Trump no tiene idea de cómo terminar la guerra que empezó contra Irán
Los acontecimientos me dicen que el republicano y Netanyahu deberían dar por concluido su logro militar y dejarlo ahí, al menos por ahora, ¿por qué?
WASHINGTON.- En septiembre de 1996 visité Teherán, Irán, por primera vez. Me alojé en el hotel Homa, que antes había sido un Sheraton. En ese momento escribí que, sobre la puerta del lobby, había un cartel que decía, en inglés: “Abajo Estados Unidos”. Mientras lo contemplaba, recuerdo haber pensado algo así como: “Eso no es un grafiti. Está firmemente sujeto. No va a desaparecer fácilmente”.
A fines de los años 90 hubo en Irán un breve momento de apertura, y así fue como obtuve una visa. Yo tenía la esperanza de que el evidente deseo de muchos jóvenes iraníes de integrarse a la economía mundial terminaría por imponerse sobre los dirigentes que habían fijado esas palabras en la pared. No ocurrió. Las palabras estaban demasiado profundamente incrustadas.
Ahora llevamos más de una semana de guerra con Irán, lanzada por el presidente Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y la mayor pregunta que me hago es esta: ¿y si lo necesario es imposible? ¿Y si la transformación de Irán es mucho más importante de lo que admiten los críticos de la guerra, pero también mucho más difícil de lo que entienden quienes la diseñaron?
Sí, nada mejoraría más las perspectivas de los pueblos de Irán, Líbano, Irak, Siria, la Franja de Gaza, Yemen e Israel que la eliminación del régimen islámico en Teherán.
Pero ¿qué ocurre si ese régimen también está tan incrustado –en alcaldías, escuelas, comisarías, empleos públicos, el sistema bancario, el ejército, milicias paramilitares de barrio– que, pese a su impopularidad entre la mayoría de los iraníes, no puede ser removido sin sumir a todo el territorio iraní, de aproximadamente una sexta parte del tamaño de Estados Unidos y con 90 millones de habitantes, en el caos? ¿Y si la única alternativa rápida a la autocracia islámica de Irán no es la democracia sino el desorden a una escala épica?
Nada subraya más el grado de arraigo de este régimen que el hecho de que Irán acaba de reemplazar a su líder supremo, Ali Khamenei, muerto al inicio de la guerra, por su hijo Mojtaba Khamenei, considerado también de la línea dura del régimen.
Como esta guerra me tomó a mí y a muchos otros completamente por sorpresa, estoy intentando orientarme –tratando de pensar con humildad en los mejores y peores escenarios posibles– porque ninguno de nosotros ha estado antes en una situación así.
Al hacerlo, los acontecimientos me dicen que Trump y Netanyahu deberían dar por concluido su logro militar y dejarlo ahí, al menos por ahora. ¿Por qué?
Primero, es evidente que Trump y Netanyahu iniciaron esta guerra sin tener en mente un desenlace claro.
Netanyahu, sospecho, probablemente estaría satisfecho con convertir a Irán en otra gran Gaza y limitarse a “cortar el césped”, es decir, a sofocar periódicamente las amenazas allí, como tantas veces estuvo dispuesto a hacer en Gaza. Como lo expresó el analista militar de Haaretz Amos Harel: “Hace unos meses Netanyahu describió a Israel como una Esparta moderna. Pero para preservar su identidad militarista, una Esparta necesita fricción militar permanente, de un tipo que también permita a su gobernante permanecer en el poder, independientemente del precio que el país deba pagar”.
Mantener a Israel en guerra con Irán, Hamas y Hezbollah le permite a Netanyahu prolongar su juicio por corrupción y evitar una comisión investigadora por su fracaso al impedir la invasión de Hamas del 7 de octubre de 2023. (Si eso le parece demasiado cínico, es que no conoce a Netanyahu).
Por su parte, Trump ha sido completamente errático al hablar sobre el día después en Irán, diciendo cosas verdaderamente ridículas y a menudo contradictorias que revelan a un comandante en jefe que improvisa sobre la marcha. Un día habla de cambio de régimen; al día siguiente, no. Un día dice que no le importa el futuro de Irán; al siguiente afirma que tendrá voz en la elección del próximo líder del país. Un día se muestra abierto a negociaciones; al siguiente exige una “rendición incondicional”.
Creo que el analista de Medio Oriente Hussein Ibish resumió de manera concisa la estrategia de Trump hacia Irán cuando escribió: “Funciona así: Estados Unidos e Israel bombardean y destruyen activos. Luego (complete el espacio en blanco) los iraníes asegurarán (complete el espacio en blanco) un cambio político que logrará (complete el espacio en blanco) los objetivos de guerra de Estados Unidos”.
