Las mil vidas de una chica trans del conurbano: un intento de suicidio, el maltrato de su abuela y la salvación como drag queen

Milena contó su transición en el documental Soy ella de Cecilia Pinotti. La joven contó cómo fue su terapia hormonal y los dolores de la depilación definitiva de la cara
- 🎬 Soy Ella es un documental de 85 minutos de la directora Cecilia Pinotti, centrado en Milena Kalo (La Kalo) y su identidad trans, filmado a lo largo de años sin ensayos previos.
- 🗓️ Se estrena el 26 y 27 de septiembre en el Cine Gaumont y recibió el Premio Eva Landeck en un festival de la provincia de Buenos Aires.
- 👤 Milena Kalo tiene 33 años, nació en Morón y creció en General Rodríguez; como drag es La Kalo, y como trabajadora sexual, Vanesa.
- 🧭 El documental muestra el "lado B" de la transición, enfocándose en afectos, vínculos y la relación con la familia, no solo en la tristeza.
- 🧪 Muestra el proceso hormonal y médico de la transición, revisiones y la dolorosa depilación láser en el rostro.
- 👪 La película retrata la relación con su madre, su padre y su abuela adventista, destacando momentos de tensión, miedo y, con el tiempo, aceptación.
- 🏘️ Milena creció en General Rodríguez y describe una infancia de vecindario unido y pocas distancias entre casa, escuela y barrio.
- 🚪 A los 17 años dejó la casa y vivió momentos de vulnerabilidad, incluida la prostitución para sostenerse y ayudar a su familia.
- 💥 Sufrió violencia en una relación laboral y casi pierde la vida; tras un intento de suicidio a los 27, inició terapia y búsqueda de apoyo.
- 🎨 Presenta su cuerpo y su arte como herramientas de identidad: la Kalo es un monstruo estético con tatuajes, cuernos y una estética extraordinaria que transforma su experiencia.
- 🎭 Milena lleva ocho años haciendo drag y trabaja los fines de semana en fiestas y clubes, cultivando una red de amigas drag y solidaridad de clase.
- 🎵 También es música: ha lanzado canciones Politizate y Friki Mostra y prepara un EP llamado Pánico Satánico, como salida creativa fuera del circuito nocturno.
- 🔗 En su visión de vida, Milena habla de renovar su “contrato con la vida” cada poco tiempo para seguir adelante y reinventarse.
Milena Kalo se sentó frente a su madre y habló de la denuncia. Lo hicieron delante de una cámara, en una escena que la directora Cecilia Pinotti filmó para el documental Soy Ella, y que ninguna de las dos había ensayado ni tenido antes en privado. “Hablamos por primera vez y lo hicimos delante de la cámara”, recuerda Milena en diálogo con Infobae en un restaurante de cocina peruana del barrio del Abasto.
La película, de 85 minutos, se estrena el 26 y 27 de septiembre en el Cine Gaumont a las 20.30, después de recibir el Premio Eva Landeck en el Festival Internacional de Cine de la Provincia de Buenos Aires, donde el jurado destacó “un registro de naturalidad, cercanía y profundidad que da cuenta de una fuerte identidad bonaerense”.
Milena tiene 33 años, nació en Morón y se crió en General Rodríguez, en el oeste del conurbano bonaerense. En su DNI, tramitado durante el gobierno de Alberto Fernández, figura como Milena Kalo. Como drag queen es La Kalo, una criatura de más de dos metros de altura con plataformas de 20 centímetros, cuernos, pelucas y los ojos tatuados. Como trabajadora sexual fue Vanesa.
Soy Ella fue filmada durante años. Pinotti, egresada de la Universidad de Buenos Aires y montajista de oficio, acompañó a Milena entre el escenario y lo cotidiano, entre la transición hormonal y las fiestas de tecno, entre la familia del conurbano y las plazas donde durmió. “Quise acompañar a La Kalo dejando que su historia apareciera en los gestos cotidianos, en sus relaciones, en sus contradicciones”, escribió la directora, para quien este es su primer largometraje documental.
