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Boca hizo otro papelón en la Copa Libertadores: perdió con Universidad Católica y fue eliminado

Boca hizo otro papelón en la Copa Libertadores: perdió con Universidad Católica y fue eliminado
Dufume
deportes

El Xeneize quedó afuera en la etapa de grupos por primera vez en 32 años

La noche que debía rescatar el semestre terminó convertida en un mazazo devastador: por primera vez en 32 años, Boca se quedó afuera en la etapa de grupos de la Copa Libertadores. Un golpe histórico que se suma a las últimas cuatro eliminaciones consecutivas en la Bombonera y que deja un tendal deportivo y político de cara al futuro: Claudio Ubeda termina su contrato y todo indica que no seguirá, mientras que Juan Román Riquelme suma otro fracaso en una gestión cada vez más cuestionada y que empieza a poner en duda su continuidad más allá de 2027.

La imagen del cierre, con los futbolistas levantando los brazos entre la impotencia y la vergüenza frente a una Bombonera que estalló en silbidos e insultos generalizados, parecía imposible de imaginar apenas 39 días atrás, cuando Boca se impuso con autoridad en el Monumental y derrotó a River con el penal de Leandro Paredes. En aquel momento, el equipo tenía puntaje ideal en la Copa, acumulaba 13 partidos invicto y se perfilaba como candidato en todos los frentes. Pero no supo gestionar el envión: los triunfos lo confundieron, perdió el equilibrio, cayó en una espiral de la que jamás logró salir y terminó condenado por sus propios errores. Pagó muy caro las expulsiones de Adam Bareiro y Santiago Ascacibar, dos piezas fundamentales, sufrió la fragilidad física de un plantel que encadenó lesión tras lesión y también las fallas de su entrenador, que volvió a equivocarse en momentos decisivos, como ante Cruzeiro en Belo Horizonte o Barcelona en Guayaquil.

A eso se sumó el error compartido entre Leandro Brey y Milton Delgado, otra vez frente a los brasileños, que dejó el panorama cuesta arriba y arrastró a Boca hasta esta situación extrema. Necesitaba ganar para seguir en carrera, pero su mandíbula de cristal volvió a romperse. No soportó la tensión y firmó otro papelón. El hincha ya no resiste: cantó “que se vayan todos”, y apuntó contra “la comisión”.

Boca fue un equipo sin fútbol, sin alma y sin rumbo. Atado, nervioso, lento, irresoluto. Más allá de alguna aproximación aislada, como la media vuelta de Exequiel Zeballos que salió cerca del palo y algunos remates desde afuera del área, el contexto pareció quedarle demasiado grande. Se encontró con un rival aplomado, al que el empate le alcanzaba para clasificarse, y que supo aprovechar el escenario para hacerle sentir todo el peso de la responsabilidad a Boca y jugar con el clima y el reloj. Se vio un equipo estático, sin sorpresa, sin profundidad por las bandas y demasiado dependiente de los pelotazos para Milton Giménez y las corajeadas de Zeballos, que terminaba chocando con la marca doblada.

Católica no necesitó la pelota para controlar táctica y emocionalmente el partido. Ordenado, con un libreto bien aprendido y la inteligencia suficiente para detectar cuándo despejar y cuándo hacer circular la pelota, el conjunto de Daniel Garnero fue absorbiendo la presión de Boca y, aun lejos del arco, logró construir mejores asociaciones. Para el local todo se volvió incómodo y la impaciencia de la gente terminó de empujarlo todavía más hacia el desconcierto. Ander Herrera fue silbado por algunos pases hacia atrás y Leandro Paredes, retrasado, fastidioso e impreciso, también despertó murmullos. El volante hizo un gesto por una molestia durante el primer tiempo, continuó en cancha, pero apareció apenas en cuentagotas y muy lejos de su nivel. Boca, entonces, se quedó sin conducción: todo se redujo a envíos largos y arrestos individuales. Ni siquiera logró sacar provecho de la pelota parada, pese a contar con varios tiros libres cerca del área.

El golazo de Clemente Montes pareció apagar cualquier resto de ilusión. Un remate extraordinario, al ángulo, que dejó expuesto el desconcierto defensivo de Boca, con una presión desordenada que siempre terminaba dejando a un rival libre.

En el segundo tiempo, Boca intentó ganar peso ofensivo con el ingreso de Velasco por Herrera y, más tarde, con Ángel Romero por Pellegrino. Así pasó a defender con tres hombres y medio: Di Lollo como líbero, Malcom Braida y Lautaro Blanco de stoppers y Paredes, que por momentos retrocedía hasta meterse entre los centrales. Un equipo partido, inconexo y sin ideas, que acumuló nombres en ataque pero nunca logró transformar eso en situaciones claras. Las pocas aproximaciones que generó llegaron más por empuje y desesperación que por juego, yendo al frente a los ponchazos, sin orden ni claridad. A tres minutos del final, Romero llegó al empate y desató un desahogo que duró apenas unos segundos: el gol fue anulado por un offside milimétrico.

Para Boca, ahora, vendrán tiempos de reconstrucción. En lo deportivo, deberá afrontar el repechaje ante un segundo de la Sudamericana para intentar meterse en los octavos de final del segundo torneo continental, probablemente con otro entrenador y con un plantel que difícilmente no atraviese una renovación profunda. En lo institucional, esta eliminación vuelve a dejar a Riquelme en el centro de la escena: ya son más de tres años y medio sin títulos y una deuda cada vez más pesada en el plano internacional. La obsesión, una vez más, terminó convertida en pesadilla.

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