Sin vuelta atrás, Kicillof se acerca a la pregunta clave: ¿Qué lo diferencia de Cristina?

La pelea por el liderazgo cambia la lógica del peronismo y achica el margen de error. El significado del plenario en Avellaneda. Se avecina un crescendo de definiciones programáticas y fronteras políticas. La foto con Cúneo cuesta cada vez más caro.
- 🗳️ Kicillof planea lanzar oficialmente su postulación presidencial en marzo, como parte de una estrategia definida en La Plata.
- 🤝 Busca sumar apoyos de otros opositores a Milei y forjar acuerdos, pero descarta escenarios que pasen por Cristina o pactos con San José 1111, Massa y gobernadores.
- 🗣️ En el cierre del plenario en Villa Domínico, pidió apoyo público pero evitó confirmar de forma definitiva su candidatura.
- 📈 Habla de un “orden fiscal” como eje para el crecimiento, pero no detalla medidas concretas de un posible gobierno nacional.
- 💬 Señala un problema social agudo, citando un incremento de suicidios (11,8 por 100.000 en 2025) como indicio de privación y desprotección.
- ⚖️ Quiere evitar acuerdos con Cristina que restablezcan su control; la negociación podría pasar por que rivales desistan de primarias, fortaleciendo a Kicillof.
- 🌍 Aspira a trascender la Provincia y llegar a barrios y ciudades fuera de Buenos Aires (Córdoba, Rosario, etc.) sin perder su identidad kirchnerista.
- 🧩 La rivalidad con Cristina y La Cámpora se intensifica, buscando desplazar al kirchnerismo tradicional para liderar el movimiento.
- 🗨️ Sobre diferencias entre Kirchnerismo y Kicillismo, sigue vigente la pregunta de qué distingue realmente a ambos enfoques, más allá de los estilos.
- 💥 Se encienden las tensiones internas con ataques públicos (ej.: Santiago Cúneo contra Myriam Bregman) y repudio de Estela Díaz por parte del gobierno; el tema se usa en la arena electoral.
- 🏛️ Cristina Kirchner, con prisión domiciliaria y juicios en curso, continúa marcando la dinámica del Frente de Todos y la discusión sobre la sucesión.
“Que lo diga, que lo diga”, le cantaban ayer por la tarde a Axel Kicillof desde las primeras filas del acto en Villa Domínico, Avellaneda, en el cierre del plenario federal del Movimiento Derecho al Futuro. Sus partidarios le pedían que anunciara la candidatura presidencial que se viene cocinando hace años. Ante la insistencia, Kicillof se rio varias veces, pero no concedió. La metódica estrategia diseñada en La Plata estableció que la postulación será lanzada oficialmente en marzo. “Que lo postule todo el mundo, es lo mejor que nos puede pasar”, razonan en la gobernación bonaerense.
Si bien no lo dijo, pegó en el palo. “Cuenten conmigo para que el año que viene la Argentina tenga una alternativa que nos deje terminar con este modelo, pero, sobre todo, que nos permita empezar una etapa distinta”, propuso ante unos 20.000 partidarios. En el escenario, acompañaron ministros, legisladores, sindicalistas e intendentes bonaerenses y porteños, y representantes de provincias en las que Kicillof viene tejiendo hace tiempo, muchas veces con anuencia no explicitada de sus gobernadores, algunos impensables.
Hubo espacio en el predio de la Universidad Tecnológica Nacional para abordar cuestiones cruciales que suelen quedar eclipsadas en la doble pelea ante Javier Milei y Cristina. Kicillof mencionó “el indicador más doloroso de todos”, porque “están creciendo los suicidios”, que atribuyó a “tanta privación, tanta angustia, tanta incertidumbre y desprotección”. En 2025, se registraron 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, casi 60% más que en 2017 y el cuádruple de la tasa de homicidios.
