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Una ojota, un tropiezo y una caída desde un acantilado: cuando un día cualquiera se volvió súbitamente en una batalla por sobrevivir

Una ojota, un tropiezo y una caída desde un acantilado: cuando un día cualquiera se volvió súbitamente en una batalla por sobrevivir
Dufume
historias

Marina Dalle Nogare y su hijo Renzo estaban pescando desde un arrecife a quince metros del mar de Río de Janeiro. Era 2009, ella tenía 45 años y él, doce. Había caído la tarde cuando un pez quedó atrapado entre las rocas. Ella intentó salvarlo y devolverlo al mar. No llegó. Se desató en ese instante una carrera contra la vida, mientras su hijo gritaba desesperado desde lo más alto del acantilado

AI
  • 🧓 Hoy Marina Dalle Nogare tiene 63 años; en 2009, cuando ocurrió el suceso, tenía 46 y fue como “volver a nacer”.
  • 🏖️ El incidente ocurrió en Praia Joatinga, Río de Janeiro, cerca del Club Costa Brava, durante una tarde de pesca familiar.
  • 👨‍👦 Participaban Marina y su hijo Renzo (tenía 12 años); su otro hijo, Caio, quedó en casa esa tarde.
  • ⚠️ El lugar es peligroso: un acantilado y rocas resbaladizas; un pescador les advirtió del riesgo antes de acercarse más.
  • 💥 Ese domingo, Renzo logra pescar un pez globo y Marina, al intentar sacar una foto, se resbala y cae desde la roca hacia el agua.
  • 🌊 Marina se desorienta al caer y permanece consciente, pero atrapada entre rocas y olas, sin saber cómo salir.
  • 🪝 No hay rescate inmediato: los pescadores cercanos no llegan de inmediato; Marina debe decidir cómo salvarse por sí misma.
  • 🏃‍♀️ Con ayuda de su propio esfuerzo y de un pescador que la guía con una linterna, Marina se dirige hacia las rocas desde donde podría salir.
  • 🤝 Finalmente es levantada por uno de los pescadores y renzo, desesperado, observa el rescate desde la orilla.
  • 🗣️ Renzo describe aquello como una escena de terror y recuerda vívidamente a su madre gritando; la memoria quedó marcada para él.
  • 🧭 Secuelas y miedo: Marina queda con problemas de equilibrio y una gran fobia a las rampas; evita volver a pisar Joatinga y otras playas rocosas.
  • 🕰️ El lugar sigue siendo peligroso: otros casos mortales en esa misma zona (2009, 2010, 2011, 2022) señalan lo impredecible de las mareas y las rocas.
  • 🏡 Después del susto: Marina continúa viviendo en la misma casa en Río; Renzo, ingeniero ambiental, ha vivido en Tokio y São Paulo y ahora también está en Río; ambos conservan el aprendizaje de ese día.
  • 🙏 Conclusión: la historia subraya que la vida puede cambiar en minutos; la combinación de racionalidad, valentía y apoyo de otros salvó a Marina y dejó una enseñanza sobre el mar.

Marina Dalle Nogare tiene hoy 63 años, pero tenía 46 cuando volvió a nacer. La segunda vez tuvo que hacerlo con mucho más esfuerzo. De la primera, ocurrida el 6 de enero del 63, no tiene memoria.

Volvamos a 2009. Estamos en la ciudad brasileña de Río de Janeiro. Marina es argentina y porteña, pero se casó con un brasileño y para este momento llevaba viviendo en Brasil muchos años. Todos los veranos Marina iba con sus hijos, Caio y Renzo, a Miramar en la costa argentina: “Todos los años, en febrero, nos instalábamos con mis hijos, Renzo y Caio, en Miramar con mi familia, donde teníamos una casa enorme desde toda nuestra vida. Mis tres hermanos varones se los llevaban a pescar. Esa actividad era muy divertida para ellos. Al volver, ese verano, empecé a llevarlos a pescar en Brasil. Íbamos a un lugar de la playa donde estaban los pescadores instalados sobre la arena. Renzo estaba muy entusiasmado con la pesca, tenía 12 años, y justo le habíamos regalado una caña. Bajábamos a la playa de abajo de casa, en San Conrado, pero nunca pescábamos nada y me parecía medio frustrante”.

Marina ama la naturaleza. Para ella Río de Janeiro se convirtió en su lugar por elección. Allí nacieron sus hijos, construyó su casa en lo alto de un morro mirando a Pedra Bonita y al océano y consiguió su deseado contacto profundo con la naturaleza. Perros rescatados, gatos sin cola, pájaros heridos y demás animales comenzaron a convivir con ellos en ese jardín anclado en el lateral de la montaña.

