Trance en el desierto, Francella x 16, y lo mejor de Jane Austen: las cinco joyas de este finde en cines, Netflix, HBO, Disney y Prime Video

Un Francella para reir y reflexionar, un film que propone más de un desafío en el desierto, un hospital desbordado y la mejor adaptación de una novela de Jane Austen: cinco títulos insoslayables para un finde de alto impacto.
- 🎬 Resumen de la selección: fin de semana con las mejores series y películas, con estrenos en cines y contenidos disponibles en Disney Plus, HBO Max, Netflix y Prime Video.
- 🏛️ Sirat: película de Oliver Laxe que fusiona desierto, pérdida y una experiencia sensorial; Competencia oficial en Cannes y nominada al Óscar a la Mejor Película Internacional.
- 💔 Temas centrales de Sirat: la pérdida, la disolución de identidades y la idea de despojarse para vivir entre el infierno y el paraíso.
- 👥 Enfoque de personajes: todos los secundarios son interpretados por actores no profesionales, creando una comunidad colectiva más que individuos definidos.
- 🎶 Experiencia sensorial: la película combina imágenes arcaicas con música electrónica para lograr una experiencia casi de trance, sin llegar a prometer redención.
- 🗺️ Contexto y reconocimiento: Sirat consolida a Laxe como una voz singular del cine europeo; referencias a Tarkovski y reconocimiento del Jurado del Festival de Cannes.
- 🎭 Homo Argentum: comedia satírica argentina que critica el fetichismo del dinero, el neoliberalismo y la masculinidad hegemónica en la clase media porteña.
- 🧭 Temas sociales de Homo Argentum: muestra cómo el dinero condiciona relaciones y aspiraciones, con tono irónico y escenarios como el aeropuerto de Ezeiza; deja preguntas abiertas.
- 🏥 The Pitt: segunda temporada de la serie médica ambientada en una guardia hospitalaria; foco en el doctor Robby y en el costo humano de sostener un sistema en crisis.
- 🩺 Temas médicos y sociales en The Pitt: casos clínicos que funcionan como diagnóstico social (opioides, burocracia, violencia contra personal sanitario, etc.); muy recomendada.
- 🎥 Documental sobre Elizabeth Smart: reconstrucción del secuestro de Elizabeth Smart con su testimonio; destaca el marco religioso mormón que condicionó la historia y la respuesta familiar.
- 📚 Orgullo y Prejuicio (BBC, 1995): miniserie de seis episodios (unas seis horas) que aborda tensiones de clase, género y matrimonios ventajosos, frente a la versión de 2005; muy recomendada.
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en cines, Disney Plus, HBO Max, Netflix y Prime Video.
Sirat es una prueba de que el cine puede ofrecer algo más que el simple arte de contar historias: lo que podría parecer un relato de aventuras en un territorio hostil se convierte en una travesía espiritual, no solo para sus personajes, sino también para el espectador, convocado a una experiencia de despojamiento y atención sostenida.
Personas llegadas de todos los rincones del mundo confluyen en una rave perdida en el desierto marroquí, atraídas por una vivencia colectiva extrema que suspende temporalmente las normas habituales de la vida social. Entre ellas se encuentran Luis (Sergi López) y su hijo Esteban (Bruno Núñez Arjona), aunque para el padre la música y la fiesta carecen de toda relevancia. Su único objetivo es encontrar a su hija, desaparecida meses atrás sin dejar rastro. Nadie en la multitud puede ofrecerle información y, cuando el evento se disuelve de manera abrupta, un grupo decide internarse aún más en el desierto para asistir a otra rave clandestina. Luis y Esteban los siguen casi por instinto, aferrándose a esa caravana errante como a la última posibilidad, sin saber que el viaje los conducirá a una zona de prueba de la que nadie saldrá indemne.
