Se casaron a pesar del golpe militar, a él se lo llevaron y un mensaje oculto en un dobladillo cambió sus vidas para siempre
Una tarde de 1978, un operativo militar lo sacó de la rutina familiar y lo dejó incomunicado. Ella esperó con el almuerzo servido, pero pronto tuvo noticias de él y la forma de mantenerse comunicados
- 🗓️ Bodas de oro: celebraron 50 años de matrimonio el 24 de abril, una historia que nació en Resistencia.
- 🤝 Se conocieron trabajando en la mutual de abogados del Chaco, donde comenzó su historia de amor.
- 🧮 Atilio tenía 19 años y era auxiliar contable; Mili tenía 18 y trabajaba como secretaria.
- 🏡 Vivían cerca: Mili en Puerto Tirol y Atilio en Sáenz Peña, con pensión familiar mientras estudiaban y trabajaban.
- ⚖️ Se casaron el 24 de abril de 1976; la boda se enmarca en un contexto político tenso, con el golpe de marzo de ese año.
- 🔒 Atilio fue detenido por un mes y luego otro sin paradero, en el Área Militar 233, durante la dictadura.
- 📝 Durante la detención, Mili encontró una nota escondida en un jean que permitió su contacto y su liberación un mes después.
- 💸 Tras la detención perdieron clientes y ahorros; vendieron el auto y un terreno y se mudaron a Resistencia para reconstruir su vida.
- 👶 Sus hijos son Diego (nacido en 1977), Martín (1979) y Hernán (1983).
- 🎓 Mili retomó los estudios, se convirtió en profesora de inglés y luego obtuvo la licenciatura en lenguas extranjeras, con el apoyo de Atilio.
- 💬 En su relación priman la comunicación, la confianza y el respeto; no se gritan y se entienden con miradas.
- ✈️ Sueños cumplidos: viajaron por Argentina en camioneta; Islandia, Europa y Nueva York.
- 👪 Adriana, la sobrina de Mili nacida en 1985, es para ellos como una hija del corazón.
- 🐾 Tuvieron perros, gatos y un loro; hoy buscan tiempo para viajar y disfrutar en pareja.
- 🙏 Su fe católica es un pilar que fortalece su felicidad y su convivencia.
Pasó casi un año desde que Atilio Romero nos escribió a Amores Reales para contarnos su historia. El tiempo transcurrió demasiado rápido y cuando retomamos el contacto respondieron en dos minutos con un “¡Cómo nos alegraste el día!”. El 24 de abril pasado Atilio y María del Carmen “Mili” Villán cumplieron las bodas de oro y, según sus propias palabras, lo festejaron “con alma y con cuerpo”. Cincuenta años juntos es un buen trecho así que ahora contaremos esta historia de amor que nació por el norte argentino, más precisamente en la ciudad chaqueña de Resistencia.
“Con Mili nos vimos por primera vez en el trabajo, en Resistencia. Éramos dos jóvenes buscando obtener recursos para atender nuestras necesidades económicas. El empleo en la mutual de abogados del Chaco nos colocó en el mismo sendero de la vida. Yo, a los 19 años de edad, me inicié como auxiliar contable; ella, con sus 18 años recién cumplidos y habiendo terminado el colegio secundario, ingresó como secretaria. Compartíamos el mismo espacio físico todas las mañanas. Fue inevitable conocernos, hablar y contarnos nuestras vivencias”.
Atilio es de pocas palabras, pero estuvo muerto por ella desde el primer día. Mili es más charlatana y confiesa riendo: “A mí no me gustaba, ni siquiera me llamaba la atención. Él era distinto a mis amigos que eran todos unos locos lindos y adolescentes. Atilio era un tipo muy callado y sumamente responsable. Yo me decía ¡¿este de donde salió tan serio?! Pero con el paso del tiempo me fue pareciendo cada vez más interesante”.
Con el paso de los meses se convencieron: “éramos el uno para el otro”.
Atilio jugaba fútbol y estudiaba Ciencias Económicas en la Universidad Nacional del Nordeste, donde militaba en el centro de estudiantes. Como su familia era de Sáenz Peña, una población ubicada a 160 km, vivía en una pensión. Mili, en cambio, vivía con su familia en una localidad cercana a la capital chaqueña llamada Puerto Tirol. Estaban cerca de una fábrica de extracción de tanino donde trabajaba su padre. Su madre era modista. Mili nació en 1954, fue la segunda de cuatro hermanos y la única hija mujer. El secundario lo hizo en un colegio de monjas. Era la mimada de su padre y hoy reconoce entre risas: “De chica era bastante caprichosa, pero con los años fue mejorando mi carácter”.
