Se enamoró de un guía de safaris en Kenia, soñó con una vida juntos y una visita sorpresa lo cambió todo
La pasión por descubrir otras culturas llevó a Brenda a vivir romances en distintos países. Creyó haber encontrado al hombre de su vida en Kenia, un guía de safaris del que se enamoró perdidamente, hasta que una inesperada revelación cambió para siempre su manera de entender el amor
- 🧭 Brenda es una argentina que busca amores exóticos y experiencias distintas, no solo historias de amor convencionales.
- 🚶♀️ Se mudó de un pueblo a la gran ciudad hace unos 15 años para estudiar turismo y vivir una vida más intensa.
- 👥 En Buenos Aires tuvo varias relaciones breves, sin planes de amor eterno, mientras viajaba mucho.
- 🏦 Con el tiempo ahorró y logró comprar su primer departamento gracias a crédito y apoyo familiar.
- 🌍 Su trabajo como agente de turismo le permitió conocer hombres de Indonesia, Corea y Nueva Zelanda, entre otros.
- 🧿 En Kenia conoció a Mwangi, un guía de safaris, con quien vivió un amor intenso pero complejo por su cultura y su pasado.
- 💔 Mwangi tenía una vida amorosa activa, con múltiples parejas, lo que sembró dudas sobre la fidelidad.
- 🗣️ Una amiga española y una moza argentina le advirtieron sobre el comportamiento de Mwangi y le revelaron detalles que desgastaron la relación.
- 🍽️ Tras un enfrentamiento en una cita junto al lago, Brenda descubrió la infidelidad y decidió cortar la relación de forma definitiva.
- 🇦🇷 A su regreso a Argentina, se casó con un vecino y se estableció: dejó de viajar, engordó y es feliz en una vida más tranquila.
- 💡 Reflexión: la historia sugiere que el amor exótico puede ser una fantasía; lo real es una relación cotidiana y comprometida.
- 📬 Amores Reales invita a los lectores a compartir sus propias historias.
“Soy adicta a la sección, pero veo mayormente historias de amor normales. Infidelidades, reencuentros con viejos conocidos o por redes y demás. En lo personal, siempre me gustaron los amores exóticos. Lo distinto. Me fascina descubrir culturas y otras formas de vida. Trabajé como agente turística muchos años y mi profesión me vino como anillo al dedo para poder experimentar un par de relaciones fuertes, pero que salen de lo convencional. Les voy a contar una de ellas que ocurrió cuando era más joven, unos quince años atrás, cuando yo tenía cuarenta y pocos”, revela Brenda al tiempo que pide no dar a conocer su nombre real, ni dónde nació.
Brenda se crió en un pueblo del interior y apenas pudo, se rajó a la gran ciudad. El verbo rajó resulta apropiado porque es exactamente cómo lo hizo. En contra de lo que querían sus padres, de un día para otro se fugó a la gran ciudad con una buena excusa: “Dije que iba a estudiar turismo y no expliqué demasiado. Me junté con un par de amigas y escapamos de la chatura del pueblo sin mirar atrás. No estaba dispuesta a quedarme en esas calles tranquilas, a salir con el vecino cuyos padres eran conocidos de los míos y viendo envejecer a mis conocidos cruzando siempre las mismas calles. Tenía hambre de mundo”, dispara al comenzar. Sus padres la ayudaron en lo económico, pero Brenda enseguida consiguió trabajo y compatibilizó sus estudios con su vida laboral: “En esa época me sentí mejor que nunca. Libre y dispuesta a conquistar el planeta si hacía falta”.
En la Ciudad de Buenos Aires tuvo novios y más novios. No demasiado formales ni pensando en el amor eterno.
“La pasaba bien y vivía. Me ocupaba de eso y de sustentarme. Cada tanto volvía al pueblo para certificar que esa vida no era la mía porque yo quería otra cosa y vibrar en sintonía con el mundo y con la adrenalina”.
