A Milei no lo corren con piedras

La oposición no consiguió los votos para voltear el DNU 70. Afuera hubo violencia y amenazas. La diferencia es que esta vez la calle no pudo reemplazar al Congreso.
- 🏛️ La oposición no logró derogar el DNU 70/2023: necesitaba 129 diputados para abrir el recinto, obtuvo 121 y el quórum fue impedido; el decreto siguió vigente.
- 🧩 El gobierno de Milei tejió alianzas: gobernadores, sectores del PRO, radicales y bancadas provinciales formaron mayorías distintas según la discusión, para bloquear avances de la oposición.
- 💼 No fue solo una votación: la oposición ni siquiera consiguió iniciar el proceso; el resultado se decidió dentro del Congreso sin abrirse la posibilidad de derogar.
- 🪨 Exterior: hubo protestas con piedras y destrozos, 25 detenidos y daños por unos 90 millones de pesos, pero la violencia no modificó el resultado.
- ⚖️ La novedad: durante años el conflicto funcionaba como veto indirecto; el gobierno afirmó que el conflicto no otorga derechos más allá de los votos y buscó sostener reformas frente a movilizaciones.
- 🔒 El cambio clave: la capacidad de producir miedo dejó de ser poder de gobierno; la violencia externa ya no forzó concesiones institucionales.
- 🗳️ Conclusión estratégica: la democracia cambia cuando las mayorías se construyen con votos y el desorden ya no funciona como veto automático.
- 🔮 Perspectiva a futuro: el curso seguirá con conflictos y negociaciones, pero la oposición ya no puede convertir el desorden en un veto automático; el tablero político cambió.
Hay momentos en que un cambio político deja de medirse por discursos y empieza a medirse por aquello que sus adversarios ya no consiguen impedir. Durante años, una parte de la política argentina aprendió que perder una discusión institucional no significaba necesariamente perder la disputa. Siempre quedaba la calle, la presión corporativa, el corte, el miedo o la amenaza de convertir cada reforma en un conflicto imposible de gobernar. El verdadero cambio comienza cuando esos mecanismos dejan de alterar el rumbo.
Eso fue lo que ocurrió ayer.
La oposición convocó una sesión especial para intentar derogar el DNU 70/2023, una de las piezas centrales de la desregulación impulsada por Javier Milei. Necesitaba 129 diputados para abrir el recinto. Consiguió 121. El oficialismo, sus aliados y legisladores vinculados a distintos gobernadores lograron impedir el quórum y el decreto siguió vigente.
El dato político es más importante que la aritmética.
Milei llegó al poder con una minoría parlamentaria extraordinariamente débil para los estándares argentinos. Sin embargo, el Gobierno fue construyendo acuerdos con gobernadores, sectores del PRO, radicales y bancadas provinciales capaces de formar mayorías distintas según cada discusión. No es una mayoría automática ni permanente, pero el episodio del DNU mostró que el oficialismo ya posee capacidad para articular una mayoría negativa suficientemente amplia como para impedir que la oposición desmonte algunas de sus reformas centrales.
Eso cambia el escenario. Porque la oposición no perdió simplemente una votación. Ni siquiera consiguió iniciarla.
Y mientras dentro del Palacio Legislativo faltaban ocho diputados, afuera reapareció una escena conocida: piedras, destrozos, enfrentamientos y amenazas. Durante la movilización universitaria hubo 25 detenidos, efectivos heridos y daños sobre el espacio público cuyo costo fue estimado por la Ciudad en alrededor de $90 millones.
No todos los manifestantes participaron de esos hechos y sería incorrecto confundir protesta con violencia. Pero el contraste político existe: mientras una parte de la oposición intentaba reunir una mayoría institucional dentro del Congreso, grupos violentos intentaban producir presión desde afuera.
La novedad no está en que haya habido piedras. Argentina ya vio demasiadas. La novedad es que las piedras no modificaron el resultado.
Ese punto importa porque durante años la amenaza de conflicto funcionó como una forma indirecta de veto. Gobiernos, legisladores y gobernadores podían calcular no solamente el costo parlamentario de una reforma, sino también cuánto caos podía desencadenarse en la calle. Cuando ese mecanismo funcionaba, una minoría organizada podía adquirir una capacidad de bloqueo muy superior a su representación electoral.
El gobierno de Milei construyó buena parte de su identidad política alrededor de una idea contraria: el conflicto no otorga más derechos que los votos. El protocolo antipiquetes, los descuentos salariales a empleados públicos que no trabajan y la decisión de sostener reformas frente a movilizaciones forman parte de esa concepción.
El 15 de octubre ofreció una prueba particularmente clara. Dentro del Congreso, el Gobierno jugó con las reglas del Congreso. Negoció, cedió en algunos puntos, consiguió apoyos y evitó que la oposición alcanzara el número necesario. Fuera del Congreso, la violencia no produjo ningún privilegio institucional adicional.
Ese es el cambio que realmente puede volverse estructural. No que desaparezca la protesta. No que desaparezca la oposición. Sino que la capacidad de producir miedo deje de equivaler a capacidad de gobierno.
Incluso las amenazas más extremas terminaron mostrando esa impotencia. Un manifestante llegó a afirmar ante una cámara que Milei y varios de sus funcionarios debían ser fusilados. La frase fue brutal, pero políticamente reveladora: cuando una amenaza de semejante gravedad no modifica el funcionamiento del Congreso ni obliga al Gobierno a retroceder, deja de ser una demostración de poder y empieza a parecer una demostración de aislamiento.
Ahí está quizá la imagen más importante de la jornada.
Durante años, parte de la vieja política pudo suponer que, si no alcanzaban los votos, siempre quedaba la posibilidad de elevar el costo de gobernar hasta obligar al adversario a ceder. Esta vez no ocurrió. La oposición reunió 121 diputados. El DNU siguió vigente. Y la calle no completó los ocho votos que faltaban.
Una democracia cambia de época cuando las mayorías vuelven a construirse con votos y la capacidad de romper cosas deja de funcionar como poder político.
El curso político argentino seguirá teniendo conflictos, derrotas y negociaciones. Ninguna mayoría está garantizada para siempre. Pero el 15 de octubre dejó una señal concreta: la oposición puede protestar, marchar y disputar cada reforma; lo que ya no puede hacer es convertir automáticamente el desorden en un veto.
Eso, más que cualquier consigna, es lo que muestra cuánto cambió el tablero.