La película muestra lo que casi nunca se ve de una transición. Se muestra el proceso, a veces doloroso. Milena hizo una terapia hormonal acompañada por una médica. La cámara de Pinotti la siguió al consultorio, registró la revisión para ver si las hormonas le habían cambiado el cuerpo, filmó la sesión de depilación láser en la cara. “Vos sabés lo que duele eso -confiesa Milena-. Yo estoy toda tatuada. No me dolió tanto como el láser. Temblaba del dolor. Son como agujas que se te clavan en la cara”.
Lo que Milena eligió contar en la película la diferencia de otros relatos sobre vidas trans. No la tristeza, sino lo que ella llama “el lado B”. “Mostrar la tristeza trans ya se vio un montón - sostiene-. Lo que nunca se ve son los lazos que construimos de afecto, las burbujas que armamos fuera de esa sociedad que te dice que tenés que ser de tal y tal forma. Cómo construimos una identidad y la relación con la familia”.
En una de las escenas, la madre de Milena habla de ella y de su hermano y usa el masculino. Más adelante, cuando habla de Milena sola, usa el femenino. “Ella lo asumió más rápido que mi viejo”, cuenta Milena. La película registra ese tránsito sin subrayarlo.
Para ir al colegio en General Rodríguez había que cruzar un campo. Para ir al quiosco había que caminar mucho. Todo era distancia. Milena hizo la primaria ahí, en el oeste profundo del conurbano, donde los lazos entre vecinos se armaban de otra manera. “No nos excluíamos uno al otro”, recuerda durante la entrevista con Infobae.
De chica se ponía una toalla en la cabeza y jugaba a que tenía pelo largo. Le gustaban las cosas de nena, tenía la voz fina, nunca le interesaron los juegos de varones. Su madre le mostró años después una foto con un buzo rosa que le había puesto a los cuatro años. “Vos, a vos te regustaba”, le dijo.
Iba a la casa de unas vecinas que tenían muñecas. “Eran un montón de muñecas con pelos diferentes, podía jugar a lo que sea”, cuenta. Las madres de esas nenas no registraban nada raro. “Yo creo que ni siquiera lo notaban. Tampoco estás tan encima de ver qué está jugando el pibe”. La escuela fue su primera burbuja. Tenía amigas mujeres y maestras que la contenían. “No me cuestionaban. Parte de la aceptación creo que es un poco eso. Dejarse”.
La familia era adventista. La abuela materna guardaba los sábados, hacía exorcismos, le pasaba versículos bíblicos para tratar de “curar” su homosexualidad. A los 14 años le dijeron en la casa una frase que Milena repitió con la entonación de quien la escuchó muchas veces: “Vos no vas a ser puto porque mirá que los putos van al infierno”. La culpa la acompañó durante años. “Psicológicamente yo pensaba que me iba al infierno. Pero mal, zarpado. Mi cabeza era una culpa rezarpada”, cuenta y muestra su lengua intervenida, partida al medio.
En la primaria, un alumno de sexto grado se ensañó con ella, que cursaba cuarto. Le ponía la traba, la tiraba, la empujaba. “Todo el tiempo me marcaba algo. Y qué sé yo, sos chiquita y no sabés qué hacer”. Años después le puso un nombre a ese chico.“Yo le decía el hijo de puta”, se sonríe La Kalo.
A los 15 salió del clóset como gay en el secundario de Morón. Al mismo tiempo dejó la religión y conoció el marxismo. Militó en el Partido Obrero. En el colegio era el único que había salido del clóset. Cuando se debatía el matrimonio igualitario, una profesora dijo en clase que todos los gays tenían que ir al psicólogo. Milena le contestó: “Señora, usted usa anteojos. Si quiere la naturaleza, sáquese los anteojos y camine no viendo nada”. Años después, algunos compañeros del secundario le escribieron por Grindr. “Che, yo te bardié en la época del colegio, disculpame”.
La abuela adventista le daba estudios bíblicos, le señalaba qué estaba prohibido, qué estaba aceptado. “Y vos sobre eso tenés que construirte”, recuerda Milena. Pero mucho tiempo después, cuando Milena ya era todo lo que es, la abuela le dijo algo distinto. “¿Sabés qué me di cuenta? Que el único que ve el corazón es Dios”. Milena le respondió: “Ahí fue cuando yo me saqué la mochila, cuando entendí que todos ustedes que juzgan van a tener que rendirle cuentas a ese Dios”.
