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La guerra que llegó al mostrador: Irán, el petróleo y el frágil proceso desinflacionario argentino

La guerra que llegó al mostrador: Irán, el petróleo y el frágil proceso desinflacionario argentino
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Si el conflicto se sostiene —y los analistas del Chatham House advierten que "la República Islámica tal como la conocemos no sobrevivirá a esto"—, Argentina podría recibir un viento de cola extraordinario en sus exportaciones agrícolas.

El sábado 28 de febrero, mientras la mayoría de los argentinos transitaba un fin de semana de verano tardío, Estados Unidos e Israel ejecutaron una operación militar conjunta sobre Irán que mató al Líder Supremo Alí Kamenei y sacudió los mercados globales con una intensidad que no se veía desde la pandemia. El Brent saltó 14% en la apertura del lunes. El oro perforó los US$ 5.350 la onza. El Estrecho de Ormuz, por donde fluye el 31% del petróleo marítimo mundial, quedó bajo amenaza de bloqueo. 

Y en Buenos Aires, en silencio, una pregunta económica crucial empezó a tomar forma: ¿qué le hace este conflicto al proceso de desinflación más delicado que atraviesa la Argentina en décadas?

La respuesta no es simple, y quien la simplifique en un sentido u otro miente. Porque la guerra en Medio Oriente opera sobre la economía argentina a través de dos vectores que van en dirección exactamente opuesta, y entender el balance entre ambos es la diferencia entre hacer política económica y hacer wishful thinking.

Empecemos por la noticia que el sector agroexportador ya está calculando con una sonrisa. La soja cayó levemente este lunes (-0,53%), pero esa es la historia de corto plazo. La historia de mediano plazo es más interesante.

Un conflicto prolongado en Medio Oriente encarece la energía a nivel global. Cuando la energía sube, los costos de producción agrícola en el hemisferio norte —gas natural para fertilizantes, gasoil para maquinaria, flete marítimo— se disparan. Eso achica la oferta global de granos, empuja los precios al alza y mejora los términos de intercambio para países exportadores como Argentina. 

No es una hipótesis: es el mecanismo que operó durante los shocks energéticos de 2008 y 2022. En ambos episodios, los precios de los commodities agrícolas acompañaron hacia arriba el precio del petróleo con un rezago de semanas.

Si el conflicto se sostiene —y los analistas del Chatham House advierten que "la República Islámica tal como la conocemos no sobrevivirá a esto"—, Argentina podría recibir un viento de cola extraordinario en sus exportaciones agrícolas. Más dólares genuinos entrando a las reservas del Banco Central, más superávit comercial, más oxígeno para sostener el tipo de cambio sin presiones sobre las reservas. En el modelo de Milei, donde la estabilidad cambiaria es la columna vertebral de la desinflación, esos dólares son bienvenidos como agua en el desierto.

Hasta aquí, el escenario favorable. Ahora viene lo que nadie quiere calcular.

Argentina importa energía. Ese hecho, estructural e irrefutable, opera como una trampa silenciosa en todo escenario de shock petrolero internacional.

Cuando el petróleo sube 10%, los combustibles suben. Cuando los combustibles suben, el transporte de carga se encarece. Cuando el transporte se encarece, todo lo que se mueve en un camión —que en Argentina es prácticamente todo— sube de precio. La cadena es tan elemental que podría explicarse en un pizarrón de primero de economía, pero tiene una capacidad devastadora sobre procesos desinflacionarios que aún no están consolidados.

El gobierno de Milei logró algo inédito: bajar la inflación desde el 25% mensual de diciembre de 2023 a niveles que se amesetaron por sobre el 2% en los primeros meses de 2026. Es un logro real que merece reconocimiento. 

Pero hay una diferencia crucial entre "bajar la inflación" y "anclar expectativas inflacionarias".

 La desinflación argentina descansa sobre un trípode frágil: control del gasto público, ancla cambiaria, y requiere de la baja de los precios relativos de la energía. Un shock externo que empuje los costos energéticos hacia arriba amenaza simultáneamente las tres patas de ese trípode.

¿Por qué? Porque el gobierno enfrenta una encrucijada clásica: o traslada el aumento del petróleo a los precios internos —y se infla—, o lo absorbe mediante subsidios —y se compromete el equilibrio fiscal que es la base del programa. No hay tercer camino limpio. Alemania, Japón y la Eurozona ya están evaluando el impacto en sus facturas energéticas. Argentina, con una inflación doméstica todavía alta en términos históricos y expectativas más volátiles que en cualquier economía desarrollada, es mucho más vulnerable a ese mismo shock.

La pregunta relevante no es si Argentina se beneficia o se perjudica de la guerra. La pregunta es qué lado pesa más en el neto.

El análisis indica que el balance depende críticamente de dos variables: la duración del conflicto y la velocidad con que Argentina pueda monetizar sus exportaciones. Si el conflicto es corto —Trump habló de "cuatro semanas o menos"— el aumento del petróleo sería un shock transitorio que podría absorberse sin demasiado daño inflacionario, mientras que el incremento en el valor de las exportaciones agrícolas tardaría meses en materializarse. En ese escenario, Argentina sufre primero y cobra después: la peor secuencia temporal posible para un proceso de estabilización.

Si el conflicto se prolonga, la ecuación se vuelve más ambigua. Los precios agrícolas sostenidos en el tiempo mejorarían genuinamente el ingreso de divisas, pero la presión inflacionaria acumulada —vía combustibles, tarifas de transporte y bienes importados— podría erosionar buena parte de los avances desinflacionarios alcanzados con un costo social enorme.

Hay además un factor que los modelos macroeconómicos tienden a subestimar: el impacto sobre las expectativas. Argentina es un país donde la inflación tiene una dimensión psicológica tan poderosa como la monetaria. Una suba visible de los combustibles, aunque sea explicada por factores externos, activa memorias inflacionarias profundas. Esas memorias se convierten en remarcaciones preventivas, en demandas salariales anticipatorias, en espirales que ningún decreto puede detener una vez que comienzan.

El conflicto entre EEUU, Israel e Irán no le regala a Argentina un escenario bueno. Le regala un escenario de alta complejidad donde los beneficios son potenciales y de mediano plazo, mientras los riesgos son inmediatos y directos sobre el proceso más delicado de la política económica actual.

El gobierno debería comunicar con claridad esta dualidad en lugar de aferrarse únicamente a la narrativa del viento de cola exportador. La tentación de celebrar la suba del petróleo como un regalo para las reservas, ignorando el impacto sobre los costos internos, sería exactamente el tipo de error de diagnóstico que convierte una oportunidad parcial en una amenaza total.

Los mercados ya eligieron bando: oro y energía arriba, incertidumbre arriba, Bolsas abajo. Argentina tiene herramientas para navegar esto. Pero navegar implica ver el temporal completo, no solo el viento a favor.

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