Victoria Murillo: "Milei destruyó confianza, y ahora todo debe pagarlo"

Victoria Murillo, politóloga argentina y profesora en la Universidad de Columbia, conversa con El Economista con rigor y calidez: piensa en grande, baja a tierra, y no le esquiva a las preguntas incómodas. Con oído para la época y ojo para los matices, Murillo enlaza biografía, ciencia política y coyuntura para leer el presente argentino, sin bajar línea.
- 🧑🏫 Victoria Murillo es profesora en la Universidad de Columbia y será la próxima directora del Departamento de Ciencia Política de la universidad.
- 🎓 Formación y trayectoria: licenciatura en Ciencia Política en la UBA; maestría y doctorado en Harvard; profesora en Yale y Columbia; dirigió ILAS en Columbia.
- 📚 Libros y enfoques clave: Sindicatos, coaliciones partidarias y reformas de mercado en América Latina; Non-Policy Politics; Understanding Institutional Weakness; La ley y la trampa; entre otros.
- 🌍 Enfoque regional y comparativo: analiza América Latina con énfasis en México, Venezuela y Argentina; estudia reformas neoliberales, sindicalismo y políticas públicas.
- 🧭 Metodología: destaca la importancia de la investigación empírica y el análisis comparativo para entender políticas públicas y coaliciones.
- 🇦🇷 Identidad y acento: mantiene el acento porteño y una identidad argentina integrada en su vida académica en Nueva York.
- 🧠 Origen y familia: nacida en Buenos Aires; padre peruano periodista; madre abogada laboralista y militante; infancia en Recoleta y educación en el Pellegrini.
- 🎒 Trayectoria de adolescencia: recuerda el Colegio Carlos Pellegrini, la dictadura y la transición democrática; vínculos y amistades que perduran.
- 💪 Militancia juvenil: participó en el Frente Secundario Intransigente y forjó una red de amigos que siguen presentes en su vida.
- 📸 Anécdota de 1983: durante una marcha, levantó una cámara caída para devolverla a su dueño, reflejando su ética de cuidado.
- 🗺️ Trabajo de campo actual: año sabático (2025-2026) con investigación sobre áreas protegidas y conservación de tierras en América Latina, con entrevistas cara a cara.
- 🏛️ Plan para 2026: tras el año de investigación, asume la dirección del Departamento de Ciencia Política en Columbia.
- 🤝 Proyectos editoriales futuros: con Gabriel Kessler, Los fundamentos sociales del descontento político en América Latina (Cambridge, 2026); con Jorge Mangonnet, libro sobre conflicto agrario en Argentina y Paraguay.
- 🌐 Análisis sobre Milei: sostiene que Milei comete errores innecesarios; la capacidad de construir coaliciones depende de credibilidad y de entender la intertemporalidad de la política.
- 💬 Futuro político argentino: destaca la necesidad de una coalición o un nuevo relato para el peronismo; las terceras vías tienen desafíos y no hay consenso claro.
- 🔎 Rol de redes sociales: las redes amplifican el descontento, pero generan movilización sin organización; hace falta construcción de comunidades estables para sostener cambios.
- 🌍 Patrones regionales: descontento generalizado impulsado por economía, corrupción, inseguridad y desigualdad; la izquierda debe repensar su oferta ante estos temas.
- 🧠 Mirada sobre el futuro: la complejidad de reformas y la necesidad de liderazgo claro para evitar polarización cada vez mayor.
- 📌 Cierre y ética profesional: Murillo subraya la importancia de cuidar lo registrado en la entrevista y de mantener una fuerte ética de trabajo y de investigación de campo.
Victoria Murillo, profesora en la Universidad de Columbia, en Nueva York —y próxima directora del Departamento de Ciencia Política—, vuelve por unas horas a un rincón íntimo de la ciudad: a pocos metros de la que había sido la casa de sus padres. La ciudad tiene ese aire de regreso, como si Buenos Aires ofreciera un pasadizo secreto hacia el pasado. Murillo charla con El Economista en un café de Palermo-Recoleta, a fines de diciembre de 2025.
