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La fonoaudióloga que afina las palabras del poder

La fonoaudióloga que afina las palabras del poder
Dufume
entrevista

Débora Gutkin quiso brillar en el teatro y fue campeona de tenis de mesa, pero el destino la convirtió en una de las fonoaudiólogas más buscadas por los profesionales de la palabra.

AI
  • 🎶 Orígenes y familia: Debora Gutkin es porteña; su madre Esther Mazor de Gutkin fue de las primeras doctoras en fonoaudiología y su padre Salomón Gutkin le aportó humor y apoyo.
  • 🏆 Tenis de mesa: a los 12 años se convirtió en campeona argentina y llegó a ser la número uno del ranking nacional, luego compitió en Brasil y Sudamérica.
  • 🎭 Juventud y teatro: soñó con ser actriz, estudió teatro y participó en obras independientes; un accidente y circunstancias personales la llevaron a cambiar de rumbo.
  • 🎓 Formación profesional: se graduó como fonoaudióloga en 1977; la carrera se expandió a licenciatura en 2007 y estableció su consultorio en Villa Crespo.
  • 🧑‍🏫 Docencia y liderazgo: enseñó 34 años en COSAL y, tras jubilarse, es prosecretaria de la Sociedad Argentina de la Voz.
  • 🎤 Trabajo con voces públicas: reparó cuerdas vocales de actores, locutores y periodistas; trabajó con Ronnie Arias, Alejandro Dolina, Darío Barassi y otros; asesoró a políticos en oratoria.
  • 📚 Publicaciones: es coautora de los libros Poné voz de Locutor 1 y Poné voz de Locutor 2.
  • 🏓 Regreso al tenis y filosofía vital: volvió a jugar dos veces por semana; su vida se resume en “honrar la vida” y luchar por cada punto con destreza.
  • 🗣️ Claves de la oratoria: saber de qué se habla, gestionar tiempos, evitar la monotonía y usar pausas para enriquecer el mensaje; dicción clara y buena articulación.
  • 🫁 Respiración y manejo de nervios: técnicas de respiración abdominal y pausas para controlar la ansiedad al hablar en público.
  • 🌍 Identidad vocal y cultura: cada lugar tiene una melodía y timbre; la voz ayuda a identificar a una comunidad y su pronunciación.
  • 🧠 Evolución de la fonoaudiología: avances en imagen y diagnóstico permiten entender disfonías y lesiones mínimas; la simetría de los pliegues vocales es crucial para la voz.

"Creo que tuve los ovarios para definir en mi vida lo que quería ser sin jorobar a nadie", afirma la fonoaudióloga y especialista profesional de la voz Débora Gutkin. 

Ella es porteña pura. Sus primeros días transcurrieron en la calle Virrey del Pino, en Belgrano, y a los seis meses su familia se instaló en Barrio Norte. Creció bajo el ala de dos padres singulares. La madre de Débora, Esther Mazor de Gutkin, fue una de las primeras doctoras en fonoaudiología del país; una mujer recta, "una especie de sargento, dueña de una honestidad inquebrantable". El padre de Débora, Salomón Gutkin, aportaba la gracia: un comerciante seductor y simpático. Él fue su primer cómplice. Con él Débora viajó a Israel para visitar a sus abuelos y él fue el único capaz de descubrirla con un cigarrillo en la juventud sin desatar una tormenta.

A los diez años, la vida de Débora Gutkin dio un giro inesperado en el club Hebraica. Detestaba las reuniones sociales de la institución. Dos mesas de tenis lo cambiaron todo. Tomó la paleta como un pasatiempo. Alguien notó su talento, su agilidad felina y le propuso entrenar en serio. A sus doce años de edad, Débora viajó a Mendoza y se coronó campeona argentina de tenis de mesa. Tiempo después partió a Brasil para disputar el torneo sudamericano. Era la número uno del ranking nacional. 

