El caso Martín Aramburú y lo que piensa su abogado antes del veredicto: “Una pena justa sería cerca de los 25 años”
Este viernes se conocerá el fallo del juicio por el asesinato del rugbier argentino en París; los últimos alegatos, en medio de una enorme expectación
- 🎯 La idea central: Loik Le Priol sostiene que solo se defendió; no busca absolución; el veredicto se conocerá el viernes.
- 🧭 Contexto del día: la sala viste a ocho abogados con togas negras para defender a cuatro acusados tras el alegato del fiscal.
- 👤 Antony S.: defendido por Matthieu Chirez; sostiene que actuó por amistad y no por premeditación; dejó al pasajero en una abadía y ocultó el arma; pide pena sin prisión efectiva.
- 🧩 Romain Bouvier: segundo acusado; presentado como mensajero de la amistad; dice que no sabía de la muerte; admite haber faltado a la citación; fiscal reclama 4 años y medio de condena (dos en suspenso); defensa pide absolución o pena reducida.
- 🎭 Lyson R.: defensa de Lastelle y Sorrentino; afirma inocencia y critica las pruebas y la cobertura mediática; busca absolución total; argumenta que no hubo premeditación y que la emoción fue un factor.
- 🔍 François, el subastador: único testigo de cargo; la defensa intenta desbaratar su testimonio con imágenes de cámaras y lo presenta como testigo poco fiable.
- 🗣️ Alegato de Le Priol ante el jurado: Nogueras describe el impacto personal y defiende la legitimidad de la defensa; sostiene que el peligro de muerte no es el único criterio y que la pregunta es sobre la proporcionalidad.
- ⚖️ Defensor de Le Priol: Baert destaca antecedentes militares y propone considerar un posible trastorno del discernimiento; critica al peritaje y plantea que la pena debería situarse entre 8 y 25 años, no 27.
- 🗓️ Paso siguiente: este viernes, a partir de las 9:30, los acusados tendrán la palabra por última vez y luego el jurado deliberará para emitir el veredicto.
PARIS.– “No creo que mi cliente pida su absolución. Lo que quiere es que se entienda que se defendió”, afirmó su abogado de Loik Le Priol —principal acusado del asesinato de Federico Martín Aramburú de tres tiros por la espalda—, este jueves en el Tribunal en lo Criminal de París. “Él no entiende que no se lo escuche desde el principio (...) El señor Le Priol quiere que comprendan que se defendió. No quiere que se piense que atacó por la espalda a Martín Aramburú y que lo abatió salvajemente”, agregó. Si logró o no convencer al jurado con su alegato, se sabrá este viernes.
Este jueves, en vísperas del veredicto, la sala Voltaire del Tribunal en lo Criminal de París vio desfilar ocho togas negras, encargadas de vestir de nuevo a cuatro acusados que el alegato del fiscal Philippe Courroye había dejado, el día anterior, prácticamente desnudos.
A las 9.22, el presidente Franck Zientara entró junto a sus asesores y los 11 miembros del jurado. El primero en comparecer fue el abogado Matthieu Chirez, representante de Antony S., acusado de haber trasladado a Romain Bouvier a la Sarthe y de haber ocultado el arma. El tono es bajo, casi como una confesión. “La vida no vale nada, pero nada vale la vida”, comenzó —utilizando las mismas palabras pronunciadas la víspera por el fiscal en su acusación—, antes de invitar al jurado a “situar los hechos en su contexto”: de los 44 testigos y peritos, sólo cuatro han hablado de su cliente.
Su argumento se resumió en una palabra: la amistad. Bouvier —el segundo acusado principal— no llamó a Antony S. por su pericia en criminología, sino “porque tiene esa inclinación moral de acudir en ayuda de un amigo”. Aquel 19 de marzo de 2022, él ignoraba por completo la muerte de Martín Aramburú. Fueron cuatro horas de ayuda, ni un minuto más: “No conozco ninguna condena por encubrimiento que dure cuatro horas”, dice el abogado, admitiendo que su cliente “faltó a su comparecencia ante el tribunal”, lo que explica los tres años de condena, de los cuales dos son en suspenso, que reclamó el fiscal. Pero lo retrata como un simple mensajero de la amistad, que dejó a su pasajero en una abadía y luego se deshizo del arma como si fuera un paquete bomba. Por fin, Chirez solicita una pena sin prisión efectiva.