En este paisaje narrativo mínimo, la película despliega con fuerza el eje de la pérdida. No se trata solo de la desaparición que motiva el desplazamiento inicial, sino de una condición generalizada: vínculos rotos, identidades erosionadas, un mundo que parece haber abandonado cualquier promesa de estabilidad. La pérdida atraviesa los cuerpos fatigados, los silencios prolongados y la imposibilidad de recuperar un pasado que ya no es accesible. Luis va desprendiéndose progresivamente de sus señas de identidad, a través de pérdidas menores y mayores, hasta vaciarse de sí mismo y quedar en condiciones de atravesar el "sirat", ese camino estrecho entre el infierno y el paraíso. Buscar, aquí, no equivale a encontrar, sino a aprender a convivir con lo irrecuperable.
Frente a esa experiencia se inscribe la ascesis como respuesta silenciosa. Sirat propone una reducción sistemática de lo superfluo: menos palabras, menos explicaciones, menos seguridades. El viaje obliga a aceptar la fatiga, el riesgo y la incertidumbre como estados permanentes. Caminar, seguir adelante, buscando un equilibrio frágil entre instinto y razón, se vuelve una forma de sostener la existencia cuando el sentido deja de ser una promesa garantizada. Quienes persistan únicamente en la búsqueda del éxtasis hedonista, sin atravesar una transformación espiritual y apoyándose solo en lo instintivo, quedaran inevitablemente en el camino.
Este despojamiento se extiende a la construcción de los personajes secundarios, interpretados en su totalidad por actores no profesionales. Más que individuos definidos, aparecen como una comunidad flexible y solidaria, de la que apenas conocemos procedencias o historias personales. Incluso las marcas visibles en sus cuerpos, amputaciones o heridas, no reciben explicación alguna. Se privilegia así una percepción colectiva, casi tribal, donde la identidad se diluye en la experiencia compartida del ritmo, la intemperie y el desplazamiento, reforzando la sensación de tránsito sin raíces ni destino fijo.
Sirat confirma al director Oliver Laxe como una de las voces más singulares del cine europeo contemporáneo. Habitual del Festival de Cannes desde You Are All Captains (2010), Mimosas (2016) y Lo que arde (2019), estrenadas en secciones paralelas y celebradas por su radicalidad formal, el cineasta franco-gallego accede aquí por primera vez a la competencia oficial. El Premio del Jurado reconoce una trayectoria coherente más que un giro estilístico: lejos de suavizar su propuesta, Laxe profundiza una poética exigente que explica la recepción dividida de la película, resistente al consumo rápido y ajena a cualquier cálculo de complacencia. No es casual que Andrei Tarkovski sea una de sus referencias tutelares.
Lejos de ser un ejercicio puramente cerebral, Sirat se afirma como una experiencia profundamente sensorial. La fricción entre los paisajes áridos, de resonancias arcaicas, y la música electrónica genera un choque constante entre naturaleza y artificio. En uno de sus momentos más logrados, imagen y sonido se funden en una unidad hipnótica que sugiere una forma precaria de comunión, antes de volver a separarse de manera abrupta. La película no ofrece revelaciones ni cierres reparadores, pero sí una lucidez austera: aceptar la pérdida sin prometer redención y hacer del despojo una forma mínima, aunque persistente, de estar en el mundo.
Pensada para ser vivida en una sala de cine, por su imagen granulosa, deliberadamente alejada de la pulcritud digital, y por el ritmo hipnótico de la música electrónica capaz de inducir un estado cercano al trance, Sirat -recientemente nominado al Oscar a la mejor película internacional- es una de esas raras sorpresas que la pantalla grande depara muy de vez en cuando, y que reconectan al espectador con algo esencial y profundamente humano.
Imperdible.
La llegado a las plataformas la película nacional más taquillera del año pasado, un título sobre el que se ha escrito abundantemente y que ha sido objeto de denuestos, múltiples lecturas y apropiaciones desde distintos sectores políticos. Concebida como un vehículo para el lucimiento de uno de los actores más populares del país, Guillermo Francella, la película le permite encarnar dieciséis personajes distribuidos en igual número de viñetas. Esta estructura remite de manera directa a la tradición de la commedia all'italiana, un subgénero cinematográfico de gran auge entre las décadas del cincuenta y del ochenta, caracterizado por la combinación de humor satírico, elementos grotescos y un trasfondo amargo, utilizado para retratar las crisis sociales y las tensiones de la clase media.
