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Escasez de nuggets

Escasez de nuggets
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Quizás el verdadero síntoma no sea la escasez de nuggets, sino la escasez de figuras que sepan cuándo hablar, cuándo callar y cuándo poner el cuerpo.

AI
  • 🎬 Frase "Escasez de nuggets" funciona como una radiografía de liderazgos y obsesiones en tiempos de realidad aumentada.
  • 🇦🇷 Una afirmación del ministro Federico Sturzenegger dice que "Los argentinos que viajan al exterior son héroes de la producción", contextualizada con un apagón y Buenos Aires a oscuras.
  • 💡 La película sugiere que la épica del líder pesa más que la economía; la prioridad aparece como una narrativa heroica.
  • 🚆 El anuncio de casi dos meses sin servicio del tren Mitre agrava la sensación de que lo básico está desatendido.
  • 🎭 Tres modelos de padre en la historia reflejan tres estilos de liderazgo: Rocketman, Lockjaw y Sensei San Carlos.
  • 🧒 Rocketman representa buenas intenciones que llegan tarde al momento del caos.
  • 🗣️ La conexión con Fernández se muestra en el megáfono del velorio de Maradona, intentando ordenar desde la palabra que grita.
  • 🔪 Lockjaw personifica un orden duro y violento que aplasta la disidencia y el cuidado.
  • 🥋 Sensei San Carlos encarna una autoridad que enseña y cuida sin crueldad; una figura ausente en la política actual.
  • 🌍 A nivel global, surge la pregunta de si puede existir un liderazgo equilibrado en la jungla contemporánea.
  • 🕰️ En Argentina, la escasez de figuras que sepan cuándo hablar, callar y actuar no es solo de nuggets, sino de sentido y empatía.
  • 👊 Bullrich y Petri representan enfoques de mano dura; el 2026 podría requerir menos estatuas y más sentido práctico.

Hay frases que no explican una época: la delatan. "Escasez de nuggets" es una de ellas. Y surge en boca de uno de los "Caballeros de la Blanca Navidad" en "Una batalla tras otra", el reciente film de Paul Thomas Anderson. Vale decir: no emerge como un chiste privado, ni como un exabrupto de sobremesa.

Y tiene un enorme valor ya que, en tiempos de realidad aumentada, las frases livianas pesan más que los discursos solemnes. Funcionan como radiografías involuntarias del liderazgo, de sus obsesiones, de su escala de prioridades. 

Saliendo ya del campo de la ficción cinematográfica, una misión imposible siendo "la realidad" apenas un subgénero de la ficción; aquella frase viene al dedillo para aproximarse a una afirmación reciente del ministro de Desregulación y Transformación del Estado Federico Sturzenegger.

"Los argentinos que viajan al exterior son héroes de la producción". Y como en la imperdible película del director consagrado en 1997 con "Boogie Nights", tal aseveración no llega sola.

Al igual que en un Estados Unidos patas para arriba, el sorprendente latiguillo de nuestro inefable ministro llega acompañado por una ciudad a media luz, literalmente, con barrios enteros de Buenos Aires sin electricidad, ascensores detenidos y heladeras apagadas. En términos de un profesional de la palabra como Jorge "El Turco" Asís, una Buenos Aires "casi vacía y vaciada hasta de fe". 

En realidad, el razonamiento económico de Sturzenegger se entiende: los países ricos importan, exportan, se integran. Lo que descoloca no es la lógica, sino la épica. Declarar héroes en medio del apagón tiene algo de estatua anticipada, de monumento levantado mientras todavía falta comida en la mesa o nuggets en la góndola. Más aún, con el anuncio de por medio de interrupción del servicio metropolitano del tren Mitre por casi ¡dos benditos meses!

Cuando una sociedad empieza a preocuparse más por homenajear a supuestos héroes que por garantizar lo básico, algo del sistema entra en emergencia. No por escasez real, sino por desorientación simbólica. Y ahí es donde el cine, ese radar fino de las tensiones subterráneas, vuelve a ser una herramienta política de primer orden.

Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson no habla de Argentina. Pero como todo buen arte, la roza. La roza de costado, por contraste, por arquetipos. Tres modelos de padre recorren la película como fuerzas en pugna. Tres modos de ejercer autoridad, cuidado y violencia.

Y, casi sin esfuerzo, esos modelos encuentran su eco en tres formas de liderazgo político que conocemos demasiado bien.

Bob "Rocketman" Di Caprio es el padre de las buenas intenciones. Quiere, de verdad quiere. Corre, se agita, se desespera. Pero cada gesto suyo parece llegar medio segundo después del desastre. Hay algo entrañable en su torpeza, algo humano en su incapacidad para ordenar el caos que lo rodea.