Las cosas en lo laboral resultaron muy bien. Pudo mantenerse y ahorrar. Unos años después sacó un crédito y con ayuda de su familia más unos ahorros se compró su primer departamento.
“Me la pasaba viajando por mi trabajo como agente de turismo y lo disfrutaba un montón. Me empezaron a gustar hombres de otros países y de las más diversas condiciones. Salí con un mozo de bar en Indonesia que era un bombón sin un peso con quien mantuve una relación informal en los dos viajes que hice a la zona. Después seguimos por mail un año más, mientras cada uno seguía con su vida y viendo si cabía ir por algo más juntos. Me di cuenta de que la chatura de su pueblo era equivalente a la chatura del mío, salvo que con otro menú sobre la mesa. Tuve la suerte de percatarme de eso a tiempo y no seguir enganchada. Después, salí con un agente de viajes de Corea del Sur y con un neozelandés. Me divertía aprender de todos y tratar de conciliar las diferencias siderales entre nosotros”, explica.
Un tiempo después, durante uno de sus viajes a España, le hicieron una buena oferta laboral y la tomó. Dejó su departamento alquilado a una amiga.
Se tomaría un par de años para probar suerte.
En España las cosas también funcionaron.
“Cuando laburás bien te va excelente en cualquier lado”, sentencia Brenda con convicción. Fue en ese lapso de tiempo que llegó un gran amor a su vida y en otro continente.
“Yo había empezado a trabajar para el sector de viajes de un complejo hotelero en Kenia. Ahí, en una de las visitas, fue que conocí a Mwangi. Él era uno de los guías de los safaris y estaba siempre en el hotel. Era el que organizaba las excursiones que se hacían dos veces al día. Tenía tres años menos que yo, era separado con tres hijos grandes con tres mujeres distintas. Era cristiano protestante de la etnia kikuyu y, por supuesto, era negro. Como la noche misma. ¡Al principio de noche no lo distinguía bien entre el resto!”, se ríe Brenda al recordar esa época. “Si bien yo no vivía en Kenia, viajaba seguido. Pegamos onda y la relación creció. Nos enamoramos mal”.
Brenda es altísima, 1,74, y usó siempre el pelo con reflejos rubios, bien a lo argentino. Mwangi cayó rendido ante ella. Él era elegante, prolijo, hablaba inglés y francés, y sabía moverse dentro del mundo turístico.
Cuando Brenda le contó a su familia y a sus amigas argentinas que salía con un hombre africano, todos quedaron en shock. No así sus conocidas españolas: “Ellas no se sorprendieron. Están acostumbradas a las miles de razas que pululan por sus tierras. ¡Pero en mi pueblo nunca han visto a una persona tan distinta! Parece que mi foto con Mwangi se viralizó”, relata a las carcajadas.
Brenda iba y volvía a Valencia, España, pero cada vez le costaba más dejar Kenia. En uno de esos lapsos invitó a Mwangi con pasaje y todo a visitarla. Lo buscó en Madrid, pasearon y hasta lo llevó a París de una escapada. Bancó todo ella. A él el sueldo no le daba para andar girando por Europa. Hacía mucho frío.