En la mesa, Victoria cuida el micrófono de la entrevista por cortesía. En el café por momentos hay ruido, hay platos, hay una música que se cuela; ella chequea que se escuche bien, que la charla no se pierda en el fondo. Ese cuidado, esa atención, dice bastante de su forma de estar en el mundo.
Murillo vive hace años en Nueva York y da clases en Columbia, aunque el acento porteño no cedió. No lo negocia: el acento como marca, como pertenencia, como forma de sostener un hilo con Buenos Aires. Habla de su identidad y se ríe con una frase que le quedó pegada: alguien le dijo que ya era hora de "hablar el inglés como local neoyorkina" y la respuesta fue que no había ganas porque es parte de su identidad. Por eso se lee en su biografía de X un guiño a Sting: "You can hear it in my accent when I talk, I'm an Argentine in New York".
Murillo hizo la licenciatura en Ciencia Política en la UBA; maestría y doctorado en Harvard; luego fue profesora en Yale; más tarde en Columbia. En la conversación, el recorrido profesional se puebla de personas, de amistades y de ciudades. Cita nombres propios con una lealtad típicamente argentina: amigos del Carlos Pellegrini, del Partido Intransigente, colegas que se volvieron imprescindibles, amistades que sobreviven al Atlántico.
Murillo nació en Buenos Aires, aunque su padre era un periodista peruano que había venido a la Argentina a estudiar Medicina. No terminó la carrera médica y empezó a trabajar como periodista. Su madre, por su parte, era una renombrada abogada laboralista y militante politica y feminista.
La infancia de Victoria Murillo, quien es hija única, fue en la calle Ecuador, entre Arenales y Santa Fe; su primaria fue en una escuela pública de Recoleta; la mudanza fue a los 13 al mismo barrio donde hoy transcurre la entrevista con El Economista, cerca de Agüero y Santa Fe.
Después llegó el secundario: el Colegio Carlos Pellegrini. Entró en 1981, todavía en dictadura. Allí Murillo aprendió el oficio de estudiar lo que la "ayudó muchísimo en el doctorado". También aprendió del clima histórico: la transición democrática dentro del aula, el Centro de Estudiantes, el despertar de una política que ya rondaba su casa. "Tengo una relación muy cercana con la gente con la que atravesé esa adolescencia. Fue un momento muy lindo. El Pellegrini me marcó muchísimo y muchos de mis mejores amigos son del 'Pelle'. Tengo amigos incluso en Nueva York. Una amiga muy cercana es médica allá. Otros están en la academia", narra al sentirse afortunada.
En la casa se hablaba de política "todo el tiempo". La madre militó un tiempo en el peronismo de los años ochenta; el padre había militado en la izquierda.
Murillo evoca con nitidez una marcha del 16 de diciembre de 1983: gases lacrimógenos, corridas, y la noticia brutal de un chico que murió en una esquina cercana. En medio de esa confusión, Victoria vio una cámara de fotos tirada en el piso —la cámara de un militante del Centro de Estudiantes— y la levantó para que no se perdiera. "Me acuerdo de levantar la cámara y correr", dice. "Después mi mamá me encontró." Victoria Murillo vuelve a su casa con la cámara, llama a conocidos y, al final, da con el dueño: se la devuelve. La política como riesgo, y al mismo tiempo como cuidado.
La militancia adolescente tuvo nombre propio: el Frente Secundario Intransigente, la rama escolar del Partido Intransigente. Murillo lo recuerda como una alternativa de izquierda que no era el Partido Comunista; otra vía frente al peronismo y al radicalismo, y un lugar donde cultivó amistades. En su relato aparece una constelación que, con el tiempo, se volvió conocida: Gabriel Kessler, Ernesto Semán, Gabriel Puricelli. "Mucha gente del PI sigue en mi vida".
