Claudia Piñeiro: “La idea de verdad que tenemos cambia a cada rato y esto puede ser muy angustiante”

Acaba de publicar “El canto invisible”, una novela que propone preguntas sobre el duelo, las diferencias políticas y el modo en el que se pueden trazar puentes entre generaciones con sueños distintos. Su interés por la observación de pájaros, la escucha como un ejercicio central y por qué cree se hizo “un reduccionismo” a la hora de hablar de los votantes de Javier Milei.
- 👂 Diferencia entre oír y escuchar: la novela plantea que oír no es lo mismo que escuchar y que la escucha activa es clave para entender a los otros y a uno mismo.
- 💌 Julia escribe a Marina, su amiga fallecida, para atravesar su duelo y buscar respuestas a través de las pistas que deja la historia.
- 🐦 El canto de los pájaros es el eje central: la voz de la naturaleza guía la exploración de la memoria y de lo que se calla.
- 📱 La protagonista se apoya en una app para identificar aves y en el avistaje para perfilar el mundo sonoro que la rodea.
- 🗣️ La novela utiliza una voz en segunda persona y un estilo centrado en la escucha para atravesar el duelo y las conversaciones.
- 🕯️ El duelo entre amigas revela secretos y la fragilidad de las relaciones, donde no todo se dice y hay cosas que quedan por contar.
- 🗳️ Se exploran las conversaciones con jóvenes votantes de Milei para entender por qué votaron así y qué comparten o no con las generaciones mayores.
- 🔎 Se advierte contra el reduccionismo y la necesidad de escuchar más allá de etiquetas, con ejemplos sobre educación, derechos y futuro laboral.
- 🧭 La verdad es ambigua e íntima: la novela cuestiona qué es verdad, cómo se construye y cuánto cambia según el marco de quien la cuenta.
- 🕵️♀️ El tema de los "escritores desaparecidos" y las conexiones entre generaciones, con guiños a Agatha Christie y otras vidas que dejan huellas.
- 🌱 Se busca dar una chispa de esperanza al público joven, para no rendirse ante la crisis y las ideas extremistas, y mostrar posibles puentes.
- 🪶 Una metáfora final sobre recuperar el canto y la memoria: la voz que se aprende a escuchar puede salvar vínculos y abrir futuros.
La narradora de El canto invisible, la nueva novela de Claudia Piñeiro, establece desde las primeras líneas del texto una diferencia crucial: “Oír y escuchar no significan lo mismo”. Se llama Julia, es editora y le habla –o mejor, le escribe– a Marina, su mejor amiga, una bióloga que ha dedicado su vida al estudio de las aves y que acaba de morir en circunstancias trágicas. Mientras trabaja en el manuscrito de un libro sobre pájaros que su amiga planeaba publicar, Julia intenta transitar sus días de dolor manteniendo el diálogo que siempre las unió. Entonces le hace preguntas por escrito, intenta escucharla a través de algunas pistas enigmáticas que irán apareciendo sobre la vida de Marina y también se pregunta por los propios silencios que la rodean entre su familia y sus seres queridos.
En una historia donde se suceden los interrogantes alrededor de lo que se oye, lo que se calla, lo que se intenta escuchar y lo que no se puede decir, Claudia Piñeiro volvió a poner el acento en la complejidad de los vínculos humanos. Y lo hizo, como ocurría en buena parte de sus libros anteriores, poniendo su propio oído, también, en debates que trae la época, en desencuentros generacionales, en diferencias políticas y en puentes posibles en un mundo fragmentado y cada vez más inquietante.
– En la mayoría de tus novelas retratás universos más o menos conocidos, pero al mismo tiempo siempre aparece algo así como una investigación de tu parte sobre aspectos de las personas o disciplinas que sorprenden. Cuando hablamos el año pasado sobre La muerte ajena, contabas que te habías metido a indagar en el mundo de las escorts, por ejemplo. Acá, están los jóvenes que no terminamos de escuchar, está el duelo por la pérdida de una amiga ¡y están los pájaros! ¿Cómo te vinculaste con eso para escribir esta historia?
