¿Qué ocurre en Europa?
Las protestas y los disturbios con el deterioro del bienestar, la precariedad juvenil y dificultades económicas afectan de forma similar a diversos países del continente
- 🗺️ Contexto histórico y la frase de Metternich: “Wenn Paris hustet, erkältet sich Europa” para entender que lo que empieza en Francia suele contagiar al resto de Europa.
- 🔥 Patrones históricos de revoluciones: las revueltas de 1830-1849, la caída de monarquías, la primavera de los pueblos y los movimientos hacia la unificación en Italia y Alemania.
- 🗳️ Eco de 1848 y mayo del 68: la primavera de los pueblos y, casi un siglo después, mayo de 1968 en la Sorbona, señalando repetición de estallidos en Francia.
- ⚠️ La actualidad en Francia como símbolo: el estallido reciente no es solo un conflicto nacional, sino un aviso de tensiones que laten en todo el continente.
- 💸 Desafíos a la democracia liberal: crisis económica y social, recortes en servicios, vivienda cara, costo de vida, educación y energía que agrietan la confianza en el sistema.
- 👥 Disturbios estructurados: no espontáneos; hay tres corrientes en juego en París: manifestantes democráticos, extrema izquierda y islamismo radical.
- 🎯 Objetivos de las corrientes: unos buscan cambios dentro de la democracia; otros quieren derribar o desestabilizar el sistema democrático.
- 🧠 Mecanismos del caos: romper el statu quo, manipular la narrativa con sobreinformación y propaganda, y mantener la inestabilidad permanente.
- 🪧 Señales en la calle: ausencia de banderas nacionales y presencia de banderas palestinas, símbolos antisistema y pancartas que exaltan a Hamas, junto a insignias con la Shahada.
- 🗣️ Comentarios políticos: Meloni afirma que “quien roba, paga” y que vandalizar no es protesta; resalta la distinción entre acción cívica y delito.
- 📚 Ideologías dogmáticas en juego: el viejo comunismo resucitado y el islamismo político buscan imponer su visión, aprovechando déficits de la democracia; y Paul Auster observa la democracia como religión para quienes no creen.
Fue el conde Klemens Wenzel Nepomuk Lothar, príncipe de Metternich-Winneburg, quien expresó por primera vez lo que sería una constante de la historia. “Wenn Paris hustet, erkältet sich Europa”, dijo en su alemán austríaco, que en versión moderna sería un “cuando París estornuda, Europa tiene la gripe”.
Corrían los tiempos de la revolución de julio de 1830 y, mientras en el Congreso de Viena se diseñaba un plan para restaurar a las monarquías europeas, en Francia caía el rey absolutista Carlos X, derogado por la presión popular. Al pronto llegaba el levantamiento del pueblo en Bélgica que conduciría a su independencia, y las revueltas liberales arreciaban en Polonia, Italia y Alemania. Dieciocho años después, en febrero de 1840, Francia volvería a derrocar a su rey Luis Felipe, y con la instauración de la segunda República, empezaría lo que se conoció como “la primavera de los pueblos”, el estallido revolucionario y violento que afectó a múltiples países de Europa. De las barricadas de Francia, a las revueltas en Viena que forzaron la huida del canciller Metternich, y de allí a las insurrecciones en Italia, que obligaron al Papa Pío IX a huir de Roma disfrazado de sacerdote, o a las revueltas en los estados alemanes que llevaron a la creación del Parlamento de Frankfurt, el primer intento de unificación de Alemania. Todo empezaba con el estornudo de Francia, y la gripe se extendía por toda Europa. Más de un siglo después en la Sorbona, en un mayo de 1968, Francia volvería a estornudar...
Y ahora, 58 años después... Decía Tucídides que la historia es un reinicio incesante, aunque Marx apostilló que primero se repite como tragedia, y después como farsa. Es difícil saber en qué punto, entre la tragedia y la farsa, estamos ahora, pero está claro que el terremoto que ha sacudido las calles de la République, ha disparado sus réplicas en los países del entorno. Francia no es una noticia, es un aviso, y como aviso, se convierte en un símbolo. El estornudo que ha violentado sus ciudades, ha saqueado sus tiendas, ha quemado su patrimonio y, en suma, ha conseguido poner en jaque al propio estado, no es la expresión de un conflicto puntual, sino el síntoma de un volcán que está activo en las profundidades, y que justo empieza a salir a la superficie. Explota en Francia, pero late bajo la piel de todo el continente. De ahí que se mimetice en Italia, en Bélgica, en España, en Portugal, incluso en Albania.
