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El juicio por el asesinato de Federico Martín Aramburú: el interrogatorio a Loïk Le Priol

El juicio por el asesinato de Federico Martín Aramburú: el interrogatorio a Loïk Le Priol
Dufume

El acusado pidió disculpas a la familia del exPuma y descartó la idea de la premeditación

AI
  • 🔎 El juicio se celebra en París y se espera el veredicto para este viernes.
  • 💬 Le Priol, interrogado por su abogado, intenta presentarse como reformado y niega la premeditación, afirmando que se defendió.
  • 🧠⚖️ Admitió tener “dos caras” y habló de un posible estrés postraumático vinculado a su experiencia militar; su defensa busca justificar su comportamiento.
  • ⚔️ Describió una relación desenfrenada con las armas y un “arsenal estético”; mencionó su vínculo con el grupo ultraderechista GUD.
  • 🏛️ Detalló la noche en Mabillon (19 de marzo de 2022): un ambiente de fiesta y risas antes de la escalada violenta.
  • 🗺️ Relató su huida posterior: cuatro días viajando hacia el este de Europa con identidad falsa, hasta ser detenido en la frontera húngaro-ucraniana.
  • 🔫 Narró que, ante la agresión, empuñó su arma y disparó seis veces, causando dos muertes por la espalda en lo que describe como un estallido de violencia.
  • 🧾 Reveló que pidió a Lyson R. que destruyera la tarjeta SIM para borrar pruebas.
  • 💔 Aceptó su responsabilidad y pidió perdón; afirmó que las imágenes de la violencia son terribles y negó haber disparado por la espalda.
  • 🤝 Exonera a Lyson R., asegurando que ella no tuvo nada que ver y expresando su deseo de disculparse públicamente con ella.
  • ⚖️ El fallo definitivo se dictará este viernes y el proceso continúa para determinar la condena.

PARIS - En un intento desesperado por convencer al jurado de que el hombre violento, de extrema derecha radical, que asesinó a balazos a Federico Martin Aramburú por la espalda ya no existe, Loïk Le Priol, interrogado hoy por su propio abogado, mantuvo el siguiente diálogo:

-¿Qué tiene que decirle a la señora Aramburú y a sus tres hijos?

-Que los dinosaurios que se comieron a su padre soy yo. Esa frase del pequeño sobre el dinosaurio me partió el corazón. Desde lo más profundo de mi alma, les pido perdón.

El viernes pasado, prestando testimonio ante el Tribunal en lo Criminal de París en la décima jornada de juicio, la viuda de Federico, María Aramburú, había relatado el traumatismo de sus tres hijos, que tenían 10, 8 y 2 años en el momento de los hechos. Uno de ellos, el varón, “pasó de la teoría del dinosaurio que se comió a su papá, al accidente de coche, para finalmente llegar al asesinato”, explicó, provocando una profunda emoción en la sala.

A las 9.22, cuando Loïk Le Priol se puso de pie para subir al estrado, nadie en la sala Voltaire del Tribunal en lo Criminal de París sospechaba que permanecería allí más de siete horas. El veredicto se dictará el viernes. Él lo sabe. Y este martes jugó su última carta: dejar de ser el monstruo de los videos para convertirse en un hombre que ha “comprendido”. Negar la premeditación, intentar probar que disparó balas de advertencia, afirmar que se sentía en peligro —porque Shawn Hegarty sostenía un trapo con cubitos de hielo, un arma insignificante blandida como un talismán por la defensa— y que su síndrome de estrés postraumático de comando militar se habría reactivado en aquel momento.

Loik Le Priol, habla con una seguridad que sorprende.

“Siempre intenté dar una buena imagen, aunque tuviera defectos. Pero tenía dos caras”, admitió, antes de evocar un período de detención que podría parecerse a una especie de psicoanálisis forzado: “Hay luces que se encienden”.

