Un solo torpedo, secretos ocultos en la bodega y 1198 víctimas: la historia de la peor tragedia marítima de la Primera Guerra Mundial
La tarde del 7 de mayo de 1915, un submarino alemán divisó al Lusitania, un enorme buque de pasajeros que viajaba sin escolta, le disparó el único torpedo que le quedaba y lo hundió en apenas 18 minutos. Entre las víctimas se contaron 94 niños y 35 bebés. Investigaciones posteriores demostraron que el transatlántico llevaba oculto en sus bodegas un verdadero arsenal
La Gran Guerra, como se la llamaba entonces, llevaba menos de un año pero ya desangraba a Europa cuando la tarde del 7 de mayo de 1915 el submarino alemán U-20 de la armada alemana navegaba por el Mar del Norte, cerca de las costas de Irlanda. Después de hundir a tres embarcaciones británicas, el capitán Walther Schwieger regresaba a su base para repostar y rearmarse: apenas si le quedaba combustible y había disparado todos sus torpedos menos uno. No pensaba entrar nuevamente en combate, pero a las 14 divisó por su periscopio un enorme barco que navegaba a estribor. “Frente a nosotros aparecen cuatro chimeneas y dos mástiles... sigue curso vertical al nuestro virando desde Galley Head. El barco parece ser un buque de pasajeros de grandes dimensiones”, escribió en su cuaderno de bitácora. Diez minutos más tarde observó que el barco viraba alejándose se la costa y ese movimiento le hizo tomar una decisión. “El vapor vira a estribor, rumbo a Queenstown y así facilita nuestro acercamiento para lanzar torpedos. Navegamos a gran velocidad para colocarnos en posición al frente”, anotó.
El U-20 demoró dos minutos en disparar el único torpedo que le quedaba y dar en el blanco. “Disparo de proa a 700 metros, el proyectil da al costado de estribor, algo detrás del puente. Alcanzado por el disparo en la banda de estribor detrás del puente. Se oye una detonación extraordinaria seguida de otra fuerte explosión y de una nube que se eleva. Debe de haber habido además de la explosión del torpedo otra (caldera, carbón o pólvora) ... La nave se detiene y se escora rápidamente. Al mismo tiempo, se hunde cada vez más a proa...”, describió Schwieger. Todavía no sabía que el buque que se estaba hundiendo era el transatlántico británico Lusitania, que había zarpado el primero de mayo de Nueva York y se acercaba a Liverpool, su puerto de destino. Llevaba 1959 personas a bordo.
Impactado por el torpedo, el Lusitania comenzó a escorar rápidamente y sus tripulantes solo alcanzaron a arriar seis de sus cuarenta y ocho botes salvavidas. Dieciocho minutos más tarde, el enorme transatlántico se hundió para siempre en el fondo del mar. El saldo en vidas fue devastador: se ahogaron 1198 personas, entre ellas 94 niños y 35 bebés. Fue el mayor desastre marítimo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial.
La magnitud de la tragedia conmocionó al Reino Unido y a Estados Unidos. Entre las víctimas, 126 eran estadounidenses, lo que marcó un punto de inflexión en la contienda cuando ese país todavía se mantenía neutral. El diario The Nation calificó al hundimiento del Lusitania como “una deuda por la que un huno enrojecería de vergüenza, un turco se sentiría avergonzado, y un pirata bárbaro se disculparía”, y la opinión pública británica exigió que Estados Unidos le declarara inmediatamente la guerra a Alemania.
Desde Washington, el presidente Woodrow Wilson, evitó dar ese paso: “Existe algo como pueda ser que un hombre sea lo suficientemente orgulloso como para no luchar. Existe algo como pueda ser una nación tan cargada de razón que no necesita convencer a otros por la fuerza de que está en lo cierto”, explicó a manera de justificación. Demoraría dos años en entrar en el conflicto. Fue la primera vez en la historia que se habló de un “crimen de guerra”, porque en apariencia el Lusitania solo llevaba viajeros civiles y ninguna carga militar. Las investigaciones posteriores y el paso del tiempo demostrarían lo contrario.
Cuando se produjo el letal ataque del U-20 al Lusitania, Gran Bretaña ya había declarado al Mar del Norte como zona de guerra, lo que les permitía atacar a cualquier embarcación alemana que navegara por sus aguas, aunque solo llevara pasajeros civiles o alimentos. Los británicos se sabían superiores a los alemanes en el mar, una situación que comenzó a cambiar con la incorporación a la flota alemana de los submarinos U-Boot, que comenzaron a causar estragos entre las naves británicas. Además, para 1915 el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, había ordenado camuflar a los barcos de guerra como su fueran mercantes y los alemanes, al darse cuenta de la maniobra, comenzaron a torpedear a cuanta embarcación se le cruzara en el camino sin preocuparse por auxiliar a las tripulaciones si los barcos se hundían.