¿Qué ocurre en Europa? A trazo grueso, se trata de una crisis global, cuyas aristas económicas, sociales y culturales agrietan seriamente la solidez del sistema democrático. El modelo del estado del bienestar, amparado en la democracia liberal, está sometido a tal nivel de estrés que necesita recortarse para mantenerse viable. Es por ello que el descontento de los jóvenes de la generación Z, que ven cómo sus opciones de vida van a ser peores que las de sus padres, es tan real, como lo son las dificultades que sufren. Recortes en servicios públicos, déficit de vivienda, encarecimiento de la vida, tasas universitarias, crisis energética, dificultades del modelo educativo... Detrás de las manifestaciones, hay motivos, enojos y reivindicaciones que nacen de una realidad compleja que las democracias actuales no saben cómo atajar. Los problemas son inminentes y las soluciones se postergan in illo tempore.
Sin embargo, reducir los disturbios y las protestas masivas a una mera cuestión reivindicativa es un error que impide ver los otros aspectos que interactúan y agravan la crisis que se cierne sobre el sistema democrático. Primero, porque, más allá de la lógica reivindicativa de las manifestaciones, la gravedad y la violencia de los disturbios no nacen por generación espontánea, sino que están perfectamente dirigidos y organizados. Y es aquí donde cabe señalar a dos movimientos ideológicos divergentes, pero tácticamente aliados, que aprovechan la precariedad económica y el descontento de los jóvenes para alimentar una confrontación directa con el estado. En las calles de París se manifiestan tres tipos de personas: los que protestan democrática y legítimamente por sus reivindicaciones; los que se integran en movimientos de extrema izquierda, que tienen como objetivo la caída del sistema; y los grupos que se generan en las entrañas del islamismo radical, y cuyo objetivo es la desestabilización y el caos en las sociedades democráticas. Si los primeros forman parte de la lógica democrática, los otros dos buscan quebrar la democracia liberal, lo que en la lógica marxista es “el estado burgués”, y en la lógica islamista es “el perverso Occidente”. Coinciden en el objetivo y aúnan sus esfuerzos para conseguirlo. Como han teorizado algunos de los referentes marxistas más actuales, “con el estado, nunca. Con el islamismo, cuando convenga”. Y esa “conveniencia” aplica la teoría del caos en sus tres facetas: romper el statu quo, y generar confusión y polarización extrema; controlar la narrativa usando la sobreinformación y la propaganda, y descalificando la información veraz; y provocar la inestabilidad permanente, dando por caduco y perverso todo lo establecido.
No es casual que no se vean banderas de Francia o de Italia o de Portugal en todas estas manifestaciones, pero en cambio estén llenas de banderas palestinas, símbolos antisistema, pancartas que elevan al terrorismo de Hamás a categoría heroica, y lemas propios del yihadismo, como la banda de tela verde con la Shahada (“no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”) que lucen muchos de los uniformados en negro. Si detrás de los grupos de extrema izquierda hay una voluntad explícita de hacer colapsar la democracia, detrás del islamismo político existe la misma voluntad igualmente explícita. De ahí la agresividad, de ahí la violencia, y de ahí el desprecio profundo por las reglas que regulan la democracia. Decía Giorgia Meloni (quizás la única líder que puede permitirse ese título) que “quien roba, paga” y que “vandalizar y agredir no es protesta, sino criminalidad”. Parece sorprendente que sea necesario verbalizar el puro sentido común, pero así de delirante es la situación.
Decía Paul Auster que para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión. Una religión con normas, pero sin dogmas, que ahora se enfrenta a dos ideologías fanatizadas y precisamente dogmáticas. Europa tiene un problema con el viejo comunismo que acecha con un vestido nuevo. Tanto como tiene un problema con el islamismo político, que se camufla en la religión, pero quiere imponer la ideología. Y ambos fenómenos usan, manipulan y abusan de los déficits que sufren los sistemas democráticos, para vender su producto. Unos manifestantes defienden sus derechos en democracia, los otros manifestantes quieren acabar con ella.
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