Su escena emblemática, ese salto de la cama, casi infantil, tratando de salvar a su hija cuando el mundo ya se desmoronó, condensa una paternidad impotente: amor sin eficacia.

El puente con Alberto Fernández no es forzado. Está ahí, servido. El megáfono en la mano en el velorio de Diego Maradona, intentando poner orden en un ritual que ya había desbordado todos los márgenes, es la versión local de ese salto de cama. ¡Patético!

Dos hombres bienintencionados, arrojados a escenas que los exceden, creyendo que la palabra gritada o amplificada todavía puede recomponer lo que ya se rompió.

Rocketman y Alberto no son villanos. Ese es, quizás, su mayor problema. Son padres que quieren ser queridos antes que obedecidos, líderes que confían en que el afecto sustituya a la decisión. "Decime que me querés". Imposible detectar un mayor síntoma de devaluación de la institución presidencial que ese vídeo protagonizado por el líder del, para ese tiempo, ya Frente de Nadie.

En ambos casos, el resultado es el mismo: el caos no se ordena, se acumula. Y la figura del padre se vuelve la del perdedor, el looser trágico, ese que pierde no por maldad, sino por falta de temple.

Y de golpe, sin aviso, la película acelera. No hay transición suave porque no la hay en la experiencia. Entramos en la persecución, en la ruta, en los autos lanzados a toda velocidad. Ahí aparece Lockjaw, el personaje de Sean Penn.

Mandíbula apretada, gesto adusto, voluntad de hierro. No explica, no duda, no negocia. Avanza. ¿Quién encaja mejor que Javier Milei en ese arquetipo? ¿Qué objeto podría calzarle mejor que la motosierra, apoyada contra una camioneta negra, lista para arrasar con todo? 

Lockjaw es la fantasía del orden impuesto, del padre que cree que educar es quebrar. Patricia Bullrich completa el cuadro con su mantra eterno, "el que las hace las paga", y la promesa de ley y orden administrada como castigo ejemplar. Si es con un tiroteo y una Taser a mano mejor. Inclusive con el ex ministro Luis "Top Gun" Petri siempre listo para la foto.

Este modelo de liderazgo no llega tarde: irrumpe. No balbucea: grita. No abraza: disciplina. El problema es que, en su lógica de guerra, todo se vuelve sospechoso. El inmigrante, el disidente, el débil. Como Freddy Krueger, Lockjaw ordena a través del sonido de la motosierra, incluso si en el camino destruye aquello que decía proteger. 

En la película, esa pulsión roza lo monstruoso: un padre capaz de sacrificar a su propia hija en nombre de un orden superior. En política, el riesgo es el mismo. El orden sin cuidado se convierte en violencia. La firmeza sin tacto deriva en devastación. La mandíbula cerrada no escucha, sino que aplasta.

Y entonces aparece el tercero. Benicio del Toro como Sensei San Carlos. Un personaje extraño, casi fuera de época. No grita, no corre, no posa para la foto. Endereza, inspira, protege. Pero, y acá está la clave, también pone el cuerpo. No habla desde la tribuna: se mete en el barro. Se la juega y hasta se le notan las marcas de guerra. 

Es un híbrido incómodo. Tiene autoridad sin crueldad, firmeza sin sadismo. No es el padre amigo ni el padre tirano. Es el que enseña haciendo, el que cuida sin infantilizar. En la película, es una rara avis. En la política argentina, directamente una ausencia.

¿Puede abrirse paso un liderazgo así en la jungla contemporánea? ¿Hay cancha libre para un Sensei cuando el tablero parece exigir o impotencia bienintencionada o violencia redentora?

La pregunta no es sólo local. Es global. Es la pregunta de una época que oscila entre el padre que no llega y el padre que arrasa y, en su versión local, hasta pretende reducir a uno de los países más extensos y diversos del mundo como Argentina a un conglomerado de pequeñas provincias agraciadas por los recursos naturales, dónde habitan más animales salvajes que personas y cuyos recursos motorizan los sueños húmedos de compatriotas que hoy acarician o sienten cerca los bienes de consumo más sofisticados.

Quizás el verdadero síntoma no sea la escasez de nuggets, sino la escasez de figuras que sepan cuándo hablar, cuándo callar y cuándo poner el cuerpo. 

Tal vez el 2026 no nos pida nuevos héroes de la producción, sino menos estatuas y más sentido.

Porque cuando una sociedad solo puede elegir entre Rocketman y Lockjaw, no está discutiendo liderazgos: está confesando su orfandad.

Y el año nuevo, como todo buen cambio de año, no promete respuestas. Apenas deja la pregunta abierta, esperando que alguien, alguna vez, se anime a ocupar ese lugar vacío.

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