En Homo Argentum, los valores ideológicos no se presentan como consignas explícitas, sino como una corriente subterránea que atraviesa el relato y su puesta en escena. La película construye una sátira amarga sobre la subjetividad contemporánea de un sector específico de la sociedad argentina, más precisamente de la clase media y media alta porteña, utilizando el humor incómodo y la exageración como un espejo deformante de lo real, algo que suelen ejercitar con mayor o menor suerte los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat en productos como El encargado, Nada y El hombre de al lado.
En primer lugar, el film articula una crítica al fetichismo del dinero como principio organizador de la vida social. El "argentum" del título no remite únicamente a la plata o a la etimología del nombre del país, sino a una lógica mental en la que el dinero funciona como medida del valor humano, del éxito, del deseo y de la pertenencia. Los vínculos, las aspiraciones e incluso la identidad de varios de los personajes aparecen colonizados por esa racionalidad económica, lo que pone en evidencia una ideología que reduce la experiencia vital al cálculo, el rendimiento y la acumulación.
En segundo término, la película expone una visión desencantada del individualismo neoliberal. El sujeto plural de Homo Argentum es autosuficiente solo en apariencia: detrás del discurso de la iniciativa personal y de la supervivencia astuta se oculta una profunda precariedad afectiva y moral. La ideología dominante es así cuestionada al mostrar cómo ese individualismo produce aislamiento, paranoia y una sensación constante de amenaza, más que libertad o realización personal.
Otro eje central es la crítica a la masculinidad hegemónica, asociada al éxito económico, al control y a la negación de la vulnerabilidad. Algunos personajes encarnan un modelo masculino agotado, sostenido más por gestos performativos que por convicciones reales (el chanta bravucón ante las cámaras de televisión pero una ovejita en el momento de la acción). La película sugiere que esta masculinidad resulta funcional al sistema económico que la produce: competitiva, defensiva, incapaz de empatía y siempre al borde del colapso.
También puede leerse el film como una condensación de los temores y angustias propios de esos sectores sociales: la partida de los hijos hacia otros destinos en busca de un mejor pasar, la culpa frente a quienes tienen menos, el miedo al "morocho" que te puede asaltar, la falta de asunción de responsabilidades ante las transgresiones cometidas, la incapacidad para actuar con eficacia en los ámbitos para los que se ha sido elegido o designado, como ilustra con particular elocuencia el breve episodio del presidente. A ello se suma la necesidad de aparentar lo que no se es, visible en el segmento del director de cine, o la idealización infantil de la tierra de origen de los abuelos inmigrantes, entre otros motivos recurrentes.
Finalmente, la película sostiene un valor ideológico central: la desconfianza hacia los relatos de progreso y éxito. No hay aquí épica de ascenso ni redención clásica. El tono irónico y, por momentos, cruel del film sugiere que el conflicto de fondo no es meramente económico, sino existencial: qué tipo de sujetos produce una sociedad que convierte todo en mercancía, incluso el yo. Homo Argentum no ofrece una salida clara, más allá de la imagen recurrente del aeropuerto de Ezeiza, pero sí deja una pregunta persistente flotando en el aire, como una mueca incómoda que el espectador no puede eludir.
Recomendada.
Ya en su segunda temporada, el título remite al hospital de Pittsburgh y, más específicamente, a su sala de emergencias, escenario de una jornada laboral de quince horas. En la primera temporada, la estructura del guion se organizó a partir de una premisa clara: cada episodio cubre aproximadamente una hora en tiempo casi real dentro de la guardia, un recurso que imprime a la narración una sensación constante de presión y acumulación. Esta unidad temporal impide que los conflictos se resuelvan de manera aislada y favorece su superposición y diálogo, dando forma a un arco horizontal que culmina en un gran evento traumático. De este modo, la serie retoma las raíces del género popularizado en los años noventa por ER Emergencias, el título que lanzó a la fama a George Clooney.
