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Borges y Bioy Casares: la reedición recargada del diario de dos chismosos geniales

Borges y Bioy Casares: la reedición recargada del diario de dos chismosos geniales
Dufume
cultura

Precedido de un estallido en las redes, llega a las librerías la nueva edición del Borges, en dos tomos y más de dos mil páginas.Entrevista con su editor, Daniel Martino, quien ha consagrado su vida a esta obra excepcional.

AI
  • 📚 La llegada de la edición de 2006 generó un silencio reverencial y luego un gran revuelo; se convirtió en una lectura compartida entre amigos, con rituales como leerlo en la cama por las mañanas y comentar por teléfono antes del almuerzo.
  • 🧭 El Borges de Bioy Casares presenta dos biografías en espejo: la memoria de una larga amistad, íntimas escenas del ambiente literario y la vida cotidiana de Bioy y Borges.
  • 🎭 Es a la vez memorial y experiencia de lectura inmersiva: un retrato complejo que convierte al lector en partícipe de la “cena perpetua” y del teatro de la sociabilidad literaria.
  • 🧠 El libro funciona como una caja de herramientas: enseña trucos poéticos y ofrece modos de entender la literatura, al tiempo que introduce a un editor clave, Daniel Martino.
  • 👨‍💼 Daniel Martino es el “tercer hombre”: editor obsesivo y divertido que ha dedicado su vida a esta obra, considerado fundamental para su existencia.
  • 📈 En edición y formatos, la edición Destino de 2006 se agotó; no hubo ebook; apareció un formato minor en 2011; Emecé lanzó una segunda edición en dos tomos con materiales nuevos y un precio cercano a los 100 dólares.
  • 🔄 La edición revisada y ampliada incorpora pasajes pospuestos y nuevos appendices (>200 páginas) para ampliar criterios de selección y lectura.
  • 👩 María Kodama pasa de personaje marginal a presencia constante pero matizada; la edición 2026 revisa su retrato sin convertirlo en un veredicto único sobre su felicidad.
  • 🗣️ El libro está escrito mayormente en diálogo directo, lo que lo hace inmersivo; el lector “escucha” a Bioy y a Borges en la mesa y en las comidas.
  • 🗺️ El Apéndice analítico funciona como motor de búsqueda temática, permitiendo seguir personas, contextos y debates que aparecen, desaparecen y resurgen a lo largo de décadas.
  • 🧩 Los “personajes ínfimos” pueden dar gran espesor a la historia; digresiones como la pianista Adriana Flocco muestran cómo lo menor sostiene lo mayor y enriquecen la memoria.
  • 🕰️ La edición mantiene el contexto histórico y advierte sobre prejuicios de época, evitando simplificaciones como justificar todo por el “tema de la época” y defendiendo la fidelidad al documento.
  • 🌐 La repercusión en redes fue explosiva incluso antes de la llegada de la nueva edición; un video de apertura del estuche alcanzó centenas de miles de vistas.
  • 💬 En última instancia, Martino señala que cada lector construye su propio camino en Borges y que la edición ampliada facilita esa experiencia al dialogar entre pasajes y contextos.

Cuando a fines de 2006 el tomo llegó a las librerías, se hizo un silencio reverencial. Y poco después, hubo un griterío. Nos lanzamos a leerlo. Pocos meses después, en charla con Carlos Monsiváis, el ensayista mexicano lo festejaba con carcajadas y contaba que con sus amigos habían adquirido el hábito de leerlo por la mañana en la cama, en tirones de algunos meses o un par de años cada vez, como una dosis recetada de malicia, brillo y genialidad que los predisponía para un mejor día. Antes del almuerzo, compartían por teléfono sus hallazgos.

El Borges, de Adolfo Bioy Casares, tenía tapas duras y favorecía la lectura horizontal. Sus casi 1600 páginas desplegaban la memoria de una amistad de casi medio siglo y, junto con ésta, las intimidades y entretelas del campo literario, a través de dos insiders confabulados. Al mismo tiempo, el libro confirmaba a un memorialista como no hay otro en la literatura argentina, que al cabo superaba con ese género su propia obra en la novela y el cuento.

El Borges contiene dos biografías en espejo. Se trata de una amplio zoom temático en las memorias de Bioy, tomadas con anotaciones manuscritas en cuadernos y libretas. En ellas, recoge las conversaciones y pormenores cotidianos con el autor de “El Aleph” y decenas de otros invitados que entran y salen de aquel piso palaciego de la calle Posadas donde ellos dos trabajaban, antes o después de la cena. Más todos los paseos con Borges, las idas al campo de Pardo y a Villa Silvina en Mar del Plata, y cada sueño que sueña Borges.... El registro de Bioy es de una minuciosidad amorosa que, sin embargo, no permanece ciega al lado menos halagador de quien primero fue el maestro y luego el mejor amigo. Pero es la maestría de la composición y el coro de voces lo que nos convierte en comensales de esa cena perpetua, del teatro inmersivo de la sociabilidad, desde bambalinas. Al querer que el libro no termine, ese sentimiento de felicidad que brinda la lectura, el lector aprecia la inmediatez del Borges, con la ilusión de que la vida y esas comidas podrían continuar por siempre.

