El día después en Caracas: quién manda ahora y qué busca Trump

No es solo Venezuela: es un ensayo general del nuevo orden hemisférico. Trump acelera tiempos, y prueba "despliegues focalizados" sin pedir permiso. La pregunta es quién queda protegido cuando la soberanía se vuelve flexible.
En la madrugada caribeña, Estados Unidos ejecutó una escena que, hasta hace poco, pertenecía a los libros de historia y a los guiones de la Guerra Fría: una operación militar relámpago, la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos en tribunales federales.
La noticia tiene el brillo de lo excepcional —por audacia, por velocidad, por espectáculo— y, al mismo tiempo, el olor de lo conocido: la idea de que el continente americano puede "ordenarse" desde Washington.
El relato oficial habla de una acción milimétrica, diseñada con paciencia y obsesión. Según fuentes de la administración, participaron fuerzas especiales, se montó una réplica del entorno a intervenir, se trabajó con inteligencia previa y se aprovechó una ventana precisa para sacar a Maduro de Caracas sin bajas estadounidenses. La misma versión sostiene que todo se justificó por la amenaza del narcotráfico y por el carácter "criminal" del círculo gobernante venezolano. Del lado venezolano, la descripción cambia: "agresión", "secuestro", "violación de soberanía", además de víctimas y daños en la capital.
Maduro ya habló ante un juez en Manhattan. Se declaró inocente, insistió en que sigue siendo el presidente legítimo y calificó su captura como un acto ilegal.
Esto no ocurre en el vacío. En su Estrategia de Seguridad Nacional, la administración Trump dejó por escrito una idea central: la política exterior debe ser "pro-trabajador", no solo "pro-crecimiento", y debe priorizar a "nuestros propios trabajadores". La seguridad se vende como empleo, frontera, orden, combustibles, precios.
En el mismo documento aparece una formulación todavía más nítida para América Latina: un "Corolario Trump" a la Doctrina Monroe.
Ahí se define al hemisferio como un espacio "razonablemente estable" que, sin embargo, enfrenta "migración masiva" y "narco-terroristas y cárteles". Y se anuncia la disposición a usar "despliegues focalizados" y hasta "fuerza letal" para derrotar a esas redes, además de "negar" que competidores extrahemisféricos controlen activos estratégicos en la región.
La captura de Maduro encaja como una demostración práctica de esa hoja de ruta: menos diplomacia, más acción directa; menos organismos multilaterales, más músculo.
En Naciones Unidas, el debate se movió entre la indignación y la impotencia. Rusia y China condenaron el operativo como ilegal. Varios aliados de Estados Unidos eligieron frases cautelosas: respeto por el derecho internacional, preocupación por la estabilidad, llamado a la moderación.
António Guterres —secretario general de la ONU— habló de "precedente peligroso". Juristas de derecho internacional remarcan lo obvio: sin autorización del Consejo de Seguridad, sin consentimiento del Estado afectado y sin una justificación clara de legítima defensa, el uso de la fuerza queda en terreno prohibido.
El dilema moral es ruidoso: Maduro es un dictador, sostenido por represión y persecución, que arruinó el país y empujó a millones al exilio. Para muchísimos venezolanos, dentro y fuera del país, su salida se sintió como alivio.
Aunque el alivio no alcanza para cerrar la discusión sobre el "cómo". Que caiga una dictadura no vuelve aceptable cualquier camino: si se celebra la captura transfronteriza como herramienta normal, se abre una puerta que después cuesta cerrar.
La historia ofrece advertencias. El caso Noriega —dictador panameño derrocado por Estados Unidos en 1989— persigue a Washington: un líder extranjero capturado durante la invasión, juzgado luego en tribunales estadounidenses por narcotráfico y lavado, con consecuencias duraderas sobre la legitimidad del "día después". Venezuela, además, no es Panamá. Es más grande, más compleja, más armada de informalidad: estructuras militares entrelazadas con negocios, grupos paraestatales, economías ilegales y un Estado erosionado por años de captura política.
Con Maduro fuera, Delcy Rodríguez, vicepresidenta y figura fuerte del chavismo, quedó en el centro de la escena. Desde Caracas pidió el regreso de Maduro y habló de defensa de la soberanía. Al mismo tiempo, asomó otra línea: señales de apertura táctica hacia Washington, un tono de transición, la posibilidad de negociar para evitar una "segunda ola" de presión militar.
