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Sin Maduro, la frontera por la que millones de venezolanos se escaparon del chavismo se quedó en silencio

Sin Maduro, la frontera por la que millones de venezolanos se escaparon del chavismo se quedó en silencio
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Cúcuta fue el principal punto de fuga de la diáspora y hoy vuelve a ser un termómetro del poder en Venezuela; con extranjeros frenados, locales que cruzan sin control y albergues casi vacíos, la ciudad colombiana esta en alerta

AI
  • 🗺️ Cúcuta es la principal ciudad fronteriza de Norte de Santander y se ha convertido en el centro de la migración venezolana.
  • 🌉 El Puente Internacional Simón Bolívar resume la frontera: se puede cruzar solo hasta la mitad; extranjeros no pasan y la presencia venezolana está fuertemente controlada.
  • 🛡️ En la frontera hay despliegue militar: cuatro tanquetas y tropas en la orilla colombiana como medida preventiva.
  • 🚶‍♀️🚗 Movilidad constante: venezolanos y colombianos cruzan a diario para comprar, trabajar y pasar el día en el otro país.
  • 📊 Datos claves: alrededor del 28% de la población de la área metropolitana es venezolana; en Norte de Santander hay más de 328,000 migrantes/refugiados venezolanos (≈11,7% del total regional, 2024).
  • 🏛️ Política migratoria: Colombia creó el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos (ETPV) para legalidad y servicios; la llegada masiva se ha desacelerado en los últimos tiempos.
  • ⚠️ Riesgo de nuevas oleadas: si surge violencia o una guerrilla, podrían reactivarse movimientos migratorios; la frontera continúa con salidas/entradas sin un control completo.
  • 🏚️ Ayuda humanitaria: de unas 20 estructuras de apoyo en la ruta Cúcuta–Bucaramanga, solo quedan 3 activas; la mayoría de campamentos y albergues se ha reducido.
  • 🕊️ Ambiente actual: la frontera está en calma; no se observan protestas ni enfrentamientos visibles entre venezolanos y colombianos.
  • 🧭 Reglas de la frontera: la zona tiene normas propias para los residentes y un control más estricto para los foráneos.
  • 🗣️ Testimonios locales: vecinos y migrantes comparten relatos sobre cruces, mercados y la vida diaria en la frontera.
  • 🔮 Futuro incierto: todo podría cambiar si se reactivan migraciones o si cambian las políticas, pero por ahora la frontera está tranquila y esperando órdenes.

CÚCUTA, Colombia (Enviado especial).- Desde siempre, Cúcuta, al norte de Colombia, fue el lugar de paso incesante de ciudadanos colombianos y venezolanos que cruzaban de un país a otro. Pero, desde la llegada de Nicolás Maduro al poder bolivariano, esta ciudad de cerca de 800.000 habitantes se ha convertido en el centro de la inmigración y en el epicentro de la diáspora de quienes prefirieron el exilio que el régimen chavista. Pese a los bombardeos en Caracas, este bullicioso enclave está en silencio.

Cúcuta comparte la frontera con San Antonio del Táchira, una localidad mucho más pequeña que está del otro lado del río que lleva el mismo nombre. En esta ciudad, de constante calor y humedad, es donde se vivió como en ningún otro lado el paso de los caminantes venezolanos que partían hacia el Sur para dejar atrás los padecimientos del régimen de Maduro.

El Puente Internacional Simón Bolívar es, por lejos, la mejor postal de lo que sucede en un país y en otro. “Se puede caminar hasta la mitad. Pero no se le ocurra pasar porque ya no hay garantías de nada”, dice una oficial de migraciones colombiana a LA NACION. Del otro lado hay apenas dos custodios de la Guardia Nacional Bolivariana, con chalecos verde fuerte. “No hay una nueva orden por ahora. Y la que había es que extranjeros no pasan”, dice uno de ellos parado en una de las estrechas veredas del puente que alguna vez fue transitado por hordas de migrantes.

A su lado, hay un incesante ida y vuelta de gente en moto o en auto. “Son locales, que siempre pasan y van y vienen por el comercio”, aclara. Dice un lugareño que, aunque parezca poco tiempo, el trato ya cambió en las últimas horas. “Desde que se lo llevaron [a Nicolás Maduro] ya no están tan duros”, cuenta. Así está la frontera más custodiada de América, con una apertura total para el incesante tráfico de los habitantes de la zona y con una orden aún vigente: extranjeros, por ahora, no. Eso sí, del lado colombiano, cuatro tanquetas, militares y armas largas han sido consignadas a modo preventivo.