Con tres hermanos varones surfistas y una casa en la costa argentina, Marina había crecido en íntimo contacto con el agua fría y el oleaje fuerte. Era ágil y buena nadadora. Al punto de que en el colegio porteño, la habían elegido para competir en natación, en estilo pecho. Por todo esto, los bancos de arena allá lejos, las revolcadas en el mar congelado que te dejaban los dedos azules, no eran para ella un desafío, sino el medio en el que se había criado. Nunca supuso lo mucho que le servirían, algún día, sus veranos familiares y sus competencias escolares.

El viernes 27 de febrero de 2009, Marina decidió explorar con Renzo otro lugar cercano para la pesca, en Praia Joatinga. Veía siempre muchos pescadores en esa parte de la costa. Quizá ahí hubiera mejor pique.

A pesar de que venía sintiéndose mal desde hacía unos días por un virus, decidió que irían a ver. Llegaron al lugar. Ahí estaban los hombres de mar con sus aparejos y esas líneas dibujadas contra el agua y el cielo cayendo en picada hacia el océano.

El precipicio vertical desde esa enorme piedra negra y lisa la asustó: “Sentía que podía ser medio peligroso porque la costa caía de manera brusca y Renzo era tan flaquito. Me parecía que él con la caña y el peso de un pez que mordiera el anzuelo era mucho, Renzo podría volarse con facilidad con una ráfaga de viento. Le pregunté a un señor si era realmente peligroso ese lugar, si uno se podía caer, si no sería mejor atar a Renzo con algo para sostenerlo y asegurarlo. Me respondió que sí, era peligroso. Le dije que podía pasar si alguien se caía desde ahí. Y, ¡se muere!, me respondió muy suelto. Me sugirió un lugar más seguro para pescar sobre ese mismo acantilado, pero más cerca del Club Costa Brava, sobre otra entrada del mar”.

Ese día Marina y Renzo se fueron sin haber pescado nada.

Dos días después, el domingo primero de marzo de 2009, Marina seguía con unas líneas de fiebre, pero termina cediendo ante el aburrimiento de Renzo que le suplica hacer algo.

-¿Qué querés hacer?

-Ir a pescar.

“Era domingo y el pobre chico tenía derecho a hacer algo”, recuerda. “El día era muy lindo. Decidí bancarme mis chuchos de frío y me guardé las ganas de quedarme en la cama. Lo iba a llevar”.

Será un paseo de unas horas, pero Caio, que estaba por cumplir 14 años, elige quedarse. Marina y Renzo se suben al auto con la caña y sus enseres para ir a pescar. Conduce unos quince minutos, hasta la zona del Club Costa Brava.

“Estacioné y fuimos a mirar el sitio que me había marcado aquel pescador. Subimos por un costado y, efectivamente, me pareció que era mucho menos empinado. Igual yo iba medio boleada, porque Renzo iba diciéndome: ¡Mamá cuidado!. Muy segura de mí misma le respondí con humor: -Renzo mi signo es capricornio: ¡soy un cabrito entre las piedras! Había llevado mi silla de playa y había un lugar donde pude ponerla. Tenía puesto un bikini, una remera, el pareo y mis ojotas. Como me dio frío, me enrosqué el pareo sobre los hombros. Nos habremos instalado alrededor de las cuatro y media de la tarde. Estábamos a unos 15 metros sobre el nivel del agua. Otra vez, el pobre Renzo no pescaba nada. En un momento pensé ¿qué hacemos acá en estas piedras totalmente solos? y le dije a Renzo: -Nos vamos porque está oscureciendo.

-¿Justo ahora, mamá, que empieza a haber pique?

Miré bien y vi a dos señores a lo lejos, a unos 50 metros o más. Se estaban instalando para pescar. Del otro lado, a unos 200 metros, llegaba a ver la pileta de agua salada del club llena de gente, con las luces prendidas. Entonces, acepté: -Bueno, un rato más y nos vamos. Ahí llegó el gran momento de la tarde: Renzo sacó un pescadito que de pronto se infló todo y se soltó del anzuelo sobre una piedra mucho más abajo, donde aleteaba con desesperación. Nosotros, siempre que pescábamos, devolvíamos los peces al agua. Entonces me paré y empecé a caminar y a bajar un poco hacia ese pez globo. Renzo pensó que yo quería salvarlo, pero en realidad lo que yo quería era sacarle una foto para que él la tuviese de recuerdo de su día de pesca, estaba demasiado abajo para que yo lo pudiese salvar”.

