El crudo relato de una de las víctimas del Padre Grassi y el lado desconocido de la investigación periodística que destapó el caso

Oscar Aguirre era un adolescente cuando fue abusado por el cura en la Fundación Felices los Niños.Carlos De Elía estuvo a cargo de la emisión de Telenoche Investiga que en 2002 denunció por primera vez lo ocurrido.Juntos escribieron un libro que cruza las dos historias y recuerda el estupor que causaron estas revelaciones en la comunidad.
- 🧒 Oscar Aguirre, víctima: abusado por el cura Julio César Grassi en la Fundación Felices los Niños cuando tenía 13 años; hoy, a los 42, trabaja en pintura, plomería y albañilería y pudo volver a sus changas tras la detención de Grassi en 2013.
- 📰 Periodismo y libro: el caso fue destapado en 2002 por el periodista Carlos De Elía ( Canal 13, creador de TN y TN.com.ar); Aguirre y De Elía publicaron el libro "Abusado por Grassi, la hora de romper el silencio".
- 🗣️ Testimonio en primera persona: el libro incluye un fragmento del relato del sobreviviente, con detalles sobre la manipulación y el inicio del abuso.
- 🎭 Promesas y acceso a medios: Grassi utilizó regalos y promesas de llevarlo a lugares (radio, televisión, teatro) para ganarse la confianza y controlarlo.
- ⚖️ Dinámica de poder y “los elegidos”: la fundación tenía una jerarquía entre adolescentes; los más grandes recibían privilegios y había miedo a ser señalados o etiquetados por su orientación.
- 🛏️ Espacios de abuso: los actos ocurrieron en la oficina y, a veces, en una habitación superior tras una cortina; noches en las que algunos dormían con Grassi y otros quedaban abajo.
- 🤐 Consecuencias para las víctimas: miedo, necesidad de evitar problemas y de permanecer en silencio; el relato busca visibilizar el trauma y apoyar a romper el silencio.
- 🚨 Contexto legal: Grassi fue condenado a 15 años de prisión y estuvo detenido en 2013; su arresto permitió que Aguirre retomara trabajos y siguiera su vida.
- 🔎 Propósito público: la obra intenta romper el silencio sobre los abusos en Felices los Niños y ampliar la denuncia para justicia y prevención futuras.
Oscar Aguirre tenía 13 años cuando fue abusado por el padre Julio César Grassi (70) en la Fundación Felices los Niños. Ahora, a los 42, se dedica a trabajos de pintura, plomería y albañilería. Pero recién pudo volver a sus changas cuando el cura, condenado a 15 años de prisión, fue detenido en 2013.
Su historia se entrelaza con la del periodista Carlos De Elía, quien estuvo a cargo de los noticieros de Canal 13 desde 1995 hasta 2021 y fue el creador de TN y de TN.com.ar. En 2002, estuvo a cargo de la emisión de Telenoche Investiga que destapó el caso con las denuncias de las víctimas de Grassi.
Aguirre y De Elía publicaron recientemente el libro "Abusado por Grassi, la hora de romper el silencio" y a continuación se puede leer el siguiente fragmento, con el relato de la víctima en primera persona:
El padre me recibió en la oficina de abajo. No la usaba mucho, era raro verlo ahí. La encargada me dejó y se fue. Estaba sentado atrás de un escritorio y había dos sillas del otro lado, como para los visitantes. El padre estaba serio y no dijo ni una palabra durante un largo rato. Me senté en una de las sillas.
Tenía esos anteojos grandotes, con mucho vidrio, que escondían un poco los ojos. Era fuerte su mirada, y como se venía el reto era difícil no tener miedo. Empezó a hablar. No levantó nunca la voz. Hablaba mucho más suave de lo que yo me imaginaba. Tanto que el miedo se me iba yendo. “No puede ser que hagas estas cosas, Oscar”, me dijo. Nunca lo había escuchado decir mi nombre y supuse que había leído en la carpeta que tenía en su escritorio. “¿Vos qué querés hacer en la vida? ¿Por qué te portás así? ¿Por qué no valorás que tuviste algunas salidas con Julia?”. Le expliqué que no había sido un piedrazo, que no imaginábamos que escupiendo iba a pasar eso. Y también le dije que yo casi no salía, y que estaba seguro de que iba a terminar en un instituto. Ahora o el día que cumpliera dieciocho. Iba a ser así.