– Hace un tiempo estaba en Madrid en la casa de una amiga periodista que se llama Berna González Harbour. Armó una reunión donde había otros periodistas y escritores, entre ellos Irene Lozano. Era el atardecer y veo que Irene estaba con una app que la ayudaba, a partir de los sonidos, a descubrir de qué pájaros se trataba. Aunque en general los pájaros siempre me han interesado, ahí descubrí esa app que no conocía. Los pájaros, para los que hemos vivido casi siempre en el Conurbano, son algo de todos los días, el sonido desde la mañana, la presencia. De hecho en mi familia está el mito de que, cuando empecé a hablar, lo primero que dije fue una oración, no una palabra, y era algo así como “pipí muerto, la papa, la mamá”. Porque nos habíamos encontrado un pajarito muerto y quería decir algo así como que el pajarito había muerto porque no había comido la comida de su mamá (risas). Pero volviendo al presente, cuando me enteré de esta app empecé ya con una cosa medio obsesiva de querer escuchar todo el tiempo los pájaros y que me dijera cuáles eran. Y lo hacía no solamente en la Argentina. Como viajo mucho, empecé a usarla también para saber qué pájaros hay en los países o ciudades donde voy. Me pasó, por ejemplo, no hace mucho en Santa Marta, Colombia, ahí es increíble la variedad de pájaros que aumentaba la lista que tenía en la app. Eran todo el tiempo distintos, y conversaban unos con los otros. Así que un poco la cosa vino por ahí. Por supuesto que después, cuando ya empecé concretamente a escribir, tuve que averiguar un montón de detalles sobre los pájaros. Incluso me asesoré, fui con Francisco González Táboas, que es un observador excelente y pertenece a Aves Argentinas, a hacer avistaje.
– Claro, porque con la app los escuchabas pero todavía no llegabas a ver los pájaros.
– Sí, claro. De todas maneras, a mí lo que me pasa con los avistajes es que como yo de lejos veo mal, me cuesta, incluso con largavistas. Y en el fondo me concentro más en el sonido, descubrí que me atrae mucho más la parte del canto.
– Lo planteás desde la primera página, cuando se hace la distinción entre oír y escuchar. Este es efectivamente un libro sobre la escucha, sobre lo que se dice y sobre lo que se calla. ¿Por qué te interesaba abordar estos temas a partir de una historia que tiene a una mujer que le escribe a una amiga que murió? ¿Qué te pasa con eso de hablar con los que ya no están?
–Bueno, primero yo sabía que iba a haber un libro que tuviera muy presente el canto de los pájaros. Pero para que eso tuviera algún sentido, aparecieron las amigas, la editora y la ornitóloga. Y se me ocurrió esto de que la ornitóloga estuviera muerta desde el comienzo. Pero me faltaba encontrar la voz para contar eso. Hace un tiempito, cuando estuve haciendo una residencia literaria de la Fundación Rockefeller, en Italia, en Bellagio, me encontré ahí con académicos, científicos, directores de cine, escritores, personas de distintas disciplinas. A mí eso de hablar con los muertos siempre me pareció como una cosa absolutamente lejana: yo nunca hablé con los muertos y me parecía una actitud de personas no demasiado racionales. Hasta que en la residencia conocí a una académica canadiense, Sarah Kaplan, que me contó que ella hablaba todos los días con su madre muerta. Pero no era hablar con un muerto tipo ceremonia, de esos que prenden velas. Lo de ella era algo más cotidiano, por ahí estaba regando las plantas o preparando café y hablaba con la madre. Yo para adentro pensaba “qué lindo esto que tiene ella y que yo no voy a tener nunca”. Hasta que se me ocurrió “¿por qué no puede tenerlo un personaje?”. Así que se lo tomé prestado.
– Alguien que además, vos veías como una persona racional, del mundo de las ciencias.
– ¡Claro! Una mujer muy inteligente, racional, súper profesional. Así fue que encontré la voz en segunda persona, que es lo que atraviesa gran parte de la novela. Después vino lo demás: esta cosa del canto de los pájaros me remitió a muchas otras escuchas, ¿no? De cómo escuchamos a los otros, qué escuchamos de los otros y por qué no escuchamos a algunos otros.