Renzo entonces le advierte una vez más:

-Mamá, cuidado, está peligroso…

-No Renzo, ya que nunca pescas nada, ¡por lo menos saquemos una foto!

En ese mismo instante, oscureció. Son cerca de las 18.22. Marina saca una linterna para poder alumbrar el pescado atrapado entre las piedras. Entonces sucedió lo impensable.

Lo cuenta ella: “En un momento se me patinó el pie dentro de la ojota, tropecé y caí de espaldas al piso de roca negra inclinado hacia el vacío. Comencé a resbalar. Pensé que podría parar y lo intentaba con mis manos, pero no encontraba nada de qué agarrarme. Mido 1,71 y peso unos 66 kilos, mi propio peso me empujaba hacia abajo y empecé a tomar velocidad. En un momento me pareció que me detenía porque hice como una especie de curva, pero la caída continuó. Pensé con claridad: me voy a morir, cuando golpee abajo contra las piedras me voy a morir. Sabía que me estaba por matar, pero todo era tan rápido que no tenía tiempo de analizar nada”

La adrenalina, la velocidad, no dejan lugar para que Marina tenga angustia. Renzo lo ve todo desde arriba, con una desesperación absoluta.

“Tuve plena conciencia de que al no poderme agarrar de nada para frenar mi caída no había salvación posible. De pronto, se acabó la piedra y caí al mar con fuerza. Me hundo, me hundo, me hundo muy profundo. Lo siento como si fuese hoy. Ahí fue que comencé a tomar conciencia de otra cosa: no me había golpeado con nada, no me había muerto. ¡Estaba viva! Pero, ¿dónde era arriba y dónde era abajo? Estaba en el agua totalmente desorientada. No me morí, pero me preguntaba ¿cómo salgo? ¿Por dónde tengo que ir? ¿Hacia qué lugar me debo impulsar? Intenté tranquilizarme y me dije: Marina, no respires; Marina quedate quieta a ver si salís a la superficie. Era como si lo viera de afuera. Tenía claro que estaba viva y me dejé llevar. No sé cuánto duró eso, pero al final salí y saqué la cabeza. Seguía confundida porque la ola del mar me golpeaba contra ese muro de piedra. El movimiento brutal del agua era ensordecedor, me impedía escuchar, y ya casi no se veía nada. Chequeé con algunos movimientos si no me había roto nada, las piernas, los brazos. No parecía lastimada y estaba viva”.

De pronto, la alegría de descubrirse con vida cobra otra dimensión. Entre el sonido de las olas rompiendo sobre ella y el peligro de las rocas, escucha algo que la conmueve. Son aullidos humanos.

“Renzo gritaba allá arriba como un animal salvaje. El recuerdo me pone la piel de gallina hasta el día de hoy. No eran gritos normales, eran sonidos guturales. La ola me estrellaba contra el muro de piedra una y otra vez y yo intentaba agarrarme de algo, pero solo había unos mejillones que me lastimaban y no me sostenían lo suficiente. Cuando el agua se retiraba me arrancaba de nuevo de esa gran piedra y era volver a empezar con la siguiente ola. Trepar era imposible. Era una pared vertical, sin aristas. Renzo seguía con sus alaridos y eso me hizo pensar que, si él enloquecía y se tiraba para sacarme, moríamos los dos. Así que reflexioné con frialdad: no me morí, tengo que salir de acá. No me golpeé con ninguna piedra, estoy viva. Hoy no me puedo morir. Puedo morirme mañana, pero no puedo hacerlo hoy porque Renzo va a quedar con este trauma por el resto de su vida. Si desaparecía en ese mar, le arruinaba la vida a mi hijo. Ese pensamiento fue mi gran motor para seguir luchando”.

Ya para entonces han pasado muchos minutos y es totalmente de noche. Arriba, los dos pescadores que están cerca han escuchado los llamados desesperados de Renzo y se arriman. Renzo sigue gritando desaforado: ¡Mamá, mamá, mamá!

Marina en el agua se tranquiliza un poco, ahora cree que irán a sacarla del infierno. Imagina que llamarán a los guardavidas del club, que aparecerá un helicóptero o que los hombres se arrojaran al agua para ayudarla.