El Partido Intransigente no llegó al poder real, en su lectura, por una razón estructural: la política argentina, desde 1945, se organizó en torno a una opción peronista y otra no peronista. Ese sistema dejaba poco espacio para un tercer partido con ambición nacional.
En 1985 terminó el "Pelle" y ella ya sabía que su camino eran las ciencias sociales, aunque dudaba entre Antropología y Ciencia Política. Tocó puertas: buscó al director de Antropología para que le explicara de qué trataba esa disciplina; habló con el profesor Ricardo Sidicaro para entender más sobre Sociología.
La decisión, al final, tuvo forma de caminata y de amistad. Murillo iba y volvía con Mario Pecheny, amigo íntimo desde el colegio, "un hermano" y compañero de militancia. "En una caminata me dijo: anotate en Ciencia Política; es mejor." Y quedó la broma que aún los hace reír: en Estados Unidos hay politólogos en todos lados, "hasta en los supermercados". El chiste funcionó como argumento: si había un mundo donde la disciplina servía, valía la pena entrar.
Ya en la UBA, en Ciencia Política, recuerda Murillo, dominaba la teoría, y ese énfasis le dio un primer vocabulario para pensar la política.
Al concluir su licenciatura, a sus 23 años fue a estudiar una maestría a Harvard, lugar con "bibliotecas que parecían infinitas". Harvard también le dejó una predilección: la investigación empírica. "Yo ya había estudiado mucha teoría política. En Buenos Aires había estudiado principalmente teoría política, pero no tanto estudio empírico. Eso fue lo que más me gustó."
La vida académica, aclara, le resultó "muy competitiva". Aun así, sobrevivió al costo emocional del mérito.
La distancia le permite reflexionar sobre América Latina en su conjunto. "Todos los países funcionan de modo autorreferencial", dice. Y, de pronto, la idea repetida de que los argentinos "somos únicos" se resquebraja. Los chilenos se creen únicos; los mexicanos también; los venezolanos también. El patrón es ese: la singularidad como ilusión nacional.
En esa perspectiva comparativa se ancla su tesis doctoral trabajada también en Harvard: una comparación entre México, Venezuela y Argentina. Tres países con partidos atados al sindicalismo que, al mismo tiempo, adoptaban reformas neoliberales.
De esa tesis doctoral —y de esa mirada que compara para ver patrones— se publicó su primer libro en 2001, de Cambridge University Press: "Sindicatos, coaliciones partidarias y reformas de mercado en América Latina".
Puede también destacarse, entre otros libros, el de 2009 publicado por Cambridge "Competencia política, preferencias partidarias y política pública en la reforma de los servicios públicos en América Latina", un texto sobre privatizaciones y regulación que sigue el rastro de cómo la competencia política y las preferencias partidarias moldean políticas públicas que parecen meramente técnicas, aunque afectan intereses enormes.
También "Non-Policy Politics" de 2019, en coautoría junto a Ernesto Calvo: un trabajo sobre estrategias electorales en sociedades desiguales, donde los partidos aprenden a interpelar distinto a votantes pobres y a más acomodados, y esa adaptación reordena promesas y agendas. Ese mismo año, con Daniel Brinks y Steven Levitsky, publicó "Understanding Institutional Weakness: Power and Design in Latin American Institutions", una pieza que propone una tipología: la debilidad institucional como combinación de diseño y poder.
Asimismo, en 2021 se lanzó "La ley y la trampa en América Latina" publicado por Siglo XXI Editores, en coautoría nuevamente con Daniel Brinks y Steven Levitsky. El libro reflexiona sobre cómo se convive en la región con reglas formales que, en la práctica, se doblan, se eluden o se aplican a medias, y cómo esa distancia entre norma y realidad produce efectos políticos duraderos.