Pero el libro también es una caja de herramientas, que entrena al lector en trucos poéticos y afina su oído. La literatura, modos de empleo. Y dejó la certeza de contar con un Tercer Hombre, el estudioso Daniel Martino, sin duda un editor que es el ejemplar único de su especie en el ámbito del castellano. No es exagerado decir que Martino --obsesivo y a la vez divertido, el hijo de inmigrantes que se convirtió en un referencista literario ilimitado en varios idiomas, casi un médium en directo con el grupo Sur- ha dedicado su vida a esta obra. La literatura debería reconocerlo, sin atribuirle el gentilicio.

La edición de 2006 (en Destino) se agotó bastante rápido; nunca existió en ebook y el volumen de segunda mano llegó a costar más de un millón de pesos en las plataformas. En 2011 el Borges conoció el formato minor, una versión abreviada (en España, hoy a 400 euros). La editorial Emecé acaba de sacar la segunda edición, en un estuche de dos tomos, más amistosos en tamaño y “engordados” con nuevos materiales, entre ellos un gran anexo de índices y referencias. Su precio rondará los U$100. Pocos libros han sido tan esperados. En una semana apenas, estalló en repercusiones en las redes.

Martino celebra en 2026 otros aniversarios, en los orígenes del Borges. “En abril de 1986 me encontré con Bioy en la Feria del Libro de Buenos Aires, y poco a poco fuimos entablando una amistad de la que nació también la colaboración -cuenta-. Pocos meses después, por desgracia, murió Borges. Y también se cumplen treinta años desde que, charlando con Bioy sobre cómo organizar lo que después serían las memorias de Descanso de caminantes, surgió esta idea. La emprendimos juntos y yo continué después de su muerte. en 1999”. Conversamos con Martino de muchos detalles el sábado último, antes de las preguntas, que él solo admite por escrito.

- En estos 20 años desde la primera edición, la ausencia del imprescindible índice de nombres se suplió con un PDF de circulación informal. Ahora los Apéndices suman más de 200 páginas. Y has ampliado el diario en sí. Contanos los criterios de la nueva selección.

-Volví sobre todo el material y aparecieron, por una parte, omisiones involuntarias y, por otra, pasajes que Bioy y yo habíamos decidido postergar cuando preparamos la primera versión. En estas décadas se han ido personas a quienes ciertos pasajes podían herir innecesariamente. María Kodama es, por su cercanía a Borges, el caso más evidente, pero no el único. Ahora bien, el libro tampoco es una transcripción mecánica de los cuadernos de Bioy. Desde el comienzo hubo selección, montaje y cotejo, y la ampliación debía respetar esa forma. No sólo se agregaron fragmentos de los diarios; a veces una línea incorporada obligaba a revisar otra entrada o establecer una relación que antes permanecía invisible.

-El Apéndice analítico es temático y de motivos, semejante a un motor de búsqueda para cada persona. ¿Para qué vuelve un lector al Borges?

-Cada lector termina construyendo su propio camino por el Borges. Naturalmente están quienes buscan a una persona, un libro o cierta opinión puntual. Los Apéndices aspiran a identificar personas y contextos, y permiten seguir asuntos que aparecen, desaparecen y vuelven treinta años después, o comprobar cómo cambia una opinión. Así, el libro deja de ser una sucesión de registros, ofrece un repertorio de asuntos, algunos no tan evidentes en la lectura sucesiva.

-El Borges está escrito mayormente en estilo de diálogo directo, entrecomillado. Esto lo vuelve inmersivo, una pieza teatral. ¡Estamos allí!, y más ahora, con el delicioso planito de cómo se sentaban los comensales. El lector actual persigue sobre todo la inmediatez.

- La impresión de presente proviene del diálogo. Bioy tiene un talento extraordinario para registrar voces. Uno no lee: «Borges opinaba que…" Lo oye decirlo, oye la réplica de Bioy, la interrupción de Silvina, alguien entra, alguien se va, traen la comida. Hay escenas que casi podrían representarse. Pero la ilusión cómica resultante no debe confundirnos y llevarnos a identificar esa vivacidad con autenticidad pura. El diálogo ha pasado por la memoria y la escritura. No tenemos una grabación: tenemos literatura. La ilusión de estar a la mesa oyéndolos hablar, en rigor, es antiquísima. Lo novedoso quizá sea que el lector actual reconoce de inmediato esa experiencia y entra en ella sin necesidad de un código.