En la casa de la madre, Milena tenía una vida y afuera tenía otra. “Nunca podía ser sincera de mis gustos. No podía ser yo en ninguno de los aspectos”. A los 17 trabajaba y le daba la plata a la madre. Cantaba en un coro, pero la madre le prohibía ir a los ensayos. “No, no vas, porque se me canta a mí que no vayas”, le decía. “¿Y qué voy a hacer? Si es mi madre y es la que me tiene que dar para el viaje”.
Milena se fue de la casa con Fede, su novio de entonces. Durmió una noche en un banco de una plaza en Capital Federal. “Solo me imaginé la libertad de no estar bajo el régimen de mi madre. Y eso era hermoso”, cuenta con sinceridad. Al día siguiente le escribió a un hombre que había conocido por internet y que no conocía en persona. El hombre le ofreció quedarse unos días. Milena fue. La situación se volvió peligrosa. A cambio del techo tenía que cocinar, limpiar, lavar la ropa, cuidar a los sobrinos del hombre. Violencia económica, la definió. Cuando discutió con él, se fue. Otra noche en la calle.
Su prima le habló. “Mi mamá quiere que vengas”, le dijo. Milena no había recurrido a nadie de la familia porque la madre le había dicho que nadie se tenía que enterar. Fue a lo de la tía y esa misma noche apareció la madre.
“Entró a los gritos, me agarraron la ropa, me tironearon”, cuenta Milena. Agarró el teléfono inalámbrico, se escondió en el patio y llamó a la policía. Los agentes llegaron y le dijeron a la madre: “Mire, señora, su hijo tiene dieciocho años, usted no tiene que estar acá”. La madre insistió: “No, pero es mi hijo, que no se queda”. Los policías respondieron: “Señora, su hijo es mayor. Está siendo violento en una casa que no es suya. Váyase o la vamos a llevar a la comisaría”.
Al otro día Milena fue al juzgado de Morón y denunció a la madre, al padre y a los hermanos mayores.
Estuvo un mes en lo de la tía. Después circuló por casas de amigos, un día acá, un día allá. Hasta que fue a buscar a su abuela paterna al centro de jubilados de Villa Tesei. La abuela la abrazó, lloró. “Mirá, abuela, no tengo un mango. Necesito ayuda”. La abuela habló con la madre. La madre mandó un mensaje: “Decile que me llame”. Milena la llamó. “Vení a verme”, le dijo la madre. Milena puso una condición. “Voy a ir con Fede. No voy sola”. Acordaron con Fede un plan. Si la madre se ponía violenta, se levantaban y se iban.
La actitud de la madre ya no era violenta. “Era de una persona que se le pasó el enojo y lo que quedó era la angustia”, recuerda Milena. “Me ama. El problema no era que no me amaba. El problema es que su amor está moldeado de una forma en donde no encaja una personalidad como la mía”.
El padre de Milena trabajó toda su vida. “Mi viejo aportó en que no nos faltó comida”, dijo ella. “Bueno, que es un montón y a la vez es nada”. En la película aparece una sola vez, en la escena del cumpleaños, sentado al lado de la abuela.
El padre le dijo una vez: “Vos mataste a mi hijo” Milena le contestó al instante. “Sí, porque no servía para nada”.
El drag la sacó del pozo. Aprendió la técnica y la desarmó. “Empecé a resignificar los monstruos que había dentro mío, los saqué para afuera y jugué con ellos”, explica. Primero el drag fue un juego con la feminidad. “Cuando entendí que el drag me daba una felicidad estando de mujer que no me lo daba fuera del drag, empecé a entender y a ver que quería realmente ir para ese lado”.
Después, cuando transicionó y empezó a habitar la feminidad cotidiana, transformó al personaje. Ya no quería que La Kalo fuera una mujer, quería que fuera un monstruo. “Quería que sea algo de fuera de este mundo. Porque la fantasía es eso también. Y si hay algo que a mí me encanta es la fantasía. No me dejes viviendo solo en este mundo, porque por favor, qué horror”, afirma.