Y Murillo, naturalmente, es docente: primero hizo su postdoctorado en Harvard y en la Russell Sage Foundation; luego dio clases en Yale —en New Haven, Connecticut—. Después, cuando llegó la oferta de Columbia, Murillo no dudó y eligió Nueva York, "lo más parecido a Buenos Aires". La ciudad como trama, como densidad, como posibilidad de una vida fuera del campus: también como el lugar donde ya trabajaba su marido, Ernesto Cabrera, politólogo de la UBA.
En Columbia Murillo dirigió el Instituto de Estudios Latinoamericanos (ILAS) durante un mandato que ya terminó. Como politóloga dejó una regla: no más de una reelección.
En este año sabático —que va de julio de 2025 a julio de 2026— se corre de la oficina y vuelve a lo que más le gusta: el trabajo de campo. Una investigación nueva sobre áreas protegidas en América Latina, conservación de tierras, entrevistas cara a cara en distintos países.
"Lo que más gusta es investigar y hacer trabajo de campo. Me cuesta no volver a América Latina".
"Lo que más gusta es investigar y hacer trabajo de campo. Me cuesta no volver a América Latina"
El tema de conservación tiene, para Murillo, una tensión clara: un bien público global —biodiversidad, clima— frente a un costo local. Cuando un país define un área protegida, decide no usarla para producción. Eso arrastra un costo para el Estado, para la economía y, sobre todo, para la población local, que pierde usos de ese territorio.
Cuando termine el año de investigación, a mitad de 2026, asumirá como directora del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Columbia.
Murillo cuenta que vienen libros nuevos. Uno, con Gabriel Kessler: "Los fundamentos sociales del descontento político en América Latina", con salida prevista por Cambridge University Press en el primer semestre de 2026.
En ese libro, Murillo y Kessler parten de una escena regional que, a esta altura, parece un clima de época: estallidos y malestar en países distintos —Ecuador, Chile, Colombia—, protestas, gobiernos que tambalean, y una pregunta sobre qué sostiene, socialmente, la legitimidad democrática cuando el bienestar no mejora y las instituciones fallan.
"Los fundamentos sociales del descontento político en América Latina" evalúa el descontento como un crucigrama de señales: deterioro económico que se vuelve experiencia cotidiana; corrupción que ya no se procesa como excepción, sino como paisaje; inseguridad que rompe la vida en el barrio; y una mediatización permanente que intensifica la comparación social. Bajo ese cuadro, el repertorio ciudadano oscila entre "voice" y "exit": protesta, movilización, aunque también abstención, retirada, desenganche.
El malestar, según Murillo y Kessler, no solo cambia de intensidad: cambia de forma. Puede traducirse en polarización, en outsiders, en derechas radicalizadas o en una oposición que gana más por rechazo que por entusiasmo.
El otro libro en camino lo escribe con Jorge Mangonnet —coautor y colega de investigación— y gira en torno al conflicto agrario. También saldrá por Cambridge, con estudios de caso en Argentina y Paraguay, y comparaciones con Bolivia y Brasil. A Murillo la entusiasma una apuesta: usar una misma teoría para explicar el conflicto campesino y el de los productores rurales, dos mundos que la literatura suele separar. "En el nuevo libro se los piensa como actores políticos a ambos", dice, y se permite una sonrisa: es un libro "divertido".
Antes de abordar el tramo más coyuntural de la charla con El Economista, Victoria Murillo vuelve al micrófono: revisa otra vez que todo quede registrado. Un gesto de respeto por el trabajo compartido. En medio del ruido del bar, esos detalles definen si una conversación queda nítida o se pierde. Murillo, quien en aquella marcha de los años ochenta levantó del piso una cámara ajena para que no se extraviara y después la devolvió a su dueño, parece haber conservado esa ética: hacerse cargo de lo que, por un rato, queda en manos de uno. Con ese mismo cuidado reflexiona sobre el presente.
—"La victoria ha reabierto la posibilidad de que Milei construya las coaliciones legislativas necesarias para aprobar reformas libertarias", escribís en Foreign Affairs. ¿Será posible que Milei construya esas coaliciones legislativas en el Congreso?