Renuente a anunciar medidas concretas de un eventual gobierno nacional —el método elegido lo impide—, Kicillof fue por la negativa: “Seguro, no dejaría que el futuro de nuestros hijos quede en manos de cuatro empresas tecnológicas internacionales; no dejaría a nuestros pibes entregados a las aplicaciones de apuestas… No entraría en guerras que no son nuestras; no apoyaría ni genocidios, ni invasiones”. El gobernador bonaerense subsanó al menos elípticamente una respuesta confusa y descomprometida, impropia de lo que piensa, que había dado hace un mes en Uruguay, al ser consultado por los crímenes de guerra cometidos por Israel.
La hoja de ruta trazada por la mesa chica de Kicillof supone un crescendo de definiciones y fronteras políticas. Ayer también insistió en sellar acuerdos con otros opositores a Milei, varios de los cuales han hecho un culto en décadas recientes de pactar con cualquiera menos el kirchnerismo. No hay escenario que Kicillof imagine que lo haga desistir de la postulación: ni una muy poco probable candidatura de Cristina, ni un pacto entre San José 1111, Sergio Massa y gobernadores peronistas.
En la oficina de Kicillof manifiestan una voluntad de no llegar a ningún acuerdo con los Kirchner que implique reestablecer la jefatura política de la expresidenta. La única posibilidad de pacto que barajan es que, de cara a unas primarias presidenciales obligatorias, los hipotéticos rivales desistan de competir, lo que daría a Kicillof una posición de negociación de mucha mayor fortaleza.
La disputa entre Kicillof y Cristina lleva dos años en la superficie, pero había empezado bastante antes. La composición del primer gabinete de Kicillof en la provincia de Buenos Aires (2019-2023) dio lugar a forcejeos, que quedaron eclipsados por la pelea mayor de los Kirchner con Alberto Fernández. Ahí se fue toda la energía del Frente de Todos.
Aquella instancia de 2023 en la que el eje Instituto Patria-La Cámpora intentó digitar la candidatura presidencial de Kicillof y la posterior fallida imposición del impoluto Martín Insaurralde como compañero de fórmula para la gobernación terminaron de encender el conflicto. Lo que se manifestaba en sordina pasó a la luz pública.
La relatada prescindencia de Cristina entre su hijo Máximo Kirchner y su “hijo político” Kicillof se esfumó hace rato. Hoy impera el desplante y la crítica mordaz como manifestaciones cabales de lo que piensa la exmandataria. En el último encuentro entre Cristina y Kicillof, el 1 de octubre pasado, en el living de San José 1111, ella intentó recomponer la cadena de mando, sin éxito. Desde entonces, para el mundo Kirchner, el gobernador pasó a ser un “desleal”, si la descripción cuida las formas, o directamente un “traidor”. Para Kicillof, los Kirchner y La Cámpora están inmiscuidos en un espiral personalista con el fin de preservar el “legado” y las cajas, por encima del objetivo de derrotar al gobierno ultraderechista.
La rivalidad conduce a la formulación de una pregunta frecuente en círculos políticos y periodísticos sobre qué es lo que realmente diferencia a los Kirchner y Kicillof. “Que se dejen de joder”, reclaman los streamings peronistas, si tienen una tarde en la que no imitan las groserías del Soez. Otros manifiestan incredulidad. “No encuentro ninguna diferencia económica de fondo”, se quejan. En general, reducen la disputa a una cuestión psicologista o infantil. “Nadie entiende nada”, braman.
La pregunta sobre “qué diferencia realmente” a la expresidenta y el gobernador elude la pugna por la conducción del poder en sí misma, base normal de los choques en un mismo grupo político. Entre quienes se supone que están de acuerdo en trazos generales —por eso comparten partido—, más que programas, se dirime el liderazgo y los modos para llevarlo a cabo, y la trama de relaciones.
Por citar algunas de las internas más importantes de la democracia, Carlos Menem y Antonio Cafiero fueron protagonistas de la Renovación Peronista. En 1988, saltaban a la vista las diferencias de estilo, de terminales con las tribus del peronismo y los poderes fácticos, o de representatividad del AMBA versus el interior profundo, pero no había mayores distancias entre la vaga e inexplicada “revolución productiva” de Menem y los postulados de Cafiero.