Después, con una sola frase, encuentra la fórmula que parece resumir todo su sistema de defensa: “No es poca cosa haber arrebatado un padre a sus hijos, un esposo, un hijo. Uno carga con eso”, aseguró, antes de lanzar una confesión que sonó como una grieta en su armadura: “Tal vez tengo una relación particular con la violencia”.

El presidente del tribunal, Franck Zientara, procedió a repasar su trayectoria: la tortura al jefe del ultra-derechista Grupo Unión Defensa (GUD), su afición por las armas, ese pseudónimo, “arsenal estético”, que se había elegido como quien elige un tótem. Le Priol no lo niega: “Tiene toda la razón”. Relata una “relación desenfrenada” con las armas, “de una banalidad absoluta”, con amigos que eran todos militares.

—Me condicionaron—, dice.

—¿No era usted un peligro público?—, le replica el presidente.

—Definitivamente—, responde, con una franqueza casi desarmante.

Un vídeo de 2020 muestra a los tres acusados, ebrios y armados, en un departamento cerca de Aix-en-Provence.

—Teníamos todo lo que hay de peor—, comenta el propio Le Priol.

Luego aparecen fotos aún más antiguas: carteles electorales de la ex ministra conservadora, de origen árabe, Rachida Dati, acribillados a tiros, sobre los cuales la banda disparaba y rapeaba para filmarse.

—Es solo la masculinidad tóxica típica de la época—, descartó.

El hombre que una hora antes se disculpaba por tener “una relación particular con la violencia”, parece de repente muy lejano a aquel joven de Aix-en-Provence. Y quizás ese haya sido el gran reto de la jornada: lograr que ambos encajen en el mismo acusado, transformado hoy en un hombre nuevo. Sin embargo, a juzgar por la reacción de los presentes, nada parece indicar que haya funcionado.

Llegado el relato de la trágica noche del 19 de marzo de 2022. Le Priol se detiene en las risas, en ese ambiente de fin de fiesta en el Mabillon que describió casi con nostalgia. “Nos reíamos mucho, eso es importante”, insistió sin cesar, “era un ambiente perfecto, debería haber terminado así”. En la sala, María Aramburú pudo ver nuevamente en la pantalla a su marido vivo, unos minutos antes de su muerte.

Después, se vio la escalada. El dedo de Bouvier señalando el suelo —y diciéndole a los extranjeros (Aramburú y Hagerty) “nosotros somos de aquí”—, algo que Le Priol desestimó con un gesto retórico: “Una invención total de la prensa para darle color al caso”, dice.

La famosa capucha puesta, que Federico arrancaría pocos minutos después con un gesto brusco, algo que afirmó haber vivido “como una humillación”.

—Cuando te agreden delante de tu novia, hay una herida narcisista—, suelta, antes de añadir, minimizando el asunto: “Tengo ese aire de gallito... No, no gallito, simplemente un gallo”. Admite haber dicho, en el calor del momento, palabras de bravuconería —“voy a matarlo“— para, apenas unas horas después en la misma audiencia, negar con ferocidad haberlas pronunciado ante testigos: “Yo nunca dije que lo iba a matar”.

Según él, fue cuando escuchó los disparos de Bouvier, a lo lejos, que salió corriendo para ayudar a “su novia” y a ”su amigo”. Y chocó de frente con Federico.

“Aramburú se me echó encima. Todo fue extremadamente rápido. Fue un estallido de violencia. Tenía el corazón a 200… Estaba al límite de mis capacidades”, describió. Un golpe en la parte posterior del cráneo, los dientes rotos, la sangre en la boca…

“Por un reflejo militar, empuñé mi arma hasta que todo se detuvo. Todo era borroso. Estaba desconectado de la realidad”, prosiguió. Seis disparos. Dos mortales, por la espalda.

“¿Qué se suponía que debía hacer?”, repite como un mantra ante el abogado de la familia Aramburu, Yann Le Bras.