En ese contexto, como Estados Unidos se mantenía neutral, el 23 de abril de 1915 –dos semanas antes del ataque al Lusitania- la embajada alemana en Washington difundió un comunicado que fue reproducido por muchos diarios del país donde advertía: “Se recuerda a los viajeros que tengan la intención de cruzar el Atlántico que existe el estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y sus aliados; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las islas británicas y que, según advertencias formales del Gobierno Imperial Alemán, los barcos que lleven la bandera de Gran Bretaña, o de cualquiera de sus aliados, son susceptibles de ser destruidos en estas aguas y que los pasajeros que viajen a la zona de guerra en barcos de Gran Bretaña o de sus aliados lo hacen por su cuenta y riesgo”.
Por eso, al llegar a la zona de guerra, el capitán del Lusitania, William Turner, debía esperar la llegada de algún buque de la Armada Real para que lo escoltara hasta el puerto. Sin embargo, al no encontrarlo, decidió proseguir en soledad e indefenso la ruta hasta Liverpool. Esa decisión resultó fatal.
Cuando los británicos y los estadounidenses acusaron a los alemanes de haber cometido un crimen de guerra al atacar al transatlántico, la respuesta desde Berlín no se hizo esperar. El gobierno alemán justificó el ataque argumentando que, aunque parecía ser un barco de pasajeros, el Lusitania era en realidad un buque militar camuflado que tenía la misión de romper el bloqueo de las islas británicas para llevar armas. Sostuvieron que en su bodega llevaba cuatro millones de proyectiles fabricados en Estados Unidos repartidos en 5.400 cajas, además de cobre y latón para uso militar.
Una serie de investigaciones realizadas luego de la guerra demostró que los alemanes decían la verdad. Al examinar los manifiestos de carga reales, que habían sido sustituidos por otros falsos que solo informaban sobre el embarque de comida y pasajeros, se comprobó que el ese material de guerra estaba en el barco para ser entregado en Liverpool. En 2011, una expedición submarina que llegó hasta los restos del transatlántico que quedaron en el fondo del mar confirmó todos esos datos. Encontraron que las bodegas estaban repletas de munición, lo que explicaría la sucesión de explosiones que se sucedieron a causa del impacto del torpedo alemán y que acabaron hundiendo al barco.
Otras investigaciones ponen en la mira a Churchill y lo acusan de saber que el transatlántico tenía grandes posibilidades de ser atacado y hacer la vista gorda. “En una reunión mantenida en la sala de mapas del Almirantazgo, el 1 de mayo, se le advirtió que espías británicos desplegados en Alemania habían informado de la salida del U-20 del capitán Walther y que éste podía cruzarse en la ruta del Lusitania. A pesar de las advertencias, Churchill ordenó que el Juno, el crucero que debía escoltar al Lusitania una vez hubiera entrado en el mar del Norte, abandonase la zona y se dirigiera a puerto”, sostiene el especialista J. M. Sadurni en un artículo publicado en National Geographic. Y se pregunta: “¿Fue el gran transatlántico una víctima sacrificada exprofeso para que Estados Unidos pudiera justificar su participación en la Primera Guerra Mundial? ¿Fueron las 1.200 personas que murieron en el ataque ‘daños colaterales’ perfectamente asumibles? Y aunque Estados Unidos no participó en la contienda hasta dos años más tarde, con la declaración del presidente Woodrow Wilson, muchos historiadores han considerado que el ataque al Lusitania fue un acontecimiento determinante para que Washington decidiera participar en el conflicto”.
Cualquiera sea la explicación del hundimiento del Lusitania, lo cierto es que marcó el primer hito en el camino de Estados Unidos hacia su decisiva participación en la guerra. Después del ataque al transatlántico, el presidente estadounidense Woodrow Wilson exigió una disculpa de Alemania y le solicitó limitar la guerra submarina, promesa que Berlín cumplió hasta 1917, cuando reanudó los ataques submarinos.
Esta violación de la promesa, sumada al descubrimiento de un telegrama en el cual el canciller alemán Arthur Zimmermann proponía una alianza entre México y Alemania en caso de que Estados Unidos se sumara al conflicto, lo que llevó a Washington a declararle finalmente la guerra a los alemanes.
El ingreso estadounidense a la Primera Guerra Mundial fue determinante para su desenlace a favor de las potencias de la Entente. Con la ayuda de Washington, los aliados se abrieron paso con la Ofensiva de los 100 Días, que provocó la derrota militar de Alemania. Oficialmente, el conflicto llegó a su fin a las 11:11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918.
Los restos del Lusitania siguen en el fondo del mar, aunque algunas de sus partes han podido ser rescatadas en diferentes expediciones y hoy firman parte de una exposición permanente del Merseyside Maritime Museum de Liverpool.