En las internas antimenemistas entre José Bordón y Chacho Álvarez (1995), y Fernando de la Rúa y Graciela Fernández Meijide (1998), hubo perfiles más conservadores (Bordón y De la Rúa) y otros más progresistas (Chacho y Graciela), pero los segundos estaban tan o más convencidos que sus rivales de prolongar la convertibilidad sin el capítulo de la impudicia menemista. Al final, De la Rúa ganó la primaria, y lo de la impudicia no pudo ser.
Similar abordaje cabe para la derecha actual. Patricia Bullrich le hizo bullying de mil maneras a Horacio Rodríguez Larreta en la carrera de 2023, pero los equipos económicos eran casi compartidos. ¿Qué diferencia “programática” existe en la interna en ciernes entre Bullrich y Milei?
La disputa por el liderazgo no deslegitima la interna del peronismo. Cristina durante décadas obturó la disidencia en lo que se podría llamar peronismo de centroizquierda, puesto bajo el branding “kirchnerismo”. Se podrá cuestionar la amplitud de la expresidenta, pero la potestad de definir los límites de lo desafiable y de designar binomios presidenciales con un dedo paralizante no hizo más que confirmar su liderazgo.
¿Por qué Cristina subió y bajó candidatos, mandó al freezer a unos y consagró a otros? Porque pudo. Esa lógica llegó a su fin con el despertar de Kicillof, más allá de cómo salga la aventura.
La expresidenta está recluida en su departamento de Constitución, con años de prisión domiciliaria por delante. Le esperan juicios inminentes, todos redundantes en el turbio vínculo económico con el constructor Lázaro Báez. Cristina está impedida de ser candidata y, aunque podría tener voz en alguna red social, decide callar, con motivo, porque alguno de los jueces que la condenaron con saña podría privarla de la palabra si no le gusta algún mensaje. La paradoja es que Milei y Mauricio Macri, ambos autoproclamados autores intelectuales de la condena, tienen hoy menos popularidad que su enemiga presa.
Kicillof avanza por un camino que saque al peronismo de la trampa autorreferencial de los Kirchner, volcados a narrar la infalibilidad y grandeza de Cristina como razón primordial desde hace años. La pretensión se hace todavía más inverosímil con el recuerdo reciente del papel de la vicepresidenta del gobierno del Frente de Todos.
Los desafíos del gobernador bonaerense son muy agudos, tanto por arriba como por abajo. Debe trascender las fronteras de su provincia y llegar con igual fuerza a los barrios populares de Córdoba, Rosario, Comodoro Rivadavia y Salta, así como superar los límites que impone su condición de kirchnerista ante sectores medios y dirigenciales. No puede en ese tránsito perder su identidad, porque se licuaría y pasaría al olvido, como tantos otros que lo intentaron.
Más allá de cuánto deba diferenciar su propuesta económica de la de San José 1111, sobre unos y otros pesa una demanda de certezas programáticas. Al menos desde 2011, con dos mandatos peronistas transcurridos (Cristina II y Alberto), el peronismo no acierta un camino de crecimiento sustentable, sin desequilibrios que deriven en crisis inflacionarias.
Desde hace semanas, el gobernador bonaerense y sus ministros resaltan el concepto “orden fiscal” como uno de los requisitos del crecimiento. Para una estrategia tan pensada y orgánica como la de Kicillof, la alusión tiene un significado político y económico, que explicitará, por ejemplo, en la reunión con bonistas e inversores que mantendrá el martes en Manhattan, en el marco de una visita que podría incluir una foto con el alcalde Zohran Mamdani.
Apenas menciona el “orden fiscal”, el casi candidato presidencial enfatiza que no está dispuesto a extender el ajuste de Milei. “Si sigue cuatro años, no hay ciencia, no hay desarrollo, no hay más país”, advirtió ayer.