Al terminar sus estudios tuvo que salir a trabajar para ayudar en su casa. Lo hacía a jornada completa en dos turnos, así que iba y venía en colectivo. Los mediodías en la ciudad son eternos y, por el calor de la zona, la vida queda como suspendida en ese lapso. Tenía unas tres horas para irse a su casa a almorzar y volver a su oficina.
Atilio nació dos años antes que ella, en 1952. Su papá era empleado administrativo y su mamá un ama de casa dedicada a sus tres hijos: dos hermanas mayores y Atilio. Cuando comenzó a estudiar se mudó a la pensión y buscó trabajo para mantenerse. Fue allí donde cruzaron caminos con Mili y comenzó el noviazgo.
Le tocó hacer el servicio militar, pero pidió una prórroga para poder terminar sus estudios.
“En enero de 1975 me gradué de Contador Público con 22 años. Llegué a trabajar unos meses en mi profesión y, luego, me incorporaron a la Armada Naval Argentina en Río Santiago para cumplir con el servicio militar obligatorio”, cuenta Atilio quien ya para entonces estaba de novio con Mili. “La separación, la complejidad política de ese momento, la necesidad de vivir juntos, las posibilidades laborales, fundamentaron la decisión de casarnos y fijamos fecha para el 24 de abril de 1976, estando yo bajo bandera: ella tenía 21 años, yo 23”.
“La única comunicación telefónica la teníamos en los días francos del Batallón de Infantería de Marina, que fueron haciéndose cada vez más espaciados por la conmoción política y social. Para ella y nuestras familias el casamiento era un acontecimiento importante. Y más en la pequeña población donde ella vivía. En marzo de 1976, un mes antes de nuestro esperado y planeado casamiento, se produjo el golpe militar”, narra Atilio. Con el novio acuartelado haciendo la colimba se acabaron las comunicaciones. La desesperación de ambos fue total. ¿Qué pasaría? ¿Podrían casarse? ¿Seguía en marcha la boda o se suspendería? Todo era incierto y angustiante. Pero unos días antes de la fecha Atilio consiguió llamarla: “Logré comunicarme y dijimos que todo seguiría adelante como estaba previsto: nos casaríamos el sábado 24 de abril de 1976”.
Tres días antes consiguió el permiso para salir a celebrar su matrimonio. La noche previa, el viernes 23, un grupo de amigos le organizó la despedida de soltero. Regresó a la casa de sus suegros sin haber dormido, con náuseas y descompuesto por los excesos de comida y bebida. Eran las 8 de la mañana y faltaban solo dos horas para presentarse en el registro civil donde estaban citados a las 10. Tuvo suerte: la ceremonia se atrasó una hora y eso dio tiempo a sentirse mejor y llegar más presentable.
“Fuimos a la oficina del Registro Civil. Todos los familiares y amigos estaban con ella y yo iba solo. Fue una forma de mostrar la desaprobación por mi comportamiento. Cuando el juez inició la lectura del acta justo sentí como una brasa en el estómago. Eso me obligó a retirarme del salón y salir a la vereda a vomitar. Luego de los vómitos a la vista de todos los curiosos volví a la sala y se reanudó la lectura”, explica con humor lo que en su momento fue visto con cierta preocupación por su familia política.
A las nueve de la noche de ese mismo día se celebró la ceremonia religiosa en la parroquia San José de Puerto Tirol.
Se fueron a vivir a Sáenz Peña. Primero a una casa que les prestaron unos amigos y, unos meses más tarde, alquilaron su primera casa. A Atilio le iba bien así que en lo económico todo fluyó. Enseguida Mili quedó embarazada. El 14 de mayo de 1977 nació el mayor de sus hijos, Diego.
Si bien Mili quería estudiar profesorado de inglés el instalarse a vivir en Sáenz Peña y el nacimiento de su primer hijo interrumpieron sus incipientes estudios en Resistencia. La vocación se postergó por necesidad.
Todo marchaba como lo previsto para la nueva familia hasta marzo de 1978.
Una tarde de otoño, Atilio cobró su sueldo y fue a comprar unos muebles para el cuarto de su hijo. Luego se encontró con un amigo a tomar un café. Estaban en el bar cuando aparecieron unos militares que se acercaron a la mesa y preguntaron quién de ellos dos era Atilio Romero. Era un operativo más de los que había en esa época. Él no lo duda y se identifica: “Atilio soy yo”.