— En este sentido, has contado en estos días que para escribir, sobre todo la zona que tiene que ver con los jóvenes de la novela, entrevistaste a algunos, en su mayoría varones que votaron a Javier Milei y que no piensan como vos. ¿Qué fuiste a escuchar ahí? ¿Qué apareció en esas conversaciones?
— Me parece que cuando empezó este gobierno, al menos para mí y para muchos de mis amigos que piensan más o menos como yo, la sensación era como de enojo. Un enojo que se enfocaba en chicos jóvenes que habían votado a este gobierno. Entonces éramos varios lo que decíamos “¿pero cómo puede ser?” o “¿en qué cabeza cabe?”. Incluso aparecían términos medio despectivos como sentir que había sido una decisión poco inteligente, o arbitraria, o desde el rencor. Con el tiempo te empezabas a encontrar con que había gente en tu familia, o entre los hijos de tus amigas, o lo que sea, que habían votado al gobierno y ahí algunos empezamos a decir “bueno, pero esta persona yo la quiero, seguro que tenemos puntos de contacto más allá de votar distinto”. Entonces empecé a tener charlas con distintos chicos jóvenes que habían votado a este gobierno para poder entender. Aclaro que no conversé con esos que suelen estar agrediendo a los demás en las redes, esos no me interesaban porque no iba a haber un diálogo fluido. Obviamente no todos tienen los mismos motivos, pero entre los que yo conversé diría que hay dos grupos. Por un lado, están los que lo hicieron porque estaban desilusionados de todo. Chicos que veían que sus amigos votaban eso y les parecía algo así como gracioso votar a alguien nuevo. Digo gracioso entre comillas, era la idea de “votamos como todos, votamos por algo distinto”. No había demasiado análisis, era hacer lo que hacía el resto. Después noté que había otro grupo de chicos que sí me contaban que hicieron un análisis profundo desde el punto de vista de la economía. A ellos les parecía que el plan económico de este gobierno era el mejor para la Argentina. Claro que yo no coincido, pero puedo conversar sobre eso. Después aparecía algo curioso cuando los llevaba a otros puntos por fuera del plan económico. Si les decía, por ejemplo, “¿qué opinás de lo que dice el presidente de las universidades?” o “qué te parece lo que dice sobre las personas con discapacidad” o el aborto. Ahí la mayoría de este grupo me decía “no, no estoy de acuerdo para nada” o “es un papelón que el Javo tenga al lado a tal personaje”. Por momentos sentí que en algunos casos minimizaban el valor de algunas cosas en pos de la economía, con esto de “hay que aguantar para llegar a buen puerto”. Porque eso significa que un jubilado no tiene para comprar remedios hoy o que una persona con discapacidad no tiene la asistencia que necesita. Algunos de ellos me decían que eran hechos puntuales. ¡Pero en esa puntualidad se le va la vida a las personas! De todas maneras, pude tener esa conversación, no coincidir y a veces sentir que en puntos importantes como la educación pública, por ejemplo, no estamos tan lejos.
– En un momento de la novela, refiriéndose justamente a estos diálogos entre generaciones, Julia le dice a Marina algo así como “hicimos un reduccionismo” alrededor de estos jóvenes y sus demandas a la política. ¿Coincidís con tu personaje en este punto?