A sus trece años, debió enfrentar a una rival cuya familia utilizaba la tribuna como arma psicológica. Cada vez que iba a buscar la pelota en el piso, los familiares de su oponente la insultaban. "La ves cuadrada, ¿para qué jugás?", le gritaban. Ella no derramó una sola lágrima. Guardó el dolor en silencio, pero sintió que el juego limpio había muerto y abandonó la disciplina de un día para el otro. "Quería mantener intacta mi dignidad", reflexiona Débora. 

Llegó la adolescencia en el Normal 1 de Barrio Norte. Con la efervescencia a flor de piel, Débora soñaba con los escenarios de teatro. "Quería ser actriz y estudié teatro, trabajé en teatro independiente", recuerda. Se formó en ese circuito, un espacio de resistencia en plena época de la dictadura militar de Argentina. Participó en Puerca Verdad, una obra húngara en la que encarnó a una prostituta de ropas raídas, bajo la dirección de Pedro Asquini, un histórico director y puestista del teatro independiente, dueño de su propio estilo. 

Para sostener su vocación, Débora recurrió al pragmatismo. Su madre era fonoaudióloga. En aquel momento, la formación era un curso de tres años, asimilable a una tecnicatura. Le pareció una salida laboral segura así que se recibió de fonoaudióloga en 1977. Décadas más tarde, cuando la Universidad de Buenos Aires convirtió la disciplina en una carrera de cinco años, cursó diez materias de complementación para obtener, en 2007, el diploma de Licenciada enmarcado en su consultorio en el barrio de Villa Crespo en donde conversa con El Economista. 

Durante un lapso de su juventud, Débora llevó una doble vida: trabajaba de día y ensayaba de noche. El punto final para la actuación llegó por culpa del dolor físico y del desamor. Bajo la dirección del actor y director Villanueva Cose y con el protagonismo de la actriz Leonor Manso, Débora integró el elenco de Lysistrata. En medio de una función en San Telmo, pateó un escalón por accidente y se fracturó el dedo gordo del pie. Con el hueso roto, salió a escena para representar una tortura de manera hiperrealista. Tras esa función, no pudo salir a saludar al público. Tampoco volvió a actuar. Su novio de aquella época se había quedado sin trabajo y los ensayos nocturnos imposibilitaban los encuentros amorosos. Cerró el telón, se casó y tuvo a su primera hija, Soledad, a quien le seguiría Juan Pablo. "Lo que sucede conviene", analiza Gutkin. En un giro de su vida, desde hace 21 años la comparte con Vanesa, santafesina, bartender y cocinera excepcional "de la que disfruta toda la familia".

Entre sus películas favoritas brilla una francesa de 1966: "Rey por inconveniencia" —Le roi de coeur—, dirigida por Philippe de Broca. En la trama antibélica, los internos de un manicomio quedan libres durante la Primera Guerra Mundial y ocupan un pueblo francés evacuado. Allí, lejos de la mirada clínica, asumen con total naturalidad los oficios y roles de la sociedad que siempre desearon. De alguna manera, ese relato resuena con la propia vida de Débora. Al desarmar su sueño teatral, ella también conquistó su lugar en el mundo. La fonoaudiología la llevó a pararse detrás de escena para reparar las voces de distintos protagonistas de la vida pública. Aquel título de 1977 se convirtió en su destino.

Su camino la llevó hacia los profesionales de la palabra. Se dedicó a reparar las cuerdas vocales de actores, locutores y periodistas. Trabajó con el conductor Ronnie Arias, atendió al escritor y conductor radial Alejandro Dolina, al humorista Claudio Rico, a la periodista Carolina Amoroso y al actor y presentador Darío Barassi. 

También ayudó a políticos a dominar las pausas, el volumen y los matices sonoros. "No es necesario cambiar por imposición. Se busca el cambio porque se percibe que la forma de hablar no resulta útil para alcanzar el objetivo. Y ahí entra nuestro trabajo", explica sobre su método clínico.

Dio clases durante treinta y cuatro años en el Instituto Superior de Comunicación Social (COSAL), una histórica institución formadora de locutores y comunicadores. Se jubiló empujada por la cuarentena en el invierno de 2020. 