—Milei viene cometiendo errores innecesarios. La posibilidad de una coalición existía desde el momento de la victoria en 2023. La capacidad no es tan clara. Hay errores no forzados.
Milei destruyó confianza, y ahora todo debe pagarlo. La política tiene mucho intercambio intertemporal: no funciona como el mercado, donde se paga y se recibe el producto en el mismo momento. En política, muchas veces se hace algo hoy y el pago llega después. El crédito es fundamental. Crédito significa que se confíe. Y eso parece algo que esta administración no domina: el problema de la credibilidad. Y, junto con eso, la construcción de procesos de más largo plazo.
Esa es una diferencia grande con el menemismo. El menemismo también construyó coaliciones pagando, e incluso hizo reformas más dramáticas. Pero existía la idea de intertemporalidad: confianza, secuencia. Hoy pago, mañana recibo; hoy recibo, mañana pago. Eso aparece ausente en el mileísmo.
"Milei viene cometiendo errores innecesarios"
—Sobre los cambios sociales y culturales en la Argentina que eventualmente influyeron en la irrupción de Milei, ¿qué puede reflexionarse?
—Milei estuvo en el lugar adecuado en el momento adecuado. Tenía a favor ser un economista mediático. En un contexto en el que la economía —como casi siempre en la Argentina— estaba en el centro de las preocupaciones, venía con una promesa económica. Y, además, decía que iba a ser duro: había que cruzar el desierto para llegar.
Entonces, cuando al principio la situación fue dura, muchos sintieron que era lo que se había prometido. No hubo engaño. Ahora falta ver si se llega 'del otro lado', a la tierra prometida.
El tema del emprendedurismo, la informalidad y la economía de plataformas es que generan un mercado de trabajo muy desarticulado, lo que también pesa.
Milei supo leer esa desesperación. Además, el cuentapropismo en la Argentina viene de siempre: en los años noventa, taxis y kioscos que surgieron de las privatizaciones eran "emprendimientos". La gran diferencia es que los jóvenes no ven futuro. Y no es solo Argentina. Especialmente entre jóvenes de clases populares, aparece la sensación de que el esfuerzo y la educación no rinden. Hay un quiebre y Milei lo interpretó. Es más bien un síntoma que una solución, Milei encarna el enojo.
—¿Evaluás que el auge actual de los hidrocarburos y la industria del petróleo podría funcionar para Milei como funcionó en su momento el auge de las materias primas para el kirchnerismo?
—Es el mismo modelo desde el siglo XIX: las materias primas como columna medular del plan económico. El problema es que estos sectores no crean empleo.
Los hidrocarburos, la minería, el campo son sectores intensivos en capital y muy poco intensivos en trabajo. Y si realmente hubiera un boom, debería apreciarse la moneda, con lo cual vuelve el problema histórico de la Argentina con el dólar.
En un contexto en el que, además, el dólar probablemente caiga de valor en el mundo, en Argentina el peso se fortalecería. Y aparece otro problema: Argentina está ahora muy expuesta a Estados Unidos.
—¿Qué pasa si Estados Unidos entra en una crisis financiera?
—No se sabe. Ya hay un costo político para Trump por haber ayudado a Milei. Llama la atención, porque —leyendo diarios y escuchando podcasts— daba la impresión de que Argentina no era relevante.
Ahora, en cambio, Argentina aparece. Ciudadanos estadounidenses que no llegan a fin de mes, costo de vida que sube, y Trump que "le regala plata" a su amigo Milei. Es parte del discurso politico demócrata a los votantes: ¿por qué ayudar a la Argentina y no a los norteamericanos? Y esto vuelve más costosa, políticamente, cualquier ayuda de Trump hacia la Argentina.
—Al analizar el 2027: ¿qué tendría que cambiar en el comportamiento político del Gobierno para pasar de capitalizar descontento a construir un orden político más estable?