“El frío lo amedrentó un poco y tuvimos que ir a comprarle abrigo. Fueron diez días intensos. Después de París nos separamos en el aeropuerto de Barajas, yo volaba a Valencia y él de vuelta a su país. Fueron unas vacaciones distintas y sumamente divertidas. Todo me parecía maravilloso y había empezado a imaginar una familia de muchos colores. Pero ¿dónde? En Argentina él no iba a querer, era demasiado lejos de sus hijos; en España era medio absurdo porque no era el pago de ninguno de los dos y yo en Kenia… mmmm no me veía. Fue en uno de los viajes que siguieron a esas vacaciones que caí sin avisarle. Eso me hizo descubrir que el amor de él era multitudinario. Ya una amiga española, de la misma empresa en la que estaba, me había contado que cuando ella lo conoció le había parecido que él le había tirado onda. Me lo dijo para que tuviese cuidado: Son hombres que vienen de otras culturas y quizá no siempre ven las cosas como vos, me aclaró. Que anduviera con cuidado vino a decirme. Yo no le di bolilla. Hasta llegué a pensar que podía tenerme envidia. Bueno, lo cierto es que esta vez al llegar en el taxi al hotel lo vi a lo lejos, estaba caminando de espaldas con una chica rubia como yo, hacia el camino de la playa. Me bajó la presión. Entré al hall tirando de mi carry on con las piernas que me temblaban. Una vez en la habitación empecé a llamarlo para darle la sorpresa. No me atendía. Le llegaban los mensajes pero no los leía ni escuchaba. Así estuvo sin darme bola como cinco horas, hasta las once de la noche. En los mensajes no le dije que lo había visto de lejos al llegar. Cuando al fin me atendió puso voz de felicidad, pero me avisó que recién podría verme al día siguiente, después del safari de la mañana. Olí que había algo muy extraño. Las otras veces había venido al toque. Era extraño”.
En el hotel había una moza argentina, de la provincia de Salta, con la que Brenda había pegado buena onda en sus viajes recurrentes. Ella fue la que le propinó el sablazo final a la relación con su amor keniano.
“No sé cómo se animó a encararme para decirme lo que sabía. Quizá porque es argentina como yo y se solidarizó. No lo sé. Esa noche desvelada bajé al bar y ella estaba sirviendo las mesas. No había casi nadie porque era la medianoche. Dos o tres personas. Apenas vio mi mala cara se acercó y me dio charla. Cómo había sido mi viaje a España, cada cuánto pensaba volver a Kenia, si cada tanto regresaba a la Argentina. Generalidades que no recuerdo. Pedí un tostado y una gaseosa. Cuando volvió con mi pedido, me miró. Sentí su mirada de una manera especial. No se fue, se quedó ahí parada y me preguntó, como al pasar, si yo seguía saliendo con el guía turístico, con Mwangi. Le dije que sí, un sí dudoso. En realidad no lo sabía… Ahí ella tomó coraje y me pidió permiso para comentarme algo. Le pedí que avanzara, que me dijera lo que quisiera. Se despachó amablemente. El tipo, mi novio, era famoso en el complejo por levantarse a cuanta turista pasara por ahí. De toda edad, color y nacionalidad. No me dio detalles, pero tenía la urgencia de advertirme para que no sufriera. Me asaltaron las lágrimas aunque intenté contenerme, ella no supo bien qué hacer. Se deshizo en excusas diciendo que siempre es mejor saber que ignorar. Le agradecí con un abrazo y me fui a mi habitación hecha una piltrafa. Esa noche no dormí ni medio minuto. Le daba vueltas a mi situación y no veía una salida feliz. No podía creer haberme tragado todo lo que él había prometido y dicho. ¿Tan estúpida se puede ser? ¿Tantas mentiras me comí? Hasta habíamos hablado de casamiento, en qué país podríamos vivir, la problemática de sus hijos. Y ¿el viaje a España y Francia? ¿Me había usado para conocer Europa? Ahora todo parecía posible. Lloraba enojada. Tenía todas las sensaciones al mismo tiempo”.
Por la mañana él guiaría el safari con el grupo que le había tocado. Volvería pasado el mediodía. Cerca de la una llegó el jeep con todos. Eran seis. Entre ellos Brenda reconoció a la rubia del día anterior. Ella era la nueva en la colección de rubias del mundo que Mwangi estaba pegando en su álbum del amor.
Mwangi la vio de lejos y disimuladamente se alejó de la rubia. Saludó a todos muy amablemente. Brenda vio cómo disimuladamente recibía las propinas. Tenía tanta rabia que creía que no iba a poder disimularla. Le brotaban rayos de las pupilas y se le secó la garganta al punto que la lengua la percibía como un cartón. Unos minutos después Mwangi caminó hacia donde estaba ella con pasos ágiles y una sonrisa llena de dientes relucientes. Tanto que lo quería. Tanto que creía que él la había querido. Ahora tendría que decirle adiós, ¿de qué manera?