“Recién ahí me di cuenta de que todavía tenía puesta una ojota, enganchada en un pie, y la remera. Me saqué las dos cosas para poder nadar más liviana. Pero la ayuda no llegaba. Ellos seguían parados allá arriba. ¡No podía creer lo que pasaba! Yo seguía aguantando en el agua y no venían. No habían usado el celular para pedir un rescate. Cuando me cansaba mucho intentaba hacer la plancha, pero me daba miedo de que el mar me metiera hacia adentro”.

Nada de lo que imaginó pasa. Nadie toma un celular, ni pide ayuda y ninguna persona está yendo a rescatarla. De pronto, se da cuenta de la realidad: ella misma deberá encargarse de su salvataje. No puede seguir esperando porque perderá las fuerzas y se ahogará.

“Por suerte, soy bastante tranquila. Pensé: me tengo que ocupar de mí y salvarme. Me pareció que uno de los hombres me hacía señas para que me alejara de las rocas, pero no escuchaba bien si me gritaban algo. Solo era el ruido del mar y los gritos de Renzo. Otra vez, dialogué conmigo misma: Marina, no te moriste; Marina sabés nadar; Marina te están mirando desde arriba dos hombres. Me alejé un poco de la muralla de piedra y traté de analizar la situación para ver cómo podría salir. Para el lado de la playa de arena de Joatinga, la salida quedaba muy lejos, tendría que rodear nadando un acantilado para llegar y no se veía nada. Me tenía mucha fe nadando dos horas, pero de día. De noche, no me animaba. Estaba todo negro y si me llevaba una corriente me ahogaba sola. Para el otro lado, estaba el Club Costa Brava, pero a esa altura todo era oscuridad. Las luces de la pileta se habían apagado y no había un alma. Además, las piedras de ese costado eran enormes también, como las de la escollera de Miramar. Las olas rompían con fuerza sobre esos bloques de roca y podían destrozarme. Ahí fue que comencé a sentir pánico. Imaginé corrientes que me arrastraban hacia abismos desconocidos, tiburones que me mordían o el ataque de una raya. Era pánico total. Además, me empecé a cansar. Me faltaba el aire. Opté por hacer un poco más la plancha para relajarme, pero también me daba temor alejarme. ¡Estaba tan oscuro! La desesperación duró unos minutos. Empecé a darme ánimo nuevamente. Mi propia cabeza me decía: Marina, nunca un tiburón atacó en esta zona ni mordió a nadie, nunca leíste una noticia de rayas ni de nada así en Río; Marina, vos sabés nadar muy bien; Marina, no te va a venir a buscar nadie a tiempo; Marina, te salvaste de la caída y ahora te toca salir a vos, animate. Hice la plancha unos segundos para descansar y me convencí de que si me entregaba ahora, me hundía y me moría. Listo. Entonces, me di vuelta para comenzar a patalear con energía”.

El tiempo pasa lentamente, no puede medirlo, pero llega un momento en que se da cuenta de que tiene que intentar salir ahora, mientras todavía tenga suficientes fuerzas para hacerlo. En esos momentos uno de los pescadores comienza a señalar con su luz las piedras a donde ella tendría que intentar llegar. Eso la decide.

Irá hacia la zona del club y saldrá sobre esas piedras como sea. Pasará lo que tenga que pasar.

“Al menos, lo iba a intentar. Era mejor eso que ahogarme. Mejor que hundirme y, quizá, desaparecer para siempre. Una vez que lo decidí, empecé a nadar a toda velocidad hacia allí. Cuando llegué a la altura de las piedras, esperé una buena ola y la agarré para avanzar en línea recta hacia la costa. En eso estaba enfocada cuando escuché que el hombre de la linterna me gritaba: ¡Ahora no, ahora no, ahora no! Me detuve y volví para atrás. Entendí que el tipo no quería que hiciera eso, era demasiado peligroso que la fuerza de la marea me estrellara contra la superficie rocosa. Estaba claro que quería que saliera en otro momento. Esa enorme ola pasó y me di cuenta de que realmente me habría matado con la potencia con que rompió. Me quedé flotando, esperando que él me indicara cuándo intentarlo. Él veía desde fuera lo que yo no podía ver desde mi posición a nivel del agua. En un momento determinado, el hombre empezó a gritar: ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora! Yo no veía la rompiente, pero le hice caso de inmediato. Nadé con todas mis fuerzas y a toda velocidad hacia ahí. De pronto, toqué algo con los pies, eran unas piedras. No me golpeé, pero estaba extenuada. El hombre de la linterna, que había bajado por un costado de las piedras, me agarró del brazo y me levantó en el aire. Estaba tan agotada que no sentía nada, solo quería quedarme ahí, pero todavía estábamos en el área donde el agua entraba con violencia. Él me dijo: Tenés que poder salir ya, porque si no el que se muere es tu hijo. Entonces, tomé aire y salí”.