¿Invertiría usted en una empresa cuyo líder, sin previo aviso, se embarca en una estrategia de negocios radicalmente nueva y luego, en la semana siguiente, describe sus objetivos de cinco maneras distintas? Eso es una señal de alerta roja.
Dicho esto, Trump y Netanyahu parecen haber reducido significativamente las capacidades nucleares de Irán y su capacidad de proyectar poder a través de su marina, su fuerza aérea y sus misiles. Eso es bueno para el pueblo iraní, dado cuántos han sido asesinados por el régimen que controla ese poder, y también es bueno para la región. Lo prudente ahora sería hacer una pausa y ver cómo se desarrollan los acontecimientos en lo que yo llamo “la mañana después de la mañana después”.
Es entonces cuando ocurre la política real. Es decir, si Estados Unidos e Israel declararan que, habiendo alcanzado la mayor parte de sus objetivos militares, están ahora listos para detener sus ataques –siempre que Irán haga lo mismo–, el liderazgo iraní superviviente sin duda declararía al mundo y a su pueblo, al día siguiente: “Les demostramos de qué somos capaces; desafiamos el poder combinado del Gran Satán y el Pequeño Satán”.
Pero la mañana después de la mañana después, apostaría a que habrá un debate explosivo y luchas internas dentro de la élite gobernante en Teherán. Muchas voces del pueblo, comerciantes y reformistas dentro del régimen seguramente dirán a los sectores más duros: “Miren el desastre que nos han traído. Si esto es una gran victoria de Irán, ¿cómo sería una derrota? Hemos perdido nuestros ahorros, nuestra economía, nuestro ambiente, gran parte de nuestras fuerzas armadas y la amistad de todos nuestros vecinos inmediatos. ¿Qué futuro nos queda?”.
Basta considerar las disputas internas que ya estamos viendo entre el presidente de Irán y facciones militares de línea dura sobre la conveniencia de atacar a los vecinos árabes de Irán con la esperanza de que presionen a Washington para detener la guerra. Quién sabe qué podría surgir, con el tiempo, entre el pueblo iraní y el régimen, y dentro del propio régimen, cuando la guerra se detenga y llegue la verdadera factura por el comportamiento extremo de Irán.
Por supuesto, nadie puede garantizar que esa política del “día después del día después” termine en un cambio del régimen o dentro del régimen. Pero tiene tantas posibilidades como bombardear Teherán y Beirut hasta convertirlas en escombros esperando que surja un levantamiento popular.
Ya estamos viendo una planta desalinizadora en Irán siendo bombardeada y, en represalia, Irán atacando una planta desalinizadora en Bahréin. Si esa tendencia se extiende, la gente se quedará sin agua muy rápidamente. El potencial de que Irán se convierta en un desastre ambiental aún mayor del que ya han provocado los ayatollahs es muy real; nadie podrá vivir ahí.
Hubo un pasaje inquietante en un artículo del New York Times publicado el lunes sobre el estado de ánimo en Teherán respecto de la guerra.
“Peyman, un emprendedor digital en Teherán, teme que el precio ya sea demasiado alto. Como muchos iraníes entrevistados, dijo que pasa sus días en casa, incapaz de trabajar, observando la destrucción con creciente miedo e inquietud. Se preguntaba cómo los vecinos podrían siquiera prevenir delitos menores con las comisarías destruidas, y mucho menos cómo cualquier gobierno podría volver a poner en funcionamiento el país después de tanta destrucción”.
Peyman dijo al Times: “Si vamos a vivir en Irán en el futuro, sea cual sea el gobierno que tengamos, seguiremos necesitando instituciones”.
El régimen iraní es una desgracia: una amenaza para su propio pueblo, para sus vecinos y para el orden internacional basado en reglas tanto como cualquier otro país. Rezo para que pronto pase a la historia, a un costo razonable, y libere el enorme potencial del pueblo iraní para contribuir a la humanidad.
Pero bombardearlo sin cesar, destruir cada vez más infraestructura militar y civil y simplemente esperar que los iraníes que buscan democracia se unan –con apenas internet para comunicarse y con rutas donde moverse puede ser mortalmente peligroso– y derroquen por sí solos a este régimen asesino tan arraigado… bueno, muéstrenme dónde ha ocurrido eso alguna vez en la historia.
Mi impresión es que este régimen solo se quebrará desde arriba, un proceso que comenzará únicamente después de un alto el fuego.
Lo mejor que puede lograr la estrategia de Trump y Netanyahu de bombardear sin descanso es iniciar ese proceso; simplemente inclinar a Irán hacia un rumbo mejor, en el que represente menos amenaza para su propio pueblo y sus vecinos, ya sería un logro significativo. Lo peor que puede hacer esa estrategia es devastar tanto a Irán con bombardeos aéreos interminables que el país se vuelva ingobernable para cualquiera. Eso sería un desastre de proporciones incalculables.