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Murió Guillermo Salatino, el periodista que en medio siglo cubrió casi todos los Grand Slam y se convirtió en una voz emblemática del tenis

Murió Guillermo Salatino, el periodista que en medio siglo cubrió casi todos los Grand Slam y se convirtió en una voz emblemática del tenis
Dufume
deportes

Cubrió 147 torneos de Grand Slam en 48 años, algo que probablemente no registra ningún otro periodista en el mundo.Falleció este sábado a los 80 años, víctima de un infarto, momentos antes de una operación.

AI
  • 🕯️ Falleció Guillermo Salatino, periodista deportivo y referencia central del tenis en Argentina, a los 80 años, víctima de un infarto antes de una operación.
  • 🌐 Fue un símbolo de difusión del tenis y una voz clave en el crecimiento del deporte en Argentina desde mediados de los 70, acompañando la revolución impulsada por Vilas.
  • 🏅 A lo largo de su carrera cubrió 147 torneos de Grand Slam; 43 asistencias a Wimbledon, Roland Garros y US Open; 18 viajes al Australian Open; además de Copa Davis y Federation Cup; fue editor de revistas y escribió memorias como "El séptimo game".
  • ⏰ No solo transmitía datos: era un comentarista detallista, llegaba temprano, se quedaba hasta tarde y cubría también rondas de primera vuelta, observando el juego y los detalles técnicos de jugadores de todos los niveles.
  • 📝 Su labor se extendió a la edición de revistas especializadas y a columnas en los principales medios, conservando siempre una entrega y sabiduría distintivas.
  • 🧭 Guardaba un respeto profundo por las generaciones de tenistas, desde Rod Laver hasta Vilas, Borg, Connors, y luego la era de Federer, Nadal y Djokovic.
  • 🏟️ Recibió reconocimientos como una cabina en el Buenos Aires Lawn Tennis Club a su nombre y homenajes de Wimbledon, además de emocionar por la Davis 2016 al atravesar la cancha de rodillas tras el triunfo argentino.
  • 👥 Cultivó relaciones cercanas con grandes figuras como Vilas y Sabatini: altibajos con Vilas pero reconciliación mutua; Sabatini lo acompañó en su trayectoria desde promessa hasta Masters y US Open.
  • 💔 Pasaron momentos duros: perdió a su hijo Alejandro en 2010 y, en 2024, falleció su esposa María Angélica, su compañera de toda la vida.
  • 📺 Su labor se extendió a la TV, la radio y las redes; transmitió casi todos los hitos del tenis argentino y mundial con un estilo amable, respetuoso y cercano en las entrevistas.
  • 🗣️ Se autodefinía como alguien que hace lo que se le da la gana, con educación y sentido del humor; para muchas generaciones fue un maestro del periodismo deportivo.
  • 🌟 Su legado perdura en la memoria de lectores y oyentes; las generaciones venideras lo recuerdan como un maestro y un ejemplo de pasión, entrega y amor por el tenis y por la gente.

Jugadores, entrenadores, jueces, dirigentes, colaboradores. El ambiente del tenis tiene sus personajes, muchos de ellos históricos. También, sus periodistas, por supuesto. Y para ese ambiente nombres como los de Guillermo Salatino y Juan José Moro constituyen la referencia central entre nosotros. Porque fueron, junto a otros colegas, quienes acompañaron y difundieron desde mediados de los 70 lo que fue una revolución en este deporte, su conversión en una actividad masiva, impulsada a partir del fenómeno Vilas.

“Salata” -quien nos dejó este sábado a sus 80 años, víctima de un infarto momentos antes de una operación- fue un símbolo de la difusión del tenis y un inmenso periodista deportivo. Alcanzó popularidad y reconocimiento, pero significa todavía más para quiénes compartimos y disfrutamos junto a él tantas travesías, tantas coberturas, tantos festejos por las hazañas de nuestros tenistas. Porque Salatino, a partir de sus conocimientos técnicos del tenis -había sido un jugador de primera línea hasta sus tiempos juveniles- era siempre guía y consejero para todos, especialmente para quienes recién se iniciaban en la actividad y en las giras. Generoso para compartir su sabiduría, para orientar a todos en las coberturas, para organizar los viajes y estar atentos a cada detalle, en una época en la que no se contaba con los medios técnicos actuales

Cuando era chico intentó jugar al básquet en el legendario Gimnasia de Villa del Parque, pero lo convencieron para volcarse al tenis en el Buenos Aires LTC por consejo del gran Alejo Russell. “A los 16 yo estaba entre los mejores juniors. El número 1 era Julián Ganzábal, que tenía cancha en la casa y me invita a hacer una pretemporada, con Jorge Cerdá, del CASI. Toda la semana. Y cuando llega el sábado le digo: “¿Qué hacemos esta noche?”. Julián me contesta: “Nada, acostarse temprano, porque mañana a las 6 de la mañana se hace gimnasia”. Le aclaré que iba a salir. “Si salís, no vuelvas”, me respondió. Y salí. Ese día decidí que iba a jugar al tenis, pero que no sería tenista. Ahora lo critico a Alcaraz porque se va a Ibiza… Pero yo hice un poco eso, y sin las condiciones de Alcaraz, claro…”, evocó en una nota con Claudio Cerviño en La Nación.

