Sebastián Lelio y el arte de filmar lo que pasa entre las cosas

En sus películas, las caminatas, los silencios y la música revelan tanto como los grandes acontecimientos. Una despedida al cineasta chileno que supo retratar la soledad, el deseo y esa íntima obstinación de sus protagonistas por seguir adelante.
- 🎬 Tema central: las películas de Lelio se enfocan en mujeres que enfrentan dolor, humillación social y la posibilidad de seguir adelante con dignidad.
- 🧍♀️ Marina vs Nora: Marina, mujer trans que pierde a su pareja, asume su situación con una certeza serena, frente a Nora, que en El rastro pregunta por su lugar de viuda.
- 🚔 Humillaciones y violencia: el entorno de Marina la somete a situaciones como una requisa policial, tratadas con paciencia y como trámites para poder avanzar.
- 🎶 Música como motor emocional: la pasión musical de Marina y las escenas musicales de Gloria muestran cómo la música acompaña la identidad femenina incluso en la soledad.
- 🌀 Transiciones como eje narrativo: las caminatas y gestos simples de Lelio son las verdaderas transiciones que revelan memoria y vida interior.
- 🎭 Lectura teatral del cine: aunque a veces se le llame “teatral”, el cine de Lelio presenta monólogos íntimos y escenas que exploran la soledad.
- 💃 Gloria: la película, con Paulina García, presenta a una mujer que reclama su protagonismo; escenas como la conducción tras un ataque de pintura destacan su resiliencia.
- 🎵 Momentos musicales emblemáticos: la pista de baile y la escucha de Aguas de março muestran la feminidad de forma silenciosa y poderosa.
- 🧭 Estilo íntimo: la crítica destaca que Lelio logra que las transiciones y gestos cotidianos funcionen como puertas a la introspección de las protagonistas.
- ❤️ Cierre: la autora se despide con admiración personal y deja abierta la expectativa de lo que vendrá en futuras obras del director.
La primera película que vi de Sebastián Lelio fue Una mujer fantástica, cuando empezó a circular el dato de que era favorita para el Óscar. Recuerdo preguntarme si Lelio habría leído El rastro, de Margo Glantz, una novela en la que una mujer vuelve, después de muchos años, a la casa que compartió con su exmarido: vuelve porque el hombre ha muerto y allí lo van a enterrar. En la novela de Glantz, tanto Nora, la protagonista, como el difunto, eran músicos: Nora recuerda las conversaciones que tenían sobre música, cita tangos, organiza sus reflexiones, sus nostalgias y sus angustias como movimientos de una sinfonía, vuelve sobre los mismos motivos para ver cómo suenan en distintos contextos, como lo haría una pieza de música. Pero sobre todo Nora se hace una pregunta: ¿por qué no vienen a darme el pésame? ¿Por qué no me reconocen el lugar de la viuda, a mí, que viví en esta casa donde lo estamos velando?
De esto mismo se trataba Una mujer fantástica: pero Marina, la mujer trans que pierde a su pareja al principio de la película, no se hace esa pregunta. Sabe perfectamente la respuesta; como al viudo gay de Cuatro bodas y un funeral, a Marina no parece sorprenderle en nada no tener un rol en la vida de su novio una vez que ese novio, valga la contradicción, ya no vive. A Nora podía indignarle que solo porque esa relación fuera una cosa del pasado nadie le reconociera su dolor; Marina, en cambio, avanza por la película con una suerte de certeza extraña, una resiliencia silenciosa que resulta más poderosa y angustiante que si se pasara la película gritando y llorando.
Marina transita todas las humillaciones y violencias a las que la somete el entorno de su novio fallecido, incluyendo una requisa policial horrenda, con la paciencia de una santa que sabe que, demasiado a menudo, lo inaceptable es inevitable; y aunque sea indignante, aunque parezca una hazaña imposible, lo mejor que una puede hacer por una misma es pasarlo como si fuera un trámite, un problema que resolver antes de poder avanzar hasta la siguiente alegría de la vida, el próximo abrazo, la próxima canción.