El eje humano y moral del relato es el doctor Michael "Robby" Robinavitch, jefe de la guardia, interpretado por el totémico Noah Wyle, cuya presencia establece un puente explícito con la tradición inaugurada por aquella serie. Su función excede la de simple coordinador médico: Robby encarna la conciencia ética del relato, un profesional que insiste en la compasión incluso bajo condiciones de agotamiento extremo y recortes presupuestarios y heridas del pasado que no han cicatrizado. A su alrededor gravitan médicos jóvenes en su primer día de trabajo, personal de enfermería y paramédicos que representan distintas formas de vocación y desgaste, configurando un elenco coral en el que cada intérprete propone una variación del mismo dilema central: cómo seguir siendo humano cuando el sistema parece diseñado para erosionar esa posibilidad.
Los casos clínicos funcionan como viñetas de diagnóstico social. Padres antivacunas con una hija enferma de sarampión, un alcohólico crónico convertido en habitué de la guardia o una mujer con anemia falciforme desatendida por prejuicios de género abren ventanas hacia problemáticas más amplias, como la mercantilización de la salud, la burocracia asfixiante, la violencia contra el personal sanitario, la crisis de los opioides o la omnipresencia de las armas de fuego. La serie logra que estos temas emerjan sin adoptar un tono aleccionador, integrándolos de manera orgánica a la experiencia cotidiana del hospital.
En su tramo final, la narración se precipita hacia un atentado masivo que desborda por completo la capacidad de respuesta de la institución, y es allí donde la puesta en escena alcanza algunos de sus momentos más potentes, apoyándose en silencios cargados de sentido. The Pitt se revela entonces como algo más que un drama médico: una reflexión sobre el costo humano de sostener un sistema en crisis permanente. El doctor Robby, acompañado por un equipo interpretado por actores como Tracy Ifeachor, Patrick Ball, Katherine LaNasa, Supriya Ganesh y Fiona Dourif, encarna un raro polo de calma en medio del caos, mientras la serie sugiere, con melancólica lucidez, que las sociedades contemporáneas corren el riesgo de consumir precisamente a quienes mejor saben cuidarlas (y a los que tan mal remunera. Aunque -si en un día de trabajo suceden tantas cosas- ningún médico debería cobrar menos de 200 mil dólares por mes).
La segunda temporada, de la que ya se han emitido tres de sus diez episodios, añade nuevos personajes y acentúa la presión sobre el staff médico y de enfermería ante la amenaza de mayores recortes presupuestarios. Sin un segundo para el aburrimiento, profusa en operaciones sangrantes y situaciones de alta carga emotiva, la serie mantiene su pulso narrativo sin desfallecimiento y justifica cada uno de los premios que viene acumulando, tanto en los Emmy como en los Globos de Oro.
Muy recomendada.
Este documental reconstruye uno de los secuestros más conmocionantes de Estados Unidos partiendo de un argumento que combina la crónica policial con el testimonio personal. Elizabeth Smart tenía 14 años cuando, en junio de 2002, fue raptada de su propia habitación mientras dormía. El secuestrador entró en la casa sin ser advertido por los padres y se la llevó ante la mirada silenciosa de su hermana menor, que fingió dormir. A partir de allí, la película sigue la búsqueda desesperada que se extendió durante meses, pese a la movilización pública, la enorme cobertura mediática y la recompensa ofrecida por la familia, mostrando lo difícil que resultó localizar a la adolescente.
El documental subraya el rol central de Elizabeth Smart, no solo como víctima del crimen sino como narradora de su propia experiencia. Su voz articula el relato retrospectivo y permite acceder a las consecuencias psicológicas del secuestro, a la manipulación y al control extremo a los que fue sometida, y al estado de profunda alienación en el que se encontraba cuando finalmente fue hallada. El guion no descubre datos nuevos sobre el caso, pero adquiere fuerza al poner el foco en cómo Smart recuerda y procesa lo vivido, desplazando parcialmente el interés desde el enigma criminal hacia el impacto íntimo del trauma.
