Inflación de marzo: la última milla se resiste y dos cisnes negros acechan al Gobierno

El Ejecutivo logrará una baja de la inflación los próximos meses, pero ¿será el colapso definitivo?; la guerra y las próximas elecciones generan incertidumbre a mediano plazo
El Gobierno hizo tres promesas. Que la inflación comenzaría con cero en agosto, que ese flagelo apenas superaría el 10% a fin de este año y que 2027 -el año de las elecciones presidenciales- sería “un paseo por el parque”. El ministro de Economía, Luis Caputo, sumó una cuarta en las últimas horas: como aquellos “brotes verdes” de fines del gobierno de Mauricio Macri, anticipó que se vienen “los mejores 18 meses de las últimas décadas”.
En los primeros meses de su gestión, marcados por una crisis extrema que heredó del kirchnerismo y ante el abismo de la hiperinflación, Caputo logró un hito: crear un track-record (un historial). Prometió y cumplió. No es menor para las expectativas en economía y menos con el prontuario que arrastra la Argentina. El ministro de Economía sobreactuó orden y logró ser, por lo menos, un alumno creíble. Su diagnóstico convenció: la crisis argentina no se debía a la deuda, al dólar o la inflación. El problema era fiscal -y monetario-.
Con un ajuste feroz del gasto público, terminó con el rojo de la caja casi todos los meses, saneó el Banco Central (BCRA) y minimizó las expectativas de inflación con un trabajo sobre los precios relativos. Se desreguló y abrió la economía para presionar sobre los precios. Vaticinó resultados que se cumplieron y cosechó elogios. Con un perfil que se le desconocía, incluso se dio el lujo de ufanarse de los “pifies” de colegas y se sumó a streamings oficialistas en los que se rieron de “econochantas” y “mandriles”.
En ese camino, algo se perdió. Porque pese esa credibilidad que había ganado el equipo económico y a la baja del riesgo país (sigue siendo uno de los más altos de la región), la confianza de los inversores no terminó de restablecerse, lo que complicó la acumulación de reservas por la incapacidad de volver al mercado de capitales; la actividad crece, heterogénea, pero también el desempleo; los ingresos -no en todas las medidas- van por detrás de los precios. Cruje -algo admitió el Presidente estos días cuando pidió “paciencia”- la economía del hogar.
Ofendido con las encuestas, el Gobierno vendió estabilidad financiera -pese a los ruidos del año pasado que no se vislumbran hoy- e inversiones, muy importantes, pero que tardarán años en verse. Mientras, empujó una reconversión con costos para trabajadores -y algunas empresas- en beneficio del consumidor, que, a la vez, es un trabajador. El empresario, que era feliz porque podía presupuestar sin inflación, ahora se queja porque no vende.
Con el 3,4% de inflación de marzo publicado hoy -el más alto en un año y luego de diez meses de no descender- ¿se pone en riesgo su principal bandera, la baja de la inflación? Caputo dice que no y promete que desde este mes bajará y además mejorará la actividad. Quienes lo critican hablan de estanflación.
El track-record del Gobierno se abolló. Javier Milei dijo que la inflación comenzaría con cero en agosto. Para el mercado, entre ese mes y septiembre recién se llegará a arrancar, con suerte, con un 1 adelante. Caputo presupuestó que la inflación este año sería de 10,1% (pero ya acumula 9,4% en el primer trimestre). Para el mercado, terminaría incluso tres décimas por encima del año pasado (31,8%). El mismo ministro describió que en 2027, año de elecciones presidenciales, será un “paseo por el parque”. Difícil pensar eso teniendo en cuenta que el Gobierno todavía afirma que la incertidumbre electoral de entonces es parte de la inercia inflacionaria de hoy (“riesgo kuka”). Vale recordar lo particular de aquel momento: el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, tuvo que comprar pesos, ofrecer un swap de US$20.000 millones y los argentinos se dolarizaron por más de US$30.000 para blindarse. Todo en un contexto en que el equipo económico veía un dólar -según su munición y la base monetaria amplia- por debajo de $1000.
Los argentinos en materia de inflación, podría decirse, están bien, pero no tan bien. En marzo de 2022, el IPC marcó 6,7%, con Alberto Fernández y Cristina Kirchner; en marzo de 2018, con Mauricio Macri en Casa Rosada, ese número era de 2,3%. El número de Milei está en medio de ese sándwich histórico. La inflación bajará en abril, como pasó el año pasado. No pegarán ese mes tarifas; la estación; el dólar seguirá estable, según analistas; y la carne ya habría aflojado. Probablemente, el impacto en las naftas habrá pasado.
Será entonces el primer mes en mostrar una baja en 11 meses. Quienes observan de cerca el proceso de desinflación siguen destacando el rumbo oficial, sobre todo el orden macroeconómico. Creen que en los últimos meses impactaron cuestiones puntuales: la guerra (los precios de la energía y combustibles), las tarifas y la necesidad del Gobierno de bajar gastos (sobre todo con recaudación cayendo hace siete meses) y, particularmente, la carne.
Los analistas, sin embargo, coinciden en que la inflación subyacente -la que no depende de la estación- está incólume en los últimos meses y sigue estancada por arriba del 2%. Concuerdan en que siempre es más rápido bajar la inflación de 200% a 30% que de 30% a un dígito. Hace falta tiempo y confianza donde pesa todavía la inercia de precios indexados.
La desaceleración de abril se celebrará en Casa Rosada. Pero no habría uno, sino dos cisnes negros en el camino: el primero es externo. La guerra en Medio Oriente, si bien para el Gobierno representa un “shock transitorio”, impactará por meses -es difícil que los precios se normalicen en 45 días- en los valores de la energía y los combustibles (fertilizantes, gasoil para el campo más otros productos), y sumará volatilidad a los mercados financieros cuando el Gobierno necesita que la Reserva Federal ayude con bajas de tasas para fortalecer las reservas en el BCRA rolleando deuda. La inestabilidad financiera global, si llega a existir por el recrudecimiento de la guerra, siempre es enemiga de los emergentes, entre ellos la Argentina.
Además, si la inflación comienza a desacelerarse y la demanda de dinero se recupera, como aspira el Gobierno, se abrirá una incógnita con lo que pueda pasar en la campaña electoral de 2027. Como Macri, el Gobierno eligió de rival al kirchnerismo. Difícil que, tras la traumática experiencia de las PASO en 2019, no haya un argentino que no se empapele en dólares en la previa. Y el dólar pega en la inflación, como ya lo advirtió el propio Milei para explicar el salto que sufrieron los precios hace un año, en marzo de 2025, y luego en elecciones. Si las tasas de interés bajan para reactivar la economía, el temor oficialista será que los bancos terminen financiando una huida al dólar.
Milei -y el equipo económico que dirige Caputo- prometieron y cumplieron. Pero no todo marcha de acuerdo al plan (TMAP) en este tercer año, el “maldito” para todos los gobiernos. Volvieron a comprometerse con otro oasis, borroso para muchos. Es un charco de agua en el que ya nadan algunos cisnes negros.