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Esta vez tampoco es diferente

Dufume
ideas

Los números son reales y merecen reconocerse. El problema no son los datos. Es la lectura que se hace de ellos.

La Argentina registró en mayo un superávit comercial de US$ 3.504 millones, el más alto desde que existen registros, con exportaciones por US$ 9.537 millones. Los números son reales y merecen reconocerse: fue el trigésimo mes consecutivo de saldo positivo, y el avance exportador del 34,4% interanual respondió tanto a mejores precios como a mayores cantidades despachadas. El problema no son los datos. Es la lectura que se hace de ellos.

La celebración oficial llegó a través de un post de José Luis Daza encabezado con una frase desafortunada: "Esta vez es diferente". Conviene recordar que ese es, exactamente, el título del estudio más exhaustivo sobre crisis financieras jamás escrito. Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff recorrieron ocho siglos y sesenta y seis países para demostrar una regularidad incómoda: cada euforia que antecedió a un colapso se justificó con la convicción de que las viejas reglas habían dejado de aplicar. El síndrome tiene un rasgo central que lo vuelve eficaz: nunca se apoya en el delirio, sino en mejoras concretas y verificables. Por eso convence. Y en ese libro, la Argentina no es una nota al pie: es uno de los casos de estudio recurrentes, el deudor serial que una y otra vez creyó ser la excepción y terminó pagando el costo de esa creencia.

La advertencia de Reinhart y Rogoff describe el qué, no el porqué. Para entender la raíz de la recurrencia argentina hay que volver a Marcelo Diamand y su diagnóstico de la estructura productiva desequilibrada. La economía nacional genera divisas en un sector —el agro, hoy ampliado por la energía y la minería— cuya productividad compite a escala internacional, mientras el resto del entramado opera con costos superiores a los del mercado mundial. Cada vez que la economía crece, las importaciones industriales se aceleran, los dólares no alcanzan y sobreviene la restricción externa: el stop-go que organiza nuestra historia económica desde hace siete décadas.

A la luz de ese marco, el superávit récord revela tanto como oculta. La estructura de las ventas externas lo confirma: combustibles y energía, productos primarios y manufacturas de base agropecuaria explican el grueso de las exportaciones. Es el mismo enclave extractivo que vuelve al índice MSCI Argentina un 44% energía. Los dólares siguen llegando del subsuelo y del campo, no de una matriz productiva diversificada. La "abundancia de divisas" no expresa una transformación estructural: expresa un viento de cola de cosecha, precios internacionales y boom energético que las propias consultoras —incluidas las afines al oficialismo— admiten que se moderará en el segundo semestre.

Hay un detalle decisivo. El superávit no se explica solo por exportaciones: las importaciones cayeron 7%, y lo que más retrocedió fueron bienes de capital, vehículos y piezas para la producción. En la lectura estructuralista, esto no es una buena noticia disfrazada de mejor noticia: es una señal de alarma. Una economía que importa menos maquinaria es una economía que no está reequipándose. Parte de ese saldo positivo se construye, entonces, sobre una inversión productiva que se frena. Se exhibe fortaleza externa presente hipotecando capacidad productiva futura. Es industricidio en cámara lenta, contabilizado como triunfo.

El argumento oficial sostiene que "las economías no dejan de crecer por agotamiento, sino cuando acumulan desequilibrios fiscales, externos o regulatorios". La afirmación es parcialmente cierta y, por eso mismo, peligrosa. Las economías también se estancan —o nunca despegan— por límites estructurales. La Argentina no repite sus crisis por mera indisciplina coyuntural: las repite porque su estructura productiva no genera, por sí sola, las divisas que su propio crecimiento demanda. Estabilizar las cuentas fiscales y externas trata el síntoma. La enfermedad es estructural, y un superávit apoyado en la compresión de las importaciones de capital la agrava en lugar de curarla.

Nada de esto niega los logros de la estabilización. El equilibrio fiscal, la desinflación y la previsibilidad cambiaria son condiciones necesarias del desarrollo, y no es menor haberlas alcanzado. Pero confundir condición necesaria con condición suficiente es el error de manual. Estabilizar no es desarrollar. El desarrollo exige diversificar la estructura productiva, agregar complejidad tecnológica e incorporar a la industria y al empleo a la generación genuina de divisas. Una década extraordinaria no se construye con una cosecha excepcional y un barril de petróleo: se construye desactivando la restricción externa que Diamand describió hace medio siglo.

La historia financiera que Reinhart y Rogoff describieron no es un destino, pero sí una advertencia. Ningún país fue jamás la excepción que su propia euforia le prometió. La Argentina tiene hoy una oportunidad real de torcer su trayectoria. La desperdiciará si vuelve a confundir un veranito de commodities extractivas con el comienzo de una nueva era. Porque, mirada de cerca, esta vez tampoco es diferente. 

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