Marina trepa las piedras con el último resto de energía que le queda en el cuerpo. Está llena de arañazos por la caída y por sus intentos inútiles de trepar sobre los mejillones, pero está entera. El pescador la conduce hasta Renzo y se abrazan. Se calman juntos.

“Los señores nos preguntaron si estábamos bien y simplemente se fueron. ¡Nunca supimos cómo se llamaban! Pensé si debíamos llamar a alguien y qué tenía que hacer. Podía manejar, así que lo mejor era volver directo a casa. Pero ¡las llaves del auto y mi cartera estaban arriba, al lado de la silla vacía en la cima de la piedra! Teníamos que volver a subir. Nos daba pavor. No había otra opción, no había nadie a quien pedir ayuda. Fuimos los dos agarraditos, muertos de miedo, en medio de la oscuridad. Tardamos unos veinte minutos en subir. Volvimos a casa y después a una guardia, donde me desinfectaron las heridas”.

Son pocos los que pueden contar una historia como esta con buen final. ¿Hubo secuelas? “Me quedaron problemas con el equilibrio y una gran fobia a las rampas. No puedo enfrentarlas. Tampoco pude volver a la playa de Joatinga. Ni a ninguna otra playa de piedras”, confiesa ella, “¿Qué me salvó? Ser racional y ser madre. Tener a mi hijo llorando arriba no me permitió entregarme. No podía morirme porque sabía lo que podía implicar para él vivir con la culpa horrible de haberme pedido ir a pescar. También ayudó, lo reconozco, saber nadar bastante bien. ¿Rezar? No, yo no rezo nunca a pesar de haber ido toda mi vida a un colegio católico. No rezo, no pido, pero sí agradezco la vida al universo”.

Renzo tenía 12 años cuando vio la luz de la linterna de su madre hundirse en el océano Atlántico. Hoy es un hombre joven, de 30 años, que recuerda aquel día como si hubiese transcurrido ayer:

“Tengo muchos flashbacks de esa tarde. Justo había pescado un pez globo y, mientras lo sacaba del agua, se quedó atrapado entre las piedras. El lugar era de muy difícil acceso y mamá, que ama tanto los animales, no se pudo contener para ir a buscarlo y poder tirarlo al mar otra vez. Yo le decía que tuviera cuidado: Mamá, no vayas, es peligroso. Pero ella repetía que no pasaba nada. Me decía: Soy como las cabras, sé andar sobre las piedras. Y justo ahí fue que se resbaló. Desde que cayó al piso y terminó en el mar se me hizo larguísimo. Para mí la caída duró un montón. No podía creer lo que pasaba; pensaba que en algún momento iba a parar. Al principio, fue una mezcla de susto y de risa, porque para mí el mar estaba muy lejos, no iba a caerse. Pero seguía deslizándose más y más hasta que cayó al mar justo en esos dos segundos en que se hizo de noche. Ella llevaba una linterna en la mano y yo vi perfectamente cómo la luz iba cayendo con ella. Cuando se hundió en el agua, la luz también se hundió y la seguí viendo hasta que se apagó. Era una verdadera película de terror”.

Renzo habla en castellano con algo de acento argentino y gran cadencia brasileña. Es muy preciso en su relato:

“Recuerdo tener una sensación de horror. Estaba viendo a mi mamá muriéndose. Gritaba y gritaba porque tenía la esperanza de que ella se agarrara de las piedras y lograra subir. Me acuerdo de estar observando cómo lo intentaba, pero las olas venían y la arrancaban de nuevo de la superficie. Una escena espantosa. Creo que habrán pasado unos cuatro minutos y mamá seguía intentando trepar. Probó en unas cuatro oportunidades, pero fracasó. Era imposible. Tenía una mezcla de sensaciones en el cuerpo. Por un lado, sentía la obligación de saltar al agua para ayudarla, pero por otro, mi lado más racional me decía que si lo hacía nos íbamos a quedar los dos en la misma situación desesperante. No serviría de nada. Estaba atrapado entre el deber de ser un héroe para salvar a mi mamá y la realidad de que sería imposible salir vivos. En un momento de desesperación casi me tiro, pero en eso noté las luces de las linternas de otros pescadores a unos doscientos metros. Me acerqué hacia ellos un poco y empecé a gritar para pedirles ayuda. Vinieron hasta donde estaba yo y me intentaron calmar. Uno dijo que conocía una salida de buceadores secreta, a unos trescientos metros de donde había caído mamá, en medio de las rocas grandes. Entonces, intentaron guiarla desde lo alto, para que fuera para ese lado. Le señalaban el camino con los haces de luz de sus linternas que iluminaban el mar oscuro”.