Y se decidió por estudiar periodismo deportivo en el Círculo, donde egresó a mediados de los 70. Enseguida se volcó, con una entrega conmovedora, a la pasión que abarcó toda su vida: el periodismo y el deporte (el tenis primero, pero luego se extendió a otros). Y se convirtió en un infaltable de todas las citas tenísticas: en casi medio siglo cubrió 147 torneos de Grand Slam, algo que probablemente no registra ningún otro periodista en el mundo. Su cuenta -según le confesó hace un par de años en una entrevista a nuestro periodista Nicolás Coppa- abarcaba 43 asistencias a Wimbledon, otras tantas a Roland Garros y al US Open, además de 18 viajes al Open australiano. A esto hay que sumarle múltiples torneos del circuito, Copa Davis o Federation Cup, entre otras. Y esa pasión no consistía solo en la formalidad de una transmisión de datos, sino que era un severo y detallado comentarista. Aquellas jornadas en los torneos eran interminables: Salatino era el primero en llegar y el último en irse, no se ocupaba solo de los “stars” sino que atendía hasta los partidos de primera vuelta, recorría desde el court central hasta los más alejados. Y registraba hasta el mínimo detalle técnico de cualquier jugador del circuito, hasta el más humilde.

En aquel lapso, solamente sucesos como la guerra de Malvinas o el paréntesis por el covid impidieran que Salatino cubriera la totalidad de eventos de Grand Slam que se jugaron. Aunque Australia le encantaba, atendía a la solemnidad de Wimbledon (“allí se respira tenis”), un campeonato que cubrió desde la histórica edición del Centenario, en 1977, cuando triunfaron Bjorn Borg y Virginia Wade. Año tras año, y con distintas generaciones de colegas, partía temprano desde un humilde hotel junto a la estación Earl’s Court para tomar el tren que llevaba a las cercanías del All England: y en ese viaje de ida se palpitaban sus sensaciones, se recibían sus pronósticos para -en el regreso de la noche- compartir las vivencias, su felicidad o disgusto por los resultados.

Salatino también fue editor de revistas especializadas, escribió sus memorias en “El séptimo game” y columnas especiales en los principales medios de nuestro país, cada vez que se le solicitaba. Con aquella disposición, generosidad y sabiduría de siempre. Guardaba (y nos transmitía) un respeto casi solemne por los australianos de los 60 -Rod Laver a la cabeza- disfrutó luego con el gran cambio que produjo la generación de Vilas, Borg y Connors en los 70 y, más adelante, extendió aquella admiración hasta la reciente trilogía dorada de Federer, Nadal o Djokovic. Todos aquellos nombres, y muchos más, también tenían una atención y una deferencia hacia el propio Salatino como se podía notar en cada entrevista o en cada ronda de prensa.

Por eso y mucho más fueron tan merecidos los reconocimientos que recibió en los últimos años. Una de las cabinas del Buenos Aires LTC lleva su nombre, al igual que otra para Juanito Moro. Lo emocionó el homenaje que le brindó la organización de Wimbledon. Vivió entre lágrimas la coronación argentina en la Copa Davis del 2016, cumpliendo su ya legendaria promesa de atravesar -de rodillas- la cancha del Arena Zagreb a la hora del triunfo: era el punto final a tantas frustraciones acumuladas por nuestros equipos hasta que Delpo y cía. le pusieron el punto final.

Con algunos de nuestros ídolos como Vilas o Nalbandian tuvo sus idas y vueltas. “Con Guillermo fuimos amigos, jugamos juntos, lo conocí a los 10 años. El papá me pidió que lo peloteara. Y cuando vino a Buenos Aires, a los 16, compartimos el equipo de Primera por dos años, salimos campeones, entrenábamos juntos, ha dormido en mi casa. Pero después como periodista en algún momento lo critiqué: en el 80, cuando perdimos en Copa Davis contra Checoslovaquia dije 'qué raro que Vilas ponga una excusa' y se ofendió. Lo siento”, relató. Ese cortocircuito en su relación se resolvió veinte años después: “Estábamos en el Buenos Aires, en el Lawn Tenis, por un evento, y estaba Guillermo como invitado. Vino de atrás y me pegó un sopapo en la espada. Me dijo 'Estamos grandes para estar peleados'. Nos dimos un abrazo, no dijimos una sola palabra y se terminó. Como si nunca hubiera pasado nada. Cuando murió mi hijo fue el tipo que más y mejor me habló”.