Hoy sigue en la trinchera como prosecretaria de la Sociedad Argentina de la Voz, donde resguarda el instrumento de comunicación más antiguo de la humanidad. 

Desde esa experiencia docente es co-autora, junto con Marcelo Canda, de los libros "Poné voz de Locutor" primeros pasos para el trabajo profesional y "Poné voz de locutor 2" En carrera. Jugando en el título con esa falsa idea de una voz especial para la locución.

Hace dos años, Débora empuñó nuevamente la paleta. Regresó a las mesas de tenis dos veces por semana. Las mañas del campeonato juvenil siguen vivas, agazapadas en sus muñecas. Quizá su vida se resuma en su canción favorita: Honrar la vida. No se trata solo de permanecer o de sobrevivir, sino de jugársela por el punto con destreza, no ceder ante los agravios y, como los locos entrañables de aquella película francesa, tener el coraje para adueñarse del propio papel.

—¿Qué hay que hacer para ser un buen orador? —le pregunta El Economista a Débora Gutkin. 

—Lo primero que debe suceder es saber de lo que se habla, pero conocer el tema no garantiza ser un buen orador. Resulta fundamental saber manejar los tiempos. Al referirse a la oratoria, existen diferentes áreas; no es lo mismo la política que la académica. 

Si me invitan a un congreso y me otorgan quince minutos para exponer un tema, debo saber cómo hacerlo en ese tiempo, y no en veinte minutos. Se trata de evitar la acumulación de mucha información y la rapidez al hablar para que el público logre entender el mensaje. 

Un buen orador debe tener una dicción clara y prolija; una articulación que no deje dudas sobre lo expresado. Es necesario manejar los matices de la voz, porque de lo contrario resulta aburrido. 

¿Cuánto tiempo se tolera escuchar a alguien que se expresa monótonamente igual? Y se deben evitar las muletillas, ya que entorpecen la comunicación. 

—¿Cuál puede ser una buena estrategia para evitar las muletillas?

—La pausa. Hay que aprender a identificarla y tratar de anticiparse al momento en que se va a pronunciar una muletilla, una herramienta que usa el cerebro para darse el tiempo de continuar la organización del discurso. Si me apuro mucho, corro el riesgo de llenar espacios con muletillas cuando en realidad una pausa vendría bien. Una pausa no es un bache. 

También depende del ámbito; una situación es dar una clase o tener una columna en un programa de streaming sin que nadie interrumpa. Otra situación distinta es una entrevista en televisión, donde el periodista hace una pregunta y hay que tratar de no dejar mucho espacio para la interrupción. Allí, la pausa es casi imperceptible, ínfima. 

En la oratoria política, la pausa es fundamental; a veces, los aplausos pretendidos se buscan mediante un silencio en el discurso.

—¿Hay algún líder que te haya conmovido por su eficacia en la oratoria?

—Raúl Alfonsín. 

—¿Qué sugerencia le podrías dar a Cristina Kirchner, a Mauricio Macri y a Javier Milei con respecto a su oratoria?

—Cristina Fernández de Kirchner tiene muy buena oratoria. Maneja bien las pausas, los tiempos. A veces se reitera a propósito, aunque de diferente manera, para que el mensaje quede claro. 

Mauricio Macri debe trabajar su articulación, más allá de sus mejoras. Entiendo que la colega a cargo de ayudarlo resultó efectiva, porque se notó un cambio. Hubo una evolución, pero no se eliminó la monotonía.

La monotonía es la falta de expresividad de los tonos, cuando es todo muy parejo y monótono. En el caso de Macri, lo articulatorio mejoró mucho; las palabras se entienden mejor casi siempre. 

Sobre Javier Milei, el problema son las muletillas. Aunque más allá de que reciba o no entrenamiento, noté un cambio la última vez que lo escuché: se muestra más pausado. La manera de decir las cosas marca una gran diferencia. Se puede comunicar algo doloroso, pero según cómo se exprese, la otra persona no lo tomará a mal ni sufrirá tanto daño.