— Yo creo que sí. Creo que estuvo el reduccionismo y también que hubo muchas cosas que no escuchamos. En algún momento de la campaña, por ejemplo, quisimos plantearles a estos chicos “mirá que te vas a quedar sin derechos laborales”. Y eran varios los que en su realidad ya no los tenían o nunca los habían conocido porque trabajaron siempre en negro. Entonces no los escuchamos ni a ellos ni a sus discursos de falta de futuro, de falta de oportunidades. Lo minimizamos, no supimos prestar atención. Y sobre todo no les supimos dar respuestas concretas. Recuerdo que en la pandemia, cuando nos decían que había que lavarse las manos muchas veces, nos enteramos de repente que había por ejemplo un barrio carenciado dentro de la Capital Federal que no tenía agua. Las personas tenían que ir con el balde a no sé dónde a buscar. Y vos decís, “¿pero cómo, esto está a cuadras de mi casa y no tienen agua?”. Y, más allá de la pandemia, hoy seguramente tampoco tienen agua acá o en alguna otra ciudad. Y nadie piensa en darles respuesta a eso, ni hay muchos pensando “esta gente no puede no tener agua”. Entonces, cuando la gente después toma determinadas decisiones políticas y muchos decimos “¿cómo puede ser?” resulta curioso. Claro que puede ser. Y puede ser porque no escuchaste antes estos reclamos y, sobre todo, no les diste solución. Con todo esto, me parece que, en particular entre la gente joven, hay una falta de esperanza de futuro. Son jóvenes que se preguntan “¿me podré ir a vivir solo?”, “¿Voy a poder tener un trabajo, una profesión para mantenerme?”, “¿Podré comprarme una casa alguna vez?”. Y todas esas se van pareciendo cada vez más a utopías que a posibilidades concretas. Para muchos son todas utopías que parecen hoy imposibles de sostener, ¿no?
– Bueno, en el libro esos sueños se arman como ideas más en el corto plazo. O a cosas como “quiero ser millonario”, que es lo que plantea el nieto de la protagonista.
– Claro, porque es lo que varios dicen en las redes o incluso cuando vos les preguntás a muchos de estos pibes. Lo que aparece en el horizonte es eso: el sueño de ser millonarios. Y claramente a los de mi generación, cuando comparamos esto con las utopías que teníamos, nos impacta ver que las cosas son muy distintas. Ahora, también deberíamos preguntarnos: ¿hoy podemos sostener aquellas utopías que tuvimos? ¿Y cómo lo haríamos? ¿Qué utopía tendríamos que tener hoy? Creo que está muy complicada la situación, y más en un mundo en donde la derecha se afianza cada vez más hacia los extremos.
– Decíamos antes que este es un libro del duelo y de un duelo muy particular porque se trata de la pérdida de una amiga. Lo has abordado en otros libros, pero acá hay algo de la cercanía entre estas mujeres, de esa proximidad que tienen, que se desarma. ¿Por qué decidiste meterte en ese duelo tan singular?
– ¿Viste que hay cosas como que son pequeños traumas que te quedan y te aparecen aunque no los tengas tan presentes? Me di cuenta no hace mucho. Cuando yo iba a la facultad y tenía la edad que tienen estos pibes que mencionamos, se murió una amiga mía. No me pasó de grande que se murieran amigas de mi misma edad, pero sí en esa época temprana. Y me acuerdo ahora mucho de ese momento: no había teléfonos celulares, no había nada. Un día me bajé del colectivo porque estaban electrificando el Roca y el tren no funcionaba y veo que estaban mi mamá y mi papá esperándome en la puerta de mi casa. Querían darme la noticia ellos de que mi amiga había muerto en un accidente de autos. Y ahora pienso que fue muy impactante. En esta edad que tengo ahora, sabés o sos más consciente de que en determinado momento puede pasarle a la gente que te rodea o vos misma te vas a morir. Pero en ese momento era algo impensado totalmente y en algún lugar me quedó bastante marcado. Por ahora por suerte no tengo amigas de mi edad que hayan muerto, pero sí tengo grandes conversaciones con ellas. Y también veo muchas mujeres de mi generación sostenidas por la amistad entre pares. Me gusta también porque a veces no es una amistad para nada naïf, incluso veo alrededor de ellas vínculos profundos y con muchas capas.
– Bueno, en este caso de hecho, sin spoilear, hay un secreto clave que una elige no revelarle a la otra más allá de ser tan cercanas.
– Mirá, me aventuro a decir que la mayoría de las personas tenemos algo que no queremos decir. Algo de nuestra familia, de nuestro pasado, de nosotros mismos, que no se lo decimos ni a nuestra pareja, ni a nuestro mejor amigo, ni a quien sea. De hecho, hasta me resulta interesante tener algo de tu intimidad que nadie sabe. Me parecía que en el caso de las amigas de la novela, hasta que la editora entiende por qué no su amiga no se lo dijo, ella siente mucha bronca, se plantea esto de “si es mi amiga, si yo supuestamente le cuento todo, por qué no me contó”. Y se encuentra con una pared, porque la otra ya no está para responderle.