Lo que siguió fue totalmente desconcertante: “Me detienen. Me llevan hacia un auto y me meten en un baúl. Me ponen a disposición del Área Militar 233, sin paradero e incomunicado. Me tuvieron así un mes. Luego de que mi familia lo supiera, estuve otro mes más sin saber, en ningún momento, de qué se me acusaba”, expresa.
Mili relata que ese día de la detención se quedó esperándolo con el almuerzo listo. La persona que estaba con Atilio no la llamó para avisarle que se lo habían llevado. El miedo era más fuerte que todo.
“Me quedé con la mesa puesta. Dieguito tenía diez meses y en la familia no entendíamos nada. Era moneda corriente eso de que te chuparan de la calle. Enseguida nos dimos cuenta de que tenía que ser algo así porque no podía ser otra cosa. Mi suegro, a través de un amigo y con la colaboración de un tío mío que era policía, logró saber que estaba detenido en Resistencia”, explica Mili.
Atilio continúa con su parte del relato: “Ese mes no me preguntaron nada de nada. No podía escuchar radio, ni leer. No hubo maltrato directo, pero nadie me hablaba. Medio que no sabían ni quién era yo. Había participado en la política universitaria y en la creación de un sindicato… Nunca hice nada malo en toda mi vida. Quizá fuera algo de eso”.
No lo sabe hasta el día de hoy.
Mientras él estaba preso, Mili se instaló en la casa de sus padres y empezaron a mandarle ropa limpia. A Atilio entonces se le ocurrió algo para poder comunicarse con ella.
Un día Mili estaba poniendo a lavar el jean verde que había enviado Atilio cuando se le cayó del ruedo de la prenda un papel doblado. Lo abrió: “¡Era una notita de él!”, cuenta hoy todavía con entusiasmo. Así fue que ese jean empezó a ir y venir con papeles o, incluso, escrito en los dobladillos. Por ese medio Atilio le pidió que se contactara con una persona que podría hacer algo para que lo liberaran de una vez.
Mili se las ingenió para dar con ese hombre que trabajaba en inteligencia. Le contó lo que pasaba y él, luego de escucharle, solo le dijo: “Váyase, ya va a tener noticias”.
Un mes después liberaron a Atilio.
“Volvió flaquito y con cara de susto”, recuerda Mili.
Debido a lo ocurrido, Atilio se quedó sin trabajo. Los clientes de su estudio contable no quisieron saber nada con un contador que hubiera estado detenido. Miedo era lo que circulaba en esos tiempos. Una detención espantaba.
Recuerda él: “Comenzaron entonces los años más críticos de nuestra vida, pero la adversidad nos amalgamó como pareja. La situación nos unió muchísimo. No solo perdimos el trabajo, nos sentimos excluidos de la sociedad por lo que había sucedido. Pasamos a ser extraños y peligrosos en nuestro entorno”. Mili completa la crónica comentando: “A nuestros amigos y familiares les decíamos que no vinieran a vernos porque también teníamos miedo. Muchas veces nos venían a golpear la puerta y yo no quería ni salir a la vereda. Perdimos todos nuestros ahorros. Nos quedamos sin plata. Tuvimos que vender el auto cero kilómetro y un terreno. Nos ayudaron una hermana y algunos otros familiares. Hasta que decidimos irnos a Resistencia para que Atilio intentara conseguir un nuevo trabajo”.
Por fin Atilio consiguió un nuevo trabajo como contador en una empresa constructora. En 1979 llegó el segundo hijo de la pareja, Martín, y en 1983 el tercero, Hernán.
En 1985, nació una sobrina de Mili: Adriana. La madre de la bebé murió en el parto y, más adelante en la vida, su padre -el hermano menor de Mili- también sucumbió por un ACV. De alguna manera, Adriana se convirtió en la hija mujer que no habían tenido: “Mi sobrina es nuestra hija del corazón. La crio mi mamá, pero nosotros estuvimos muy cerca siempre”.