- María Kodama tiene casi dos columnas de referencias; ahora su presencia es tangencial pero constante. La edición de 2006 coincidía con una etapa muy litigante de Kodama, pero en retrospectiva, ¿creés que se justificó excluir las entradas ahora recogidas?

-Creo que sí. Una cosa puede ser documentalmente interesante y, al mismo tiempo, no ser imprescindible en determinado momento. Veinte o treinta años después las condiciones son otras. Por eso me pareció artificial y ajeno a la voluntad de Bioy mantener ciertas exclusiones. Si se presenta esta edición como revisada y ampliada, no tendría sentido que perpetuar silencios cuya razón circunstancial ya desapareció.

- En el libro, Kodama pasa de personaje menor, apreciado por la “japonesidad” de sus silencios, a tener gran capacidad manipuladora sobre Borges. Es una figura sinuosa, actúa por caprichos infantiles y acaba apropiándose de él. ¿Coincidís personalmente con Bioy en su retrato? ¿Creés que ella hizo feliz a Borges?

-El retrato de Kodama es el de Bioy; no lo tomaría por un juicio definitivo sobre ella. Y Bioy, como cualquier memorialista, interpreta, se equivoca y acierta, se irrita, se divierte. María aparece al principio de manera lateral y progresivamente ocupa más espacio conforme ocupa más espacio en la vida de Borges. Hay perplejidad, desconfianza, momentos de hostilidad y observaciones menos adversas. No me parece que Bioy se haya propuesto construir una villana. Y está la otra mitad de la pareja, Borges. A veces se tiende a pensar que a cierta edad él perdió toda voluntad y quienes lo rodeaban disponían de él como de un objeto. El diario lo vuelve bastante más complicado que eso. Borges podía ser dependiente en muchísimas cosas y conservar al mismo tiempo una extraordinaria obstinación en otras. ¿María lo hizo feliz? Me resisto a reducir los últimos años de una vida tan compleja a un veredicto sobre su felicidad. Hay momentos de felicidad, atención, compañía; también los hay muy distintos. Bioy cuenta lo que ve y el interés está en esas oscilaciones.

-Una paradoja: aunque sea un libro lleno de referencias, muchas poco conocidas, su lectura es vertiginosa, imposible de soltar. Debería tenerlo siempre cerca el lector de Historia, ofrece un monumental “museo del chisme”.

-Muy cierto. Se abre el libro para ver qué comentaron tal noche sobre un hecho que acababa de ocurrir, en busca de un ángulo que ningún relato retrospectivo puede dar: la reacción de ellos antes de que supieran cómo terminaron las cosas. Y está, naturalmente, el «museo del chisme», para recordar a Edgardo Cozarinsky. El chisme puede ser una forma ínfima pero indispensable de la Historia, cuyo valor sólo se advierte después. Sabemos muchísimo de otras épocas por cartas y diarios donde la gente cuenta quién se peleó con quién, quién dijo una estupidez en una comida o quién dejó de saludar a quién. La posteridad es siempre, en definitiva, la que asigna su valor a lo conservado. Cuando en el siglo XIX los bibliotecarios del Museo Británico encuadernaron las entregas en folletín de las novelas de Charles Dickens, desecharon como detalle molesto las cubiertas. Allí están las ilustraciones de Collins para Edwin Drood, indispensables para quienes se preguntan cuál habría sido el final de esa novela, interrumpida por la muerte del autor.

-¿Dirías que en 2006 el Borges fue «cancelado» por la cultura oficial? Algunos críticos y académicos observaron eso. Indudablemente, no fue celebrado; por poco se olvidaron del centenario de Bioy Casares en 2014. ¿Cambiará ahora con el giro de los tiempos y las redes sociales híperactivas?

-No sé si “cancelación” describe lo ocurrido en 2006. La recepción tuvo motivos muy distintos. Siempre me han producido desconfianza las explicaciones que encuentran un único motivo para una recepción cultural. Es evidente que el libro incomodaba y, sin duda, seguirá incomodando. Borges y Bioy fueron antiperonistas acérrimos y el diario registra esas opiniones con toda su violencia. Además de juicios sobre política, sexo, clases sociales y una cantidad de cosas que ninguna operación de embellecimiento posterior puede volver inocuas. El antiperonismo de Borges, desde luego, no es una reconstrucción: está my documentado en sus declaraciones públicas. Pero reducir la recepción del Borges a la política también sería empobrecerla. Molestó a los devotos de Borges por mostrarlo falible; a otros, porque Bioy aparecía como algo más que su discípulo; a otros, por las indiscreciones; y seguramente hubo quienes sencillamente se espantaron ante mil seiscientas páginas.