– En esa búsqueda por entender, ella va creando escenarios con suposiciones o verdades a medias de lo que cree que pasó. Hace poco escribiste un artículo en Cenital sobre la verdad, ¿qué te pasa con ese asunto? ¿Te inquieta, te obsesiona particularmente hoy?
– Cuando yo estudiaba en el secundario nos decían que la filosofía era la búsqueda de la verdad. Tendríamos que preguntarle a nuestro amigo Tomás Balmaceda, que es filósofo, para que nos diga en qué quedó eso (risas). ¿Hoy la filosofía también busca la verdad? ¿Existe la verdad? Porque cada vez es más difícil de determinar. Esto es algo que ya trabajé en La muerte ajena, sobre todo vinculado a lo político, a las versiones de los hechos que salen en los medios. En esta novela mi pregunta por la verdad tiene más que ver con la intimidad de las personas. Porque, en general, cuando hablamos de nuestra vida nos construimos de algún modo una novela. Entonces, ¿cuál es la verdad? ¿Cuántas cosas pueden estar dentro de los términos de la verdad en esos relatos? Yo ahí en esa nota de Cenital tomo una anécdota que cuenta Hannah Arendt, en Verdad y política, del político francés Georges Clemenceau. En los años veinte, poco antes de morir, Clemenceau conversaba con un representante de la República de Weimar sobre quién había sido responsable de la Primera Guerra Mundial. Su interlocutor le pregunta qué dirían los historiadores del futuro. Clemenceau le contesta que no lo sabía con certeza, pero que había algo de lo que estaba seguro: que no iban a decir que Bélgica invadió Alemania. Yo creo que hoy con las redes, con la IA o lo que sea, nos pueden hacer creer que Bélgica invadió Alemania o cualquier otra cosa (risas). Yo misma estoy todo el tiempo leyendo cosas que digo “esto no puede ser” y al rato me pregunto “¿y si fue así?”. Es como una sensación de nunca estar viviendo la verdad. O que la idea de verdad que tenemos cambia a cada rato y esto puede ser muy angustiante. Eso a nivel político, a nivel de medios, o redes. Pero en la intimidad también algo de eso también se filtra. Pienso, por ejemplo, en que cualquiera de nosotras ve a una amiga súper contenta en una foto de Instagram, en una playa o donde sea. Pero si te ponés a escuchar de verdad ahí, si sabés entrar por otro lado, a lo mejor descubrís que la persona está transitando algo que no tiene nada que ver con eso que muestra y que vos sentís como la verdad. Pero bueno, para llegar a eso también hay que permitirse el tiempo de estar con el otro y de escuchar al otro. En ese sentido, a mí me parece que la verdad puede aparecer en el encuentro entre las personas. Ahí podés tener una cierta verdad al menos. Incluso aunque yo te esté diciendo una mentira, en esa escucha o en ese encuentro vos me ves a mí, ves cómo estoy, podés percibir cosas cercanas a la verdad.
– Otra dimensión que aparece en el libro y que tiene que ver con la protagonista ayudando a su nieta con una tarea escolar, se relaciona con las vidas de los escritores, en particular con esos que en algún momento decidieron borrarse, correrse de la esfera pública. ¿Te generan curiosidad esas vidas?
