Cuando se inició la larga noche

Se cumple medio siglo del golpe militar que derrocó al gobierno de María Isabel Martínez de Perón e inauguró uno de los períodos más trágicos de la historia argentina.
Un teléfono de baquelita, mudo, en medio de una mesa llena de papeles desordenados. La misma mesa de redacción en la que se había trepado el director de El Cronista Comercial, Rafael Perrotta, para entonar en perfecto francés la versión completa de “La Marsellesa”, apenas se anunció la muerte de Francisco Franco.
Perrotta ni presentía que tiempo después, durante la dictadura, sería secuestrado, torturado y muerto. Sus fluidos contactos militares, que fueron sus comensales en los almuerzos que servía en su despacho del quinto piso de la calle Alsina, no le sirvieron para protegerlo de la barbarie. Una de las historias en medio de otras historias de un tiempo tremendo.
Sobre el filo de la medianoche del 24 de marzo de 1976 el teléfono negro seguía sin sonar: “Las líneas están condicionales”, repetían en tono aburrido.
Ya Isabel Perón había abandonado la Casa Rosada y fue detenida en el helicóptero. Apenas un grupo de fieles en la Plaza de Mayo gritaba inútilmente: “Si la tocan a Isabel/habrá guerra sin cuartel”.
El golpe había comenzado y el teléfono seguía condicional. De pronto: “Su llamada a Tucumán...”.
En la otra punta de la línea estaba mi novia, y luego mi esposa. Pero no podíamos hablar. No nos escuchábamos. Insólitamente, apareció una voz en la línea: el operador de ENTel se metió en ese diálogo de sordos para ayudar.
“Dice que comenzó el golpe...”, le contó el operador lo que yo intentaba decirle. En Tucumán había comenzado mucho antes con el desembarco del general Acdel Vilas, quien tomó el control de la provincia. Vilas encabezó el contingente militar que fue a sofocar, por orden del gobierno peronista, el intento de guerrilla rural del ERP en la selva que tapiza el Aconquija.
Tucumán fue entonces un laboratorio donde se probaron métodos de represión ilegal que después se extenderían a todo el país. Y, desde la otra vereda, se volvió a tratar lo que ya había fracasado antes: la guerrilla rural. Los seguidores del trostkista Mario Santucho apostaban al levantamiento de los campesinos. Y que la “zona liberada” que crearían en sus sueños afiebrados tendrían algún reconocimiento internacional. Ni los trabajadores, mayormente peronistas, se levantaron, más bien lo contrario; ni hubo reconocimiento: la estrategia fue un gran fracaso. Quedaron acorralados en la densa selva y los fueron cazando de a uno. Allí y en la Ciudad, en la que la violencia se había “naturalizado” y los atentados terroristas eran tan habituales que las noches en los que no se producían provocaban extrañeza.
Tucumán tuvo los primeros campos de concentración de la Argentina, en los que se torturó y mató a mansalva.
Jorge Rafael Videla fue a esa selva a lanzar -el 24 de diciembre de 1975- su ultimátum. El presidente interino Italo Luder -Isabel Perón afectada por una colitis ulcerosa se fue de licencia a Ascochinga con las esposas de los futuros golpistas- había autorizado la “aniquilación” de los subversivos. Acdel Vilas esgrimía ese decreto para hacer lo que quería ante un gobierno tambaleante, que protegía las atrocidades de la Triple A. Luego llegaría Antonio Bussi, que lo superó en saña y mano dura.
La violencia asolaba el país y no se encontraba una salida institucional posible. La irrupción militar en el poder tuvo consenso implícito de una sociedad en la que la muerte se servía de desayuno. De un lado y del otro.
El vicario castrense diría en el Congreso que se vivía el “festín de los corruptos”, en un discurso con ecos actuales.
Tanto los Montoneros como el ERP también estimulaban el golpe. Cuando peor, mejor decían con un triunfalismo que no se basaba en la realidad y que como resultado enviaron a una buena parte de una generación a la muerte.
Juan Domingo Perón, el líder por el que los Montoneros daban la vida, ya había vuelto a tratar de controlar lo que había estimulado, desde su exilio y proscripción. Pero pronto también fue desafiado como jefe y vio como fracasaba su intento pacificador. La respuesta violenta a la izquierda fue también una decisión política clara. Perón era un líder popular de origen militar. Nunca lo olvidó.
Cincuenta años después cuesta todavía encontrar un reconocimiento del error y del daño que esa militarización de la acción política provocó.
Se desató una cacería humana y la crueldad mostró un rostro inédito. La respuesta estatal al desafío fue aplastante y superó cualquier límite. La persecución ideológica y al disenso trajo desapariciones, exilio externo e interno.
Pero volvamos a ese triálogo telefónico de medianoche. El operador repitió despacio: “Dice que habrá un paro general y que no sabe qué puede pasar”. E inmediatamente transmitió para aquí: “Dice que te cuides”, tratando de ser lo más fiel posible en ese puente surrealista. “Cuídate también vos y no te arriesgues”, le dijo el telefonista amable a ella, repitiendo mis palabras.
-“Dice que te quiere”, me dijo el operador que le dijo Silvia.
-“Dice que él también”, finalizó.
La redacción estaba medio desierta y el cierre del diario esperaba un desenlace.
De pronto llegó una citación al Comando en Jefe del Ejército para dar “instrucciones” sobre lo que se podía o no publicar. Pepe Capdevila, por entonces jefe de Redacción del diario, decidió que fuera Roberto “Tito” Cossa, uno de los principales editores. Cossa no era cualquiera: dramaturgo consagrado, periodista, amenazado por la Triple A, fue hasta el edificio militar caminando por Alsina hacia el bajo. Eran apenas unas cuadras en la madrugada. Tito manejaba un humor fino, aún en los momentos más tensos.
Lo recibió un coronel que estaba dando instrucciones a todos los editores sobre lo que se debía o no publicar: solo informaciones de la agencia Télam con los comunicados de la Junta de Comandantes y otras informaciones digitadas por la inteligencia militar.
Cossa escuchó las instrucciones. Se animó a preguntar con ese doble sentido que usaba: “¿Se pueden publicar cables de Noticias Argentinas (agencia de noticias privada)?”.
El militar se mostró sorprendido, no estaba en las previsiones tamaño interrogante porque ignoraba de la materia para la cual lo habían designado y pisó la trampa.
Respondió: “Claro, por supuesto. Noticias de Argentina, es lo que necesitamos…”.
Cossa volvió de madrugada a la redacción donde esperábamos. Dijo algo así como que no tenían idea de lo que querían, salvo una censura estricta. Que dio paso luego a algo más letal, la autocensura.
Era casi de día ya.
Pero se iniciaba una larga noche que duró siete años y que terminó con una guerra perdida, una derrota militar que abrió paso a la democracia que hoy vivimos.