Igual que a Nora, a Marina le apasiona la música. En estos días vi pasar por Twitter varias veces una escena emblemática: Marina viene de su clase de canto, a la que fue, si no recuerdo mal, justo después de que la policía la desnudara. Seguimos escuchando en off la voz de Marina, que es la voz de la increíble Daniela Vega, cantando el aria “Sposa son disprezzata” (“Soy una esposa despreciada”), mientras Marina camina por las calles de Santiago. Marina camina lento, pensativa: camina intentando disfrutar de ese momento en el que no le pasa nada malo, hasta que de pronto le empieza a pegar un viento de frente. Es una escena expresionista, casi fantasiosa, que funciona no solamente porque es bella y porque el resto de la película maneja una sobriedad pasmosa: funciona porque Marina hace lo mismo que hace toda la película, aguantar, sobrevivir, insistir en estar. No hay nada forzado en ese momento mágico.
La caminata de Marina me recordó a otra caminata impresionante que filmó Sebastián Lelio en la película Disobedience, una que de hecho analiza en un un clip precioso para el New York Times. Es excelente que la escena que él mismo elige destacar, y que yo también tenía guardada en la mente, no solo por la proeza técnica de filmarla sin cortes sino por la sobredosis de realidad que transmite, sea la escena que viene después del beso. Esti (Rachel McAdams) y Ronit (Rachel Weisz) acaban de besarse por primera vez, después de años de no verse porque Ronit había abandonado la comunidad judía ortodoxa en la que vivían las dos, y ahora caminan charlando, discutiendo, con la naturalidad con la que seguramente discutían cuando eran chicas y pasaban juntas todos los días de la vida.
Esa frescura recoge algo muy específico y muy sutil de la vida lesbiana, ese aire de amistad que no va en detrimento del erotismo. Volviendo a verla en serie con la caminata de Marina en Una mujer fantástica me doy cuenta de algo que me encanta de Lelio: las escenas que para otros cineastas serían las transiciones para él son las principales. Después del beso, después de la requisa policial: esos caminares por la calle, silenciosos o conversados, que en teoría están pensados para llevarte de un lugar a otro y finalmente terminan siendo los recuerdos que una más atesora. Es esa sabiduría sobre cómo funcionan las transiciones en la vida real la que, creo, hace que las películas de Lelio se sientan tan escandalosamente íntimas, como si alguien hubiera abierto sin permiso la puerta de tu cabeza.
Gloria, la película de Lelio que fui a buscar después de ver estas dos, es toda así. Viendo a la espectacular Paulina García haciendo de Gloria, esa divorciada sin miedo a nada más que a aburrirse, me di cuenta de dos cosas más sobre el cine de Lelio: leí o escuché muchas veces el adjetivo “teatral” para hablar de su estilo. No me suele gustar esa palabra; siento que la usan demasiados críticos que piensan que el cine sin ostentaciones es, en efecto, “teatro”. Así y todo, creo que hay algo preciso en la relación entre el cine de Lelio y el teatro.
Sus películas se sienten como monólogos, aunque no tengan esos monólogos escritos, por suerte: pienso en la escena de Gloria manejando después de haberle ido a tirar con pintura al insoportable de su novio. Es tan difícil que esa escena, de una mujer manejando sola en su auto, se sienta como algo más que un relleno; y en cambio, justamente, lo que logra Lelio es mostrarnos en esas escenas la textura de la soledad; cómo se siente estar con una misma, sentir con una misma.
Dije que me di cuenta de dos cosas mirando Gloria, pero están relacionadas: además de esta forma de contar la soledad, Lelio tiene una manera increíble de contar cómo se siente escuchar música. Nunca me sentí tan representada como en las escenas de Gloria en las que Paulina García se lanza a la pista de baile o fuma mientras escucha a un par de asistentes a una fiesta cantar “Aguas de março”. Gloria escucha esa música de fondo como si estuviera sola: como si todo fuera para ella, como si supiera que ella es la estrella de una película. En esa manera silenciosa e imperceptible para otros de sentirse protagonista incluso cuando te están humillando, ser la diva cuando una no es nadie, Lelio logra narrar una emoción de la feminidad que creo que yo no sabía que existía antes de que él me la mostrara, aunque tratara de sentirla todos los días.
No conocí a Sebastián Lelio, no fui su amiga, no tengo ninguna anécdota con él. Lo despido desde el otro lado de la montaña con el dolor y la distancia respetuosa de una fan, una de esas que a cada película suya que se terminaba se preguntaban: ¿y con qué irá a salir la próxima este genio hijo de su madre?
TT/CRM