Kicillof establece que la reactivación del consumo es un primer paso indispensable para salir del cono recesivo al que empujó el dogma de Milei y Luis Caputo, en su tercer año de motosierra, camino al cuarto. ¿El precandidato peronista está dispuesto a devaluar algo y reestablecer barreras a las importaciones para cortar la dinámica de cierre de empresas y destrucción de empleo? ¿En qué medida? ¿Baraja aumentar impuestos a los ricos y retenciones al agronegocio y el petróleo para financiar medidas de impulso al consumo vía aumentos de jubilaciones y restablecimiento de la obra pública? ¿Se plantará ante el FMI para reformular la montaña de préstamos electorales concedidos a Macri y Milei en 2018 y 2025? Un mar de incógnitas que, por ahora, Kicillof no aclara.
Aun en horas bajas, Cristina hace y deshace. ¿Por qué, después de años de denuncias del lawfare, mientras lleva a cabo una demanda ante instancias internacionales, la expresidenta ordena al bloque de senadores votar el pliego de uno de los pasajeros del viaje que organizó Clarín a Lago Escondido y facilita varios ascensos de jueces por el estilo? Una vez más, porque puede.
Kicillof, en cambio, no tiene ese crédito. Un líder tiene un margen para incurrir en contradicciones y hacer tragar sapos a sus seguidores, como el voto a los jueces de Lago Escondido, dándose el lujo de decir que es un tema “aburrido y técnico”, o soslayar la responsabilidad por el persistente impulso político a Insaurralde, como hizo días atrás la senadora cristinista Juliana di Tullio. El desafiante tiene menos espacio para esas maniobras.
Hasta ahora, Kicillof salió indemne de casos de corrupción en su propio gobierno, porque una gran mayoría entendió que afectaron a funcionarios impuestos por Cristina o Sergio Massa. A la cabeza de su propio proyecto, ese margen lógicamente se esfumará.
Entre los kicillofistas, hay cultores convencidos de aquella máxima de Perón sobre los ladrillos que se hacen con bosta y barro. Puede ser, pero hay que tener cuidado, porque si reina el pragmatismo irreflexivo, sale mal.
“Sos una mierda Bergman (Myriam Bregman), sos una basura… sos una mierda prostituta. Te vendés, sos empleada de (Héctor) Magnetto, chupapija de (George) Soros (Bregman es judía). Por qué no te vas a la puta que te parió, Bergman. Llévense toda la escoria feminista de pañuelos verdes, toda la mierda cloacal del progresismo, hay que echarlas a patadas en el culo del peronismo. Sos el enemigo, sos basura”.
El autor de esa diatriba difundida en redes sociales es Santiago Cúneo, incorporado recientemente al PJ Bonaerense con honores por Andrés “El Cuervo” Larroque, uno de los principales armadores políticos de Kicillof.
Se trata de un conocido antisemita televisivo, con paso por Crónica TV, que fue sucesivamente macrista, kirchnerista y morenista en años recientes, y ahora encontró espacio en el peronismo de Kicillof, bajo la inteligencia de que era mejor subirlo al barco para evitar la fuga de un puñado de votos.
Bregman está obviamente afectada por el ataque, uno de los mayores que recibió en público en su vida. Con todo derecho, el Frente de Izquierda usará el caso como arma electoral. Feministas del gobierno de Kicillof manifiestan estupor, sin alzar la voz como colectivo. La ministra de Mujeres y Diversidad, Estela Díaz, ayer repudió los dichos de Cúneo en el plenario de Diversidades del encuentro en Villa Domínico.
No alcanza. Entre los kicillofistas que se atreven a hablar del tema, prima la idea de que se trató de simple una foto que no sella una adhesión, y que el gobierno bonaerense tiene para exhibir la acción del Ministerio de Mujeres, único en su tipo que quedó en pie entre los gobiernos provinciales tras la oleada antifeminista que llegó con Milei.
Como si fuera una cuestión de equilibrio y un proyecto político pudiera albergar una dosis de progresismo y otra de fascismo.
SL
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