“Por eso, te repito que las dos sensaciones que me quedaron marcadas fueron la desesperación de ver morir a mi mamá y el conflicto si convertirme en un héroe o intentar solucionar el problema de una manera más racional. Mirá, si me hubiera tirado, hoy estábamos los dos muertos. No me quedaron traumas ni precisé ir al psicólogo, pero me quedó un mensaje claro: el mar es proveedor, pero también te puede quitar todo. Eso me generó un gran respeto hacia él. Nunca más volví a pescar. Lo increíble es que esos pescadores que nos ayudaron no sabían nadar. Si ellos no hubiesen estado, mi mamá habría muerto, porque hubiera seguido intentando salir por el lugar equivocado. Por el estrés de ese momento tan difícil de digerir, no quedamos en contacto con ellos para poder agradecerles adecuadamente. Nos hubiera gustado mucho poder hacerlo”.

Los recuerdos de ambos no coinciden por completo, por ejemplo, en las distancias, en la duración de los hechos o en lo qué tenía uno u otro en sus manos al momento de la caída. Son detalles mínimos de unos 20 a 40 minutos adrenalínicos. Como suele ocurrir con los recuerdos, no todos percibimos, vivimos o rememoramos las cosas exactamente de la misma manera.

En la zona donde cayó Marina, cerca del Club Costa Brava, entre los barrios de San Conrado y Barra de Tijuca, han ocurrido muchos accidentes mortales. Algunos por caídas; otros, por el arrastre del fuerte oleaje sobre las rocas más bajas.

Poco más de tres meses después de la caída de Marina con final feliz, el 24 de junio de 2009, una estudiante de periodismo de 21 años, Maira Savassi Rocha, no tuvo la misma fortuna. Paseaba con una amiga por la parte superior del peñasco cuando, cerca de las dos de la tarde, resbaló y cayó al vacío. Se golpeó la cabeza con una roca. Era de día, los bomberos acudieron de inmediato y hubo helicóptero de rescate, pero no alcanzó. Cuando accedieron al lugar, la joven ya había muerto.

En 2010, Rodrigo Bonfi Pinto (25) y Renato Ferreira Tarradt (19), ambos alumnos de un curso de formación para sargentos del ejército, participaban en unas actividades en los alrededores del Club Costa Brava, muy cerca del lugar por donde Marina salió con vida luego de su caída. Se subieron a unas piedras para tomarse unas fotos cuando una ola sorpresiva los derribó y los arrastró mar adentro. Sus cuerpos fueron recuperados en dos sitios distintos.

En 2011, Marilaine Ferreira Barbosa (36) y Marina Prates Lourenco (33), bajaron en ese mismo sitio para hacerse unas fotografías. Había resaca y, cuando se distrajeron, una ola las abrazó y se las llevó. Sus cuerpos tuvieron que ser recogidos por un helicóptero a unos 200 metros.

En 2022, Igor de Oliveira Rodrigues Dias (33) se trepó a una roca situada a unos 12 metros de altura, en el mismo lugar de los casos anteriores. Quería hacerse una selfie. Perdió el equilibrio y cayó. Su cabeza dio contra una roca a nivel del mar. Se necesitó también un helicóptero para acceder a rescatar el cadáver de ese sitio con tan difícil acceso.

Para Renzo y Marina, lo que les pasó aquel verano carioca marcó un antes y un después en sus vidas. Saben perfectamente que el final podría haber sido muy diferente. Después de esto la vida siguió. Renzo se recibió de ingeniero ambiental, vivió por trabajo en Tokio, Japón; en San Pablo y, ahora, acaba de volver a Río de Janeiro. Marina sigue viviendo en la misma casa y disfruta como siempre de la ciudad que adoptó como propia, de su jardín y sus animales. A pesar de que sigue estando cerca de Joatinga, ella jamás volvió a pisar esas rocas. Las evita. Sabe que la suerte es algo que no conviene desafiar. Los milagros existen, pero no la garantía de que se repitan.

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