Ese doble mensaje no es contradicción: es supervivencia. Delcy Rodríguez —la cara "civil" del chavismo, más de despacho que de cuartel— puede hablar de transición y hasta tantear conversaciones con Washington, aunque el poder duro no pasa por su oficina.
La "rama militar" tiene nombres propios: Vladimir Padrino López, jefe de la Fuerza Armada y Diosdado Cabello, ministro del Interior, con influencia directa sobre policías, servicios de inteligencia y las milicias informales conocidas como colectivos. En ese triángulo hay desconfianza: lo civil teme a los uniformados; los uniformados sospechan de los civiles. Por eso, aun si Delcy queda como figura de continuidad, necesitaría una alianza con el aparato de seguridad para sostenerse; su ventaja íntima, dicen quienes siguen de cerca al poder chavista, es que puede confiar en su hermano Jorge Rodríguez.
Si el nuevo eje del poder en Caracas queda en manos de esa cúpula y de esos engranajes, el chavismo puede mutar sin democratizarse. Un "madurismo sin Maduro" podría ofrecer orden y continuidad a cambio de concesiones —sobre todo petroleras— y garantías de impunidad. Para Trump, eso podría resultar suficiente: un acuerdo de realpolitik, más negocios, menos épica democrática.
El petróleo, de hecho, aparece como subtexto constante. Trump ya habló de "recuperar" riqueza, de reactivar extracción, de una administración provisional. Ese vocabulario no suena a transición democrática, suena a administración de activos.
¿Quién gobierna, con qué legitimidad, con qué plan, y con qué límites? Si no hay una hoja clara —elecciones, desarme de grupos armados, recomposición judicial, reconstrucción de servicios básicos— el vacío se llena con violencia, con fragmentación, con caudillos locales o con una nueva cúpula que reemplace una cara por otra.
Rusia aparece como fantasma y como cálculo. Durante años, Caracas funcionó como un aliado útil para Moscú: simbólico, energético, geopolítico. En esta crisis, el apoyo ruso se expresó más en declaraciones que en capacidad real de protección. Eso confirma algo incómodo para los países medianos: en un mundo de bloques, los aliados "periféricos" sirven hasta que dejan de servir.
A la vez, el gesto de Washington manda un mensaje a otros actores: Estados Unidos puede actuar con velocidad extrema en Estados débiles, aunque evita choques directos con potencias nucleares. La lección es peligrosa: incentiva la búsqueda de disuasión dura, y vuelve más inestable el sistema que —con hipocresías, sí— intentó frenar la ley del más fuerte.
Para el pueblo argentino, este episodio no es solo "Venezuela". Es un capítulo del desorden global que también redefine márgenes de acción para Buenos Aires.
En materia de política exterior, el gobierno de Javier Milei construyó una relación de afinidad con Trump y una retórica muy dura contra el chavismo. Esa cercanía puede rendir beneficios puntuales (financieros, diplomáticos, simbólicos), aunque trae un riesgo: quedar atado a una idea muy vieja de Washington sobre este lado del mapa. A comienzos del siglo XIX, la Doctrina Monroe resumió esa mirada en una frase que quedó para siempre: "América para los americanos". En la práctica, muchas veces significó "América para Estados Unidos": el hemisferio occidental como zona propia, donde la Casa Blanca se reserva un derecho especial a intervenir y a marcar límites a las otras potencias.
El "corolario Trump" retoma ese reflejo y lo endurece. En ese marco, Malvinas reaparece no como hipótesis de invasión, sino como recordatorio de hasta qué punto un país mediano depende de reglas compartidas para sostener sus reclamos. Si las potencias empiezan a tratar la soberanía ajena como una variable de ajuste en su propio vecindario, la pregunta ya no es quién invade a quién, sino qué margen le queda a la Argentina para defender la suya por vías pacíficas y legales.
El costado económico también queda atravesado. El documento estratégico de Trump habla de priorizar trabajadores propios; en clave argentina se lee como proteccionismo selectivo, presión comercial y negociación dura por recursos. Venezuela hoy, Vaca Muerta mañana: en un mundo donde la energía funciona como herramienta de poder, los discursos de "libertad" suelen convivir con prácticas de control.
La captura de Maduro puede abrir una transición luminosa, aunque también puede inaugurar una etapa más oscura: una Venezuela administrada por una junta de supervivencia, con petróleo como premio y con el estigma de un cambio impuesto desde afuera. Lo que seguro deja es otra marca: Trump mostró que su estrategia no es solo un discurso ni un documento, sino una forma de actuar que puede volver a usar cuando lo crea conveniente.