Cúcuta es la capital del departamento Norte de Santander en Colombia y la principal ciudad fronteriza con Venezuela. El área metropolitana incluye también municipios como Villa del Rosario, Los Patios y El Zulia. Según datos que maneja al municipio, alrededor de 28% de la población de ese lugar ya es venezolana, mientras que, en todo el departamento de Norte de Santander, más de 328.000 migrantes y refugiados venezolanos representan alrededor del 11,7 % del total regional, según datos de 2024.

Como toda ciudad de frontera, el comercio entre uno y otro lado es incesante. Ahí se vive, además, con esa característica tan particular de las ciudades limítrofes latinas: reglas propias, descontrol aduanero para los habitantes del lugar y un estricto cumplimiento de reglas aduaneras para los foráneos.

“Yo vivo en San Antonio [como le dicen a Táchira] y siempre paso –cuenta una joven venezolana que retornaba a su país después de una tarde en Cúcuta–. Nosotros venimos a comprar o a pasar el día a Colombia que es una ciudad más grande”.

Cuenta que nació con el régimen, cuando ya estaba en el poder Hugo Chávez. Que el sábado a la mañana dormía y que la despertaron para darle la noticia. “No lo podía creer. Toda la familia estaba en shock. Desde ese momento, todo quedó en calma, como en silencio. Pese a lo que se esperaba, nadie salió a la calle ni hubo protestas de nadie, ni de chavistas ni de opositores. Todo quedó quieto. El sábado abrieron pocos comercios y hoy [por domingo] un poco más. Pero estuvo tranquilo, apenas andaban dando vueltas por un par de plazas y parques los “colectivo”.

Se refiere a uno de los principales actores de la Venezuela chavista, especialmente en el interior. El gobierno de Maduro decía que “los colectivos” son agrupaciones sociales que trabajan en proyectos de educación y de producción dentro de la organización comunal que promovió hace años Hugo Chávez.

Sin embargo, se trata de grupos civiles armados, de extrema izquierda, que surgieron de movimientos guerrilleros históricos y se consolidaron al brindar apoyo al chavismo. Fueron, y son, fuerza de choque, control social en barrios y en el interior del país, e incluso se los ha involucrado en actividades ilícitas, algo así como brazo paramilitar del gobierno para reprimir la disidencia y defender el régimen. “Ellos han manejado siempre a San Antonio [de Táchira] y ahora estaban activos. Pero no hubo enfrentamiento con nadie ni violencia. La gente no salió a la calle”, contó en el paso fronterizo otro venezolano que, como aquella joven, prefieren no dar su nombre por temor a represalia.

En esta zona, de selva, montes y pueblos colgados, la relación entre venezolanos y colombianos se tensionó. Sucede que gran parte de los que cruzaron la frontera al Sur llegaban con poco menos que nada. Los robos en el camino, el abandono de los pertrechos para evitar peso y la durísima realidad económica hicieron que esta zona sea la que reciba a los migrantes más desprotegidos.

Cuando empezó el éxodo masivo, Colombia implementó políticas como el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos (ETPV) para dar legalidad y acceso a servicios a millones de migrantes (una de las políticas migratorias más grandes en América Latina). Pero aquel magma de gente se ha detenido en el último tiempo.

Con la caída de Maduro, los protocolos ante la posibilidad de otra ola migratoria se desempolvaron. “El problema es si se desata alguna guerrilla. En ese caso, habrá nuevos movimiento seguro”, dijo un oficial que estaba del lado colombiano, límite en el que no hay ningún tipo de control ya que la salida y la entrada al país es libre.

Muchos de esos albergues han desaparecido o reducido drásticamente su capacidad. De las aproximadamente 20 estructuras de apoyo que operaban en la ruta Cúcuta–Bucaramanga, solo quedan tres con actividad mínima, reflejo de reducción de recursos y apoyo internacional. De aquellos campamentos para refugiados y hogares provisorios ya no quedó casi nada. Apenas hay un campamento de la Cruz Roja, a poco de entrar a Colombia.

Por estas horas, la frontera más caliente de América Latina está en calma. Los vecinos entran y salen y los demás, esperan que llegue alguna orden. Mientras tanto, como en cada uno de estos enclaves de reglas propias, las leyendas de lo que sucede al otro lado se multiplican.

Un remisero, “honesto y trabajador” que nunca más volvió; un extranjero que pasó y lo frenaron en un retén para detenerlo unas cuantas horas y devolverlo después a Colombia o un lugareño que se topó con ladrones en uno de los tantos pasos ilegales que cruzan entre los dos países. Todos tienen algo que contar en Cúcuta, el lugar de escape que el régimen dejó abierto para que los disconformes ya no protesten más. La puerta de los que prefirieron una nueva vida, pese a que eso signifique abandonar la anterior.

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