—¿Cómo se mejora el discurso de alguien que habla de forma plana y sin matices?

—Son diferentes aspectos de una misma dificultad comunicativa. Quien habla rápido también termina en la monotonía. Se suele relacionar este rasgo con un habla lenta, como el personaje de la serie La casa de las flores. Habría que imaginar el relato de una anécdota con ese tono. Esa cadencia también es monotonía, más allá del juego sonoro, porque todo suena bajo una misma melodía o música. 

Frente a cualquier consulta, diagnosticar el problema, intentar comprender su causa y tener la motivación para modificarlo es fundamental antes de cualquier entrenamiento. Implica dedicar horas en la silla, al caminar, al manejar o durante la ducha para realizar ejercicios. Incluso quien tiene talento para la oratoria, la locución, el canto o la actuación, desde el punto de vista vocal, debe entrenarlo. Hay que entrenar el cuerpo porque, con el paso de los años, sufre cambios. 

Para permitir el sostén de actividades como actuar, cantar, ejercer el periodismo y expresar ideas ante una cámara de televisión, es clave escucharse y mantener un entrenamiento constante.

El otro día escuchaba a Silvio Soldán al hacer zapping; me llamó la atención la calidad de su voz y me detuve. Tiene 92 años y resultó sorprendente porque era escuchar al mismo Silvio Soldán de Feliz Domingo de hace 30 o 40 años. Esa voz pertenece a un profesional entrenado, más allá del favor de la naturaleza al otorgarle una laringe sana. 

—¿Cómo hacer para introducir matices en la oratoria sin perder autenticidad?

—Con la práctica y el entrenamiento, se logra encontrar una forma de expresión propia. No se trata de imponer una única manera de hacerlo. La idea es que el alumno descubra el cambio y las distintas formas de expresarse. 

A veces el proceso parte de sugerir cómo se diría un texto en determinada situación, o de analizar el significado real de lo expuesto. ¿Se sabe realmente el sentido de ese texto? ¿Esa palabra puntual significa lo mismo en cualquier contexto, o la situación potencia su significado? 

—Con la voz, un piloto calma a los pasajeros de un avión en medio de una tormenta o un líder político anuncia el inicio de una guerra. Los hitos más trascendentes dependen de la palabra hablada…

—Todo. La voz se necesita para todo en la vida. Lo mismo ocurre en situaciones cotidianas, desde una madre a punto de decirle a su hijo que lo ama con mucha dulzura, hasta el momento de retarlo por no querer bañarse. Por eso la voz debe estar lo más sana posible, para poder expresarlo todo. 

La manera de utilizar la voz marca una gran diferencia en el mensaje. En mi rol de docente, a veces me decían que era muy exigente; creo que intentaba serlo, pero también buscaba la justicia. 

Muchas veces me tocó advertirle a un alumno no su falta de aptitud para la carrera —porque de lo contrario no habría ingresado—, sino otras cuestiones. Por ejemplo, me tocó explicarle a un estudiante que su trabajo sonaba muy afeminado. Él podía hacer lo que quisiera con su vida, pero el material profesional no podía sonar siempre igual, porque en definitiva se trata de evitar la monotonía.

En ese caso, se trataba de un estilo de entonación muy específico. ¿Cómo se le comunica eso a una persona? ¿Quién es uno para decirlo? La manera de abordar el tema, no solo mediante las palabras elegidas sino por el modo de expresarlas, marca la diferencia. A tal punto que, dos años después, el alumno me buscó para agradecerme el comentario. 

—¿Por qué es importante para un país las voces de sus ciudadanos?

—El habla tiene un rasgo distintivo. La fonética de un idioma o los regionalismos tienen atributos propios que, por lo general, identifican a un grupo social. Al escuchar a las personas de la comunidad coreana en los supermercados, se percibe un modo diferente de hablar. En Misiones, sobre todo fuera de las ciudades, los ciudadanos tienen una forma y un timbre de voz muy específicos. Esa identidad sonora va de la mano de la pronunciación, es decir, del habla en general y además de la voz. 