Brenda sabía que al final no habría una negociación. Tenía que ser definitivo. Un corte limpio, aséptico, sin infecciones. Miles de kilómetros de distancia, distintas razas y culturas, encima de esas diferencias que había creído menores, no podía ahora sumar perdones y segundas oportunidades. Algo, además, le decía que él sabía que había sido descubierto.
“El contacto físico fue mínimo en el saludo. Ya sentí su distancia en ese mismo momento. Pensé que yo iba a tener que tomar la iniciativa de romper, pero su actitud me hizo dar cuenta de que él también estaba por esa opción. Quedamos en vernos esa noche. Nos juntamos a comer en un restó rústico y romántico sobre el lago, al lado de una fogata. Hubo algunos intentos de acercarse, un beso al pasar y un par de abrazos, pero era fingido. Hasta que no pude más y le lancé un… te vi con esa turista rubia de la mano. Mwangi no se inmutó, no dijo nada sobre eso, sino que empezó a contarme una sarta de desgracias familiares que habían acontecido en las últimas semanas: se había muerto la madre postiza de su madre, su hijo se había pescado malaria y casi se muere, había tenido que gastar sus ahorros para que tuviera una buena atención en el hospital y su cuñado había dado VIH positivo y tenían que hacer una colecta para comprarle no sé qué cóctel de medicamentos. No le creí una palabra. ¡Lo único que faltaba es que me pidiera dinero! Cuando terminó de relatar su collar de mentiras le dije: ¿Y la rubia? ¿Quién es?. Ahí empezó con otra cantinela. Que no era alguien importante, que había sido una distracción en sus días calamitosos, que había sido una contención para él. Era una francesa, estaba casada y se iba en dos días… No negó pero tampoco pidió perdón. Ni me volvió a jurar amor eterno. No sabía si era que yo lo había descubierto y él se resguardaba para que no le reprochara nada o que, simplemente, se le había pasado la calentura por mí, lo que alguna vez había sentido, si es que había sentido algo. Creo más bien que era lo segundo. Fue lo que más me dolió, que ni siquiera intentara reconquistarme. Simplemente me dejó ir y se hizo la víctima de la vida. La cuenta del restaurante obviamente la pagué yo, como casi siempre. Después de todo lo que había dicho no me quedó otra opción. Volví a mi cuarto humillada”.
Brenda sentía como si la hubieran pulverizado. No era nada. Ni una mujer, ni una novia, ni una enamorada.
“Era una boluda que se había creído un cuento. No había entendido la cultura de otro país, no había entendido lo que uno representa para ese otro. Me llevó mucha terapia aceptar que no había sido una buena lectora de la realidad. Yo era una fantasía para él, como tantas mujeres más. Y él, también, había sido una fantasía para mí. Tenía que buscarme un amor real, con quien convivir, compartir y amar en el día a día. No alguien exótico para entretenerme, alguien por ahí más parecido a mí. Una persona con quien poder aburrirme en mi pueblo o donde fuera y engordar”, lo dice riendo por teléfono. Porque la verdad es que, al final de cuentas, eso fue lo que exactamente pasó.
Volvió al país, se casó con un amigo de un vecino de su pueblo, regresó al pago, dejó de viajar, consiguió un trabajo aburrido pero tranquilo, engordó y… es feliz.
Mwangi es la anécdota de su vida y no le rehuye al cuento: “Fue un gran amor, no voy a decir que no. Breve e intenso. Pero como pasa con las buenas películas, al rato se terminan y te dicen The End. La realidad continuada es otra cosa e implica otro tipo de amor y compromiso, pero esa es otra historia que hoy no me interesa contar”.
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