Gaby Sabatini era su debilidad. “Es difícil manejar la relación con los tenistas. Yo siempre traté de no ser amigo. Obvio que al principio sí porque yo jugaba con ellos, con Vilas y Clerc. Después, la distancia la marcó la diferencia generacional, salvo excepciones como Gabriela Sabatini o Mercedes Paz que eran chiquitas y como viajaban solas, mi mujer y yo les estábamos encima, las llevábamos de la mano. Por eso con Gaby tengo una relación más paternal”, contó hace tres años, entrevistado por Nicolás Coppa en Clarín. “Gaby es una chica que desde muy chiquita la acompañé, la llevé. Es amiga mía. Hasta el día de hoy mantenemos una relación intachable, me llama para el cumpleaños, tiene gestos que no tiene habitualmente con nadie porque es muy introvertida y reservada, especialmente con los periodistas. Pero yo creo que ella a mí no me considera periodista, somos amigos. Y no hablo más porque mis hijas se ponen celosas”, se reía. Salatino cubrió toda la campaña de Gaby desde su aparición cuando era una promesa infantil hasta su coronación en los dos Masters y el US Open, y su retiro en el 96.

Pero Salata también pasó momentos muy duros. Casi un millar de personas le acompañaron aquella triste jornada del 2010 cuando perdió a su hijo Alejandro, productor periodístico, víctima de un cáncer en plena juventud. Y recientemente, en agosto del 2024, sufrió otro golpe con la muerte de María Angélica, su entrañable esposa, aquella que llevó adelante esta relación desde que se casaron en el 69: “Siempre me bancó. Cuando dejé el laburo de despachante de aduana me dijo que lo hiciera. Ella nunca ejerció de psicopedagoga, siempre se dedicó a la familia. Nos bancamos mutuamente. Nunca hice nada sin consultarla. Yo a ella le debo el 99% de lo que soy. Es una mujer muy reflexiva, muy inteligente”.

A través de la tv y la radio -y más recientemente en las redes- transmitió para la Argentina casi todos los hitos del tenis a lo largo de este casi medio siglo como las coronaciones de Vilas, Delpo y Gaby en el US Open, aquellas conquistas de la misma Sabatini en el Masters, la consagración del 2016 en la Davis, la histórica final Gaudio-Coria en Roland Garros 2004, entre otros.

Fanático de Racing y últimamente del golf, su actividad periodística le permitió entrevistar y relacionarse con las grandes figuras del deporte argentino: el maestro Roberto De Vicenzo era su ídolo. Pero disfrutaba con todos, desde Fangio hasta Reutemann, desde Maradona hasta Bochini y tantos más. Su ciclo de entrevistas por TV eran amables y profundas, respetuosas, lejos de la formalidad y el protocolo, sabía llegar a la intimidad del personaje. Tanto en la radio como en la TV participó en varios de los mejores ciclos y guardaba como un recuerdo especial cuando transmitió, con récord de rating, uno de los más grandes acontecimientos de nuestra historia tenística: la victoria de Vilas sobre Connors en la final de Forest Hills 77.

Se autodefinió: “Soy un tipo que hace lo que se le da la gana, respetando mucho al prójimo. Tengo una muy buena educación de padre. Soy un poquito egoísta, porque jugué mucho al tenis. Pero me gusta ayudar a la gente, siempre que puedo dar una mano lo hago, desinteresadamente. Y no me importa si me lo devuelven. Soy lo que se ve, muy calentón pero con sentido del humor. Me encantan los amigos, me divierten, me crie en un club. A pesar de los golpes de la vida encontré una mujer hace 54 años como María Angélica que me dio los cinco hijos y a quien le debo todo, es muy inteligente y lo mejor que me pasó en la vida, sin ninguna duda”.

Los periodistas que cubrieron tenis en distintas generaciones nunca dejarán de llamarlo “maestro”. Quedará el eco de aquellas transmisiones, los viajes compartidos por rutas de todo el mundo -desde el glamour de los grandes torneos hasta los confines a los que nos llevaban otras competencias menores- los festejos y abrazos a la hora de los triunfos y la desilusión en las caídas. Quedan sus consejos y sus manías, como las de todos. Pero sobre todo, aquella pasión por el tenis, aquella entrega por su trabajo, el amor a cada uno y a sus familias. Es el adiós a un periodista de raza.

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