Los lugares tienen su propia melodía. Eso aporta identidad y sentido de pertenencia.

—Si alguien asiste mañana a un debate televisivo o debe exponer algo trascendente en su trabajo, ¿qué sugerencia se le puede dar si siente muchos nervios?

—La respiración es un buen ejercicio para bajar 40 cambios. Quienes sufren nervios atraviesan una especie de trastorno de ansiedad. Por lo tanto, si una persona se entrenó conmigo para exponer y aprendió un tipo de respiración en función de su voz para mejorar la palabra, mi propuesta es aplicar esa técnica.

Un ejemplo de respiración para los momentos de nerviosismo: tomar aire. Siempre se debe evitar hacerlo con la parte superior del tórax, porque de esa manera se utiliza sólo la punta de los pulmones, una zona con menor capacidad. La idea es imaginar cómo se infla un globo en la panza, pero no mucho; no se tiene que notar el ingreso del aire. Después, el foco debe estar en dejarlo escapar despacito por la boca. Se escapa de forma natural, sin soplar.

—¿Cómo puede lograr alguien que habla muy rápido bajar un cambio y moderarse?

—Primero hace falta la voluntad de querer modificar la manera de hablar, esa que acompañó a la persona por veinte, treinta o cincuenta años. 

La clave es la práctica. Si algo no sale, lo practico hasta lograrlo y poder sumarlo a la rutina diaria. Las vocales permiten modificar la velocidad de la palabra. Es posible hacerlas un poco más largas o más cortas. Al pronunciar rápido, la articulación de cada vocal cambia en comparación con una emisión lenta. Por lo tanto, hay que entrenar la emisión de vocales más lentas, en diferentes ritmos, y recurrir al mejor aliado de la oratoria: el oído, para mantener un monitoreo permanente. 

La idea es lograr un ritmo discursivo más pausado en la vida cotidiana, pero al mismo tiempo mantener la identidad propia, sin sentir una pérdida de personalidad.

—¿Cómo evolucionaron los problemas de la voz? 

—La fonoaudiología es una profesión amplia. Abarca el lenguaje, el habla, la audición, la voz y el aspecto deglutorio; por tal motivo, desconozco la aparición de patologías inéditas. Sí es posible afirmar que, a partir de la computación y de estudios más avanzados, con mayor rigurosidad y definición, se encontraron las causas de ciertos cuadros ignorados durante mis años de estudio. Por ejemplo, en la actualidad se le da mucha trascendencia a los problemas de mordida y a la necesidad de ortodoncia. En mi época de estudiante, eso se reservaba para casos extremos con dientes apiñados o maxilares muy desfasados. Hoy se busca lograr una buena alineación dental y una mordida funcional con mucho más detalle. En ese aspecto noté un cambio inmenso.

Respecto a la voz, a partir de imágenes de mayor definición, fue posible explicar disfonías rebeldes en el tiempo. Había pacientes curados de nódulos que, al año, recaían; esa situación se logró fundamentar por cuestiones estructurales. A veces la persona nacía con una característica particular en su laringe, una lesión estructural mínima, capaz de provocar la aparición de patologías secundarias más conocidas, como los nódulos, ante el esfuerzo vocal. El origen de esa patología se relacionaba con pliegues vocales de una laringe no apta para la exigencia. 

La precisión actual de la imagen amplía el panorama y permite observar el movimiento lentificado de los pliegues vocales para descubrir pequeñas lesiones. 

Hay que dimensionar que los pliegues vocales tienen entre uno y dos centímetros de largo, y deben vibrar 100, 200 o 400 veces por segundo, o incluso más, según la actividad vocal. Para lograrlo, esa vibración debe ser simétrica en ambos pliegues, con la misma velocidad y tensión. Por ende, si uno de los pliegues presenta una lesión estructural mínima, indetectable a simple vista, queda justificada esa asimetría, y allí radica la disfonía. 

—¿Es real que usamos menos palabras que hace años atrás?