La Kalo mide más de dos metros montada. Milena mide 1,80 y las plataformas suman 20 centímetros. El casquete, el cuerno y la peluca agregan el resto. Tiene un eyeball tattoo en los ojos, la lengua partida en dos, alitas tatuadas en la cara, tatuajes en los brazos, el cuello y las piernas que no son decorativos sino estructurales. Moldean la silueta de su cuerpo. Su primer tatuaje fue una frase de Frida Kahlo. ”Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar?“
“Yo soy un monstruo. Femenino. Mujer. Mujer bicho, mujer sirena, mujer alienígena, lo que quieras. Mujer”, afirma.
Cuando se monta en drag para ir a trabajar a una fiesta de tecno, La Kalo no toma un taxi. Toma el subte. “Si puedo tomarme un transporte público, yo me voy en transporte público. Y me encanta”, cuenta La Kalo.
Lleva ocho años haciendo drag y cinco trabajando todos los fines de semana en fiestas y boliches. Sale los jueves, viernes y sábado, a veces varias en una noche, bailando arriba de un parlante hasta las cinco de la mañana. Tiene una burbuja de compañeras drag con las que se comparte todo. Se pasan desde ropa, técnicas hasta pelucas. “Creo que es por cuestión de clase también, más allá de ser drag o no - sostiene Milena-. Sin crear lazos no salís de ahí. Eso no es por ser trans o ser drag, eso es por ser pobre”.
Sacó dos canciones, Politizate y Friki Mostra, y prepara un EP que se llamará Pánico Satánico. La música es el proyecto de La Kalo para salir del circuito nocturno. “Amo la noche, pero no puedo tener una vida de noche siempre ¿Cuántos años más tengo para bailar arriba de un parlante hasta las cinco de la mañana?”, se pregunta.
En la proyección de Soy Ella en General Rodríguez, tres familias llevaron a sus hijos a ver a La Kalo. Los padres les mostraban fotos y videos a los chicos, que escuchaban sus canciones. “Una nenita así abrazándome y diciéndome que me quiere”, cuenta Milena y se sonríe.
En la escena del cumpleaños del padre, filmada para la película, Milena fue “lista para la pelea”. La abuela, que ya murió, le decía “señor” todo el tiempo. La película no lo muestra. “No me hubiese gustado que lo pongan tampoco. No era necesario”, explica Milena.
A los 27 años, Milena vio pasar varios trenes con la intención de arrojarse a las vías. En la entrevista, Milena cuenta que “fue una tarde-noche, venía muy mal anímicamente y sin plata. Era prostituta y drag. “La prostitución es pan para hoy y hambre para mañana. Yo me hacía el alquiler en un día capaz, pero después tenés que comer. Y después capaz no es solamente comer vos. También ayudar a tu familia”.
Como Vanesa, su nombre en el trabajo sexual, tuvo un cliente que casi la mata. El servicio estaba pactado. El hombre estaba encima de ella y empezó a repetir una frase: “Yo soy el hombre. Yo soy el hombre”. La agarró del cuello y empezó a ahorcarla. “Yo empiezo a sentir que me está ahorcando fuerte y me empieza a faltar el aire”, recuerda. “Yo creo que si pasaban cinco o diez segundos más, me quedaba inconsciente”. Lo sacó de encima y le pegó un cachetazo.
Después del intento de suicidio empezó terapia, a los 28 años. Tuvo varios psicólogos. Lo que describe es una relación con la muerte que no le da miedo. “La veo como tener el control yo. Estar viva es como que tengo el control. De que todo esto no puede conmigo, porque soy yo quien tiene el joystick de mi vida”.
En la película dice una frase que repitió en la entrevista: “Habito el dolor”. Eso tiene una forma concreta. Milena practica faquirismo. Se hizo suspensión corporal con ganchos clavados en la espalda. El cuerpo queda colgado en el aire sostenido por la piel. Lo hizo dos veces de espalda y una vez del pecho. En esa ocasión armó un círculo de fuerza con amigas. Se engancharon todas del pecho con ganchos y tironeaban hacia un punto en el medio. “Te estira la piel y sí, se siente como una adrenalina”, afirma. Lo hace con personas preparadas para eso, nunca sola, a veces en performances y a veces en privado. “Químicamente se libera en el cuerpo unas drogas buenísimas”, sostiene.
Milena renueva lo que llama “el contrato con la vida” cada cierto tiempo. “A veces todos los años, a veces cada medio año”.