– La verdad es que nunca fui de ir muy detrás de los chismes de escritores o de detalles de sus vidas. Pero en este caso entré por el lado de Agatha Christie y su repentina desaparición en un momento dado. Porque sí en general me interesan esas cosas que tienen que ver más con tomar decisiones así, la idea de borrarse del mundo. Y yo misma, cada tanto, tengo la fantasía de que desaparezco de todos lados (risas). Y bueno, como tengo esa fantasía, se la presté al personaje de Julia, que se borra por un rato de todos lados. Después, claro, era como muy pertinente ver casos así para la novela. El primero que me aparecía era el de Agatha Christie: ella de verdad desapareció y nadie sabía dónde estaba. En su época se decía que tuvo un problema supuestamente psicológico, por lo cual se fue a un hotel en otra ciudad, se anotó con el nombre de la amante del marido, estuvo ahí catorce días viviendo re contenta hasta que se dieron cuenta de que era ella. Eso me pareció muy interesante, entonces entré por ahí. Después, en la misma biografía de ella encontré otras cosas como que, por ejemplo, después de ese marido que supuestamente la hizo sufrir, ella se casó con otro hombre mucho más joven, y al final la pasó muy bien con este muchacho. Tuvo como una revancha, ¿no? Me interesan esas vidas que tienen muchas vidas adentro, tal vez es una mirada relacionada con mi edad. Cuando vos tenés cerca de los 40 años estás pensando en el presente, qué tipo de escritora sos, qué hacés, qué sé yo. Cuando ya tenés mi edad, mirás para atrás y notás que hubo muchas vueltas. Yo tuve un matrimonio, me divorcié, ahora tengo otra pareja. En el plano profesional lo mismo, pasan distintas cosas: yo tuve dos profesiones diferentes. Después está esto de los “escritores desaparecidos” que quiere investigar la nieta de la protagonista y ese juego con el término. Para la nieta “desaparecido” no tiene ninguna connotación. Y ahí vuelve lo generacional.
– ¿Te interesaba indagar en esto también, en esos desencuentros entre personas de distintas edades?
– Claro. Yo me acuerdo cuando iba al taller de Guillermo Saccomanno, si vos estabas escribiendo un cuento que no tenía nada que ver con la dictadura y querías poner que una persona había desaparecido, pongamos, de su grupo de amigos, tenías que buscar un sinónimo, otra palabra. Para nosotros el desaparecido es alguien a quien secuestraron en la dictadura, lo mataron, no sabemos dónde está. Y en cambio vos hoy a un pibe le decís “desaparecido” y no necesariamente los lleva ahí. Entonces, cuando la editora de la novela escucha que la nieta le dice “tengo que hacer una investigación sobre escritores desaparecidos”, las dos piensan en cosas diferentes.
– Sin embargo, de alguna manera, la editora trata de hacer una conexión con su nieta, entonces para ayudarla le ofrece las dos miradas, incluso trata de entusiasmarla con lecturas. Tengo la impresión de que un poco la novela es eso también: ver dónde todavía hay puentes. ¿Te pasó algo así mientras escribías?
– Sí, hay algo de eso. Y esta mujer todo el tiempo trata de llevar a la chica al otro mundo. También hay otra imagen en el libro que se relaciona con esto, que tiene que ver con el canto de un chingolo específico que se había perdido. Pero un grupo de científicos del CONICET encontró ese tipo de canto escrito en los 60. Entonces, para resumir, lo reprodujeron con una maquinita, a esa maquinita la pusieron en un árbol en el Parque Pereyra Iraola donde estaban investigando. Un chingolo de ahí, al que estaban observando, aprendió ese canto y se lo enseñó a sus descendientes. Cuando encontré esa anécdota me pareció algo precioso. Y también es una metáfora de lo que estamos sintiendo muchos y muchas ahora, como una pregunta: ¿cómo hago para que se pueda recuperar mi canto, para cantar y que los otros lo aprendan? ¿Cómo aprendemos a escuchar? De verdad creo que si no metemos la cuota de esperanza en nuestro día a día estamos fritos. No podemos transmitir únicamente desazón o enumerar todas las catástrofes que van a venir en el mundo, que probablemente van a venir de todos modos. Lo que quiero decir es que a una generación que tiene por delante la vida también le tenés que dar alguna mínima esperanza. Porque si no viene la ultraderecha, con sus espejitos de colores, y se los llevan para el lado que les conviene a ellos. De este lado, nosotros también tenemos que aprender a transmitir que hay algo de esperanza y de futuro posible, más allá de que sepamos un montón de cosas con respecto a la inteligencia artificial, el cambio climático, las ultraderechas. Claro que sí, que vamos a trabajar sobre eso. Pero también busquemos algo para ofrecer que sea positivo, tenemos la obligación de ofrecerles a los más jóvenes un mundo en el que tengan ganas de vivir.
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