Un elemento decisivo del film es el marco religioso en el que se inscribe la historia. Tanto los secuestradores como Elizabeth y su familia pertenecían a un entorno mormón profundamente creyente, y la película muestra cómo esas creencias influyeron en la dinámica del abuso y en la reacción posterior. La fe aparece como un sistema de valores que condiciona la obediencia, la culpa y el silencio, y que fue instrumentalizado por los perpetradores para ejercer control psicológico. Al mismo tiempo, el documental deja entrever cómo ese mismo marco religioso moldeó la respuesta familiar y pública al suceso, sin adoptar una postura abiertamente crítica, pero tampoco neutral.
Dirigida por Benedict Sanderson, la película alterna material de archivo con entrevistas actuales y construye el tramo de la investigación como un relato casi detectivesco, invitando al espectador a seguir pistas y sospechosos. Sin caer en un sensacionalismo extremo, tampoco arriesga en términos formales o narrativos: cumple con eficacia su función informativa y emocional, consciente de que su público busca ante todo una historia impactante.
Recomendada.
Una de las mejores producciones de la BBC, basada en la celebérrima novela de Jane Austen, está ambientada en la Inglaterra del siglo XIX, y narra la historia de la familia Bennet, integrada por cinco hijas en edad casadera cuyo futuro depende en gran medida de lograr matrimonios ventajosos. La estabilidad económica del hogar está en juego, ya que, sin herederos varones, la propiedad familiar podría perderse. En ese contexto, Elizabeth Bennet se distingue del resto por su decisión de no casarse por conveniencia, sino únicamente por amor, una postura que la coloca en tensión tanto con las normas sociales como con las urgencias familiares. La llegada de nuevos pretendientes al vecindario, especialmente el acaudalado señor Bingley y su enigmático amigo el señor Darcy, desencadena una serie de encuentros, malentendidos y revelaciones que pondrán a prueba prejuicios, sentimientos y jerarquías sociales.
La trama se desarrolla en un mundo donde los bailes y reuniones sociales funcionan como escenarios privilegiados para el cortejo y la negociación matrimonial. La señora Bennet vive obsesionada con casar a sus hijas y asegurar así el honor y la supervivencia económica de la familia, mientras que el señor Bennet observa la situación con distancia irónica. Entre las hermanas, las más jóvenes se dejan llevar por impulsos y flirteos poco prudentes, mientras que Jane, la mayor, encarna la dulzura y la discreción, convirtiéndose rápidamente en objeto de interés del señor Bingley. Estas dinámicas familiares y sociales configuran un delicado equilibrio entre el deseo personal y la obligación social.
El conflicto central se intensifica con la figura del señor Darcy, interpretado por Colin Firth con gran fineza (este papel lo convirtió en estrella), cuya actitud reservada y franqueza poco diplomática generan un rechazo inmediato. Elizabeth, encarnada por la encantadora Jennifer Ehle, choca con él en repetidas ocasiones, dando lugar a diálogos cargados de ironía y tensión. Sin embargo, a medida que se suceden los encuentros, la imagen inicial de Darcy comienza a resquebrajarse. Un malentendido amoroso, una declaración inesperada y una serie de acontecimientos que involucran a la familia Bennet obligan a Elizabeth a reconsiderar sus juicios y a enfrentar la complejidad de sus propios sentimientos.
Esta versión televisiva de 1995, se presenta como una miniserie de seis episodios con una duración total cercana a las seis horas, lo que permite un desarrollo más detallado de personajes, relaciones y contextos que el film de 2005 con Keira Knightley, resuelto en apenas dos horas como si fuera un telegrama. La adaptación se beneficia de este formato extenso para explorar con mayor fidelidad el trasfondo social y psicológico del texto original de Jane Austen, publicado en 1813, casi de manera contemporánea a la época en que se sitúa la historia. Así, la serie no solo recrea un romance clásico, sino que ilumina con precisión las tensiones de clase, género y moral que atraviesan la novela.
Muy recomendada.