Él se sacó los anteojos y de golpe fue como que apareció otra persona. Cambió completamente su mirada, se transformó en alguien amigable. Se levantó y se sentó en la silla que estaba al lado de la mía. Sentí que lo había conmovido porque me había puesto muy en víctima para zafar de todo ese quilombo. Mi primera sensación es que le di lástima. Al verme angustiado, me empezó a contar la cantidad de lugares a los que podía llevarme si me portaba bien. Ahí me enteré de que él tenía un programa de radio. Y me dijo de ir al de Portal, al de Lita de Lázzari y a ver cómo se filmaba Dibu —que había visto una vez en la tele— porque él conocía a alguien que trabajaba ahí. Mientras me nombraba los lugares para calmarme, me empezó a tocar la pierna. Yo estaba con pantalones cortos. Al principio no me pareció raro porque entendí que era una muestra de afecto y además estaba muy copado con los lugares que iba mencionando. Pero me empecé a incomodar a medida que subía la mano y se acercaba a la entrepierna. Hasta que me paré de golpe y solo atiné a decirle: “¿Qué onda?”. Él también se paró y siguió hablando de los lugares a los que podría ir si me portaba bien, como si nada. Yo no tenía muy claro la onda de sus caricias, pero me habían incomodado. Antes de despedirme me aseguró que podía ir al teatro a ver Chiquititas —otra cosa que habíamos visto en la tele— siempre y cuando me portara bien. De despedida me dio un beso que yo pensé en ese momento que se había tratado de un accidente. Fue un beso como en la mitad de la boca, como de esos que a veces pasan de apuro y uno corre la cara para el lado equivocado y después pide disculpas. Pero él no dijo nada. Y yo tampoco. Fue raro, pero yo estaba aliviado porque al final el reto no había sido nada y me iba con promesas de salir a lugares copados.
Desde ese día traté de no meterme en quilombos y sobre todo estuve muy atento a que no me metieran en quilombos con los que no tenía nada que ver.
Una tarde nos dijeron que teníamos que empezar a ver Chiquititas en la tele porque en dos o tres días íbamos a ir al teatro. Yo no sabía mucho de Chiquititas hasta ese momento, porque además no estaba en el horario en el que podíamos ver tele. Varios de los chicos sí sabían, por sus hermanos o por gente de afuera, y estaban recontentos. A mí me alcanzaba con subir al micro y andar por Buenos Aires, por esos lugares que no recorría desde hacía tiempo. Y estaba bueno eso de conocer el teatro Gran Rex.
Dos días después —creo que era un viernes por la mañana— nos avisaron que ese día íbamos a ver Chiquititas. Estaban todos locos. Fue la única vez que no había elegidos. Fuimos todos, los veintidós adolescentes. Por la tarde nos dieron la ropa. Todos vestidos iguales y con ropa que nunca habíamos visto: una chomba azul y un jean para cada uno. Y zapatillas nuevas que nunca supimos de dónde habían salido. Parecíamos parte del elenco de otro programa de Cris Morena, todos perfectitos. Nos subieron a un micro escolar enorme —era un Mercedes 1114— y partimos para el Centro. Era muy raro ver la ciudad desde arriba. Hacía un montón de tiempo que no andaba por Corrientes y la vi distinta. No sé si por el tiempo que había pasado o por verla desde el micro. Cuando llegamos al teatro, el micro estacionó en la puerta, bajó el padre y nosotros nos quedamos arriba un montón. No sabíamos si pasaba algo o había problemas para entrar. Después de un rato apareció el padre, nos hizo formar de menor a mayor y de a uno —por supuesto quedé yo primero— para empezar a entrar. La gente estaba adentro, ya sentada y con la luz apagada. En un momento dijeron algo por altoparlante, prendieron las luces y empezamos a entrar para ocupar la primera fila que nos habían reservado. La gente no paraba de aplaudir y de gritar, y hasta había un camarógrafo que nos filmaba y gente que nos sacaba fotos.