—El gobierno tendría que construir una coalición política. Y da la impresión de que ni siquiera hay acuerdo interno sobre cómo hacerlo. Están quienes quieren negociar y tratar de aprobar las reformas, y otros en el gobierno que entienden que deben crear su propio espacio y después ver cómo se aprueban las reformas.
No parece claro qué quieren hacer ni cómo pretenden hacerlo: si buscan sumar voluntades, como en cierto modo hizo el menemismo o si quieren crear un partido desde cero.
Ambos caminos son difíciles en el contexto actual. Comprar voluntades sin crédito resulta más caro. Y crear un partido también es complejo: hay pocas experiencias exitosas. Algunas existen; hoy Morena, en México, aparece como una de las más logradas. Steve Levitsky publicó, junto con otros autores, un libro que muestra que, de todos los partidos que se crean en América Latina, solo dos o tres logran consolidarse. Es mucho más probable fracasar que conseguirlo.
"El gobierno tendría que construir una coalición política"
—En el libro Discutir Alfonsín escribís sobre las marcas que dejó Alfonsín en la evolución política posterior. ¿Cuáles dirías que serán las marcas que dejará Milei cuando termine su mandato?
—Milei abrió muchas discusiones que no se daban. Esa va a ser una marca. La discusión sobre el déficit fiscal, por ejemplo, quedó instalada, y es un tema que antes no tenía ese peso.
Parece que será difícil volver a un clima en el que existía cierto temor a cuestionar ideas. Incluso personas cercanas al progresismo sentían miedo de plantear dudas sobre acciones del kirchnerismo porque cualquier cuestionamiento podía percibirse como "de derecha".
Ahora se abrió un diálogo. Y se observa en distintos países: un diálogo más amplio sobre cómo pensar las cosas. A futuro, incluso quienes no coincidan con Milei van a tener que incorporar algunos de los temas que puso sobre la mesa, aunque sea para discutirlos desde otro lugar.
—¿Qué evaluación hacés del futuro del peronismo?
—Es el gran tema argentino. El peronismo hizo una de sus peores elecciones en 2023. No tiene liderazgo. Se le echa la culpa a Cristina, aunque ella no va a echarse a sí misma. Si no se acuerda con su figura, habrá que encontrar a alguien que la reemplace y no pretender que se auto-reemplace. A Saadi, en 1985, lo reemplazaron. A los mariscales de la derrota se les gana y se los reemplaza.
La incógnita es si habrá renovación y nuevo relato. El peronismo tiene a favor que no hay otra alternativa clara. El gobierno inventa oposiciones —Tapia, por ejemplo— porque no hay mucho enfrente. La forma más fácil de hacer política es polarizar.
El "Chiqui" Tapia es un objetivo eficaz: el fútbol lo sigue todo el mundo. El árbitro, el equipo, la jugada: se entiende más que la política.
—¿Qué interpretación hacés sobre las llamadas "terceras vías" como Schiaretti y Llaryora en Córdoba, Pullaro en Santa Fe, Nacho Torres en Chubut?
—Provincias Unidas no tiene un discurso nacional. Son sensatos, pero no emocionan. La política requiere pasión, y esa pasión no aparece. En cambio, Cristina y Milei saben conmover.
—¿La alternativa opositora puede llegar a captar votos de Milei en 2027?
—Depende de quién sea y de qué ofrezca la alternativa peronista. Milei tuvo votos peronistas, como Mandamni tuvo votos de Trump en la elección en Nueva York. Haría falta alguien que ofrezca algo creíble; eso implica una idea nueva. Kicillof ya fue ministro de Economía. Hará falta un nuevo relato.
—¿Y qué evaluación hacés de Kicillof?
—Cuando se pregunta en las encuestas quién es la oposición, Kicilliof no lleva una mayoría de las respuestas. Y para el votante medio Kicillof y Cristina son lo mismo, no se interpreta una capacidad para ofrecer algo nuevo. Haría falta otra persona, alguien que represente una novedad. Kicillof no ha sabido hasta ahora encarnar una renovación peronista.