El abogado Florian Lastelle toma el relevo por Lyson R., y la orquesta pasa de la flauta a los metales: “¡La acusación ha sido pulverizada, no queda nada: Lyson es inocente!”. El propio fiscal había solicitado su absolución por complicidad en un intento de homicidio. Sólo queda contabilizar los daños: cuatro años y medio de humillación. El objetivo del defensor es François, el subastador, el único testigo de cargo, al que quiere “destruir”, “hacer estallar”, blandiendo las imágenes de las cámaras de seguridad como un espejo frente a un mentiroso. “¡Se creen que somos ingenuos!”, dice. La voz sube de tono, al igual que sus gestos, hasta llegar a un “Perdónenme, estoy siendo muy teatral, pero absuelvan a Lyson R.” que tiene el mérito de la franqueza.
Describe a una mujer joven que vio el arma en el cinturón de Loik Le Priol, que intentó que la incautaran y que, al encontrarlo con la cabeza ensangrentada, escuchó un “¡Vete de aquí!”. “¿Debía haberse ido? ¿Debía lanzarle las llaves del Jeep a la cara?”, prosigue. En cuanto al Jeep, que la acusación ve como un vehículo de comando, ella sólo lo habría usado para “intentar poner fin a un conflicto”. Su colega Adrien Sorrentino invoca el estado de shock: a los 24 años, Lyson R. presenció una escena de disparos como quien presencia un accidente de tráfico: helada, incapaz de hacer otra cosa que retroceder. ¿La tarjeta SIM (del teléfono de Le Priol) destruida? “No es algo trivial”, admite. ¿Pero la “jaula de Faraday” que supuestamente ocultaba ese teléfono? “Era una bolsa de plástico”, ironiza. También solicita la absolución total de su clienta. En la sala, la familia de Martín Aramburú está ausente. Shaun Hegarty, el socio y amigo de Federico, sólo se quedó unos minutos.
El reanudarse la audiencia, la abogada Sophie Rey-Gascon, comienzó con un detalle que todo el mundo había notado: los papelitos. Durante tres semanas, Romain Bouvier escribió frenéticamente a sus abogados desde su banquillo. Ella lee dos: “Nunca he participado en una pelea”. “Nunca quise matarlo”. Lo hizo porque está “aterrado de que lo juzguen injustamente”, dice. Es un ansioso que ve el mal en todas partes, agregó.
Su versión “se sostiene”, alegó la abogada: sus dos balas impactaron en zonas no vitales de Martín Aramburú, ningún experto ha detectado en él peligrosidad criminal, y el estigma de “fascista neonazi” sirve sobre todo para aliviar la conciencia de la sociedad. “No deben deliberar pensando que hay buenos y malos”, dice al jurado. Acto seguido, muestra un cartel: “Sólo les queda uno por salvar: Romain Bouvier”.
El abogado Hugues Vigier se lanzó a su vez, con un ritmo de habla ultra rápido, pegado al micrófono, como si se dirigiera a cada juez desde el techo vecino. Abrió su intervención con La caída de Ícaro de Brueghel el Viejo, donde el héroe es apenas un detalle en el agua: “Es la misma historia para Romain Bouvier”, asegura. Pero 40 minutos después, el letrado aún no había abordado ni un solo hecho. “Impresionante”, se oyó susurrar en la sala. “Es demasiado largo”, murmuraban. Finalmente entró en materia. Según afirmó, su cliente no sacó el arma de inmediato, no “se arriesgó a un combate cuerpo a cuerpo”, sólo la sacó cuando Martín Aramburú arremetió contra él. No hubo premeditación. De lo contrario, habría bajado del Jeep con el arma en la mano.