Con el correr de las semanas me di cuenta de que la palabra del padre se iba cumpliendo. Y la promesa del padre de ir a la tele también se cumplió. Poco después de ese fin de semana nos anunciaron que íbamos a ir al programa de Lita de Lázzari en Canal 7. No sabía quién era, pero tampoco me importaba. Yo quería salir, pasar por los lugares en donde había estado cuando vivía en la calle y ver cómo estaban. También estaba bueno conocer un canal de televisión, pero era lo de menos. Esa vez también fuimos todos, el padre no eligió a quiénes llevar. Fuimos en las dos camionetas. A mí me tocó la que manejaba el chofer del colectivo, no la de Grassi que manejaba Flavio. Anduvimos por esos pasillos enormes que se veían en la tele. Nos hicieron entran a uno de los estudios y nos sentaron como en una tribuna bajita. Estábamos vestidos todos iguales otra vez, con ropa para la tele. La vieja entró y ni nos saludó. Se puso hablar con el padre y le decía: “¡Qué lindos que están! ¡Y hay uno rubiecito!”. Nosotros no hablamos para nada en el programa, solo nos enfocaban y nos dimos cuenta de que eso pasaba cuando ella nos hablaba. Parecía bien jodida la vieja.
En mi memoria todo empezó de golpe, como después de un fin de semana. Quizá porque ya éramos grandes o porque queríamos parecernos a los grandes, todo era pito, pito, culo, culo, pito. Todo el tiempo. Es así: en un hogar se potencian todas las cosas, pero se potencian mal. Empezó el tema de los novios. Decían “este está de novio con tal”, “este se lo coge a tal otro”. Me acuerdo de Rodrigo, uno que era muy retraído, con unos ojos superverdes que yo pensé que iba a hacerme la pata porque era como que no entrábamos dentro del conjunto. Pero él tenía como una cosa medio de puto, y yo traté de separarme de esa situación para no quedar pegado. Me daba miedo que me empezaran a señalar como gay cuando yo no lo era. Rodrigo se quedó muy solo.
El padre lo quería un montón, pero creo que lo quería por eso, por esa situación de que lo dejaban solo. Él quería ser cura, su sueño era ser igual que el padre. Sabía mucho de él, de la fundación. Nosotros no sabíamos nada, no nos importaba.
Para todos, él y Flavio —que era uno de los adolescentes grandes— eran los que le chupaban la pija al cura. La mirada que teníamos en ese momento era que puto era el que se dejaba, no el que daba. El puto era el pasivo en nuestra mirada. Eso hacía que fuera muy importante no quedar como pasivo en ninguna situación de nada. Automáticamente dejabas de ser macho.
El tema de la homosexualidad no era bien visto por los chicos de la fundación y menos si eras un pibe que está judicializado, como lo era yo.
Durante mucho tiempo pensé que de Flavio lo decían por la bronca que él se hacía tomar. Se creía superior a todos, se cagaba de risa de las cosas que nosotros sufríamos, en especial de los que nos quedábamos sin salir los fines de semana. Se paseaba con cara sobradora mostrando la ropa que tenía, que estaba buenísima. Porque los cinco o seis adolescentes más grandes tenían derecho a tener sus cosas, su ropa. Pero la que tenía Flavio llamaba mucho la atención. Además tenía llave de su cuarto, algo que nadie más tenía, y manejaba una de las camioneta, era el chofer particular del padre. Todo eso, estábamos convencidos, lo tenía, lo conseguía, porque él estaba con el padre. No se nos ocurría otra explicación. Nadie los había visto cogiendo, pero todos lo decían. Eran, para nosotros, los putos de la fundación. Obviamente ayudaba que Flavio y Rodrigo fueran afeminados. Y sobre todo porque a los dos se los veía siempre con el padre. A los demás adolescentes más grandes no se lo cuestionaba de esa forma, nadie pensaba que eran parejas sexuales del padre a pesar de que algunos también tenían sus privilegios.
Nosotros ya habíamos entendido que los más grandes eran los elegidos.
A mí me parecía imposible que hubiera una situación de sexo en la habitación de arriba estando todos los chicos en el cuarto de abajo. No cabía en la cabeza de nadie. Quizá porque uno no podía imaginar un momento a solas con el cura teniendo sexo.
Lo que llamaba la atención era que las noches que los llevaba a la radio dormían arriba con él. Tenía unos colchones en la oficina y llevaba a los chicos directamente arriba, supuestamente para no despertarnos.
Flavio y Fabián dormían seguido en la oficina de arriba. Había una cortina que los separaba de la cama del padre. Eso lo vimos después por la tele.
Cuando iba el grupo grande no dormían arriba porque no entraban y nos pedían que a la mañana no hiciéramos ruido para que siguieran durmiendo.
Si alguna vez el padre dormía solo con Flavio o con Fabián en su cama, detrás de la cortina, no podíamos saberlo. Porque la habitación de ellos tenía llave y no podías saber si había alguien durmiendo. Arriba no se podía subir si no era con Grassi.
AA