—Creo que sí. Hay un discurso más simple, menos complejo, menos elaborado, menos florido. Coincido en que con el advenimiento de los mensajes de WhatsApp y de texto se empezaron a acortar las palabras. Eso también se traduce en la realidad: hay mucha dificultad de comunicación en general en la juventud.

Atiendo niños cuando tienen problemas en la voz. Sí tengo pacientes infantiles en tratamiento, pero por cuestiones vocales. Obviamente, como siempre digo, la voz forma parte de la vida cotidiana, de lo que nos pasa. Con ellos hablo más allá de la voz, sobre lo que hacen, lo que estudian, sus gustos y disgustos. En general, hay mucho problema de comunicación en lo discursivo. Y eso que los pacientes infantiles en tratamiento suelen ser artistas, cantantes o actores; perfiles más desenvueltos y menos tímidos. Sin embargo, en la construcción del discurso observo bastante elementalidad.

—¿Se puede atenuar la tartamudez?

—Hay mecanismos de control y herramientas útiles para dominar esa alteración del ritmo de la palabra, a veces a tal punto que parece curada.

—¿Qué sugerencia podés dar para la lectura en voz alta?

—La lectura mental, por lo general, no tiene matices de expresividad y de pausas. Quien tiene entrenamiento en lectura silenciosa, cuando le toca leer en voz alta va rápido, sin pausas. ¿Y cuál es el propósito de la lectura oral? Nadie lee en voz alta para sí mismo. Hacerlo supone un público, ya sea de una, dos, cien o quinientas personas. Se lee para otros que, en principio, no tienen ese texto para seguir el discurso. Por eso, la lectura tiene que ser lo suficientemente expresiva, matizada y pausada para permitir la imaginación del relato en la audiencia. 

Si se describe una situación, por ejemplo, la ubicación de una silla, la presencia del sol o las gotas en el vidrio por la llovizna, el relato debe lograr la visualización de la escena. Hay que verlo primero, imaginar las gotas en el vidrio y la silla en ese rincón, para transmitirlo de tal manera que el oyente pueda armar esa composición de lugar.

Por eso resulta más difícil leer en voz alta conceptos abstractos; cuesta más transmitir lo carente de concreción. Sin embargo, al explicar ideas o vocabulario de mayor abstracción, con más razón es imperativo el apoyo en pausas con sentido. Se pausa para tomar aire. Se hace una pausa para reponer la respiración durante la lectura, pero además sirve para lograr la comprensión de la relación entre la idea actual y la anterior. 

Suelo trazar la comparación con las puestas de luces teatrales. La iluminación jerarquiza lugares de la escena. Al observar una obra bañada en color azul donde resalta un sector en blanco, es evidente la intención de la dirección de resaltar ese espacio sobre el resto; establece una jerarquía. Esa jerarquía discursiva se logra con los matices, el volumen, las pausas entre palabras o frases y las intenciones. Se supone que esos mismos recursos son los requeridos para la oratoria, para nuestra obra cotidiana.

—¿Por qué a veces nos conmovemos con algunos actores, en una película o en una escena, y con otros no?

—El carisma, que es algo innato y no se puede comprar. Por eso muchas veces hay muy buenos políticos en cuanto a su postura, pensamiento o claridad conceptual, pero carecen de carisma. No llaman la atención. ¿Qué es el carisma? No sabría definirlo con exactitud, pero es una cualidad presente en la persona. 

En cuanto a la oratoria, hay gente con muy buena técnica para emitir múltiples mensajes vacíos de contenido. Logran el cometido de captar y seducir con la palabra. En la comunicación interpersonal, el lenguaje no verbal ocupa un porcentaje mucho más alto frente al significado de la palabra en sí misma. Influye la mirada y la postura. Al escuchar con los brazos cruzados, se genera una distancia, como un límite para evitar la cercanía. Pero el lenguaje verbal también incluye la voz, los matices y la prosodia. Si se habla fuerte de forma constante, se invade el espacio sonoro del interlocutor, y eso resulta contraproducente para la comunicación.

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