Es ahí donde el acto de equilibrismo se vuelve más peligroso. Por un lado, la contrición asumida: “Es una tragedia absoluta. Al final, yo estoy aquí y él ya no está. Reconocí mi responsabilidad de inmediato. No dejaré nunca de pedir perdón”. Incluso confirma, ante el presidente, que María Aramburu tuvo “razón” cuando lo describió como “una granada sin seguro” aquella noche. Su voz comienza a quebrarse frente a las acusaciones de la parte civil. “Esas imágenes son terribles. No hay nada para decir, salvo que jamás, por propia voluntad, le hubiera disparado por la espalda al Sr. Aramburu”, asegura.

En todo caso, su línea de defensa se mantiene firme, casi clínica: “Todo lo que he dicho es que me defendí. Eso no justifica en absoluto la muerte de ese hombre”, insiste, y rechaza el término de “cacería humana” planteado por la abogada de Shaun Hegarty, Véronique Massi:

“Una cacería es lo que es, no tiene nada que ver con una pelea de bar”, se irrita y agrega “es usted una exagerada, señora, me está poniendo palabras en la boca”. También negó haber cargado su arma delante del vigía del Mabillon, a pesar de que este lo declaró en el estrado 11 días antes: “El arma pudo verla. Pero es imposible que me viera cargarla”, afirma.

El presidente del tribunal evoca entonces la huida. Cuatro días vagando hacia el este de Europa, una identidad falsa sacada “de un cartel publicitario”, un tren hacia Draguignan —en el sur de Francia, donde vive su familia— y, finalmente, la frontera húngaro-ucraniana, donde fue detenido.

“Yo me había llevado una vida, tenía que entregar la mía. Quizás también haya sido una cobardía”, sugiere, antes de añadir que el descubrimiento del pasado de jugador de rugby de su víctima —él, que había soñado con serlo— lo dejó “conmocionado”.

“Hay una forma de cobardía, una forma de miedo al enfrentarse a la realidad de las cosas”, admite ante el presidente.

Sobre su relación con Romain Bouvier —el otro acusado principal, que alcanzó primero a los rugbiers en el Jeep conducido por Lyson R. y descargó cuatro disparos contra Federico—con quien Le Priol compartió el banquillo durante 11 días sin cruzar una mirada, su sentencia es tajante:

—Creo que se acabó—, dice.

—¿No volverá a verlo nunca más?— pregunta el fiscal.

—Está claro—, responde.

En cambio, exonera a Lyson R., su expareja, juzgada por complicidad y que se enfrenta a la cadena perpetua por haber conducido aquella noche el Jeep.

—Ella no tiene absolutamente nada que ver en esto. Estaba enamorada. Tengo que pedirle perdón públicamente—, dice.

Interrogado sobre el riesgo de reincidencia señalado por los expertos psiquiátricos, busca las palabras, tropieza y se corrige a sí mismo bajo la mirada del presidente: “Sé lo que hay en mi interior. Ahora, me rindo...” Se detiene y retoma “...es la palabra “madurar” que debería haber usado. Me rindo, como debería haberme rendido la noche del drama”, precisa.

Al final de la tarde, quedaba un último detalle, aparentemente anodino, que sin embargo resquebrajó todo el edificio de la jornada. Interrogado tres veces consecutivas sobre las razones por las que le pidió a Lyson R. que destruyera la tarjeta SIM de su teléfono, Le Priol termina por responder sin rodeos: “Le pedí que destruyera la tarjeta de mi teléfono para hacer desaparecer pruebas”.

Si bien no contradice todo lo dicho este lunes en el estrado, la frase, seca, de Loik Le Priol, pronunciada entre dos arrebatos de arrepentimiento, recordó a quien quisiera creer en su metamorfosis que un hombre puede llorar sinceramente haberse transformado en un dinosaurio que devora a un padre y, simultáneamente, pensar en borrar las huellas de su crimen.

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