- En el “Prefacio” subrayás que algunos comentarios que pueden resultar ofensivos se explican por los prejuicios de época. Pero fijate también cómo Juan José Hernández le salta al cuello a Borges ante su arrebato racista, según cuenta Bioy. ¿Cómo leer las posiciones extremas, inmersas en las grietas de los años 50, teniendo en cuenta el notorio cambio del clima político hoy?

-Hay una tentación muy cómoda, que consiste en disculpar cualquier barbaridad diciendo «eran otros tiempos». Y otra igualmente cómoda, que consiste en suponer que nosotros hemos llegado por fin a una época sin prejuicios. No creo en ninguna de las dos. El ejemplo que señalás es particularmente interesante porque Juanjo Hernández le responde a Borges. Es decir: ni siquiera necesitamos esperar al siglo XXI para saber que aquello era inadmisible. Un contemporáneo suyo está allí, en la misma escena, objetándolo. Eso impide usar «la época» como absolución universal. Lo que sí cambia históricamente es el repertorio de cosas que una sociedad puede decir sin advertirlas siquiera como prejuicios. Nosotros detectamos con facilidad algunos de los suyos porque ya no son los nuestros. Los nuestros sin duda nos pasan inadvertidos y serán escandalosos dentro de cincuenta años. Por eso no quise eliminar esos juicios por el hecho de que hoy resulten ofensivos. Si uno corrige retrospectivamente a Borges para adaptarlo a nuestras convenciones, ya no está editando un documento: está falsificándolo. Otra cosa es anotar el contexto y recordar que una opinión de Borges es eso, su opinión, no la verdad revelada.

-Ricardo Piglia comentaba sobre el Borges que daba pena ver a estos maestros alacraneando sobre figuras menores como dos viejos chusmas y mezquinos. ¿Qué valor tienen para vos esos personajes ínfimos? A menudo son los más deliciosos, la razón de que clamáramos por el índice de nombres... De vuelta al “museo del chisme”.

-Discrepo con Piglia. A mí, como sé que a muchos otros, me fascinan esos personajes menores. A menudo son lo que da espesor a un mundo, como observa Marcel Schwob en el prólogo a sus Vidas imaginarias. Anota Bioy que “por las digresiones entra la vida en los escritos”. Miguel Unamuno decía algo parecido a propósito del Facundo: uno termina interesado no solamente en Quiroga o en Rosas sino en esos hombres que atraviesan dos páginas y desaparecen para siempre. Y La Divina Comedia está llena de personajes cuya supervivencia histórica depende de unos pocos versos. No eran “menores” para ellos mismos. Trabajando en las notas, uno siente a veces que rescata a alguien que llevaba setenta años enteramente olvidado y cuya única posibilidad de persistencia consiste en que una noche cenó con Bioy, dijo alguna cosa y tuvo la fortuna —o la desgracia— de que Borges estuviera presente. Las señoras de Bibiloni o de Bastianini, por ejemplo. Podrían haberse perdido como tantos otros nombres, y de pronto quedan adheridas a una pequeña escena: son ese detalle microscópico que ninguna historia literaria habría conservado. Y sin embargo ahora existen porque están en el Borges. Lo mismo me ocurrió cuando preparaba los diarios de Bioy para el libro Wilcock: aparecen personas que uno empieza buscando sólo para identificar un apellido y termina por reconstruirles una vida. Había, por ejemplo, una pianista, Adriana Flocco, que aparece fugazmente en una foto tomada en una playa en Mar del Plata, con Wilcock y Luron, el perro de Silvina. La busqué durante semanas hasta encontrarla en una historia de las compositoras e intérpretes argentinas. Esas investigaciones laterales suelen ser peligrosísimas: uno busca una fecha durante diez minutos y tres días después está reconstruyendo la biografía de una pianista acaso injustamente olvidada. Pero esto no es una queja, porque quizá ésa sea una de las felicidades secretas de hacer notas: el mal necesario, como los llama el Doctor Johnson. Göethe, hablando de sus Elegías romanas, dijo “sobre los antiguos y estimados muertos, se necesitan explicaciones, se requieren notas”. El problema, señalaría Johnson, es que nunca se puede conformar a todos los lectores: fatalmente para algunos serán insuficientes, para otros excesivas. Inevitable.

-La repercusión en las redes ha sido explosiva, gran sorpresa. El video con la apertura del estuche tuvo 400 mil vistas en apenas una semana.

-Y está ocurriendo antes de que la nueva edición llegue a los lectores. Ahora, con las redes, una escena, una frase o una foto circulan por países que nunca tuvieron una edición local. Me resulta bastante desconcertante. Durante buena parte de mi vida preparé libros para que alguien los encontrara en una biblioteca. Ahora me despierto y descubro que un fragmento ha sido visto 300 mil veces. Si bien eso cambia la repercusión, no estoy tan seguro de que cambie la lectura. Para eso habrá que esperar a que tengan los dos tomos en casa.

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