—¿Qué rol cumplen hoy las redes sociales en la amplificación del malestar político y social en la Argentina?
—Cumplen un rol fundamental. Antes, cuando era chica, no solo no se sabía cómo vivían los ricos: ni siquiera se sabía si los compañeros habían hecho una fiesta y no te habían invitado. Hoy se sabe todo, y así aparecen sufrimientos que antes no existían.
La pregunta de esta época es '¿Cómo no estoy ahí, donde están los otros?'. Esa comparación permanente cambia las expectativas y los tiempos. Y generan movilización sin organización.
Que miles de personas puedan movilizarse sin organización real, solo por social media, tiene un costado positivo: es más difícil reprimir. Pero también tiene un costado negativo: no hay algo que sostenga la organización del movimiento.
—¿El descontento desorganizado puede resultar menos eficaz para ciertos cambios políticos?
—Definitivamente. El descontento desorganizado no conduce a cambios políticos. Y algo que la derecha hizo bien fue montarse sobre comunidades.
En Estados Unidos se observa con las iglesias evangélicas; en Brasil también. Son espacios donde la gente se reúne todas las semanas, se conoce, se ayuda, construye confianza. Las religiones ofrecen comunidad.
Antes, esa comunidad también la ofrecían los partidos políticos. Ya no. Los clubes tampoco porque se volvieron prestadores de servicios —casi como gimnasios—; los sindicatos, algo similar. No abundan comunidades alternativas desde el progresismo. No aparece creación de comunidad y organización, que es clave para cualquier proyecto de cambio.
La falta de comunidad, como escribió Durkheim, puede generar soledad, angustia, anomia.
Hace poco se publicó una encuesta —publicada en el New York Times— que muestra que los jóvenes se sienten más solos que los adultos mayores. La sensación de soledad entre los mayores de 65 es menor que entre quienes tienen menos de 30 años.
—¿Los cambios políticos en América Latina tienen un patrón común?
—El patrón común es el descontento. Los gobiernos no logran proveer lo que la gente quiere y, con pocas excepciones, gana la oposición. Como escribió Schumpeter: cambian a los que están en el poder.
En los años noventa, daba casi lo mismo qué se votaba: las políticas terminaban siendo similares por las limitaciones externas. Con la crisis de fines de los noventa llegó un momento de protesta regional. Se votó contra los incumbentes neoliberales y la alternativa fue la izquierda.
La izquierda llegó con el boom de las commodities en los años 2000. Hubo suerte: tras el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio, cambió la economía mundial. Asia pasó a ser central; América Latina, como productora de materias primas, se benefició. Hubo reprimarización, sobre todo al sur del Canal de Panamá; en Centroamérica y el Caribe, más vinculados a Estados Unidos, ocurrió lo contrario. En México, por ejemplo, prosperó la manufactura.
En Sudamérica, reprimarización y boom de commodities. Durante el boom, la mayoría de los gobiernos fue reelegido. Muchos eran de izquierda; los que no lo eran —como Uribe en Colombia— también ganaron la reelección. Hoy, otra vez, se busca al que está afuera del poder.
También existe un momento internacional marcado por mucho descontento, en el que la derecha presenta una idea nueva, un relato nuevo, mientras la izquierda todavía no lo consigue. No es solo un problema de la Argentina. En América Latina, el tema clave —donde la izquierda realmente necesita repensar fórmulas— es el crimen.
La inseguridad es un problema muy grave también en Europa y la izquierda no tiene una oferta clara sobre qué hacer para resolverlo. La derecha llega con propuestas como la "mano dura". En general, la mano dura no funciona, pero ofrece algo concreto. Y la gente está indignada.
Y no es solo América Latina ni solo la Argentina. Es un problema más amplio de la izquierda. Tampoco hay un discurso claro sobre qué hacer con la economía en un momento de transformaciones internacionales y tecnológicas que desarticulan la organización del trabajo.