A las 15.59, Xavier Nogueras volvió al estrado por Loik Le Priol. Lloró, dice, esta misma mañana al mirar a su hija de tres años y pensar en ese hombre de 42 (Federico) que también tenía hijos. Nada de lo que diga empañará la memoria de Federico Martín Aramburú. Pedir la absolución le parece “completamente incoherente”. Y, sin embargo, alega legítima defensa, reconociendo que “el peligro de muerte no es el único criterio”: todo es cuestión de proporcionalidad.
Dos hombres se pelearon a oscuras, cada uno ignorando lo que el otro sabía: Martín Aramburú, en un acto “heroico”, se lanzó sobre Le Priol para salvar a su amigo sin saber que este estaba armado. Le Priol ignoraba que su adversario ya tenía dos balas en el cuerpo. Dos boxeadores ciegos, cada uno convencido de que era el único que sentía miedo. Querer “dar batalla” no es querer matar, insiste el abogado, y la chaqueta desgarrada de su cliente en los vídeos demuestra que estaba inmovilizado, clavado como una mariposa.
Nogueras arremete contra la prensa, ese “rodillo compresor” que ha convertido a su cliente en el prototipo de supremacista blanco. Y contra los testimonios que han ido “cambiando”. Defiende la pericia de 18.000 euros, tachada de “caricatura” por el fiscal: “¿Acaso parezco alguien que quiere llevar Pokémon a la audiencia?”, dice. Y suelta: “Cuanto más odies a tus clientes, mejor los defenderás”. Conoce a Le Priol desde 2015, no comparte ni una de sus ideas y habla de un hombre “podrido por dentro”. Luego, con tono teatral, se dirige a él: “Usted, que tanto ama el mar y que no lo ha visto desde hace casi cinco años, espero que pueda volver a verlo pronto, pero no antes de 27 años”.
Último de la jornada en intervenir, el abogado Pierre-Henri Baert, inconfundible por su bigote, promete no tardar ni una hora. En el banquillo, Loik Le Priol mira al suelo. Detrás de él, un ventilador mueve el aire. Baert evoca al chico de 16 años que se alistó en el ejército y que partió a África a los 18, un joven que “carga sobre sus hombros imágenes que nadie debería cargar”, afirma.
“Estamos muy contentos de tener a unos Loik Le Priol que luchen allá fuera, allí donde no queremos saber qué es lo que pasa”, argumenta.
Alega estrés postraumático y ataca el peritaje de la doctora Teillet, a quien admira, pero acusa de “ponerse la toga de la fiscalía”: “Miente”, asegura. ¿Un estrés postraumático que desaparece en dos años, una locura? Sin embargo —agrega— contrariamente a lo que aseguró la psiquiatra Teillet, Le Priol no fue un psicópata desde la infancia. “Le Priol no nació siendo Hannibal Lecter”, afirma. Sus rasgos psicopáticos, si los tuviera, eran lo bastante leves como para que el ejército lo reclutara. Baert solicita que se considere la alteración de su capacidad de discernimiento: “No se puede comparar a un tipo con trastornos psicológicos con alguien que actúa con sangre fría”, insistió.
Después llegó la enumeración. Le Priol no sacó su arma cuando abofeteó a Shaun Hegarty, ni cuando Martín Aramburú le tiró de la capucha, ni durante la pelea, ni cuando persiguió a los rugbiers, ni cuando oyó los disparos. Sólo la sacó cuando Federico y Shawn lo alcanzaron y empezó a recibir golpes como si fuera una bolsa de boxeo.
“¿Debería haberla sacado? No, en absoluto. ¿Fue el único momento en que la sacó? Sí”, dice. El letrado concluye su alegato buscando la pena adecuada: “Entre 8 y 25 años, pero no 27. Y más cerca de los 25, para ser honestos”.
Este viernes, desde las 9.30, los acusados tendrán la palabra por última vez. Después, el tribunal y el jurado se retirarán a deliberar en un caso donde todo el mundo dice que no hay buenos ni malos, y donde la sala espera ver de qué lado del espejo caerá la verdad.