Fue por esta época que Mili sintió la necesidad de retomar sus estudios abandonados: “Entré en el instituto y comencé el terciario de donde egresé como profesora de inglés. Di clases en un secundario y, luego, puse mi propia academia de inglés. Fue duro estudiar con tres hijos, me tenía que levantar a las 3 o 4 de la mañana y el tiempo no alcanzaba. Era sacrificado y yo experimentaba culpa porque sentía que abandonaba a mis chicos y a mi marido por el estudio. Pero Atilio siempre estuvo ahí apoyándome y sosteniéndome. Me repetía: ¡Dale, dale que vos podés! Y pude. Tanto que después hice la licenciatura en lenguas extranjeras. Ya tenía mi academia así que para estudiar me internaba viernes y sábados en la facultad. Iban a ser dos años, pero terminaron siendo tres. ¡El sostén de Atilio fue clave en mi vida!”.
Él usa las palabras con medida y agrega: “Nos respetamos permitiendo el desarrollo pleno en lo personal y en lo profesional de los dos. Tenemos desde siempre una conexión emocional total. Con mirarnos a los ojos nos entendemos, no hace falta que hablemos”.
“Como crecimos juntos, lo aprendimos todo al mismo tiempo. Por ejemplo, a convivir. Algo que traíamos de la educación de nuestros padres era no gritarse. Ese fue uno de los primeros acuerdos: no podíamos insultarnos. Aunque el enojo se nos notara en los ojos. Nos aguantábamos la rabia. Eso fue bueno. En nuestra casa no se grita nunca. No diría que somos un modelo perfecto, nada de eso, pero no alzamos la voz”, sostienen a dúo.
Mili aclara: “Si estamos enojados yo no le hablo. Lo miro seria, con cara de mala mala, y me voy”, explica riendo, “Y bueno puede pasar que estemos así una mañana o una tarde y, después, uno de los dos afloja con cualquier pavada”.
Les pregunto por los sueños en la pareja. Atilio toma la iniciativa y cuenta: “Teníamos uno que era recorrer la Argentina cuando tuviéramos una vida laboral más tranquila. ¡Y lo volvimos realidad! Nos tomamos 35 días e hicimos 12.000 km en camioneta. Salimos de Resistencia y bajamos por Federación, Entre Ríos, donde vive uno de nuestros hijos. Ahí comenzamos el recorrido hacia el sur pasando por Buenos Aires y, luego, por la ruta 3 toda la costa hasta Tierra del Fuego. Al regreso comenzamos por la ruta 40 en Santa Cruz y llegamos hasta Humahuaca. Fue una experiencia inolvidable”.
Desde entonces hubo algunos sueños y viajes más. Como habían recibido en su casa a un chico islandés y mantenían un buen vínculo con su familia, decidieron visitar Islandia y aprovecharon para pasear por Europa. En otra oportunidad visitaron la ciudad de Nueva York.
También está la realidad que completa esos sueños y los hace felices: disfrutar de sus hijos, de sus seis nietas y de un nieto. Con todos ellos festejaron este año las bodas de oro.
Expresan al mismo tiempo: “Es posible ser feliz en pareja durante toda una vida si hay comunicación, confianza recíproca, afecto, respeto, apoyo mutuo”. Atilio va más allá: “Yo contribuyo a mi felicidad personal haciendo que ella sea feliz. Lo único que nos prometimos fue nunca agredirnos, respetarnos y cuidarnos. Lo cumplimos y lo seguiremos cumpliendo, aferrándonos a nuestra fe católica”. Mili retoma el hilo de la charla: “Cuando hay diferencias, cedemos un poco cada uno. Hoy le decía que yo lo miro y pienso: Vos sos uno de mis ojos, un brazo y una pierna. Los dos somos católicos y hemos tenido que pasar por situaciones que nos enseñaron a comprender. Por ejemplo, nuestros tres hijos se han divorciado de su primera pareja y dos de ellos están viviendo con una segunda gestión. Hemos tenido que aceptar que ellos piensen distinto y hagan otro camino”.
En estos más de cincuenta años compartidos no solo tuvieron hijos y nietos, también mascotas. Hubo perros de todos los tamaños, varios gatos y un loro que daba órdenes imitando sus voces, pero que un día decidió irse con una bandada que surcaba el cielo de su patio chaqueño. Por ahora, no quieren más animales sino tiempo para ellos para viajar.
Atilio cumplió 74 años el 7 de junio. Mili cumplirá 72 el próximo 19 de julio. Han atravesado gran parte de su existencia juntos. Se aman tanto como se conocen y han sabido construir su felicidad. Mirándolos desde fuera y escuchándolos conversar, el gran fuego que parecen conservar intacto se llama “ilusión”. Ese tesoro que no envejece forma parte de su ADN.
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* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

