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El dólar ya no explica todo: claves del nuevo ciclo exportador argentino

Dufume
claves

La discusión es menos binaria de lo que suele plantearse. No es "dólar alto o bajo". Es estabilidad, previsibilidad y estrategia. El tipo de cambio puede facilitar el proceso, pero no puede reemplazarlo.

Durante años, el debate económico argentino giró alrededor de una idea casi incuestionable: sin un tipo de cambio alto, no hay exportaciones. O, al menos, no hay exportaciones dinámicas. Sin embargo, los datos recientes empiezan a desafiar esa lógica. Argentina está logrando algo que hasta hace poco parecía contradictorio: combinar superávit externo, exportaciones en fuerte crecimiento y un tipo de cambio real multilateral (TCRM) que se viene apreciando.

Los números hablan por sí solos. En marzo de 2026, la balanza comercial registró un superávit superior a los US$ 2.500 millones, con exportaciones creciendo al 30% interanual, impulsadas principalmente por cantidades. Es decir, no es solo una cuestión de precios internacionales: hay más volumen saliendo al mundo. Al mismo tiempo, distintas proyecciones privadas anticipan un superávit de cuenta corriente para este año, algo que hasta hace poco parecía lejano.

Ahora bien, este buen desempeño externo convive con un dato que incomoda: el TCRM. Tras el salto devaluatorio de fines de 2023, el tipo de cambio real alcanzó niveles elevados, pero desde entonces inició un proceso sostenido de apreciación. Hoy se ubica en valores que, históricamente, se asociaron a períodos de atraso cambiario.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿cómo se explica que las exportaciones crezcan con un tipo de cambio menos competitivo?

Parte de la respuesta está en un cambio silencioso pero relevante: la reducción del sesgo antiexportador. Entre 2011 y 2024, Argentina acumuló un conjunto de políticas —volatilidad cambiaria, cepo importador, derechos de exportación, restricciones cambiarias, permisos discrecionales, trabas administrativas y hasta prohibiciones— que encarecían y desincentivaban la exportación. En los últimos dos años, una parte significativa de esas distorsiones comenzó a desmontarse.

La ecuación es simple: cuando se deja de castigar al que exporta, exportar empieza a ser más rentable, incluso si el tipo de cambio no juega del todo a favor. No se trata de un "milagro exportador", sino de la eliminación de obstáculos que durante años limitaron el potencial externo del país.

Pero hay algo más profundo. La evidencia argentina de las últimas décadas muestra que el tipo de cambio es una condición necesaria, pero lejos está de ser suficiente. Durante la Convertibilidad, con un tipo de cambio apreciado, las exportaciones crecieron más del 130% en cantidades. En cambio, tras la devaluación de 2002, con un TCRM elevado, el crecimiento fue bastante más modesto.

La diferencia no estuvo en el precio del dólar, sino en el entorno. Estabilidad macroeconómica, acceso al crédito, apertura comercial e integración regional jugaron un rol central. En otras palabras, la competitividad estructural —productividad, innovación, infraestructura, instituciones— terminó siendo más determinante que la competitividad-precio.

Esto no implica que el tipo de cambio no importe. Importa, y mucho. Pero su impacto depende del contexto en el que opera.

También importa entender que no todas las exportaciones reaccionan igual. Las manufacturas de origen industrial (MOI) son, en general, más sensibles al tipo de cambio que los productos primarios. Sin embargo, observando los datos actuales: las MOI vienen creciendo por encima del promedio, con sectores como metales, químicos o material de transporte mostrando una dinámica robusta. Las manufacturas de origen agropecuario (MOA) acompañan, aunque con menor intensidad.

Ahora bien, vale preguntarse a futuro: ¿Se puede exportar con un tipo de cambio apreciado? Sí. ¿Todos pueden hacerlo? No. A medida que el TCRM se aprecia, el margen se reduce y la competencia se vuelve más exigente. Los sectores más productivos y mejor integrados al mundo logran sostenerse; el resto queda más expuesto.

Esto tiene consecuencias profundas. Menos empresas exportando implica menor diversificación, menor capacidad de innovación y mayor vulnerabilidad frente a shocks externos. El superávit actual se explica, en gran medida, por un núcleo relativamente concentrado de grandes empresas, muchas de ellas vinculadas a recursos naturales o sectores altamente competitivos.

Con este telón de fondo, la aparente "paradoja" deja de ser tal. El superávit externo no refleja una mejora homogénea de la competitividad, sino el buen desempeño de un conjunto acotado —aunque algo más diverso de lo que suele reconocerse— de sectores que logran crecer incluso con un TCRM menos amigable.

El resultado es una economía con dos velocidades. Por un lado, sectores dinámicos que generan divisas y traccionan el crecimiento exportador. Por otro, un entramado productivo más amplio que enfrenta costos en dólares crecientes y mayores dificultades para sostenerse en los mercados internacionales.

A esto se suma un desajuste en la inserción internacional que debe ser corregido. Argentina exporta relativamente poco a los principales centros de demanda global. Solo una parte de sus principales destinos coincide con los mayores importadores del mundo. Esto limita el potencial de expansión y refleja la necesidad de una estrategia de inserción más inteligente.

El desafío, entonces, cambió de eje. Ya no se trata solo de generar superávit externo —algo que hoy está ocurriendo—, sino de sostenerlo en el tiempo y ampliarlo sobre bases más sólidas.

Eso implica, en primer lugar, evitar que el TCRM siga deteriorándose de forma persistente. En segundo lugar, consolidar la eliminación del sesgo antiexportador. En tercer lugar, reconstruir la base de empresas exportadoras, incorporando especialmente a las PyMEs. Y, finalmente, alinear la política comercial con los mercados que concentran la demanda global.

En el fondo, la discusión es menos binaria de lo que suele plantearse. No es "dólar alto o bajo". Es estabilidad, previsibilidad y estrategia. El tipo de cambio puede facilitar el proceso, pero no puede reemplazarlo.

La novedad del momento es que Argentina está logrando generar dólares en un contexto que, en otros momentos de su historia, hubiera sido claramente adverso. Pero ese dato, por sí solo, no alcanza para cantar victoria.

Si la apreciación cambiaria persiste y no se corrigen las debilidades estructurales, el riesgo es consolidar una estructura exportadora cada vez más concentrada y menos diversificada. 

En definitiva, el dólar ya no explica todo. Y eso, bien leído, no es una mala noticia. Obliga a mirar más allá: a la productividad, a la innovación, a la inserción internacional y, sobre todo, a la calidad de las políticas públicas.

Porque, como muestra la experiencia argentina, el tipo de cambio puede ser la llave. Pero la puerta del desarrollo exportador sostenible se abre con algo más complejo: una estrategia de largo plazo, estabilidad y construcción de competitividad estructural.

Sin eso, cualquier superávit seguirá siendo, apenas, una buena foto. No una película.

 

Pereira es Investigador senior del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG) de la Universidad Austral

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