer a la ciudadanía de que el rumbo es el correcto, aunque haya obstáculos en el camino, y es poco recomendable para construir confianza y apoyo. Ese sistema de justificaciones es una novedad en la narrativa mileísta.
Es cierto que en la concepción del derecho a la propiedad, a la libertad y a la vida como derechos naturales ya había una dimensión divina y ya estaba presente en otros discursos de Milei. Pero en la exposición de la Escuela ORT llegó a otro nivel: para Milei, ahora el rechazo a la ortodoxia económica de su plan convierte a los críticos en réprobos. Ya no se trata de matices entre quienes pueden pensar algo distinto o, incluso, de competencia entre ideas económicas seculares, aunque algunas sean muy equivocadas. Ahora la ortodoxia económica está sustituida por la ortodoxia religiosa. En ese esquema mental, Milei se presenta como el hijo pródigo que llega con el mensaje económico divino, el único que puede tener sentido.
En ese punto, es más difícil el acompañamiento de una sociedad. El apoyo al rumbo macroeconómico racional lo inició Macri en su gestión, aunque falló en el delivery. Pero lo consolidó Milei en base a la comunicación clara de algunos principios macroeconómicos efectivos de la economía como ciencia, no como mandato divino. El apego a la figura de Milton Friedman y sus explicaciones causales sobre la mecánica de la inflación fueron clave. Milei explicó esa causalidad emisión-inflación a la sociedad, y por eso lo acompañó con el voto. El giro económico religioso genera desconcierto y rechazo donde antes había aprendizaje racional.
El discurso de la Escuela ORT, mostró otro límite del modo Milei en formato locura política. La incitación al abucheo a toda una profesión, el periodismo en ese caso, en un escuela, antes menores de edad, abre las puertas para construir su propio rechazo: con los chicos, no, sintetiza algo de la reacción que disparó en la sociedad.
Desde 2023, la Argentina inició un proceso de sustitución de matriz macroeconómica que es todavía un proceso en marcha. No está claro si esa flecha ya recorrió la mitad del camino y está más cerca de la otra orilla, o si cualquier viento en contra puede hacerla volver al punto de partida, es decir, otra vez una macro irracional, a contramano de lo probado como efectivo en países de la región con historia parecida.
Con el Milei recargado, que genera ruido innecesario, el plan económico está forzado a dar respuestas todavía más contundentes para compensar las resistencias ciudadanos que genera Milei en la tolerancia del votante más libre: el que adhiere a la racionalidad macro pero también a la racionalidad política y social. En la primera vuelta, esos votos son clave para asegurar el balotaje; y lo siguen siendo en esa última instancia.
Del lado de la oposición dura, la kirchnerista-peronista en sus distintas versiones, la incertidumbre se ve alimentada con una idiosincrasia política y económica que concibe al déficit, la emisión, la inflación, el control de capitales y de precios, el proteccionismo prebendario, las estatizaciones y la creación de impuestos como herramientas políticas y económicas viables.
Los outsiders que buscan nacer y diferenciarse también aportan lo suyo a la bruma que todavía domina en el horizonte político-electoral: el “riego outsider de última generación” es que esas opciones acaben siendo terminales de una matriz más pro kirchnerista que mileísta-macrista. La suerte no está echada.

